Lux de Luna - Capítulo 6
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6: Falsa amabilidad 6: Falsa amabilidad De regreso a la casa de la manada Sombras Plateadas, Redmond, el beta, aguardaba junto a la entrada del despacho.
Cuando el Alfa Bodolf apareció, le tendió una carta sellada con el emblema real.
—El rey Eliseo pide que te encargues de reunir a todos los alfas para la celebración —informó—.
Quiere aprovechar la ocasión para aclarar lo sucedido en el Norte.
Bodolf tomó la misiva sin prisa.
Ya sabía que el rey no estaba satisfecho con el bloqueo del comercio de las piedras rúnicas.
Nadie lo estaba… salvo Conall.
—Solo nos falta la respuesta de él —murmuró—.
¿Crees que aceptará venir?
Redmond esbozó una sonrisa ladeada.
—El muchacho no es idiota.
Sabe que no puede oponerse a la presencia del rey.
Bodolf asintió con gesto sombrío.
—¿De verdad vas a presentar a tu bastarda en sociedad?
—preguntó el beta con un deje burlón.
—¿Tengo otro remedio acaso?
Redmond soltó una risa cargada de picardía.
—Será entretenido verla intentar encajar en ese ambiente.
—Tengo problemas más importantes que eso —replicó Bodolf con desdén—.
He dejado todo en manos de mi compañera.
—La Luna Aria hará un buen trabajo.
—Lo sé —sentenció—.
Se asegurará de que la bastarda parezca… al menos, algo decente.
——————————— En el gran salón de la casa de la manada, la Luna Aria ocupaba su asiento como si el lugar le perteneciera por derecho divino.
El mármol frío del suelo se extendía a sus pies.
Lux estaba arrodillada frente a ella.
Llevaba más de veinte minutos sin moverse, con la frente pegada al suelo, respirando despacio para no marearse.
El silencio pesaba tanto como el miedo.
—Ya puedes levantarte —ordenó Aria al fin.
Lux obedeció de inmediato, con movimientos torpes y rígidos.
Cuando alzó la vista, Liz ya estaba allí.
—Mi señora —dijo la mujer—, cuando usted lo disponga puedo comenzar con ella.
Liz era la mano derecha de la luna Aria.
Alta, delgada, con una sonrisa que nunca alcanzaba sus ojos.
Desde siempre, Lux había sentido que aquella mujer la detestaba con especial intensidad.
—¿Sabes para qué te he llamado?
—preguntó Aria, evaluándola como si fuera un objeto defectuoso.
—No, mi señora —respondió Lux en un hilo de voz.
El terror se le colaba en cada palabra.
Aria había sido la autora de muchos de sus castigos desde que tenía memoria.
Varias de las cicatrices que marcaban su piel llevaban su firma.
—En unos días cumplirás dieciocho años —continuó la luna—.
Y vamos a celebrarlo.
Lux sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.
—¿Celebrar…?
Aria sonrió, una mueca fría.
—Celebraremos tu mayoría de edad.
Y te presentaremos en sociedad.
La sorpresa dejó a Lux sin aliento.
—¿A mí?
—¿Eres tonta o qué?
—Es que… es imposible… El sonido de una bofetada no fue necesario.
Bastó el tono.
—¿Te atreves a cuestionar una orden mía?
Lux bajó la cabeza de inmediato.
—No, mi señora.
Jamás haría algo semejante.
—Bien.
A partir de ahora quedarás bajo las órdenes de Liz.
Ella intentará enseñarte lo básico para disimular el desastre que eres.
—Lo que usted ordene, mi señora.
Aria agitó la mano con desprecio.
—Vete.
Tu presencia me da náuseas.
—Sí, mi señora.
—Liz —añadió Aria antes de que Lux pudiera alejarse—.
Asegúrate de frotar bien.
Esa piel asquerosa necesita más que agua.
—Como ordene, mi señora.
Lux apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Liz la sujetó del brazo con fuerza.
—No tan rápido.
Vendrás conmigo ahora mismo.
—————————— El agua estaba helada.
Lux jadeó al ser sumergida en la bañera.
—¡Está fría!
—Por supuesto que lo está —respondió Liz con indiferencia—.
Tenemos que hacer que tu piel parezca limpia y tersa.
Sin aviso, le tironeó del cabello.
El rojo intenso de su melena contrastaba de forma insultante con el platino habitual de la manada.
—¡Me duele!
—Y dolerá más si no te quedas quieta.
Lux apretó los dientes.
Sabía que resistirse solo empeoraría las cosas.
Cuando Liz terminó, la condujo a una habitación distinta.
No era lujosa, pero tenía una cama de verdad.
Un colchón.
Sábanas limpias.
Lux miró alrededor incrédula.
—¿Qué debo hacer aquí?
—Hasta que todo termine, esta será tu nueva habitación.
—¿Una habitación… de verdad?
Liz sonrió.
Una sonrisa torcida, cruel.
—No te acostumbres.
Cuando la comitiva se vaya, volverás a tu miserable vida de bastarda.
Lux no respondió.
Solo asintió.
Y por primera vez, entendió que aquella falsa amabilidad era mucho más peligrosa que el encierro.
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