Lux de Luna - Capítulo 61
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Capítulo 61: Fuego, deseo y pasión
—Conall, quiero que me beses—.suplicó Lux.
El beso fue meditado, como si ambos hubieran esperado este momento desde horas antes, llenos de un deseo compartido que trascendió las palabras. La luz tenue de la habitación se filtraba a través de las cortinas, creando un ambiente cargado de intimidad y expectativa. Sus labios se encontraron primero en un roce suave, casi tímido, que pronto se transformaría en una danza seductora.
Ambos abrieron sus bocas, intercalando movimientos suaves de lengua, pequeños mordiscos y besos con los labios cerrados. Cada caricia les robaba el aliento, los conectaba de manera palpable y eléctrica. Poco a poco, iban subiendo el ritmo de los movimientos, dejando que la necesidad primitiva se apoderara de ellos. El mundo exterior se desvaneció y solo quedaron ellos dos, sumidos en su propio universo.
Finalmente, al quedarse sin aliento, se separaron mirándose a los ojos. Conall, con un brillo especial en la mirada, rompió el silencio.
— ¿Qué es lo que quieres, Lux? —preguntó, con una voz profunda que resonó en el aire.
Sin dudarlo ni siquiera un segundo, ella le respondió, su voz un susurro cargado de deseo…
—Te quiero dentro mío, otra vez.
La urgencia en sus palabras fue suficiente para que Conall no perdiera un minuto. Tomó su mano con firmeza y la llevó hasta la cama, donde los sueños y la realidad parecían entrelazarse.
Comenzó a besar su cuello, siguiendo un camino que lo guiaba hacia sus pechos, disfrutando cada segundo, cada pequeño gemido que ella dejaba escapar de sus labios.
De repente, se detuvo un instante para dedicarle una sonrisa traviesa.
—Acaso ¿me has elegido a mí? —preguntó, sabiendo que la respuesta estaba inscripta en el brillo de sus ojos y en la tensión entre sus cuerpos.
Lux se sonrojó, pero prefirió no decir nada; su cuerpo hablaba por ella, lleno de deseo y anhelo.
—Alfa, tú a lo tuyo. No la presiones o terminará llamando al principio para que termine la faena.
La voz del lobo resonó en la mente de Conall, pero él sabía que este momento era únicamente de ellos.
Conall con una determinación renovada, bloqueó el enlace mental, decididamente dispuesto a disfrutar al máximo sin interrupciones molestas. La conexión entre Lux y él era tan intensa que sentía que podía percibir cada latido de su corazón, cada suspiro de que ella dejaba escapar.
Con cada palpitar, el clítoris de Lux palpitaba, reclamando atención. La vulnerabilidad y la fuerza que emanaba de ella lo hipnotizaba.
—Necesito atención allí abajo —confesó Lux, sus palabras un delicado ruego que encendió aún más el fuego en Conall.
—Ya veo.
Conall no perdió tiempo. Se arrimó a Lux y, con una delicadeza casi reverencial, bajó su mano hasta su vagina. Al tocarla, notó de inmediato su humedad, el signo irrefutable de su deseo.
—¿Estás deseosa? —preguntó, casi en un susurro, su tono cargado de complicidad y deseo.
—Sí… —respondió ella, la simple palabra llena de promesas que embriagan a Conall.
—Lux, no sabes lo que tú me haces, quiero explorar cada centímetro tuyo —declaró, mientras su pulso se aceleraba, deseando sentirla, entregándose completamente a la euforia que le generaba el estar cerca de ella.
Los pensamientos de su lobo volvieron a hacer eco en su mente, pero esta vez, Conall se aferró a la idea de que esta conexión que compartían era única, inigualable. Cada intercambio entre ellos era una mezcla perfecta de amor y pasión, dos almas gemelas que se encontraron en un momento suspendido en el tiempo.
Con cada toque, cada beso, cada caricia, el mundo se disolvía a su alrededor y solo existían Lux y Conall. Ella lo guiaba, y él la seguía, en una sinfonía de deseos peligrosos y dulces.
—Quiero más, Conall… —suplicó Lux.
Conall palmeó los pechos de ella y luego los masajeó, con los pulgares acariciando sus pezones mientras gruñía al tocarla y al sentir que se estremecía con su toque.
— Grrr… ¡Joder, pequeña! Me pones muy duro.
— ¡Ah, sí! Eso me gusta.
— Lo sé, cariño.
Luego, le pasó la lengua por el pezón provocando que Lux se estremeciera, por completo, al notar sus dientes atrapándolo.
— ¡Ay! —exclamó deseosa.
—Me gusta morderte, Lux. Me gusta tus turgentes pezones… solo pienso en hacerte cachorros y beber de tus pechos cuando tengas leche.
— ¡Sí, quiero amamantarte, mi alfa!
Conall la besó, lamió y mordió sin piedad, por todos los rincones de su cuerpo mientras ella jadeaba de placer soltando gemidos agudos provocando que todo su cuerpo convulsionara por el deseo de liberar su clímax.
— ¡¡¡¡Oh, por el Reino Sagrado!!!
— Quiero saborearte por completo. Voy a complacerme con ese dulce y húmedo coño tuyo, Lux.
Y, con un movimiento suave, Conall se arrodilló en la cama, quitándole los pantis mientras se deleitaba con su sexo resbaladizo y visiblemente lubricado por la excitación.
— Maldición, se ve tan apetitoso y tu olor es un afrodisíaco que, podría estar todo el día comiéndote el coño, pequeña.
Conall se inclinó hacia adelante, separando los labios vaginales con los pulgares y pasó la lengua por su clítoris haciendo que Lux se perdiera en su deseo por completo.
—¡Oh, mierda! ¡Si! ¡Sí! ¡Ahhhhhh!
La lengua de Conall recorría su entrada, hambrienta y lujuriosa, mientras ella se retorcía de placer sin poder controlar sus sonoros gemidos.
—¡Así, así! ¡Ahhhh!
—Sabes deliciosa, Lux.
Ella palpitaba con cada una de las lamidas de Conall. Pero su instinto desenfrenado le exigía más y más.
— ¡Necesito más, Conall!
Conall se separó un poco con vestigios de la miel de Lux sobre sus labios para introducirle el primer dedo mientras lamía los bordes exteriores.
— ¡OHHHHH! —gimió mientras le cogía el cabello a Conall.
—¿Te gusta que te sirva, mi princesa?
Lux se encentraba sumergida en un completo estado de éxtasis y en el momento en que Conall introdujo su segundo dedo, ella abrió más sus piernas para darle mayor acceso.
Satisfecho con la invitación, él comenzó a meter y a sacar los dedos sin parar, de una forma tan feroz y profunda, mientras no dejaba de lamer su centro.
— ¡Mierda, mierda!
Y eso, es todo lo que Lux necesitaba. Su cuerpo se estremeció con un orgasmo salvaje que le recorrió con la fuerza de un tsunami.
—¡¡¡Ahhhh, Conall!!! ¡¡¡¡SIIIIII!!!
Inclinándose hacia atrás para mirarla, el alfa sonrió satisfecho. Sus ojos juguetones brillaron con deseo.
—Muy bien pequeña, eso es… ahora que estás bien mojadita, ¿estás preparada para que te folle sin piedad?
Lux se sonrojó, pero asintió con firmeza.
— Mi Alfa, soy tuya y tú eres mío… te quiero.
Y en ese mismo instante, Conall la empujó hacia el centro de la cama, abriéndole los muslos por completo para introducirse profundamente.
No fue paciente, no fue suave, no fue delicado.
Él la reclamaría de todas las maneras posibles y, aun así, ella no se quejaría.
El silencio que quedó después de poseerse mutuamente, una y otra vez, no fue incómodo.
Fue cálido.
Denso.
Completo.
Lux permaneció unos segundos con los ojos cerrados, intentando comprender lo que estaba sintiendo. No era solo el cansancio dulce tras un momento intenso. No era solo el calor que aún vibraba en su piel.
Era… plenitud.
Una sensación nueva y profunda que le llenaba el pecho por dentro, como si algo que había estado disperso finalmente se hubiera acomodado en su sitio.
Conall seguía tumbado boca arriba, la respiración todavía algo agitada, mirando el techo mientras trataba de ordenar sus pensamientos. Su lobo estaba exultante, dando vueltas en su mente como si hubiera ganado una batalla histórica.
—¡Nos ha dicho que nos quiere! ¡Lo has oído! ¡Lo has oído!
—Lo he oído —murmuró mentalmente Conall, incapaz de contener una sonrisa.
Lux se movió entonces. Se acomodó despacio sobre él, apoyando el mentón en su pecho, mirándolo desde abajo. Su cabello caía como una cortina suave alrededor de sus hombros, y sus ojos… sus ojos ya no tenían confusión.
Tenían decisión.
—Te quiero —repitió con una dulzura serena, sin titubeos.
Conall sintió que algo se aflojaba dentro de él. Una tensión que llevaba días —quizá semanas— acumulándose sin que se diera cuenta.
Sonrió.
Pero no fue su sonrisa arrogante de Alfa. No fue la sonrisa irónica que solía dedicar a Zeta.
Fue una sonrisa genuina.
Limpia.
—Eres mala —le dijo en voz baja.
Lux frunció el ceño, divertida.
—¿Yo?
—Sí. Dices esas cosas como si no supieras lo que provocan.
Ella ladeó la cabeza.
—¿Y qué provoco?
Conall alzó una mano y apartó un mechón de su rostro con una caricia lenta.
—Que quiera protegerte de todo. Incluso de mí mismo.
El corazón de Lux dio un pequeño vuelco.
Y lo entendió.
Lo que sentía no era solo deseo. No era solo la intensidad del vínculo. Era la certeza de estar segura.
Conall no la miraba como una reliquia. No la miraba como una princesa lejana ni como un trofeo. La miraba como si fuera su igual. Como si su fuerza no lo intimidara, sino que lo completara.
Su marca en el cuello ya no ardía. Ahora latía acompasada con el pulso de Conall. Sintió esa conexión descender por su columna, expandirse en su pecho, asentarse en su vientre como una raíz que encontraba tierra firme.
—Me siento… llena —confesó en voz baja.
—¿Llena?
—Sí. Como si algo dentro de mí se hubiera alineado.
Conall la observó con atención.
Su lobo volvió a intervenir, orgulloso.
—La hemos estabilizado. La sentimos fuerte. ¡Eres un campeón, alfa!
—Te sientes así porque el vínculo conmigo, se ha cerrado correctamente —dijo Conall con suavidad—. Ya no estás sola dentro de tu poder.
Lux apoyó la mejilla sobre su pecho, escuchando el latido firme de su corazón.
—No me había dado cuenta de lo sola que estaba hasta ahora.
Esas palabras le atravesaron.
Conall rodeó su espalda con ambos brazos, acercándola más a él.
—No volverás a estarlo.
No fue una promesa grandilocuente. No fue una declaración dramática.
Fue un hecho.
Lux sonrió contra su piel.
Sentía la fuerza de él rodeándola, pero no como una jaula. Como un refugio.
—Gracias por quedarte —susurró.
Conall cerró los ojos un instante.
Había estado a punto de irse. De dejar que Zeta terminara lo que había empezado. De tragarse el orgullo y desaparecer.
Y ahora sabía que, si lo hubiera hecho, habría cometido el mayor error de su vida.
—Gracias a ti por detenerme —respondió.
Su lobo volvió a reír en su mente.
—Eres malo, Alfa. Dijiste que te ibas.
—Conall, eres lo mejor que me ha pasado hasta ahora…—Lux cerró los ojos afianzándose en el pecho de su protector.
—Jo, soy lo mejor que le ha pasado.—ronroñaba el lobo todo contento.
—Me lo dijo a mí, lobo —replicó mentalmente, con satisfacción—. No a ti.
—Siempre igual, ya no te quiero.
Lux alzó la cabeza y lo miró con esa luz nueva en los ojos.
Ya no había duda.
Había vínculo.
Había elección.
Y, por primera vez desde que todo comenzó a desmoronarse, Lux no sentía miedo del futuro.
Porque sabía que, pasara lo que pasara con Zeta, con el Rey o con el Reino Sagrado…
Conall era su ancla.
Y eso nadie podría arrebatárselo.
Esa noche, la Manada de la Escarcha Feroz desplegó todo su protocolo.
Antorchas encendidas. Banderas alzadas. Guerreros duplicados en cada pasillo. El gran comedor, excavado en piedra negra y decorado con pieles blancas de invierno, brillaba bajo la luz dorada de los candelabros.
No era solo una cena.
Era una declaración política.
La Manada Real, la Manada de las Sombras Plateadas y los anfitriones compartiendo mesa bajo el mismo techo.
Demasiados egos. Demasiadas bestias.
Demasiados secretos.
Los primeros en ocupar sus lugares fueron los invitados. Guerreros, consejeros, nobles de sangre antigua. Las conversaciones flotaban como un murmullo constante… hasta que las puertas del comedor se abrieron por segunda vez.
Conall y Lux descendieron los últimos.
Y el silencio cayó como una losa.
Lux llevaba un vestido rojo oscuro que resaltaba el brillo de su cabello. La marca en su cuello, visible, parecía latir con una luz propia.
Conall caminaba a su lado con la naturalidad arrogante de quien sabe que todos lo observan… y no le importa.
Pero esa noche no era a él a quien miraban.
—¿Es ella? —murmuró Sebastián, inclinándose apenas hacia Zeta.
El príncipe no apartaba los ojos de Lux.
—Sí. Es ella.
Sebastián la analizó con mirada de guerrero. No vio solo belleza. Vio poder. Vio el interés que despertaba en todos los presentes.
—Ahora que se ha enlazado con el Alfa del Norte… ¿no crees que ya no tienes opciones?
Zeta esbozó una media sonrisa, casi amarga.
—No lo entenderías, Sebastián.
—Inténtalo.
Zeta bajó la voz.
—Nos guste o no… los tres estamos enlazados.
El guerrero frunció el ceño.
—Eso no existe.
—Existe.
Sebastián lo estudió unos segundos más.
—Sabes que puedes confiar en mí.
—Lo sé.
—Pero si no me dices nada más, no podré ayudarte.
Zeta apartó la mirada hacia la cabecera de la mesa, donde Conall ayudaba a Lux a tomar asiento a su derecha, presidiendo como Alfa anfitrión.
—Por ahora, lo que sabes es suficiente.
Sebastián suspiró.
—Solo sé que esa mujer es tu compañera. Que la quieres a toda costa. Y que tu padre ha posado los ojos en ella. Y tú estás tramando algo a sus espaldas.
Zeta giró lentamente la cabeza. Sus ojos, normalmente diplomáticos, ardían.
—Algún día seré rey de este continente.
Sebastián guardó silencio.
—Y ella será mi reina. No habrá nadie que lo impida.
—¿Estás dispuesto a iniciar una guerra por ella?
Zeta no dudó.
—Por ella estoy dispuesto a matarlos a todos.
Sebastián no volvió a preguntar.
Porque supo que Zeta, hablaba en serio.
En la mesa principal, Conall acomodó a Lux con una mano firme en su espalda baja. El gesto fue posesivo. Claro.
Un mensaje.
Todos los ojos estaban puestos en ella.
El Rey Eliseo fue el primero en romper el silencio, alzando su copa con una sonrisa amplia y peligrosa.
—Mi preciosa mestiza… veo que el proceso de marcado te ha sentado de maravilla.
Lux se sonrojó al instante y bajó la mirada.
—Oh… qué encanto —continuó el rey, divertido—. Sigue siendo tan tierna y tímida como siempre.
Conall tensó la mandíbula.
Zeta, desde su asiento, observaba a su padre con desaprobación abierta.
—Majestad —intervino Conall con voz educada, pero fría—. Mi Luna ha pasado por un proceso intenso. Agradecemos su preocupación.
Eliseo inclinó la cabeza levemente.
—Oh, no es preocupación, Alfa. Es… interés.
La palabra quedó flotando demasiado tiempo.
Lux sintió un escalofrío.
Entonces otra voz intervino.
—Me alegra verte bien, hija mía.
Bodolf.
Lux alzó la mirada hacia él. Su expresión era amable. Demasiado amable.
¿Él sabrá que no es mi padre?
¿Es por eso por lo que siempre me ha odiado?
—Lo estoy… padre —respondió, pero su tono fue corto. Frío.
Bodolf lo notó.
Y no le gustó.
—¿Y mi hija dónde está? —interrumpió Aria de pronto, con voz aguda.
Miró por encima del hombro de Conall, dirigiéndose a Will, que permanecía firme detrás del Alfa junto a Sion.
Will respondió antes de que Conall pudiera hacerlo.
—Luna Aria, su hija es compañera de un guerrero personal. Está cenando con los omegas, criados y compañeras de los demás guerreros.
El silencio fue inmediato.
Aria sonrió… pero sus ojos se oscurecieron peligrosamente.
—Alfa Conall —dijo, enderezándose—. No olvides que, por las venas de mi hija Electra, corre sangre de Alfa.
Conall apoyó los codos sobre la mesa, relajado.
—Si fuera macho, no cambiaría de rango. Pero siendo mujer… ya conoces las tradiciones, Luna Aria.
Aria apretó los labios.
—Maldito niñato… —susurró apenas audible—. Disfrutaré verte caer.
—¿Decía algo, Luna Aria? —preguntó Conall con falsa cortesía.
Bodolf intervino rápido.
—Lamento este entredicho, Alfa Conall. Ya sabes cómo son las madres con sus hijos.
Conall lo miró directamente.
—La verdad es que no lo recuerdo bien, estimado Alfa Bodolf. Perdí a la mía siendo muy pequeño.
El ambiente cambió.
Bodolf palideció apenas un segundo.
Demasiado breve para que cualquiera lo notara.
Pero Conall sí lo vio.
Y lo sostuvo.
—Tu madre era una mujer maravillosa —dijo Bodolf, forzando una sonrisa—. Estoy seguro de que habría dado su vida por ti.
Conall sostuvo su mirada.
—Eso también lo creo yo.
Lux notó el cambio en él. La tensión. La distancia repentina en sus ojos.
Porque en ese instante, Conall ya no estaba en el comedor.
Estaba en otro lugar.
Un lobo de siete años.
Sangre.
El olor metálico en el aire.
Las gemelas llorando.
Su madre empujándolo hacia un escondite.
Y Bodolf.
La imagen de su madre cayendo frente a él.
La mano del Alfa manchada de rojo.
El pequeño Conall sin poder hacer nada.
—¿Estás bien? —susurró Lux, rozando discretamente su mano bajo la mesa.
Conall volvió.
Parpadeó.
La miró.
Y algo en su expresión se suavizó.
—Sí —respondió en voz baja—. Es mejor que comencemos a cenar. El venado frío no vale nada.
Un intento torpe de normalidad.
Lux entendió que había tocado una herida antigua.
Y apretó su mano un poco más.
Desde el otro extremo de la mesa, Zeta observaba todo.
Eliseo levantó su copa nuevamente.
—Brindemos —declaró— por la unión de manadas. Por nuevas alianzas. Y por futuros herederos fuertes.
Su mirada se posó descaradamente en Lux.
Zeta apretó la copa con tanta fuerza que el cristal crujió.
Conall lo vio.
Y por primera vez en la noche, ambos compartieron algo que no era rivalidad.
Miedo.
Porque entendían lo mismo.
Lux no era solo una mujer hermosa.
Era un premio político.
Un arma.
Y el Rey Eliseo quería utilizarla.
—Alfa Conall —prosiguió Eliseo con tono ligero—. ¿Tiene planes de anunciar oficialmente la unión?
—Mi Luna será presentada como corresponde —respondió Conall—. Cuando yo lo decida.
Eliseo sonrió.
—Por supuesto. Solo sugiero no demorar demasiado. Hay muchos ojos atentos.
Zeta intervino entonces.
—Padre, Lux no es un trofeo que deba exhibirse.
Eliseo lo miró con falsa sorpresa.
—¿Defiendes a la Luna de otro Alfa, hijo?
—Defiendo lo que es justo.
—Oh, la justicia… —rió Eliseo—. Qué concepto tan flexible.
La tensión podía cortarse con un cuchillo.
Lux respiró hondo.
Sentía las miradas.
Sentía el interés.
Sentía el peligro.
Pero también sentía algo más.
La mano firme de Conall sosteniéndola.
Y, al otro lado de la mesa, la presencia inquebrantable de Zeta.
Dos fuerzas.
Dos anclas.
Y en medio… ella.
—Majestad —intervino Lux con voz suave, pero clara—. Agradezco su interés. Pero esta noche me gustaría simplemente disfrutar del banquete.
El murmullo del salón se apagó como si alguien hubiese cerrado una compuerta invisible.
Todos se sorprendieron.
Incluso Conall.
Eliseo inclinó la cabeza con una sonrisa lenta, calculada.
—Por supuesto, preciosa.
El término cayó sobre la mesa como una chispa sobre pólvora.
Conall sintió cómo algo oscuro se alzaba dentro de él.
Su lobo.
La palabra no había sido inocente. No había sido casual.
Había sido posesiva.
Provocadora.
Un rey llamando “preciosa” a la Luna de otro Alfa, frente a toda su manada.
Los dedos de Conall se tensaron alrededor de la copa. El cristal crujió.
— Mátalo. — gruñó su lobo. — Hazlo ahora. Arráncale la lengua por hablarle así.
Conall tragó saliva, obligándose a respirar despacio.
— No. Aquí no. No así.
Zeta también lo había oído. Y su mandíbula se marcó con dureza. Sus ojos se clavaron en su padre con un brillo que ya no era diplomático.
—Padre —intervino con voz firme—. Creo que deberías dirigirte a ella como corresponde.
Eliseo giró la cabeza con lentitud felina.
—Ah, ¿sí? ¿Y cómo corresponde, hijo?
Zeta sostuvo su mirada.
—Como Luna de la Escarcha Feroz.
El silencio se volvió más pesado.
Eliseo sonrió de lado.
—Oh… claro. Mis disculpas. Luna Lux.
Conall no apartaba los ojos del Rey. Su lobo seguía golpeando dentro de su mente como una bestia encerrada en una jaula demasiado pequeña.
— Déjame salir. Me lo zambullo en un segundo.
— No.
Lo estaba provocando. Quería que reaccionara.
Y Conall lo entendía. Eliseo buscaba eso. Un desliz. Un ataque impulsivo. Una excusa.
Eliseo volvió a hablar, apoyando el codo en la mesa con aparente desenfado.
—Es solo que resulta difícil no notar tanta belleza cuando ilumina el salón.
Las uñas de Lux se clavaron en su propio regazo bajo la mesa.
Conall dejó la copa con demasiada fuerza.
—Majestad —dijo, midiendo cada palabra—. Mi Luna no necesita ser observada como si fuera parte del menú.
Algunas risas nerviosas escaparon de los extremos de la mesa.
Eliseo arqueó una ceja.
—¿He dicho algo indebido?
—Lo suficiente.
Zeta se levantó lentamente.
—Padre, basta.
Sebastián lo miró con alerta inmediata. Aquello estaba a un suspiro de convertirse en una confrontación abierta.
—No es necesario que intervengas, hijo —replicó Eliseo, con una frialdad apenas perceptible—. Solo converso.
—Con la mujer de otro Alfa —respondió Zeta.
Eliseo dejó escapar una risa breve.
Lux, hasta ese momento, había permanecido callada. Observando. Sintiendo cómo hablaban de ella como si no estuviera sentada allí.
Como si fuera un premio.
Una pieza.
Un territorio.
De pronto, se puso en pie.
El movimiento fue tan inesperado que incluso las bestias guardaron silencio.
Conall se giró hacia ella de inmediato.
—Lux…
Pero ella no lo miró.
Miró al rey.
Directamente.
Su voz ya no fue tímida.
Fue firme.
—Majestad, le agradezco el cumplido. Pero no soy “preciosa”.
Eliseo entrecerró los ojos.
—Ah, ¿no?
—No. Soy Luna Lux. Y no pertenezco a nadie como para ser mencionada de ese modo.
Un murmullo recorrió el salón.
Zeta sintió una punzada de orgullo.
Conall, una mezcla de asombro y algo más profundo.
—¿Y a quién perteneces, entonces? —preguntó Eliseo con suavidad peligrosa.
Lux sostuvo su mirada sin parpadear.
—A mí misma.
Silencio absoluto.
Ni un cubierto se movía.
—He sido marcada, sí —continuó—. Y he aceptado el vínculo. Pero eso no me convierte en objeto de nadie.
Conall sintió cómo su lobo se detenía.
No por derrota.
Por respeto.
Zeta no podía apartar los ojos de ella.
Eliseo apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Cuidado con el tono, muchacha.
Lux dio un paso hacia adelante.
—Con todo respeto, Majestad… el cuidado debería tenerlo usted.
Algunas respiraciones se cortaron.
—Estoy aquí como Luna de esta manada. Y como mujer con voz propia. Si desea hablar conmigo, hágalo con respeto. Si desea dirigirse a mí… hágalo por mi título.
El desafío estaba servido.
Conall se levantó despacio, colocándose a su lado.
Zeta hizo lo mismo desde el otro extremo.
Dos lobos.
Un escudo.
Pero esta vez no era ella quien necesitaba que hablaran por ella.
Era ella quien había hablado por todos.
Eliseo la observó durante varios segundos.
Luego, lentamente… sonrió.
Pero ya no era la sonrisa burlona de antes.
Era una sonrisa evaluadora.
—Interesante.
Se reclinó en su asiento.
—Mis disculpas, Luna Lux.
Ella sostuvo su mirada un segundo más.
Luego asintió.
Y volvió a sentarse.
El comedor tardó unos segundos en recuperar el murmullo.
Conall se inclinó hacia ella.
—¿Sabes lo que acabas de hacer?
Lux respiró hondo.
—Sí.
—Has desafiado al rey.
—Me ha desafiado él primero.
Zeta se permitió una leve sonrisa.
—Nunca había visto a nadie hablarle así.
Lux lo miró brevemente.
— Entonces ya era hora.
Conall no pudo evitarlo.
Sonrió.
—¿Dónde ha quedado mi pequeña mestiza, tímida y cohibida?
—Murió. Ya no soy esa… ahora soy la Luna del Norte y la futura Reina de los Lobos.
Conall y Zeta, simplemente se acomodaron satisfechos con la respuesta de su compañera, que comenzaba a demostrar de que material estaba hecha.
Porque no necesitaba atacar para sobresalir…
Ella no era una presa.
Era una reina.
Y acababa de demostrarlo ante todos.
La cena continuó entre conversaciones forzadas y risas estratégicas.
Sin embargo, bajo la mesa, las manos seguían entrelazadas.
Y en el aire flotaba una verdad silenciosa…
Aquello no era un simple banquete.
Era el inicio de una guerra que aún no había sido declarada.
Y todos lo sabían.
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