Lux de Luna - Capítulo 55
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Capítulo 55: El rechazo
Lux se había despertado con una sensación extraña en el pecho, una mezcla de ansiedad y vacío. Estaba sentada en el borde de la cama, con los pies apenas rozando el suelo frío, retorciendo entre los dedos la fina tela del camisón de seda que le habían puesto mientras dormía. Era suave, demasiado elegante para ella. Nada en esa habitación se sentía todavía como suyo.
Las criadas y omegas, arreglaban la habitación cuando de repente, la puerta se abrió.
Conall entró sin hacer ruido, pero su sola presencia llenó el espacio. Se detuvo al verla despierta, erguida, nerviosa. El alivio cruzó su rostro solo un segundo, antes de volver a ponerse la máscara de alfa imperturbable.
—Dejadnos a solas —ordenó.
Los sirvientes y omegas no tardaron en desaparecer, cerrando la puerta con sigilo. El silencio que quedó fue espeso.
Conall se acercó despacio, como si temiera asustarla. Lux alzó la vista apenas un instante y luego volvió a bajarla.
— ¿Cómo te encuentras? —preguntó él, con voz más suave de lo habitual.
—Bien —respondió ella, demasiado rápido.
—¿Has comido?
-Si.
—Bien.
El intercambio se apagó ahí, torpe, incompleto. Lux jugueteó con el dobladillo del camisón, tirando de él hacia abajo como si quisiera ocultarse más.
—¿Recuerdas algo de lo que pasó? —preguntó Conall al fin.
Lux se sonrojó de inmediato.
—No mucho… —murmuró—. Todo está como… borroso.
Conall afirmó despacio.
—Pasaste un celo complicado —explicó—. Te ayudé a superarlo.
Ella tragó saliva.
—Conall…
-Dime.
Lux respiró hondo, reuniendo valor.
—¿Por qué me marcaste? —ella sostenía un espejo de mano mientras se llevaba sus dedos a la marca en su cuello. —¿Por qué me hiciste tu Luna… si no somos compañeros destinados?
La pregunta cayó entre ellos como una piedra.
Conall se tensó apenas, pero no esquivó la mirada.
—¿Y si te dijera que sí lo somos?
Lux alzó la cabeza de golpe.
—Eso no puede ser —dijo, confundida—. Mi compañero es el príncipe. Él me lo confesó el día de mi presentación.
—Ya estamos con el príncipe… —bufó el lobo de Conall.
—Verás, Lux. Como no eres una loba no puedes sentir el vínculo como nosotros. Pero la otra parte… sí.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Conall dudó un segundo. Luego fue directo.
—Que Zeta siente por ti lo mismo que siento yo.
Lux se quedó sin aire.
—¿Qué? —susurró—. ¿Y nunca me lo dijiste?
—Estaba esperando el momento —respondió—. Quería que me conocieras. Que no fuera solo… una decisión tomada a la fuerza.
Lux presionó las manos sobre sus rodillas.
—Y ahora ¿qué pasará conmigo? —preguntó, con la voz temblorosa—. Siento como si hubiera traicionado a Zeta.
Conall cerró los ojos un instante.
—Zeta jamás podrá reclamarte —dijo al abrirlos—. El futuro Rey del continente no puede tener una Reina Luna sin lobo.
La palabra dolio más de lo que él esperaba.
—¿Lo entiendes?
Lux asintió lentamente, con lágrimas contenidas.
Conall la observó con atención. Vio la tristeza, pero también algo más profundo. Afecto. Culpa. Amor.
Y no era por él.
—Lo que ha pasado entre nosotros —continuó, con voz más baja— ha sido lo más maravilloso que me ha ocurrido en muchos años de existencia. Pero no voy a obligarte a quedarte a mi lado.
Lux levantó la vista, sorprendida.
—Si no me aceptas —añadió—, puedes rechazar el vínculo. Serás libre para irte con él.
Las palabras le salieron como cuchillas, una tras otra.
Antes de que Lux pudiera reaccionar, Conall se dio la vuelta. Caminó hacia la puerta con pasos largos, tensos.
—Conall… —lo llamó ella.
Él no se detuvo.
La puerta se cerró de golpe, dejando a Lux sola, con el corazón dividido entre dos destinos… y la certeza de que acababa de romper algo que quizás nunca podría recomponerse.
Ella permaneció sentada varios minutos sin moverse.
El silencio le pesaba más que cualquier grito.
Más que cualquier rechazo.
Se levantó con torpeza y caminó hasta la puerta. No la abrió. Solo apoyó la frente contra la madera fría.
—Eres un idiota… —susurró, con la voz rota—. ¿Por qué tenías que ser tan bueno conmigo?
Su mano bajó instintivamente hasta su cuello.
La marca ardía.
No dolia como antes.
Ahora latía.
Era un pulso suave, constante, como si alguien le recordara que no estaba sola… aunque se sintiera abandonada.
Cerró los ojos.
Por primera vez desde que despertó, el aroma de Conall la envolvió de verdad. No como deseo. No como celo.
Como hogar.
—No quiero elegir… —murmuró—. No quiero perder a ninguno.
Una lágrima resbaló por su mejilla y cayó sobre el camisón.
En algún lugar del castillo, Conall se detuvo en seco, llevándose la mano al pecho sin entender por qué.
El vínculo vibró.
Y ambos supieron lo mismo, aunque ninguno quisiera aceptarlo aún:
Separarse no sería tan fácil como decirlo en voz alta.
Conall no se detuvo hasta llegar a su despacho.
Cerró la puerta de un golpe y apoyó ambas manos contra la madera, respirando con dificultad, como si acabara de salir de una batalla. Su pecho ardía. No de ira. De algo mucho peor.
Vacío.
—Maldita sea… —murmuró, bajando la cabeza.
El vínculo seguía ahí. Firme. Vivo. Dolorosamente presente.
Podía sentirla.
Su confusión. Su tristeza. Ese nudo en el pecho que no sabía nombrar y que le atravesaba como una cuchilla mal afilada. Conall apretó los dientes, intentando levantar muros mentales que nunca habían funcionado con ella.
Siempre había sido así.
Lux no derribaba sus defensas con fuerza.
Las atravesaba sin pedir permiso.
—Lo hice bien —se dijo, caminando hacia la ventana—. Le di una salida. Eso es lo que hacen los Alfas honorables.
El reflejo del cristal le devolvió una imagen que no le gustó: ojos cansados, mandíbula tensa, el gesto de alguien que acababa de renunciar a algo que no sabía cómo recuperar.
Su lobo se removió en su interior.
— ¿Honor? ¿Eso te consuela?
—Cállate.
— La rechazaste antes de que te rechazara ella, ¿verdad?
Conall gruñó en voz baja.
—No la rechacé. Le di una opción.
— Le diste el cuchillo y le pediste que te lo clavara despacio.
Conall cerró los ojos y apoyó la frente contra el cristal frío.
La había sentido despertar. Había contenido el impulso de ir corriendo a verla, de rodearla con los brazos, de decirle que todo estaría bien, aunque fuera mentira. Y cuando por fin estuvo frente a ella…
La duda en sus ojos lo había destrozado.
—No me miraba como antes —admitió en un susurro—. Ya no.
Porque ahora sabe que hay otro.
Conall golpeó la pared con el puño, dejando una grieta superficial en la piedra.
—¡No es culpa mía! —rugió—. ¡No la elegí para esto!
—La marcaste.
—¡Para salvarla!
— ¿O para salvarte tú?
El recuerdo de su cuerpo, de su calor, de cómo había pronunciado su nombre como si fuera una promesa y no un título, lo atravesó sin piedad.
Conall se dejó caer en la silla, pasándose una mano por el rostro.
—No estaba preparada… —dijo con voz rota—. Hanna tenía razón. Yo debía haber esperado.
Y aun así, cuando ella lo miraba, cuando confiaba en él con esa fe ciega que nunca nadie le había ofrecido…
No había sabido detenerse.
— La amas. —repitió su lobo, con un tono burlón que resonó en la mente de Conall.
Conall apretó los dientes, frustrado. Sabía que no podía negarlo, pero se aferraba a la defensa. Nunca había pronunciado esa palabra en siglos de existencia. No en voz alta. No para sí mismo.
— La necesito —corrigió, como si esas palabras pudieran salvarlo.
— Te mientes mal, Alfa. —El eco de su voz era casi divertido.
Un estremecimiento recorrió su columna vertebral. El vínculo entre ellos vibró suavemente, recordándole por qué ella era tan especial.
— Ella puede irse. —rectificó su lobo y la idea le causó una punzada en el pecho.
— Si se va… —tragó saliva—. No la perseguiré.
— Mentira.
— No la encadenaré.
— Mentira.
Su lobo se reía internamente, y él podía sentirlo.
— No le haré daño. —La negación le salió como un susurro nervioso.
Un silencio pesado llenó el espacio, como un juego de palabras no dicho, mientras ambos sabían que la verdad era otra.
Conall se levantó despacio y apoyó la mano sobre su pecho, justo donde el vínculo ardía con una constancia insoportable.
—Pero tampoco dejaré que nadie la use —dijo finalmente, con voz baja y peligrosa—. Ni un rey. Ni un príncipe. Ni su destino.
— Eso sí es verdad. —afirmó su bestia bastante complacida.
Sus ojos se endurecieron.
—Si Lux decide irse, la dejaré marchar con la cabeza alta —continuó—. Pero si alguien intenta arrancarla de mi lado…
El aire a su alrededor pareció tensarse.
— No habrá reino, ni corona, ni profecía que lo salve.
El lobo sonrió en su interior.
— Ahí estás, Alfa. Por fin siendo honesto.
Conall cerró los ojos un instante.
Y por primera vez desde que la había marcado, rezó.
No a los dioses.
No al destino.
A ella.
Para que, cuando eligiera… no lo destruyera del todo. 🖤🐺
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La imagen de Lux, despúes de ser marcarda, estará disponible en comentarios.
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