Lux de Luna - Capítulo 64
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Capítulo 64: La historia de Marcus y Cornelius
Hace muchos años, cuando el Reino Sagrado aún no era un susurro entre mitos sino una realidad viva y vibrante, sanadores, hadas, duendes, brujas y hechiceros convivían en armonía bajo la protección de Tierra Media. Allí nacía la energía que alimentaba su magia, un pulso antiguo que latía bajo la tierra como el corazón mismo del mundo.
Pocos fuera de sus fronteras conocían su existencia.
Y menos aún comprendían su poder.
La princesa Lilian creció en ese paraíso aislado. Cabello rojo como el fuego, distintivo de las sanadoras, ojos claros y una sensibilidad que la conectaba con cada criatura del reino. Pero también con el peso de su destino.
Aquella tarde, el aire en palacio se sintió distinto. Cargado.
— ¿De verdad van a luchar? —preguntó Lilian con el ceño fruncido.
Su doncella personal, Iris, bajó la mirada.
—Sí, princesa.
—No puedo permitir que eso suceda.
—Tu padre, el rey, lo ha ordenado. Y sabes que nadie puede ir en su contra.
Lilian apretón los puños.
—Marcus y Cornelius no pueden pelear. Son mis protectores.
Y no eran solo eso.
Eran los dos hombres que habían crecido a su lado. Los dos que conocieron su risa y sus lágrimas. Los dos que estaban destinados a anclar su poder cuando despertara por completo.
Se levantó sin esperar respuesta.
-¡Padre!
Irrumpió en la sala del trono sin anunciarse.
El Rey Lucius no levantó la vista de los pergaminos que revisaba.
—Ahora no, Lilian. Estoy ocupado.
—Nunca te pido nada —dijo ella, avanzando hasta quedar frente a él—. Pero debes detener esto.
Lucius alzó la mirada al fin. Sus ojos eran fríos como el hielo ancestral.
—Uno de tus protectores me ha traicionado.
—Eso no es cierto.
—Uno de los dos ha osado poner los ojos en ti más allá de su deber. Y sabes que eso está prohibido.
Lilian sintió que el aire le faltaba.
—Ellos me protegen.
—He sido protector de tu madre —replicó Lucius con dureza—. Sé cómo funciona el vínculo. La cercanía. La tentación.
El rey no quería que su hija despertara sus poderes junto a ellos. Él quería manipularla y sacrle el mayor provecho.
Él tenía otros planes.
Un pacto con el Reino de los Hombres Lobo.
Un matrimonio con el Rey Eliseo.
Un heredero mestizo que uniría ambos mundos bajo su control.
Un acceso directo a la Montaña de Pico Blanco, a las minas de piedras runas y a la reliquia… la famosa piedra de Obsidiana que le entregaría el poder absoluto.
—No puedes decidir así —susurró Lilian—. Se lastimarán.
—Si no quieren hablar, lo arreglarán en combate.
—¡No, por favor!
Pero el decreto ya estaba hecho.
——————–
En la arena central del Reino Sagrado, todo el pueblo se reunió esa noche.
Marcus y Cornelius se enfrentarían a muerte. Solo uno sobreviría.
—Te dije que te alejaras de ella —gruñó Marcus.
Cornelius sostuvo su mirada.
—Mírame a los ojos y dime que tú no la amas también.
Marcus apretó la mandíbula.
—¡Claro que la amo! Pero ella no es para nosotros.
—La amamos, Marcus. —replicó Cornelius con firmeza—. Y merece despertar sus poderes completos.
—El rey ya decidió. No nos pertenece.
—¿Y desde cuándo obedeces sin cuestionar?
Marcus sonrió con frialdad.
—Tenemos una misión. Y es protegerla, incluso de nosotros mismos.
—Está prometida al rey de los lobos —escupió Cornelius—. ¿Crees que mezclarnos con ellos es buena idea?
—La Montaña Pico Blanco está en su territorio. Necesitamos esa alianza para poder acceder a las piedras mágicas y a la reliquia.
——————–
Poco después, el combate comenzó.
Fue brutal.
Ambos eran guerreros entrenados. Ambos poseían poder divino.
En la tribuna, Lilian temblaba.
—Diosa sagrada… no permitas que Cornelius muera.
Ya llevaba en su vientre el fruto de su unión con él.
Un secreto que nadie conocía.
Ni siquiera él.
Lo que tampoco sabían era que su poder ya había comenzado a despertar gracias a esa unión.
Solo la mitad.
Porque su vínculo estaba incompleto.
En un rincón polvoriento de la arena, el eco de los gritos y el impacto de los puños resonaban como un sinfín de campanas desesperadas. Los dos combatientes, Marcus y Cornelius, eran la representación perfecta del conflicto entre ambición y lealtad. Mientras las sombras se alargaban bajo el sol poniente, sus destinos se entrelazaban en una danza violenta.
—Marcus, detente. Si nos unimos a ella, podremos luchar juntos —intentó razonar Cornelius, su voz mezclándose con el polvo que flotaba en el aire.
—¿Contra nuestro rey? —rió Marcus, su risa un destello macabro en medio de la contienda. Su mirada estaba fija, casi en trance, como si hubiera visionado un futuro glorioso que solo él podía alcanzar—. Estás loco.
Con un movimiento brusco, lanzó un golpe que conectó con el rostro de Cornelius, haciéndolo caer de rodillas. El mundo a su alrededor se desvaneció por un instante, y solo existía el dolor punzante que se extendía a través de su mejilla, convirtiéndose en un recordatorio de la traición que se cocía en el corazón de su amigo.
—Ella es poderosa. Solo tienes que aceptarlo —Cornelius luchó por recuperar la compostura, las palabras saliendo apagadas entre jadeos.
Marcus, cegado por la ambición, lo tomó por el cuello, levantándolo del suelo como si fuera un muñeco de trapo. Sus ojos ardían con una determinación inquietante.
—No quiero lastimarte… pero es mejor que mueras esta noche —susurró, la voz cargada de desprecio. Cornelius sintió un escalofrío recorrer su espalda; nunca había visto a Marcus así, tan sumido en la locura de su propia sed de poder.
—¿Qué? —preguntó, la incredulidad dibujada en su rostro. La traición en los labios de su amigo era más afilada que cualquier espada.
—Después de hacerla mía, con su poder completo… seré yo quien me apodere del continente de los cambiaformas —declaró Marcus, su tono ahora lleno de arrogancia, un dictador en ascenso entre las ruinas de su propia moralidad.
La traición quedó al descubierto, una sombra pesada que se cernía sobre ellos. Cornelius intentó procesar la enormidad de sus palabras, cada una de ellas un ladrillo cementando la realidad de su inminente derrumbe.
—¡Eres un traidor! —gritó, la furia fluyendo a través de su cuerpo como un torrente. Pero Marcus solo sonrió, un brillo cruel en sus ojos.
—No saldrás vivo de aquí para contarlo —y con eso, el siguiente golpe fue devastador. Una explosión de dolor y oscuridad. Cornelius cayó casi inconsciente, los ecos de la pelea desvaneciéndose en un silencio ominoso.
Mientras el polvo se asentaba, la figura de Marcus se erguía sobre él, un rey dispuesto a conquistar el nuevo mundo, incluso a costa de aplastar a los que una vez fueron sus leales. Esa noche, en la arena, una amistad se desmoronó, y el deseo de poder se convirtió en la única verdad. Lo que quedaba de Cornelius era solo un susurro en el viento, mientras el futuro de los cambiaformas pendía de un hilo, en manos de un hombre que había decidido traicionar no solo a su amigo, sino a todo lo que alguna vez creyeron.
Lilian no pudo soportarlo.
Bajó de la tribuna, finciendo huir.
—¡No puedo ver esto!
Lucius la observó con atención.
Pero Lilian tenía un plan.
Se escondió en una esquina, concentrándose.
—Espero que mi poder sea suficiente…
El idioma mágico surgió de su garganta como un rayo oscuro.
—¡KAL QUAS CORP XEN TYM LOR EX!
(INVOCO UNA ILUSIÓN PARA PROTEGER EL ALMA DE LA CRIATURA EN EL TIEMPO HASTA QUE SU LUZ SEA LIBRE)
Una vez.
Otra.
Y otra.
El aire se volvió pesado.
Cuando Marcus alzó el brazo para el golpe final, un humo negro y espeso surgió desde el suelo y los envolvió.
—¿Qué es esto?
El humo se introdujo por la boca de Marcus.
—¡Ahhh!
Lilian lo miraba con lágrimas.
—Lo siento… no puedo dejar que mates al padre de mi bebé.
Marcus comprendió.
Demasiado tarde.
Giro su cabeza hacia ella y juró vengarse.
—¡Volveré por ti, Lilian!
Su cuerpo cayó inerte.
El humo ascendió como un espíritu liberado, dispersándose con el viento.
El pueblo observó horrorizado.
— ¿Qué demonios fue eso? —se escuchaban a los presentes murmurar entre ellos.
Lucius sabía la respuesta.
Su hija había conjurado magia oscura.
Y no estaba sola.
———————
Días después, Lilian temblaba en su habitación.
—Él lo sabe —susurró.
Iris asintió.
—Descubrirá que Cornelius te ayudó a despertar parte de tus poderes.
—Lo matará.
—Y te obligará a casarte con el Rey Eliseo.
Lilian puso una mano sobre su vientre.
—Estoy embarazada, Iris. Tienes que ayudarme.
Iris abrió los ojos como platos.
—Princesa…
—Debo escapar. Por él. Por mi bebé.
Y esa misma noche, con ayuda de su doncella, el hada Hanna y sus nuevos poderes, Lilian abandonó el Reino Sagrado.
Cruzó bosques y montañas hasta llegar al territorio de los lobos.
Agotada, se refugió en una cueva antes de llegar a zona habitada.
Entre sus pertenencias llevaba un frasco de cristal.
En su interior, un humo negro espeso se arremolinaba.
El alma de Marcus.
—Nunca quise hacerte daño —susurró al frasco—. Pero has elegido el poder oscuro sobre nosotros.
Lo sostuvo con cuidado.
—Tu alma permanecerá aquí hasta que alguien te ceda la suya voluntariamente.
No sabía si aquello era misericordia… o castigo.
Un ruido la sobresaltó.
Un gruñido profundo.
Desde la oscuridad emergió una criatura enorme, deforme, con colmillos que brillaban en la penumbra.
—Es… enorme…
La bestia cargó hacia ella. Era un Lycan, uno muy antiguo y peligroso.
Lilian retrocedió, aterrada.
Sin pensar, lanzó el frasco.
—¡Aléjate!
El cristal se hizo añicos contra el hocico del monstruo.
El humo negro surgió en una explosión densa.
La criatura inhaló.
Y cayó al instante.
Muerta.
El humo se introdujo en su cuerpo como un huésped nuevo.
Lilian quedó paralizada, horrorizada.
Había liberado algo.
Algo que ya no estaba bajo su control.
No esperó comprobar qué ocurriría.
Huyó de la cueva sin mirar atrás.
Con el corazón acelerado.
Con un bebé en su vientre.
Y con la sombra de un alma traicionada suelta en una cueva que parecía maldita.
El destino acababa de fracturarse.
Y nadie, ni siquiera ella, comprendía aún el alcance de lo que había hecho.
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Las imágenes de Marcus y Cornelius están disponibles en los comentarios. Os leo…
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