Lux de Luna - Capítulo 56
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Capítulo 56: Los tres poderes del Reino Sagrado
Esa noche, Conall durmió en su despacho.
No porque no tuviera una cama esperándolo, sino porque no se atrevía a ocuparla. No con la imagen de Lux grabada en cada rincón de su mente. No con la certeza de que, aunque la hubiera marcado, no la había ganado del todo.
Al amanecer, apenas había conciliado el sueño cuando mandó llamar a su beta ya su gamma.
Raunak entró primero, serio como una estatua de piedra. Leo lo hizo después, con la cabeza gacha, incapaz de sostenerle la mirada.
—Debido a lo acontecido —comenzó Conall, sin rodeos—, me veo obligado a acelerar los aviones. No sé cuánto tiempo me queda antes de que el licántropo reclame lo que cree suyo.
Raunak frunció el ceño.
Conall levantó la mirada lentamente. Sus ojos estaban fríos. Cansados…
—No voy a darte explicaciones, Raunak.
Frustrado, Raunak tensó los músculos de la mandíbula, como si una única palabra pudiera desatar un torrente de emociones. La tensión en el aire era palpable, casi podía sentir cómo cada ladrido de su estómago resonaba en el silencio.
—Nos ha puesto en peligro. A toda la manada, a todos los lobos que juraste proteger —replicó, sintiendo que la rabia le corría por las venas—. ¿Y todo por qué? ¿Por una mestiza? Estás loco, Conall.
El otro lo miró sin parpadear. Su rostro estaba marcado por líneas de desgaste, de decisiones tomadas en la penumbra, donde la luz apenas llegaba.
—No —corrigió, con voz firme—. Os he salvado a costa de mi propia vida. Si no hubiera aceptado el trato, ninguno de nosotros estaría aquí.
Raunak cerró los ojos brevemente, como si al hacerlo pudiera borrar las palabras de su amigo. Se sentía impotente, atrapado entre la lealtad y la ira.
—Y ¿qué hay de ti? —preguntó, confrontando esa realidad que ambos sabían demasiado bien—. Te entregaste a ese monstruo. Ahora te arriesgas a perderte por completo. No podemos permitirlo.
Conall soltó un suspiro, lleno de cansancio.
-Perder. Pero esta era la única manera de asegurarnos un poco más de tiempo. En este mundo, a veces hay que elegir el menor de dos machos. Y si eso significa cargar con la culpa y el dolor, lo haré. Porque si se trata de proteger a la manada, es un precio que estoy dispuesto a pagar.
Raunak sintió un nudo en el estómago. La determinación en los ojos de su amigo lo desarmaba. Era esa chispa de sacrificio la que siempre había admirado, pero también lo enfurecía.
—Pero, ¿ha valido la pena todo esto, Conall? ¿Realmente crees que vale la pena jugar con lo que somos? A veces me pregunto si estamos ganando o simplemente postergando lo inevitable.
La verdad caló hondo en Conall. Tal vez no tenía todas las respuestas, tal vez no había una respuesta correcta. Pero miró a Raunak a los ojos y dijo:
—Haré lo que sea necesario para protegerte. Para proteger a nuestra manada. Aunque no tengo certezas, sé que lucharé hasta la final. Y si eso no es suficiente, entonces lo enfrentaré yo solo.
—Pero amo a Lux y no me arrepiento de lo que he hecho, así me cueste la vida.
El silencio era incómodo. Leo tragó saliva.
—Con respecto a ti, Leo…
El gamma se tensó.
—Ha cometido un acto muy grave. Sabe cuál es el castigo.
— ¿Vas a matarme? —preguntó con voz quebrada.
—¿Hay otra opción?
—¡Alfa, estaba en trance! —se defendió—. No era yo.
—Como muchos lobos solteros —replicó Conall—. Pero ninguno se atrevió a desafiarme en público.
Leo buscó ayuda desesperado.
—Raunak, di algo…
—Tengo una opción —intervino el beta al fin—. Pero no te va a gustar.
Conall alzó una ceja.
—Habla.
—Oblígalo a marcar a una loba. Si deja de estar soltero, no volverá a perder el control durante los celos de la Luna.
— ¿Eso es todo? —bufó Conall—. ¿Ese es tu gran plan?
—Te dije que no te gustaría.
—Prefiero matarlo y ahorrarme problemas.
-¡¡¡No!!! Por favor, Alfa. No me compañeros…—suplicó Leo.
—¡Conall! —Raunak apretó los dientes—. Es tu gamma pero también es tu amigo.
El Alfa suspir, largo y pesado.
—Dos días —dictaminó—. Leo, te doy dos días para encontrar compañera. Si no marcas a nadie en ese tiempo… la horca te espera.
Leo palideció.
—¿Qué…?
—Es lo mejor que puedo hacer por ti.
Sin decir una palabra más, Leo salió del despacho, casi huyendo.
— ¿No crees que te ha pasado? —recriminó Raunak.
— La idea ha sido tuya…
— Sí, pero ahora él enloquecerá.
— Ya es hora de que siente la cabeza y busque una compañera. Su soltería solo nos trae problemas.
—Él cree que quieres matarlo.
— Será su incentivo para cumplir su objetivo.
— ¿A quién cree que elegirá?
— ¿Tú que crees? —contestó Conall arqueando una ceja.
————————-
En la habitación de Lux, el aire era distinto. Más denso. Más cargado.
Hanna le tendió otro vaso de brebaje.
—Eso sabe horrible —se preguntó Lux, haciendo una mueca de desagrado.
—Y aún así, lo beberás —sonrió el hada—. Necesitas recuperar fuerzas. Menudo festín os habeís pegado el Alfa y tú.
Lux se puso roja como un tomate y de inmediato, desvió la conversación.
—Sabine me contó cómo me comportaba… —Lux bajó la mirada—. Quería disculparme.
—No eras consciente —la tranquilizó Hanna—. Estabas despertando.
—¿Qué me pasó en realidad?
—Tus poderes han despertado —respondió con cautela—. Y el vínculo los hará cada vez más fuertes.
— Hanna, ¿ser sanadora… qué significa? —preguntó Lux con total curiosidad.
Lux parpadeó.
—Para empezar —dijo Hanna con suavidad, acomodándose frente a Lux—, ser sanadora significa pertenecer al Reino Sagrado. No como un título bonito ni como una herencia simbólica… sino como un lazo real, antiguo, imposible de romper.
Lux la miró con atención, abrazándose las rodillas.
—Es un lugar donde lo místico y lo sobrenatural no solo existen —continuó Hanna—, sino que respiran, se entrelazan y conviven con la vida cotidiana. Allí, la magia no es un arma ni un privilegio. Es una responsabilidad.
Hanna alzó la mano y, por un instante, una luz suave pareció palpitar en su palma.
—En el Reino Sagrado existen tres poderes. Tres fuerzas primordiales que representan distintos aspectos de la vida y del universo. Ninguno es completo por sí solo.
—El primero es el poder blanco —explicó—. El que sana. Es el don que pertenece a todos los sanadores con mayor naturalidad. No se trata solo de cerrar heridas o calmar el dolor físico. Ese poder toca el alma. Alivia penas antiguas, cicatrices invisibles… incluso aquellas que quien las carga ya había olvidado.
Lux sintió un nudo en el pecho sin saber por qué.
—Cuando el poder blanco fluye —prosiguió Hanna—, la tristeza pierde fuerza. La esperanza encuentra un resquicio por donde colarse. Es una conexión directa con la luz del mundo… y con la parte más pura de quienes somos.
—El segundo es el poder rojo. Ese es… más complicado —admitió Hanna con una media sonrisa—. Está ligado a la ira, a la pasión, a las emociones intensas. Es fuego. Movimiento. Impulso.
Lux tragó saliva.
—En manos inexpertas, puede destruir —continuó—. Puede consumir a quien lo usa. Pero bien comprendido… puede convertirse en una fuerza imparable. Es el poder que empuja a levantarse cuando todo parece perdido. El que te obliga a luchar por justicia, a proteger a los vulnerables, a no quedarte callada cuando el mundo es cruel.
—Y luego está el tercero… —Hanna bajó un poco la voz— el poder negro.
Lux contuvo el aliento.
—No —se apresuró a decir Hanna—, no es maldad. No como te han enseñado a temerla. El poder negro representa la oscuridad, sí… pero también el misterio. Lo desconocido. Las verdades que duelen.
Un leve escalofrío recorrió la habitación.
—A veces —dijo Hanna con honestidad—, para sanar de verdad, hay que mirar de frente la oscuridad que todos llevamos dentro. Entenderla. Aceptarla. Negarla solo la hace más peligrosa.
Lux bajó la mirada, pensativa.
—Entonces… —murmuró—, ser sanadora no es solo curar.
Hanna sonriendo, con una ternura cargada de siglos.
—No, pequeña. Ser sanadora es equilibrar. Aprender cuándo usar la luz, cuándo dejar que el fuego arda… y cuándo descender a la sombra sin perderte en ella.
Se inclinó un poco hacia Lux.
—Es un viaje espiritual. Largo. Difícil. Y profundamente transformador.
Lux levantó la vista, con los ojos brillantes y el corazón latiendo demasiado rápido.
—Y tú… —susurró— ¿crees que yo pueda hacerlo?
Hanna la observó en silencio unos segundos antes de responder:
—No solo creo que puedas. Creo que naciste para ello. Eres la elegida, la sanadora de la profecía. La única que puede manejar a esos tres poderes al mismo tiempo y no perecer en el intento.
—Entonces, el Reino Sagrado ¿existe de verdad?
—Sí, fue el primer reino que existió.
La duda se reflejó en su rostro.
— Pero ¿cómo es posible que sea pura si Bodolf es un lobo?
Hanna guardó silencio un segundo de más.
—Porque él no es tu padre —dijo al fin—. Pero aún no es momento de explicarte esa parte
Lux abrió los ojos, atónita.
—¿Qué…?
—Solo escucha esto —añadió Hanna— Eres la última sanadora pura de la familia real. La futura Reina del Reino Sagrado.
El mundo pareció inclinarse.
—¿Yo… una princesa?
—Descansa, querida. Es mucha información para procesar. Hablaremos pronto.
Hanna salió escoltada, dejando a Lux sola frente al espejo.
—Soy… ¿alguien importante?
—Mucho más de lo que crees.
Lux se giró sobresaltada ante una voz profunda que abrazó su espacio.
—Zeta… ¿pero cómo?
—No podía esperar más, Lux —susurró—. Tenía que verte.
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