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Lux de Luna - Capítulo 57

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Capítulo 57: La marca de Zeta

—Zeta ¿qué ocurre? ¿qué haces aquí? —preguntó Lux en un susurro nervioso, dando un paso atrás sin demasiada convicción. —¿Cómo entraste a mi habitación?

—Me he trepado por la ventana. Tengo un buen entrenamiento físico.—bromeó.

—Vaya.—Lux se sonrojó.

Zeta la observó como si el mundo entero se hubiera reducido a ese instante. Sus ojos, normalmente serenos y calculadores, ardían con una mezcla peligrosa de necesidad y contención.

—Hemos llegado esta mañana —respondió —. Oficialmente, para resolver ciertos asuntos sobre las minas de la montaña Pico Blanco.

Lux asintió despacio, aunque su atención ya no estaba en las palabras, sino en la cercanía. En cómo el aire parecía haberse vuelto más denso entre ambos.

—Pero en realidad… —continuó Zeta, bajando la voz— yo he venido a verte a ti.

El corazón de Lux dio un salto traicionero. Sintió el calor subirle por el pecho, deslizarse por la piel como un recuerdo que no se había ido del todo.

—¿Así que ahora apareces? —su voz salió más firme de lo que se sentía—. ¿Después de todo?

Zeta se giró despacio. No sonreía. Tampoco parecía arrepentido. Eso, de alguna manera, la enfadó más.

—Lux…

—No —lo cortó—. Quiero saber una cosa antes de que digas nada. —Se incorporó un poco, clavándole la mirada—. ¿Por qué dejaste que Conall se me llevara?

Zeta frunció el ceño.

—No fue así.

—Sí lo fue —replicó, con un temblor apenas contenido—. Estabas allí. Viste cómo me miraba, cómo me reclamaba. Y no hiciste nada. Ni una sola objeción. —Tragó saliva—. ¿Tan poco significaba yo?

El silencio se estiró entre ellos, incómodo.

—¿Y lo de esa noche? —continuó Lux, sin darle tregua—. En el jardín de la casa de la Manada de las Sombras Plateadas… ¿no significó nada para ti? Porque para mí sí. Yo creí que… —se interrumpió, molesta consigo misma—. Que importaba.

Zeta soltó un suspiro lento, casi cansado, y se pasó una mano por el cabello.

—Claro que importó —dijo al fin—. Pero no entiendes el lugar en el que estaba.

—Explícamelo entonces —retó ella—. Porque desde donde yo estoy, parece que me entregaste sin pestañear.

Zeta se acercó un par de pasos, lo justo para que ella sintiera su presencia sin tocarla.

—En ese momento —dijo con un tono extraño, entre suspicaz y contenido—, era lo mejor. Conall era la mejor opción. Yo… yo no podía ofrecerte protección real sin levantar sospechas. Mi padre ya observaba cada uno de mis movimientos.

—¿Así que fue una decisión estratégica? —ironizó Lux—. ¿Un sacrificio conveniente?

—Fue confiar —corrigió él—. Confié en Conall. Confié en que te cuidaría hasta que yo pudiera reclamarte como debía.

Lux rió, pero no había humor en el sonido.

—¿Y cuándo pensabas hacerlo? ¿Después de que te coronaran? ¿Cuando ya fuera demasiado tarde?

Zeta apretó la mandíbula.

—No contaba con que te reclamara como su Luna —admitió—. Eso lo cambió todo.

—Lo cambió para mí —susurró Lux—. Porque mientras tú calculabas, yo… yo sentía. Yo esperaba.

Los ojos de Zeta se oscurecieron.

—Nunca dejé de sentirte —dijo—. Ni un solo día.

—De todos modos, eso ya no importa. Ahora le pertenezco a él y lo quiero.

La marca en su cuello pronto llamó la atención de Zeta. Sus ojos se oscurecieron. Un mar de emociones negativas invadieron su pecho.

—Conall pagará por esto. —exclamó.

—Zeta, deberías irte —dijo, aunque su tono carecía de firmeza—. Ahora soy la Luna de Conall.

Él esbozó una sonrisa tensa, cargada de rabia contenida.

—Recházalo —soltó sin rodeos—. Vente conmigo, Lux.

Ella abrió los ojos, atónita.

—¿Qué…?

—Puedo hacerlo —insistió—. Puedo protegerte. Cuando sea el Rey Alfa del continente, te haré mi Luna. Nadie se atreverá a cuestionarlo y mucho menos… a desafiarme.

Lux negó con la cabeza, confundida, casi asustada.

—No sabes lo que estás diciendo. No soy lo que tú crees.

Zeta dio un paso más, invadiendo su espacio sin tocarla aún.

—No me importa —dijo con una sinceridad que le dolió—. Te quiero, Lux. Y aunque no te haya marcado… puedo sentir nuestro vínculo crecer. Está ahí y siempre lo estará.

Alzó la mano y acarició su mejilla con los nudillos, un gesto lento, íntimo. Lux cerró los ojos sin darse cuenta; era como si su piel reconociera el roce de Zeta, un susurro de promesas en medio del caos emocional que la envolvía.

—Sé que piensas en mí —murmuró él, como si compartiera un secreto que solo ellos entendían—. Tu cuerpo me responde igual que el mío al tuyo.

—Zeta… yo no puedo —susurró ella, más por deber que por deseo.

—No me importa lo que haya pasado entre vosotros —replicó con dureza, como si destruyera las barreras que se interponían entre ellos—. Puedo olvidarlo. Podemos empezar de nuevo.

Lux sintió su cuerpo pegarse al de él cuando Zeta acortó la distancia. No lo apartó. No quiso. Su tacto era distinto… más suave, más contenido, pero igual de peligroso para su corazón. Era un recordatorio de todo lo que había estado en juego, de todo lo que aún podían ser.

El silencio entre ambos vibraba, lleno de palabras no dichas y decisiones por tomar. Zeta inclinó ligeramente la cabeza, buscando su mirada, como si quisiera leer cada emoción reflejada en su rostro.

—¿Me besarás? —susurró Lux en un tono de súplica.

Lux tragó saliva, consciente de que, hiciera lo que hiciera a partir de ese instante, nada volvería a ser sencillo. Sin embargo, ante la incertidumbre, solo podía pensar en lo que realmente deseaba.

—¿Quieres que lo haga? ¿Quieres que te bese, Lux? Las palabras de Zeta eran un desafío, una invitación a cruzar un umbral que podría cambiarlo todo.

Lux asintió con un gesto casi imperceptible. Zeta sonrió de lado, esa sonrisa ladeada que siempre había tenido el poder de desarmarla, y le tomó la nuca con cuidado, como si temiera que pudiera romperse entre sus dedos. Se inclinó despacio, dándole tiempo a echarse atrás… pero Lux no lo hizo.

Se puso de puntillas y sus labios se encontraron en un beso suave, contenido al principio, como si ambos estuvieran probando un recuerdo que no sabían si todavía les pertenecía. Fue breve, apenas un roce, pero bastó para que el pulso de Lux se acelerara.

Zeta la rodeó con los brazos, atrayéndola con delicadeza. No la atrapó, no la reclamó. Simplemente la sostuvo. Lux se estremeció al notar la diferencia de inmediato.

Zeta era cuidado, casi reverente.

Conall… Conall era fuego, tormenta, urgencia.

Y aun así, ambos besaban bien. Demasiado bien.

Zeta volvió a inclinarse, esta vez con más decisión. Su boca se deslizó sobre la de Lux, siguiendo el ritmo de su respiración acelerada. Cuando su lengua rozó la de ella, el mundo pareció reducirse a ese gesto íntimo, lento, cargado de emociones que ninguno sabía ya dónde colocar.

—Lux… —susurró contra sus labios—. Te quiero.

La miró como si fuera algo sagrado, como si no mereciera tocarla y aun así no pudiera evitarlo. Esa mirada le apretó el pecho a Lux más que el beso.

—Zeta… no deberíamos hacer esto —murmuró ella, aunque no se apartó.

Él apoyó su frente contra la suya, respirando hondo.

—Eres mi compañera —respondió con una convicción que dolía—. Claro que deberíamos.

Se apartó solo un instante, lo justo para hacerla girar y pegar suavemente su espalda contra su firme pecho. No hubo brusquedad, solo una presencia cálida, envolvente. Zeta apoyó la barbilla cerca de su hombro, respirando su aroma como si necesitara memorizarlo.

Lux cerró los ojos. Su corazón latía desbocado, dividido entre lo que sentía y lo que sabía que estaba mal. Entre el Alfa que la había marcado y el Príncipe que siempre había ocupado un lugar silencioso en su alma.

—Esto es una locura… —susurró.

—Lo sé —admitió Zeta, sin soltarla—. Pero hay cosas que no desaparecen solo porque alguien diga que no deberían existir.

Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, cargadas de promesas, de peligro y de un deseo que ya había cruzado demasiadas líneas para fingir que no estaba allí.

—Zeta… —susurró—. Esto está mal.

Zeta se apartó apenas lo suficiente para mirarla a los ojos. En su expresión ya no había duda, solo una determinación peligrosa, casi desesperada.

—Si él te ha marcado —dijo con la voz baja y tensa—, es justo que yo también lo haga.

Lux sintió un vuelco en el estómago.

—Zeta… —intentó moverse, retroceder, pero él la sostuvo con firmeza. No había violencia en su gesto, sino urgencia, como si temiera que, si la soltaba, todo se desvanecería.

Pero él, en ese mismo instante, ya había decidido por los dos.

Con un movimiento rápido, le apartó el cabello del cuello, dejando al descubierto la piel sensible. El aire frío le provocó un escalofrío.

—Te marcaré ahora mismo, Lux.

—Yo… no… —sus palabras se apagaron antes de terminar. No porque no quisiera hablar, sino porque su cuerpo parecía ir por delante de su razón. Lo que fuera que era lo que sentía dentro de su pecho latía, confuso, poderoso, reclamando algo que ella no comprendía del todo.

Zeta dudó un segundo. Solo uno. Fue suficiente para que Lux creyera que se detendría.

Pero no lo hizo.

Sintió la presión de sus dientes contra su cuello y un dolor breve, intenso, que se mezcló con una oleada de sensaciones que la dejaron sin aliento.

—¡Ah…! —exclamó, aferrándose a él por puro reflejo.

Zeta la sostuvo con más fuerza cuando sintió cómo su cuerpo se debilitaba. Su respiración era agitada, irregular, y su voz vibraba con una mezcla peligrosa de posesividad y emoción.

—Eres mía, Lux —murmuró junto a su piel—. Y no dejaré que te alejen de mí.

El proceso se activó como una corriente invisible. No fue solo físico; algo más profundo se abrió paso entre ellos. Lux sintió calor, un cosquilleo que recorría su espalda, una presión en el pecho como si dos fuerzas opuestas tiraran de ella al mismo tiempo.

El mundo comenzó a girar.

Las imágenes se superpusieron: Conall, su fuerza, su voz grave… y Zeta, su suavidad, su promesa de futuro. Dos vínculos. Dos llamadas distintas. Y ella, en medio, incapaz de sostenerlo todo.

—Compañero… —susurró sin saber de dónde salía la palabra.

Zeta cerró los ojos al escucharla.

—Compañera…

El peso de lo que acababa de hacer cayó sobre él en el mismo instante en que Lux perdió las fuerzas. Su cuerpo se relajó de golpe y se desplomó contra su pecho. Zeta la atrapó antes de que tocara el suelo, sosteniéndola con cuidado, como si fuera algo frágil… como si pudiera romperse entre sus brazos.

—Lux… —dijo en voz baja, apoyando la frente en su cabello—. Perdóname… o no. Ya no sé qué es lo correcto.

La marca en su cuello palpitaba débilmente, distinta a la del Alfa, pero innegablemente real. Zeta la observó con una mezcla de satisfacción y temor.

Ambos la habían marcado en el mismo lugar y la marca tomó la forma de una luna.

Él lo sabía. Había cruzado una línea que no tenía vuelta atrás.

Y en el Norte, dos marcas ardieron al mismo tiempo. El aire mismo pareció tensarse, como si el mundo acabara de notar que algo antinatural, peligroso y profundamente prohibido acababa de nacer.

———————

En comentarios os dejo las imágenes de la evolución de los personajes principales hasta este momento. Espero que estéis disfrutando de la experiencia.

Lux sintió el mordisco como un relámpago que no quemaba la piel, sino algo mucho más profundo. No fue dolor, no exactamente. Fue una sacudida interna, un tirón brutal desde algún lugar que no sabía nombrar, como si dos fuerzas opuestas se hubieran encontrado dentro de ella sin pedir permiso.

—¡Compañera! —la voz de Zeta resonó cargada de triunfo, de necesidad, de una certeza que a Lux la descolocó por completo.

El mundo perdió contornos. Los colores se diluyeron y el aire se volvió espeso. No era celo, lo supo al instante, pero su cuerpo reaccionaba como si lo fuera. El corazón le latía demasiado rápido, la piel le ardía, y una oleada de energía desconocida la atravesó de pies a cabeza.

—¿Qué… qué me ocurre? —preguntó, con la voz temblorosa, llevándose una mano al cuello, justo donde el ardor palpitaba como una herida viva.

Zeta la sostuvo con ambas manos, firme, casi reverente.

—El proceso de marcado ha comenzado, mi amor —dijo en un susurro cargado de promesas—. Sin temas.

Lux frunció el ceño y, con esfuerzo, se giró para mirarlo de frente. Sus ojos brillaban de una forma distinta, intensa, peligrosa.

—¿Mi amor? —repitió, confundida.

—Eres mi compañera —respondió él sin dudar—. Mi amor. Mi futura reina.

Esas palabras deberían haberla tranquilizado. En cambio, la hicieron sentir más perdida que nunca.

—Zeta… —murmuró, llevándose una mano al pecho—. No me encuentro bien.

La frase apenas había salido de sus labios cuando sus piernas flaquearon. Un espasmo recorrió su cuerpo y otro le siguió, más fuerte. Zeta reaccionó a tiempo, sujetándola antes de que cayera.

—¡Lux! —exclamó alarmado.

Ella ya no podía responder. La energía dentro de ella se desbordaba sin control, como un río al que le han roto las compuertas. Su respiración se volvió errática y su cuerpo comenzó a convulsionar suavemente entre los brazos de Zeta.

La puerta se abrió de golpe.

— ¿Qué le has hecho? —rugió Conall desde el umbral.

Zeta alzó la vista, tenso, sin soltarla.

—La he marcado —respondió con frialdad—. Te advertí que no dejaría que la tuvieras.

Conall dio un paso al frente. Sus ojos brillaban con una furia apenas contenida, su lobo arañando por salir. De no ser por Lux, inconsciente y temblorosa, ya habría perdido el control.

—Eres un necio —escupió—. ¿Cómo te atreves a marcarla sabiendo que aún no se ha recuperado del primer proceso?

Zeta apretó la mandíbula.

—Ella es mi compañera.

—¡Ella no es una mestiza! —tronó Conall.

Zeta parpadeó, desconcertado.

— ¿Cómo que no es una mestiza?

Conall no respondió. Se giró bruscamente y salió de la habitación.

-¡Voluntad! —se oyó su voz regresar por el pasillo—. ¡Ve a buscar a Hanna ahora mismo!

Zeta, ignorando la tensión que se acumulaba en el ambiente, llevó a Lux con cuidado hasta la cama. Le acomodó la cabeza, apartándole el cabello del rostro con una ternura que contrastaba con la violencia de lo ocurrido.

—Lux… despierta —susurró, inquieto.

—¡No los toques! —bramó Conall al regresar a la puerta.

Zeta se giró, desafiante.

—Soy su compañero.

Conall avanzó un paso más.

—Yo también lo soy.

El aire se volvió denso, cargado de amenaza.

—Mi marca será más fuerte —dijo Zeta con voz baja—. Ella me elegirá a mí.

Conall enseñó a los colmillos, un gruñido profundo escapando de su pecho.

—No dejaré que te la lleves, Zeta. Me da igual quién seas.

Durante un segundo eterno, ambos se miraron, conscientes de una verdad que ninguno quería pronunciar en voz alta.

Uno de los dos debía morir.

El cambio fue casi simultáneo. Huesos crujiendo, piel transformándose, las bestias de ambos tomando el control. Dos alfas, dos fuerzas primordiales, listas para destruirse en la misma habitación donde Lux yacía inconsciente.

—¡Bestias tenían que ser! —exclamó una voz aguda y exasperada.

Hanna irrumpió en la habitación con expresión horrorizada, las manos en la cintura.

— ¿De verdad vais a arreglar esto a golpes al lado de mi princesa?

Zeta fue el primero en reaccionar. Al ver al hada, retrocedió un paso y recuperó su forma humana.

—¿Eres… un hada de verdad? —preguntó, atónito.

Hanna lo miró de arriba abajo con una ceja arqueada.

—No, claro que no —respondió con ironía—. Me estiro las orejas por puro gusto estético.

Conall gruñó una última vez antes de volver también a su forma humana. Se arrodilló junto a la cama, al lado de Lux, ignorando por completo a Zeta.

—¿Qué le ocurre? —preguntó, con la voz tensa.

Hanna se acercó, apartándolos a ambos con un gesto autoritario. Colocó dos dedos sobre la sensación de Lux y cerró los ojos unos segundos. Cuando los abrieron, avanzó con gravedad.

—El proceso de marcación se ha completado.

Zeta y Conall alzaron la cabeza al mismo tiempo, mirándose con hostilidad.

—Ambos la habéis marcado —continuó Hanna—. Y eso ha despertado sus poderes antes de tiempo.

— ¿Poderes? —preguntaron casi al unísono.

-Si. Y tranquilos —añadió al ver sus expresiones—. La reacción es normal. No morirá. Pero necesita descansar.

Zeta exhaló aliviado. Conall no se movió.

—Explícanos qué está pasando —exigió.

Hanna tomó asiento al otro lado de la cama y cogió la mano de Lux con delicadeza.

—La princesa Lux no es hija de una humana y un lobo.

Zeta abrió los ojos de par en par.

—¿Entonces no es mestiza?

—No —respondió Hanna—. Es de sangre pura. Real.

Conall sintió un vuelco en el estómago. Había sospechado, había intuido… pero escuchar esas palabras era otra cosa.

—Solo que no pertenece a este reino —añadió Hanna.

Zeta negó lentamente con la cabeza, incrédulo.

—¿De qué estás hablando?

Hanna sospechó, consciente de que ya no había vuelta atrás.

—Lux es hija de Lilian, la hija del antiguo Rey Lucius, del Reino Sagrado.

El silencio que siguió fue pesado, casi reverente.

—Lilian murió intentando salvarla —continuó—. Para protegerla, la ocultaron. Se sellaron sus recuerdos, sus poderes, su linaje.

Conall miró a Lux con otros ojos. Todo encajaba. Su fuerza, su resistencia, el modo en que había soportado dos marcas sin morir.

—Todo lo que ha vivido hasta ahora —dijo Hanna— fue una mentira necesaria.

Zeta pasó una mano por su rostro, abrumador.

—Entonces… ella es…

—La heredera legítima del Reino Sagrado —afirmó Hanna—. La última sanadora pura de la familia real.

Conall apretó los puños.

—Y ¿qué significa eso para nosotros?

Hanna lo miró con seriedad.

—Que habéis despertado algo que ya no se puede ocultar. El Reino Sagrado lo sabrá. Los antiguos poderes lo sabrán.

— La oscuridad lo sabrá y otros vendrán.

Zeta miró a Lux, inconsciente, vulnerable.

—No dejaré que le hagan daño.

Conall se giró hacia él, con una calma peligrosa.

—Eso lo decidirá ella cuando se despierte.

Hanna asintió.

—Y cuando lo haga —añadió—, nada volverá a ser como antes.

— ¿Quién es tal Rey Lucius? —preguntó Conall. Él sabía mucho de batallas y de poderes de guerras, pero poco conocía de historia.

—Conozco la historia del Rey Lucius, mi padre… bueno, mi padre lo conoció.

— ¿Quieres conocer toda la historia?

Ambos Alfas asintieron con la cabeza, sin alejar sus manos de las de Lux.

———————-

Hace 18 años, en el Reino Sagrado las tensiones entre los clanes estaban al borde de estallar. Los rumores susurraban sobre un nuevo mundo que aguardaba, pero la única forma de alcanzarlo era a través de la unión de reinos. En este complicado entramado político y emocional, se encontró a Lilian, atrapada entre su deber familiar y su propio corazón.

—Padre, te lo suplico. No permitas que esto suceda, — dijo Lilian, con la voz temblorosa, mientras miraba a su padre, el Rey Lucius, quien tenía el rostro surcado por líneas de preocupación. La desesperación se mezclaba con la determinación en su mirada.

— Lilian, ya lo hemos hablado, — repitió él con un tono firme, que no dejaba lugar para más discusión. — Tienes que unirte al Rey Eliseo y darle un hijo.

— Pero él ya tiene a su compañera ya su príncipe heredero, — replicó ella, sintiendo que cada palabra que salía de su boca era como una piedra lanzada contra un muro imponente.

— El futuro de nuestros reinos depende de esto, — insistió su padre, — la unión entre los dos reinos y las futuras descendencias ayudarán a la llegada del nuevo mundo. Nosotros poseemos el poder divino y la magia. Ellos proporcionarán el territorio y la fuerza. Un hijo mezcla de ambos reinos nos asegurará la supervivencia.

La presión que sentía era abrumadora, como si el aire se volviera denso a su alrededor. — Padre, no creo que la unión sea lo que necesitamos, — dijo, intentando mantener la calma.

Las palabras de su padre la golpearon con la fuerza de un vendaval. — Las piedras runas están en la montaña Pico Blanco y eso es territorio de los lobos. —sentencia Lucius.

— Podemos negociar para conseguirlas. —aclaró ella. — Iré yo misma si es necesario, — respondió Lilian, decidida, aunque sabía que no sería fácil. Su corazón latía con fuerza al pensar en el peligro que podría enfrentar.

— Hija, lo intenté todo. Pero el Rey Eliseo solo te quiere a ti, le confesó su padre.

— Yo no le amo…, — musitó con pesar. Era una verdad dolorosa que la ataba aún más a su destino.

— Eres mi única hija y la última línea en sucesión de la Corona Sagrada. Tienes que ser tú. El hijo que traigas al mundo, cambiará las cosas.

La revelación de su embarazo hizo que toda la habitación se detuviera. Ya estoy embarazada y amo al padre de este bebé, — dijo para sí misma con firmeza, sintiendo el nudo en su garganta. Aquel era un amor puro e inesperado, y no podía permitir que lo destruyeran.

— Tengo que escapar de aquí sea como sea, — concluyó, su determinación renovada ante la idea de luchar por lo que realmente deseaba. En su interior, sabía que la lucha apenas comenzaba, pero estaba dispuesta a enfrentar cualquier desafío. — No soy solo una herramienta política. Soy más que eso. Y así, la historia de Lilian se tornaba en una batalla entre el deber y el amor, donde su futuro aún estaba por escribirse.

———————

La imagen de la Princesa Lilian aparecerá en los comentarios. Si te estás gustando mi historia, puedes dejarme tu reseña para apoyarme. Gracias.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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