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Lux de Luna - Capítulo 67

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Capítulo 67: Dos lobos distintos

—Conall… jadeó Lux.

—Quiero poseerte toda. Tu coño es tan delicioso. —susurró Conall.

Desde atrás, él frotó su núcleo con frenesí. Los gemidos de Lux resonaban por las paredes del despacho mientras ella intentaba sujetarse a cualquier cosa sobre el escritorio que le impidiera caer a un abismo.

—¡Ah! —Conall…

—Estás muy mojada, Lux. Voy a joderte bien duro…

Su clítoris se hinchó bajo los movimientos circulares de Conall. Lux se arqueó mientras él le sostenía el pelo con una mano mientras la empujaba hacia atrás para devorarle el cuello con furia y pasión.

— Haré que esa marca desaparece y solo me pertenezcas a mí.

La excitación dentro de Lux nublaba su juicio y solo se dejó llevar.

El momento se puso más caliente cuando él dejó al descubierto su gran miembro lleno de venas y erecto como un mástil para volver atacar la vagina de Lux ensanchando su sexo primero con sus dedos.

—¡Ah! ¡Ah! — Lux no dejaba de gemir por todas las sensaciones que Conall le producía. Esa sensación intensa de desgarro y, al mismo tiempo, de sentirse llena y completa. Sus corazones latiendo al unísono, como si fuera uno solo en medio del caos de sus emociones. Cada caricia lo hacía más real, cada beso encendía una chispa que la consumía por dentro. En su mundo, el tiempo se detuvo; todo lo que existía era esa conexión profunda. Lux cerró los ojos, entregándose a la tormenta de sentimientos, deseando que ese momento durara eternamente, donde el dolor y el placer se fundían en una danza perfecta.

— Voy a llenarte ese coño tuyo y luego me encargaré de tu culo. — El miembro de Conall se levantó vigorosamente mientras se tocaba sin cesar. — No puedo esperar a sentirme dentro de ti.

— ¡Te necesito, mi Alfa! ¡Por favor!

— Lo sé, mi Luna y te lo daré todo.

Conall entró despacio en ella, para darle su tiempo de acomodarse a su gran tamaño. Luego, cuando comprobó que ella estaba receptiva, se sumergió profundamente agarrando sus caderas mientras salía y entraba sin piedad.

—¡Oh…más, Conall…! Suplicó Lux, invadida por el éxtasis.

—Me gusta penetrarte hasta el fondo, Lux. Quiero que me sientas por completo, sé buena chica y acepta todo mi pene.

Conall la removió estratégicamente para poder introducirse en ella por completo hasta la base.

— ¡Ay! Esto es lo más intenso que he sentido… — gritaba Lux, enloquecida por el deseo.

Conall se dejó llevar por su propio placer y comenzó a embestirla sin piedad.

—¡Ah! ¡Si! ¡Oh! —Lux era invadida por un inmenso placer, pero al mismo tiempo, sentía algo de dolor.

— Me vas a partir, Alfa… mencionado inocentemente.

—Te voy a romper, y dejaré mi huella tan grabada dentro de ti, que no querrás que nadie más te toque.

Ambos se sumergieron en un mar de gemidos y jadeos que terminó con la liberación de ambos. Al terminar, Conall se ayudó sin dejar caer su peso sobre la espalda de Lux, intentando recuperar su respiración.

En el momento que sacó su miembro de dentro de ella, lo colocó sobre su culo.

— Esto también me pertenece y pienso reclamarlo. —sentencia sin vacilación.

Pero de inmediato, sintió que Lux se tensó al sentir la punta otra vez dura de su miembro, notando el nervio en su cuerpo y decidiendo que sería mucho para ella soportarlo esta noche.

—Tranquila… no será hoy —murmuró Conall con la voz aún áspera por el deseo contenido—. Tengo toda la vida para hacerte mía de todas las maneras posibles.

No sonó como una amenaza.

Sonó como una promesa peligrosa.

Respiró hondo, obligando a su lobo a retroceder un paso dentro de su pecho. Se apartó de Lux con evidente esfuerzo, como si separarse de ella fuera a arrancarse la piel.

Se arregló la ropa con movimientos tensos. Luego, con una delicadeza que nadie en la manada creía posible, se acomodó el vestido de Lux, alisando las arrugas con las manos grandes y cálidas.

—Perfecta —murmuró.

Iba a decir algo más cuando llamaron a la puerta.

Conall gruñó bajo.

No necesitaba abrirla para saber quién era.

El olor llegó primero.

—Príncipe metiche… —murmuró entre dientes.

Su lobo se irguió de inmediato, enseñando los colmillos en su mente.

—Ahí está. El otro. El que quiere lo que es nuestro.

Conall revisó a Lux con rapidez. Vestido en su sitio. Cabello ordenado. La marca visible… demasiado visible.

Chasqueó la lengua con fastidio.

Luego abrió la puerta.

Zeta entró sin pedir permiso.

Y al instante su expresión se torció.

Los lobos tenían un olfato excelente.

El despacho… olía a sexo.

Sus ojos color almendra brillaron con una mezcla de celos y furia contenida.

—Qué ambiente tan… íntimo —comentó con ironía.

—¡Zeta!—exclamó Lux, feliz de verle, lejos de entender los verdaderos motivos de su príncipe.

Conall cruzó los brazos.

—¿Qué quieres?

Zeta dio un paso adelante.

—Te estás tomando atribuciones demás, me parece.

El gruñido fue casi simultáneo.

—¡Es mi manada y hago lo que quiero! —espetó Conall.

Lux, de pie junto al sofá, se sonrojó.

Zeta se acercó hasta ella sin apartar los ojos del Alfa.

—Sabes que esto no ha terminado aquí, Conall.

Tomó la mano de Lux y le sonrió. Esa sonrisa que haría que Lux se derritiera.

Ella no se apartó.

Ese pequeño detalle fue suficiente para que la tensión explote dentro de Conall.

— ¡Córtale la cabeza y lánzala a la chimenea! —rugió su lobo.

Conall presionó la mandíbula hasta que le dolió.

— No. No delante de ella.

Zeta bajó la voz.

—Lux… entiendes lo que está pasando, ¿verdad?

Ella miró primero a Conall. Su expresión era una máscara fría. Ilegible.

Volvió la vista al príncipe.

—Zeta… estoy confundida. Muy confundida.

El príncipe se pasó la mano por el cabello, frustrado.

—El vínculo con él está creciendo —dijo, señalando apenas a Conall—. Y el nuestro… se debilita por segundos.

Conall sonrió apenas.

—Eso pasa cuando no reclamas lo que dices querer.

Zeta le lanzó una mirada cortante.

— Eso pasa porque no nos hemos aparecido con ella. — recriminaba su lobo.

Silencio.

— Lo sé, mar maldita —gruñó Zeta—. Pero aquí, bajo el techo de Conall, cada movimiento mío es un acto de guerra.

Su lobo también estaba inquieto. Se notaba en la tensión.

Zeta se inclina hacia Lux.

— Deberíamos decir la verdad. Que eres nuestra compañera. De ambos. Llevarte al palacio. Protégete como corresponde.

Lux se quedó helada.

—No puedes hacer eso.

Conall dio un paso adelante.

—No puedes reclamarla como compañera. Eso daría que hablar. Y nadie debe saber que es una sanadora y tiene poderes.

El silencio se volvió más pesado que la piedra.

Zeta frunció el ceño.

—¿De verdad crees que aquí la aceptarán cuando descubran quién es ella en realidad?

El comentario fue un disparo directo.

Lux sintió el golpe en el estómago.

Conall respondió sin vacilar cogiendo la mano de su compañera.

—Tendrán que aceptarla.

—¿Y si no?

Los ojos del Alfa se oscurecieron, llenos de una furia contenida.

—Mataré a cualquiera que esté en contra —declaró Conall, su voz grave resonando como un eco ominoso en la habitación. La tensión era palpable, como un hilo a punto de mameluco.

Lux soltó su mano, sintiendo cómo el calor de la conexión se desvanecía en el aire helado de la amenaza.

—¡No quiero que la gente muera por mí! —exclamó, con la voz entrecortada. Sus ojos, aparentemente brillantes y decididos, mostraron una tormenta de emociones.

Ambos la miraron, las facciones endurecidas y los corazones latiendo a toda prisa. Ella estaba cansada. Harta de ser el centro de una guerra que no había elegido y cuya carga se sentía, cada día más, como un imán de oscuridad y desesperanza.

—Reconócelo, Conall. Esto es complicado para cualquiera de los dos —dijo Zeta, intentando suavizar la atmósfera cargada. Pero sus palabras no parecían resonar en el empecinado Alfa.

Conall no respondió de inmediato, sus pensamientos evidentemente enredados en la red de decisiones fatales que tejía alrededor de ellos. Lux lo miró, y en su mirada había una vulnerabilidad que no mostró casi nunca; era un rayo de luz en medio de la tormenta.

—¿Soy una complicación para ti? —preguntó Lux, su tono suave pero devastador, como si sacara a la luz una verdad que ambos temían enfrentar.

Conall parpadeó, sintiendo el peso de esa pregunta a milímetros de su pecho.

—Nunca —respondió al fin, aunque su voz se volvió ligeramente más tensa. No quería que Lux se sintiera menospreciada, pero la realidad era difícil de ignorar.

—Entonces dime la verdad —insistió ella, su mirada penetrante como dagas afiladas—. ¿Qué pasará si tenemos un heredero… y no tiene lobo?

La pregunta colgó en el aire como un cuchillo en el silencio. La incertidumbre y el dolor de lo que podría perder se entrelazaban en el ambiente. Conall sintió que el mundo se detenía.

El futuro se presentaba incierto, una sombra alargada que amenazaba con devorarlo todo. En su interior, sabía que la respuesta a esa pregunta sería el inicio de una nueva batalla, mucho más íntima y desgarradora.

El silencio se alargó.

Zeta fue el primero en hablar.

—El pueblo se rebelará.

Nadie lo contradijo.

Lux respiró hondo.

—Entonces… ¿por qué mis protectores son lobos?

Esa era la pregunta.

Se miraron entre sí.

Preocupación.

Dudas.

—El hada nos contó una historia. Sobre una profecía, la unión de los dos reinos… —comentó Conall.

—Mi padre tiene interés en ti y por eso, estás en peligro. —agregó Zeta.

Algo más grande que sus celos estaba en juego.

Ella.

—¿Y qué haremos entonces? —preguntó Lux, un tanto desanimada.

—No lo sé. Pero lo averiguaré. Aunque tenga que ir al Reino Sagrado y exigir respuestas. —confirmó Conall.

Lux lo miró con sorpresa.

—¿Sería capaz?

Él se acercó y tomó su mano otra vez.

Esta vez con firmeza, pero sin posesividad.

—Por ti soy capaz de cualquier cosa, mi Luna.

Zeta no quiso quedarse atrás. Tomó la otra mano de Lux.

—Yo también iré.

—¡Zeta! —protestó Conall.

El príncipe sonrió con media mueca.

—¿Qué? ¿Pensabas dejarme fuera del viaje espiritual?

Lux casi río, a pesar de todo.

Zeta la miró con intensidad.

—Por ti, también soy capaz de cualquier cosa, mi Reina.

La palabra quedó suspendida entre los tres.

Reina.

No compañera.

Reina.

Lux tragó saliva.

—No quiero ser el motivo de una guerra entre vosotros.

Conall respondió primero.

—La guerra comenzó en el momento en que apareciste en mi vida.

—Y en el momento en que mi lobo te reconoció —añadió Zeta con sinceridad cruda.

Los dos se miraron.

No como enemigos.

Sino como dos machos obligados a compartir un destino que no entendían.

Lux los observó a ambos.

Dos lobos distintos.

Uno oscuro, territorial, feroz.

El otro orgulloso, estratégico, pero no menos protector.

—Si voy al Reino Sagrado —dijo finalmente— no será como trofeo ni como objeto de disputa. Iré para entender quién soy.

Conall asintió.

—Y yo estaré a tu lado.

Zeta apretó su mano.

—Y yo al otro.

El aire volvió a cargarse.

Pero esta vez no solo de celos.

Sino de algo más grande.

Destino.

Peligro.

Y una verdad que aún no estaban preparados para descubrir.

Porque si el Reino Sagrado guardaba respuestas… también guardaba secretos.

Y no todos los secretos querían ser encontrados.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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