Lux de Luna - Capítulo 63
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 63: El veneno
Al terminar la cena, las sillas se arrastraron sobre la piedra con un murmullo grave. El vino había calentado las lenguas, pero no había suavizado las tensiones.
—Alfas —anunció Conall, poniéndose en pie—, continuamos en mi despacho.
El Rey Eliseo avanzando con naturalidad. Bodolf hizo lo mismo. Los consejeros comenzaron a levantarse, intercambiando comentarios sobre minas, rutas comerciales y pactos militares.
Zeta también se levantó.
Pero no caminó hacia el despacho.
Eliseo lo notó de inmediato.
—¿Adónde te diriges? —preguntó con tono suave, demasiado suave.
Zeta inclina la cabeza.
—Debo atender un asunto de seguridad con los guerreros, padre. Ya os alcanzaré en un rato.
Eliseo lo observar unos segundos, evaluándolo.
—De acuerdo… pero no tardes.
—No lo haré, mi señor.
Zeta giró sobre sus talones sin esperar respuesta. Su lobo ya tiraba de él hacia el exterior.
Porque la había visto.
Había visto a Lux escabullirse discretamente hacia el jardín trasero.
——————–
Mientras tanto, en el interior del gran salón, Luna Aria interceptó a Will antes de que pudiera retirarse.
—Un momento.
Will se giró al instante.
—Luna Aria.
—Necesito ver a mi hija.
—Ella está descansando —respondió con respeto medido.
Aria lo miró como si acabaría de decir una estupidez monumental.
—No me ha entendido. No te estoy pidiendo permiso.
Tragó saliva.
Sion, que observaba desde la distancia, negociaba con la cabeza.
— Si este idiota sigue desobedeciendo órdenes directas del Alfa, terminará colgado del portón —murmuró para sí.
Pero Will ya estaba caminando hacia la salida, indicando el camino.
La noche estaba fría. El bosque susurraba.
Caminaron en silencio hasta una pequeña choza de madera, humilde pero limpia, iluminada por una tenue lámpara interior.
—Aquí está —dijo Will.
Aria se detuvo en seco.
—¿Qué es este lugar?
—Nuestra casa.
La expresión de Aria se descompuso.
— ¿Tienes a mi hija viviendo como una omega?
—Luna… ella no tiene estatus ahora.
—Maldito eres, Will. Todo esto es por tu culpa.
Él alzó la mirada, dolido.
—¿Mi culpa? ¿Quién intentó manipular un vínculo sagrado, señora?
Aria se quedó quieta.
—¿Qué insinúas?
—Nada —respondió él, retrocediendo—. Si quiere entrar, Electra está dentro.
Will se marchó antes de que su lengua le costara la vida.
Aria respiró hondo.
—Reino Sagrado… dama fuerzas.
Entró.
Electra se levantó al verla.
—¿Madre?
Aria quedó paralizada.
Su hija vestía ropa sencilla. El cabello recogido sin adornos. Las manos ligeramente manchadas de harina.
Parecía otra…
—Electra… ¿qué te han hecho?
La joven suspir y corri a abrazarla.
-¡Madre! Has venido… Estoy bien, no me han hecho nada.
Después del abrazo, Aria la sostuvo por los hombros y la examinó.
—Mírate esas pintas. Te han esclavizado.
—No seas exagerada, madre. Estoy bien. De verdad.
—¿Cómo puedes decir eso?
Electra respiró hondo.
—Will me trata bien. Vivo tranquilo. Ayudo a la manada. He aprendido a hacer panecillos… —ella lo contó como toda una hazaña.
Aria llevó la mano al pecho teatralmente.
—Me va a dar algo… te han puesto a trabajar como a una criada.
—Madre —dijo Electra con firmeza inesperada—. Soy feliz.
Aria la miró como si le hubiera insultado.
—Siendo compañera de un guerrero apestoso, ¿eres feliz?
Electra sostuvo su mirada.
—Para él soy su reina. Así que sí.
Aria apretó los dientes.
—Maldito vínculo.
Sus ojos brillaron con cálculo frío.
—Tendré que decirle a Liz que prepare un hechizo para romperlo o perderé a mi única hija… y el estatus que conlleva. —pensó para sí misma.
Electra retrocedió un paso.
—Madre…
—Esa bastarda nos la ha liado bien —continuó Aria, ignorándola—. Ahora es la nueva Luna del Norte.
—Me alegro por ella —respondió Electra en voz baja.
Aria explotó.
—¿Estás loca?
—Madre, ese Alfa es un ser despiadado y brutal. Tú no sabes lo que me ha hecho…
—¡Tú deberías ser la Luna del Norte! Eres la única que puede ayudarnos a recuperar las minas de piedras mágicas.
-¡No!
El tono firme preguntó incluso a Aria.
—¡Vas a hacer lo que te digo o lo lamentarás!
—¿Qué quieres decir?
Aria se inclina hacia ella.
—Sabes que puedo deshacerme de tu compañero en un abrir y cerrar de ojos.
El rostro de Electra palideció.
Conocía el poder de Liz. Conocía la falta de escrúpulos de su madre.
—Madre… no le hagas daño.
—Entonces obedecerás.
Aria sacó un pequeño frasco de su manto.
—¿Qué es eso?
—Veneño. En pequeñas dosis no mata… pero enferma.
Electra lo miró horrorizada.
—¿Qué tengo que hacer?
—Ganarte la confianza de las omegas de cocina. Dos gotas en la comida de Lux.
—¿Y luego?
—Enfermará. Se debilitará. El Alfa no la abandonará… pero tú lo seducirás cuando esté vulnerable. Lograrás que te marque. El vínculo con ella se romperá.
Electra negó lentamente.
—¿Y Will?
—Agradece que lo dejaré con vida.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en los ojos de la joven.
—Madre… debería haber otra forma.
—No seas ridícula. Lo que sientes por él no es real. Fue un vínculo forzado. No es tu compñaero destinado.
Electra presionó el frasco con fuerza.
—Aun así…
Aria ya se dirigía a la puerta.
—Si me quedo un segundo más en esta choza, moriré del asco.
Antes de salir, lanzó una última mirada.
—Espero que al menos esto lo hagas bien.
La puerta se cerró.
Electra quedó sola.
Mirando el veneno.
—Si no lo hago… matará a Will.
——————–
En el jardín, la luna iluminaba las rocas.
Lux estaba sentada sobre una de ellas, mirando el cielo.
—Es tan perfecta como tú.
No se sorprendió.
—Y aquí estás.
Zeta se acercó despacio.
—¿Cómo te encuentras?
—Rara. Hanna dijo que debo terminar el proceso contigo si quiero entender mis poderes.
—Lo sé.
Se sentó a su lado.
—¿Y cómo te sientes?
—Confundida.
Zeta sonrió levemente.
—Es normal. Nos tomó por sorpresa a los tres.
Lux suspiró.
— ¿Cómo un príncipe y un alfa tan influyentes pueden ser mis protectores?
—Porque eres una gran sanadora —respondió con suavidad—. Y necesitas a los más fuertes.
Lux río bajito.
—Qué elegante forma de decirlo, su majestad.
Zeta inclinó la cabeza teatralmente.
—Intento estar a la altura.
Ella lo miró con ternura. En sus ojos brillaba una mezcla de afecto y preocupación. La noche se había convertido en un refugio, un espacio privado donde las palabras podían fluir sin temor a ser juzgadas. La luna, cómplice de su encuentro, iluminaba suavemente sus rostros, creando un juego de sombras que acentuaba el momento.
—Sabes que esto no será fácil. Sois demasiado territoriales —dijo ella, su voz era un susurro que podría haberse perdido en el viento, pero Zeta la escuchó claramente. Era verdad; la cultura de los hombres lobo estaba llena de reglas posesivas, de marcas y territorialidades que complicaban cualquier intento de relacionarse.
—Conall y yo tendremos una conversación. Pero no quiero que te preocupes —respondió él, su tono firme pero reconfortante, como si estuviera prometiendo que todo saldría bien, a pesar de las dificultades.
Su lobo murmuraba en su interior, un eco constante que pedía a gritos avanzar. La conexión que sentía por ella era innegable y poderosa, como un imán que atraía cada parte de su ser.
—Podemos esperar. La conquistaremos desde su corazón —le trasmitió Zeta a su lobo, con una sonrisa juguetona que iluminaba su rostro. Era su forma de desviar la gravedad de la situación, al mismo tiempo que declaraba su intención de luchar por ella. Lux vio algo en sus ojos, una chispa que avivaba su deseo de creer en un futuro juntos, a pesar de la tormenta que se avecinaba.
Zeta se inclinó hacia ella, acortando la distancia que ambos sabían que existía entre ellos. La cercanía le hizo sentir un hormigueo en el estómago.
—No haré nada que no quieras —le aseguró, su voz era un suave murmullo que se insinuaba en su mente y corazón. Lux sintió el calor subirle a las mejillas, un rubor que delataba su incomodidad y su atracción.
—Lo sé —respondió, incapaz de quitarle la vista de encima. No había duda de que su conexión era real, palpable y eléctrica. Cada palabra que intercambiaban era como un hilo que tejía su destino, uniéndolos de una manera que ni siquiera podrían haber imaginado.
—Puedo esperarte toda mi vida —declaró Zeta, y esas palabras la desarmaron por completo. Era alarmante lo serio que sonaba, cómo cada sílaba resonaba en su interior como una promesa entrelazada con pasión e indefinición.
—Es mejor que vuelva —susurró ella, sintiendo que la lógica y el sentido común comenzaban a nublar su corazón. —No es buena idea que nos veamos juntos.
Zeta la tomó suavemente de la cintura, su agarre firme pero gentil, como si entendiera el delicado equilibrio entre deseo y deber.
—Encontraré la forma de llevarte al palacio —exclamó con determinación, como si pudiera mover montañas con solo desearlo. Sus palabras eran un canto a la esperanza, pero también un recordatorio del desafío que tenían por delante.
—No dejaré a Conall —respondió Lux, intentando contener la ansiedad que empezaba a romper en su pecho. Sabía que había un compromiso, una historia entre ella y Conall que no podía ignorar tan fácilmente. Pero la intensidad del momento con Zeta lo hacía aún más complicado.
Zeta no retrocedió, manteniendo su mirada firme en la de ella, como si quisiera que supiera que no tenía miedo de enfrentarse a lo que fuera necesario.
—Eres mía también. Y yo soy tuyo —pronunció finalmente, cada palabra impregnada de una sinceridad que atravesaba el velo de la incertidumbre. Se inclinó, acercándose aún más, y el mundo exterior pareció desvanecerse.
El beso comenzó suave, casi cauteloso, como si ambos estuvieran midiendo la profundidad de su anhelo. Pero pronto se volvió intenso, un torrente de emociones que derribaba cualquier barrera. Era un beso que contenía más que deseo; era el reconocimiento de que estaban destinados a luchar por lo que había entre ellos.
Entonces, en ese instante, todo cobró sentido. La confusión, el miedo, la lealtad… todas esas emociones se fundieron en una sola: el amor, crudo y verdadero. Mientras sus labios se encontraban, el bosque a su alrededor se sumía en un silencio reverente, como si la naturaleza misma aplaudiera su unión. Era un momento robado, un suspiro entre el caos, y en su corazón, Lux supo que, pase lo que pase, lucharían por lo que realmente importaba.
El mundo parecía desaparecer.
—Te quiero… —murmuró él contra sus labios.
El deseo escaló, eléctrico.
—Yo también te quiero, Zeta.
—Lux… puedo olerte. Estás mojada, deseándome. Quieres que te haga mía…
Ella jadeó suavemente.
Pero de pronto, Zeta se tensó.
Olor.
Presencia.
—¡Maldición!
La soltó de inmediato.
Lux se arregló el vestido, respirando agitada.
-¡Oh!
— ¿Qué demonios haces aquí? —gruñó Zeta.
Leo estaba a pocos pasos, pálido.
—Yo… yo no he visto nada.
—Más te vale —murmuró Zeta con tono amenazante.
Leo tragó saliva.
—El Alfa ha solicitado la presencia de su Luna.
Zeta miró al gamma con frialdad.
—Matalo. —exclamó su lobo.
— No. Eso sería estúpido. Es el Gamma de la manada, nos meteríamos en guerra antes de tiempo.
—Se lo contará a alguien.
—Si aprecias tu vida —dijo Zeta en voz baja—, cerrarás esa boca.
—Ya está cerrada —respondió Leo con una sonrisa nerviosa—. Sellada.
Lux intervino.
—Leo, está bien. Llévame con Conall.
—De verdad solo venía a buscarte, Luna Lux.
Zeta respiró hondo.
—Será mejor que no hagamos esperar al Alfa.
Lux lo miró un segundo más.
Luego se giró y caminó junto a Leo hacia la casa.
Leo murmuró apenas audible:
—Mierda… esta vez sí que me van a matar.
Y en el jardín, bajo la luna, Zeta apretó los puños.
La guerra apenas estaba comenzando.
———————-
La nueva imagen de Electra, disponible en los comentarios. ¿Será capaz de envenenar a la Luna del Norte?
Hace muchos años, cuando el Reino Sagrado aún no era un susurro entre mitos sino una realidad viva y vibrante, sanadores, hadas, duendes, brujas y hechiceros convivían en armonía bajo la protección de Tierra Media. Allí nacía la energía que alimentaba su magia, un pulso antiguo que latía bajo la tierra como el corazón mismo del mundo.
Pocos fuera de sus fronteras conocían su existencia.
Y menos aún comprendían su poder.
La princesa Lilian creció en ese paraíso aislado. Cabello rojo como el fuego, distintivo de las sanadoras, ojos claros y una sensibilidad que la conectaba con cada criatura del reino. Pero también con el peso de su destino.
Aquella tarde, el aire en palacio se sintió distinto. Cargado.
— ¿De verdad van a luchar? —preguntó Lilian con el ceño fruncido.
Su doncella personal, Iris, bajó la mirada.
—Sí, princesa.
—No puedo permitir que eso suceda.
—Tu padre, el rey, lo ha ordenado. Y sabes que nadie puede ir en su contra.
Lilian apretón los puños.
—Marcus y Cornelius no pueden pelear. Son mis protectores.
Y no eran solo eso.
Eran los dos hombres que habían crecido a su lado. Los dos que conocieron su risa y sus lágrimas. Los dos que estaban destinados a anclar su poder cuando despertara por completo.
Se levantó sin esperar respuesta.
-¡Padre!
Irrumpió en la sala del trono sin anunciarse.
El Rey Lucius no levantó la vista de los pergaminos que revisaba.
—Ahora no, Lilian. Estoy ocupado.
—Nunca te pido nada —dijo ella, avanzando hasta quedar frente a él—. Pero debes detener esto.
Lucius alzó la mirada al fin. Sus ojos eran fríos como el hielo ancestral.
—Uno de tus protectores me ha traicionado.
—Eso no es cierto.
—Uno de los dos ha osado poner los ojos en ti más allá de su deber. Y sabes que eso está prohibido.
Lilian sintió que el aire le faltaba.
—Ellos me protegen.
—He sido protector de tu madre —replicó Lucius con dureza—. Sé cómo funciona el vínculo. La cercanía. La tentación.
El rey no quería que su hija despertara sus poderes junto a ellos. Él quería manipularla y sacrle el mayor provecho.
Él tenía otros planes.
Un pacto con el Reino de los Hombres Lobo.
Un matrimonio con el Rey Eliseo.
Un heredero mestizo que uniría ambos mundos bajo su control.
Un acceso directo a la Montaña de Pico Blanco, a las minas de piedras runas y a la reliquia… la famosa piedra de Obsidiana que le entregaría el poder absoluto.
—No puedes decidir así —susurró Lilian—. Se lastimarán.
—Si no quieren hablar, lo arreglarán en combate.
—¡No, por favor!
Pero el decreto ya estaba hecho.
——————–
En la arena central del Reino Sagrado, todo el pueblo se reunió esa noche.
Marcus y Cornelius se enfrentarían a muerte. Solo uno sobreviría.
—Te dije que te alejaras de ella —gruñó Marcus.
Cornelius sostuvo su mirada.
—Mírame a los ojos y dime que tú no la amas también.
Marcus apretó la mandíbula.
—¡Claro que la amo! Pero ella no es para nosotros.
—La amamos, Marcus. —replicó Cornelius con firmeza—. Y merece despertar sus poderes completos.
—El rey ya decidió. No nos pertenece.
—¿Y desde cuándo obedeces sin cuestionar?
Marcus sonrió con frialdad.
—Tenemos una misión. Y es protegerla, incluso de nosotros mismos.
—Está prometida al rey de los lobos —escupió Cornelius—. ¿Crees que mezclarnos con ellos es buena idea?
—La Montaña Pico Blanco está en su territorio. Necesitamos esa alianza para poder acceder a las piedras mágicas y a la reliquia.
——————–
Poco después, el combate comenzó.
Fue brutal.
Ambos eran guerreros entrenados. Ambos poseían poder divino.
En la tribuna, Lilian temblaba.
—Diosa sagrada… no permitas que Cornelius muera.
Ya llevaba en su vientre el fruto de su unión con él.
Un secreto que nadie conocía.
Ni siquiera él.
Lo que tampoco sabían era que su poder ya había comenzado a despertar gracias a esa unión.
Solo la mitad.
Porque su vínculo estaba incompleto.
En un rincón polvoriento de la arena, el eco de los gritos y el impacto de los puños resonaban como un sinfín de campanas desesperadas. Los dos combatientes, Marcus y Cornelius, eran la representación perfecta del conflicto entre ambición y lealtad. Mientras las sombras se alargaban bajo el sol poniente, sus destinos se entrelazaban en una danza violenta.
—Marcus, detente. Si nos unimos a ella, podremos luchar juntos —intentó razonar Cornelius, su voz mezclándose con el polvo que flotaba en el aire.
—¿Contra nuestro rey? —rió Marcus, su risa un destello macabro en medio de la contienda. Su mirada estaba fija, casi en trance, como si hubiera visionado un futuro glorioso que solo él podía alcanzar—. Estás loco.
Con un movimiento brusco, lanzó un golpe que conectó con el rostro de Cornelius, haciéndolo caer de rodillas. El mundo a su alrededor se desvaneció por un instante, y solo existía el dolor punzante que se extendía a través de su mejilla, convirtiéndose en un recordatorio de la traición que se cocía en el corazón de su amigo.
—Ella es poderosa. Solo tienes que aceptarlo —Cornelius luchó por recuperar la compostura, las palabras saliendo apagadas entre jadeos.
Marcus, cegado por la ambición, lo tomó por el cuello, levantándolo del suelo como si fuera un muñeco de trapo. Sus ojos ardían con una determinación inquietante.
—No quiero lastimarte… pero es mejor que mueras esta noche —susurró, la voz cargada de desprecio. Cornelius sintió un escalofrío recorrer su espalda; nunca había visto a Marcus así, tan sumido en la locura de su propia sed de poder.
—¿Qué? —preguntó, la incredulidad dibujada en su rostro. La traición en los labios de su amigo era más afilada que cualquier espada.
—Después de hacerla mía, con su poder completo… seré yo quien me apodere del continente de los cambiaformas —declaró Marcus, su tono ahora lleno de arrogancia, un dictador en ascenso entre las ruinas de su propia moralidad.
La traición quedó al descubierto, una sombra pesada que se cernía sobre ellos. Cornelius intentó procesar la enormidad de sus palabras, cada una de ellas un ladrillo cementando la realidad de su inminente derrumbe.
—¡Eres un traidor! —gritó, la furia fluyendo a través de su cuerpo como un torrente. Pero Marcus solo sonrió, un brillo cruel en sus ojos.
—No saldrás vivo de aquí para contarlo —y con eso, el siguiente golpe fue devastador. Una explosión de dolor y oscuridad. Cornelius cayó casi inconsciente, los ecos de la pelea desvaneciéndose en un silencio ominoso.
Mientras el polvo se asentaba, la figura de Marcus se erguía sobre él, un rey dispuesto a conquistar el nuevo mundo, incluso a costa de aplastar a los que una vez fueron sus leales. Esa noche, en la arena, una amistad se desmoronó, y el deseo de poder se convirtió en la única verdad. Lo que quedaba de Cornelius era solo un susurro en el viento, mientras el futuro de los cambiaformas pendía de un hilo, en manos de un hombre que había decidido traicionar no solo a su amigo, sino a todo lo que alguna vez creyeron.
Lilian no pudo soportarlo.
Bajó de la tribuna, finciendo huir.
—¡No puedo ver esto!
Lucius la observó con atención.
Pero Lilian tenía un plan.
Se escondió en una esquina, concentrándose.
—Espero que mi poder sea suficiente…
El idioma mágico surgió de su garganta como un rayo oscuro.
—¡KAL QUAS CORP XEN TYM LOR EX!
(INVOCO UNA ILUSIÓN PARA PROTEGER EL ALMA DE LA CRIATURA EN EL TIEMPO HASTA QUE SU LUZ SEA LIBRE)
Una vez.
Otra.
Y otra.
El aire se volvió pesado.
Cuando Marcus alzó el brazo para el golpe final, un humo negro y espeso surgió desde el suelo y los envolvió.
—¿Qué es esto?
El humo se introdujo por la boca de Marcus.
—¡Ahhh!
Lilian lo miraba con lágrimas.
—Lo siento… no puedo dejar que mates al padre de mi bebé.
Marcus comprendió.
Demasiado tarde.
Giro su cabeza hacia ella y juró vengarse.
—¡Volveré por ti, Lilian!
Su cuerpo cayó inerte.
El humo ascendió como un espíritu liberado, dispersándose con el viento.
El pueblo observó horrorizado.
— ¿Qué demonios fue eso? —se escuchaban a los presentes murmurar entre ellos.
Lucius sabía la respuesta.
Su hija había conjurado magia oscura.
Y no estaba sola.
———————
Días después, Lilian temblaba en su habitación.
—Él lo sabe —susurró.
Iris asintió.
—Descubrirá que Cornelius te ayudó a despertar parte de tus poderes.
—Lo matará.
—Y te obligará a casarte con el Rey Eliseo.
Lilian puso una mano sobre su vientre.
—Estoy embarazada, Iris. Tienes que ayudarme.
Iris abrió los ojos como platos.
—Princesa…
—Debo escapar. Por él. Por mi bebé.
Y esa misma noche, con ayuda de su doncella, el hada Hanna y sus nuevos poderes, Lilian abandonó el Reino Sagrado.
Cruzó bosques y montañas hasta llegar al territorio de los lobos.
Agotada, se refugió en una cueva antes de llegar a zona habitada.
Entre sus pertenencias llevaba un frasco de cristal.
En su interior, un humo negro espeso se arremolinaba.
El alma de Marcus.
—Nunca quise hacerte daño —susurró al frasco—. Pero has elegido el poder oscuro sobre nosotros.
Lo sostuvo con cuidado.
—Tu alma permanecerá aquí hasta que alguien te ceda la suya voluntariamente.
No sabía si aquello era misericordia… o castigo.
Un ruido la sobresaltó.
Un gruñido profundo.
Desde la oscuridad emergió una criatura enorme, deforme, con colmillos que brillaban en la penumbra.
—Es… enorme…
La bestia cargó hacia ella. Era un Lycan, uno muy antiguo y peligroso.
Lilian retrocedió, aterrada.
Sin pensar, lanzó el frasco.
—¡Aléjate!
El cristal se hizo añicos contra el hocico del monstruo.
El humo negro surgió en una explosión densa.
La criatura inhaló.
Y cayó al instante.
Muerta.
El humo se introdujo en su cuerpo como un huésped nuevo.
Lilian quedó paralizada, horrorizada.
Había liberado algo.
Algo que ya no estaba bajo su control.
No esperó comprobar qué ocurriría.
Huyó de la cueva sin mirar atrás.
Con el corazón acelerado.
Con un bebé en su vientre.
Y con la sombra de un alma traicionada suelta en una cueva que parecía maldita.
El destino acababa de fracturarse.
Y nadie, ni siquiera ella, comprendía aún el alcance de lo que había hecho.
————————-
Las imágenes de Marcus y Cornelius están disponibles en los comentarios. Os leo…
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com