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Lux de Luna - Capítulo 68

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Capítulo 68: El poder rojo

El jardín estaba en silencio, iluminado apenas por la luna que se filtraba entre las ramas altas de los robles. El aire era fresco, pero no incómodo. Era el tipo de noche que invitaba a decir cosas que durante el día pesarían demasiado.

Leo caminaba despacio junto a Sabine, sin soltar su mano, aunque tampoco la apretaba. No quería que sintiera que la estaba arrastrando.

—Nunca creí en las parejas destinadas —dijo de pronto, rompiendo el silencio—. Siempre pensé que cada lobo debería elegir con quién pasar el resto de su vida.

Sabine alzó la mirada hacia él.

—Y entonces? —preguntó con una mezcla de curiosidad y desafío—. ¿Por qué quieres obligarme a que sea tu compañera?

Leo exhaló por la nariz, tenso.

—Tengo varias razones. Y no deberías contarlas. Pero… —la miró de reojo— como puede que esta noche sea la última, supongo que da igual si hablo.

Sabine se detuvo.

—No digas eso.

—Es la verdad. Si no me aceptas, el Alfa me matará.

Ella guardó silencio, expectante.

—La primera razón —continuó Leo— es que nuestro Alfa quiere sacarte información. Sobre el Alfa Bodolf.

Sabine abrió los ojos como platos.

—¿Qué?

—Quiere reunir toda la información posible antes de que estalle la guerra.

—¿Qué guerra? —susurró ella, con la voz apenas audible.

Leo la miró preocupado, como si al decirlo en voz alta lo sería más real.

—El Alfa Bodolf no va a quedarse quieto tras el bloqueo al acceso a las minas de la Montaña Pico Blanco. ¿Por qué crees que han venido hasta aquí con la Comitiva Real?

Sabine tomó la mano libre a su pecho.

-Oh…

—Sabemos que está moviendo fichas con el apoyo del Rey Eliseo.

—Vaya…

El silencio volvió a caer unos segundos.

—Conoces la historia de la Guerra Fría, ¿verdad? —preguntó Leo.

Sabine asintió.

—La peor guerra de la historia de los hombres lobos…

Leo apretó los labios.

—Hace dieciocho años, este mismo territorio se lleno de sangre. Las minas de piedras runas, tienen al parecer, un poder especial para alguien que las quiere a toda costa. Conall, Raunak y yo éramos niños. Toda nuestra familia murió en esa guerra. Nosotros estamos vivos por pura casualidad.

Sabine sintió que algo se le encogía por dentro.

—Habéis sufrido mucho…

Leo se encogió de hombros, restándole dramatismo, aunque sus ojos no mentían.

—En ese entonces, las mandadas del Norte se unieron para elegir al guerrero más fuerte y proclamarlo Alfa absoluto del Norte.

—Conall —murmuró ella.

—Exacto. No solo era el mejor guerrero. Era el más despiadado y quería venganza.

Sabine frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir con todo esto?

Leo respiró hondo.

—Él me pidió que me acercara a ti.

La mano de Sabine se tensó en la suya.

—¿Por qué?

—Porque las omegas y las criadas sois las que lo escucháis todo. Los secretos. Las conversaciones a los medios. Las verdades incómodas.

—Entonces… —su voz se volvió más fría— te acercaste a mí porque te lo ordenó el Alfa.

—Sí —admitió Leo sin rodeos—. Al principio.

Eso dolió.

Sabine apartó la mirada.

—Lo sabía…

—Pero eso no cambia que, en el poco tiempo que llevo conociéndote, hayas despertado algo en mí.

Ella lo miró con desconfianza.

— ¿Cómo sé que no estás diciendo todo esto solo para salvar tu cabeza?

Leo no se defendió con orgullo.

—No lo sabes. Supongo que tendrás que confiar en mí.

Sabine suspiró.

—Yo no sé mucho. La Luna Aria me mantenía limpiando la casa y los graneros. Nunca me dejaron acercarme al despacho del Alfa Bodolf. Siempre era el Beta Redmond quien nos daba las órdenes.

El nombre la hizo tensarse.

Leo lo notó de inmediato.

—¿Qué pasa con Redmond?

—Nada… —respondió demasiado rápido.

-Sabino. Te has puesto blanco al nombrarlo.

Ella tragó saliva.

—Hay cosas que es mejor no saberlas.

Leo dio un paso más cerca.

—Ahora somos tu manada. Si hay algo que pueda ayudarnos…

Ella negó con la cabeza.

—No todo secreto trae algo bueno cuando se revela.

El viento movió su cabello dorado. Leo, casi sin pensar, lo apartó con cuidado de su rostro.

—La verdad es que me gustas. Y mucho.

Sabine lo miró incrédula.

—No te creo.

—Deberías.

Leo se inclinó despacio, con intención de besarla.

Pero Sabine giró la cabeza en el último segundo.

—Espera…

Se sonrojó al instante.

—Nunca he besado a nadie.

Leo alzó apenas la comisura de los labios, manteniendo una sonrisa tierna.

—Y no quieres que te bese?

Ella dudó.

—No sé qué debería sentir al respecto.

—No tienes que sentir nada todavía. Solo… lo que sea que te nazca.

El silencio se volvió más íntimo.

—Pase lo que pase —dijo Leo con voz más baja— quiero que sepas que me gustas de verdad. Y que no podría elegir a una mejor compañera.

Sabine entrecerró los ojos.

—¿A todas les dices lo mismo?

Leo soltó una pequeña risa.

—Lo dudo. No sé qué historias te han contado sobre mí. Pero ya que estamos confesando cosas… —se aclaró la garganta— debo decirte que aún soy virgen.

Sabine parpadeó.

—¿Perdón?

—Lo que oíste. He besado a varias lobas, sí. Pero nunca quise llegar más lejos.

Ella lo miraba como si acabara de descubrir un secreto de estado.

—¿Por qué?

Leo bajó la mirada un instante.

—Porque te estaba esperando, compañera.

Sabine pasó de pálida a roja en segundos.

—Vaya… yo… no sé qué decir.

Leo respiró hondo.

—Sabine… ¿yo te gusto?

Ella jugueteó con sus dedos, nerviosa.

—Un poco… creo.

—Todavía ¿quieres ser mi compañera?

Sabine lo miró fijamente.

—¿Puedo elegir?

Leo afirmó con seriedad.

—Puedes elegir si quieres ayudarme o no. Si quieres estar conmigo o no.

—Eso no es justo —murmuró—. Claro que quiero ayudarte.

—Entonces… no te arrepientas de haberme aceptado.

Sabine lo pensó unos segundos que parecieron eternos.

Luego tomó su mano con firmeza.

—Está bien. Te ayudaré. Y seremos compañeros.

Leo dejó escapar el aire que llevaba conteniendo.

Pero ella no había terminado.

Lo miró con determinación.

—Pero si se te ocurre hacerme daño… si descubro que todo esto fue solo una estrategia…

Sus ojos brillaron con una fuerza inesperada.

—Te rechazaré.

Leo se quedó inmóvil.

Ambos sabían lo que significaba un rechazo de pareja. Convertirse en lobos solitarios… en renegados de por vida.

Dolor.

Deshonra.

Y, en muchos casos… muerte.

—Lo sé —respondió él con solemnidad—. Y no te daré motivos para hacerlo.

La luna los observaba en silencio.

Dos piezas más moviéndose en un tablero que llevaba años preparándose.

Y la medianoche… se acercaba.

———————-

El despacho de Conall aún vibraba con la tensión acumulada, sin saber que estaba a punto de desatar algo que cambiaría el rumbo de todos.

Zeta no perdió tiempo.

—Lux, tenemos que aparearnos pronto —dijo con urgencia —. Nuestro vínculo se está debilitando. Si desaparece… será muy peligroso.

Conall, que ya estaba al límite, giró el rostro lentamente hacia él.

—¿Perdón?

El aire se volvió pesado.

—No estoy jugando, Conall —continuó Zeta, ignorando el tono de advertencia—. Lo estás retrasando y eso nos está perjudicando a los tres.

Conall avanzó dos pasos largos y lo tomó del cuello antes de que nadie pudiera reaccionar.

—¡Deja de acosar a mi Luna! —rugió—. ¡Puedo matarte por esto!

Lux dio un salto.

—¡Espera! ¡No!

Zeta intentó soltarse, pero la fuerza de Conall era brutal. Con el rostro enrojecido, lanzó una patada directa al estómago del Alfa.

El golpe fue seco.

Conall perdió el aire y retrocedió.

—¡Maldito!

—¡Voy a acabar contigo! —respondió Zeta, liberándose al fin.

Los dos se lanzaron el uno contra el otro como si no hubiera mañana. Puños. Gruñidos. Muebles que crujían.

—¡Basta! —gritó Lux, con la voz quebrada.

Pero ninguno la escuchaba.

Y entonces…ocurrió.

Un humo rojo comenzó a rodearla. No hay vapor de época. No era polvo. Era algo más denso, más vivo.

Lux sintió una electricidad recorrerle la piel. Desde la punta de los dedos hasta la nuca.

—¿Qué… qué es esto?

Intentó apartarlo con las manos, pero el humo no se disipaba.

Una voz suave susurró junto a su oído.

Tú puedes pararlos.

Lux miró a su alrededor, confundida.

—¿Quién eres?

Utiliza tu poder.

—¿Qué poder?

El susurro fue más firme esta vez.

Despierta, hija. Es hora.

Un impulso desconocido la recorrió.

Sin saber cómo, levantó ambas manos hacia Conall y Zeta, que seguían golpeándose en medio del despacho.

—Yo puedo pararlos… —murmuró. — ¿Pero cómo?

Cerró los puños.

Y lo siguiente fue inmediato.

Conall se arqueó de dolor.

—¡Maldición!

Zeta cayó de rodillas.

—¡Joder!

Ambos se desplomaron, retorciéndose en el suelo como si algo invisible les estuviera arrancando el aire de los pulmones.

Sus lobos gruñían por el inmenso dolor que estaban sintiendo.

Lux no reaccionaba. Sus ojos se tornaron rojos. El humo la envolvía como una corona etérea.

Conall apretaba los dientes.

—¡Es un dolor… que me está partiendo por dentro!

—¡No puedo… respirar! —Gruñó Zeta.

Las bestias dentro de ellos se aullaban.

—Es ella , —transmitió mentalmente el lobo de Zeta.

— Lo sé , respondió Zeta, entre rabia y asombro.

En ese instante, Raunak irrumpió en el despacho.

—¡Alfa! ¿Qué pasa aquí?

Se quedó petrificado al ver a Conall en el suelo… ya Zeta también.

—¿Qué demonios…?

Intentó acercarse a Conall, pero sintió una presión invisible que le erizó la piel.

—¡Duelo! —escupió Conall.

Raunak alzó la vista.

Lux estaba de pie, rodeada de humo rojo, ojos vacíos.

—Es ella… —murmuró. ¡Luna Lux! —gritó con desesperación—. ¡Debes parar ahora mismo!

Su voz fue como una cuerda lanzada en medio del abismo.

Lux parpadeó.

El humo comenzó a disiparse.

Sus manos se relajaron.

Conall y Zeta dejaron de retorcerse y quedaron tendidos, jadeando.

—Pero… ¿qué ha pasado? —susurró Lux, volviendo en sí.

Raunak corrió hacia Conall.

Zeta, con un esfuerzo titánico, logró incorporarse. Caminó tambaleante hacia Lux y la sostuvo antes de que cayera.

— ¿Qué nos ha hecho? —preguntó, pero no había rabia en su voz, solo confusión.

Lux rompió a llorar.

—Yo… no lo sé… no lo sé…

Zeta la abrazó con fuerza, protegiéndola casi por instinto.

—Tranquila. No pasa nada.

Pero antes de terminar la frase, Lux perdió el conocimiento.

Zeta la sostuvo en brazos.

Y sin pedir permiso, abrió las puertas del despacho de una patada.

Conall, medio desorientado, alzó la cabeza justo a tiempo para verlo marcharse.

—¿Qué crees que haces con mi Luna?

Zeta ni siquiera se giró.

—¡Protégela! —ordenó Conall a Raunak.

Pero Zeta ya había salido.

———————-

La imagen de Lux, envuelta en el poder rojo, la dejo en comentarios.

Lux descansaba inerte entre los brazos de Zeta, mientras él recorría los pasillos con paso firme, aunque por dentro ardía.

¿Qué había sido eso?

Aquello no parecía ser el poder de una sanadora.

Era otra cosa.

Algo antiguo.

Algo… malo.

A mitad del corredor, una figura bloqueó su camino.

El Rey Eliseo.

La expresión del monarca cambió en cuanto vio a su hijo sosteniendo a Lux.

— ¿Qué crees que estás haciendo?

—Luna Lux se ha desmayado. La llevo a su habitación.

Eliseo arqueó una ceja.

— ¿Te has vuelto loco o deseas morir en manos del Alfa Conall?

Zeta sostuvo su mirada.

—Me lo ha pedido él mismo. Sabe que sería incapaz de hacerle daño.

Eliseo sonrió con una lentitud inquietante.

—Ya veo.

Se acercó.

Demasiado.

Observó el rostro de Lux con una intensidad que incomodó a Zeta.

—Es hermosa. Muy hermosa.

Zeta ajustó su agarre.

—Debo seguir.

—No tan rápido.

Eliseo alzó la mano y rozó la mejilla de Lux con los dedos.

Zeta tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no gruñir.

—Ella sería una gran Reina Luna… —murmuró el Rey.

Zeta frunció el ceño.

—¿Qué insinúas?

Eliseo lo miró de reojo.

— Hay cosas que aún no puedo confirmar. Pero sospecho que esta hembra no es una mestiza.

Por dentro, Zeta maldijo.

— Lo sabe. O lo sospecha.

Intentó mantener la compostura.

—Claro que lo es. No tiene loba y su madre era humana.

Eliseo negó lentamente.

La atmósfera se volvió densa, como si el aire mismo estuviera electrificado por la revelación de Eliseo. Zeta podía sentir cómo la tensión palpitaba entre ellos, y su mente se debatía entre la incredulidad y la furia que burbujeaba en su interior. Sabía que no debía dejarse llevar por el instinto, pero cada palabra de su padre resonaba como un eco aterrador.

—No, hijo. Lux es más que una simple humana. Su color de cabello es muy particular y, si mis sospechas son ciertas, estás delante de la futura Reina de los Lobos.

—¡Padre! ¿Qué locuras son esas?

—No me tomes por loco, hijo —replicó Eliseo, su mirada fija en Lux, quien permanecía ajena a la tormenta de emociones que rugía a su alrededor—. Ella es única. No hay nadie como ella. Su sangre es un regalo para nuestro pueblo, y yo… yo no voy a dejar pasar esta oportunidad.

—¡Tú no entiendes nada! —respondió Zeta, desatando una rabia controlada que apenas lograba contener. Cada músculo de su cuerpo estaba tenso, preparado para el enfrentamiento, pero la razón aún lo mantenía a raya—. No puedes decidir sobre su vida como si fuera un simple objeto en tu juego de poder.

Eliseo se irguió, desafiando la ira de su hijo con una sonrisa que mezclaba orgullo y desprecio. Su figura imponente parecía hacer temblar las paredes de la pequeña habitación.

—Oh, pero lo entiendo muy bien. Esta no es solo una cuestión de poder, Zeta. Es una cuestión de supervivencia. Necesitamos una hembra poderosa que nos mejore la especie.

—Padre…

—Zeta, si es quien creo que es… —su voz bajó a un susurro cargado de ambición— la tomaré como mi compañera. La convertiré en mi Luna.

Zeta se quedó helado.

—¿Qué?

—La primera Reina Luna de su especie.

—¿Y qué pasa con su elección? —Zeta cuestionó, su voz un susurro feroz—. Ella tiene derecho a decidir su propio destino. No puedes obligarla a ser tu compañera solo porque crees que es la clave para tu ambición.

El rostro de Eliseo se le iluminó con una mezcla de admiración y desafío desdén. Era evidente que la pasividad de su hijo le resultaba un reto, una insurrección a su autoridad que no estaba dispuesta a tolerar.

—Lo que tú ves como un derecho, yo lo veo como una necesidad. Si ella es la elegida, entonces está destinada a unirse a mí. La historia no miente: ella será la primera Reina Luna de su especie. Y para ello, necesita un Rey que la sostenga.

Zeta sintió una oleada de desesperación. La idea misma de que su padre pudiera ver a Lux como un mero trofeo lo llenaba de un odio ardiente. No podía permitir que esto continuara. La bestia en su interior resonaba, pidiendo a gritos actuar, pero aferrándose a los vestigios de la cordura, apretando los dientes.

—No permitiré que la manipules. No permitiré que uses su vida para tus planes egoístas.

Eliseo frunció el ceño, y por un instante, ambos se miraron fijamente, como dos figuras de un antiguo duelo. La batalla no solo era interna, sino también una guerra generacional.

—Entonces, ¿te pones del lado de la traición, Zeta? —inquirió Eliseo, su voz resonando con la amenaza velada de un padre decepcionado—. ¿Serás tú quien nos lleve a la ruina?

—Soy quien te detendrá, padre. No permitiré que Lux sea parte de tus oscuras ambiciones —replicó Zeta, sintiendo cómo la verdad vibraba en cada sílaba.

—¿Y qué harás, hijo? ¿Matarmé? —desafió Eliseo.

La tensión era palpable; una tormenta de emociones dispuestas a estallar. Y mientras el rugido de su propia bestia interior clamaba por liberación, Zeta comprendía que la lucha apenas comenzaba.

—No, padre. Claro que no. Pero no puedes ponerte al Norte en contra.

—La guerra ya es un hecho.

Zeta dio un paso atrás, protegiendo el cuerpo inconsciente de Lux.

—No sabes lo que dices.

—Oh, sí lo sé —respondió Eliseo—. Terminaré con el Alfa Conall. Entregaré Pico Blanco al Reino Sagrado… y al fin me uniré a una sanadora para crear una nueva especie, una mejorada.

Zeta sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Sanadora? ¿De qué hablas?

Eliseo lo miró fijamente.

—Crees que no sé lo que es, ¿verdad? Esa chica no es una simple humana. Ni una loba incompleta.

Se inclinó apenas hacia su hijo.

—Es sangre antigua y muy poderosa.

Zeta tragó saliva.

—Te equivocas.

—Eso ya lo veremos. Pero ni se te ocurra traicionarme o lo lamentarás.

Eliseo se apartó al fin.

—Llévala a su habitación. Pero recuerda algo, hijo…

Sus ojos brillaron con una ambición que daba miedo.

—Las reinas no pertenecen a los alfas de manada.

Pertenecen a los reyes.

Zeta se marchó sin responder.

Cada paso era una lucha contra su propio instinto de regresar y arrancarle la garganta a su padre.

Cuando llegó a la habitación de Lux, cerró la puerta con el pie y la depositó con cuidado sobre la cama.

Le apartó un mechón del rostro.

—No temas, no dejaré que mi padre te haga daño. —susurró.

Y por primera vez desde que la conoció, no pensó en el vínculo.

Ni en el deseo.

Ni en la rivalidad con Conall.

Pensó en protegerla.

De todos.

Incluso de su propia sangre.

Porque si Eliseo tenía razón…

Lux no era solo la Luna del Norte.

Era la pieza que podía coronar un reino.

O destruirlo.

—¡Qué le habéis hecho!?

La voz de Hanna cortó el aire como una cuchilla.

Lux yacía sobre la cama, pálida, el cabello rojo desparramado sobre la almohada. Zeta la sostenía aún, reacio a soltarla, como si temiera que alguien intentara arrebatársela incluso inconsciente.

—No le hemos hecho nada —gruñó Zeta, todavía alterado—. Ella… ella nos hizo algo a nosotros.

Hanna lo miró como si quisiera atravesarlo con los ojos.

—Explícate. Ahora.

Zeta respiró hondo y relató lo ocurrido en el despacho: la pelea, el humo rojo, el fuego que parecía formarse en las manos de ella… el dolor insoportable que los había doblado en el suelo como cachorros.

A medida que hablaba, el rostro de Hanna pasaba del susto a una comprensión sombría.

—Ese es el primer poder despertado —dijo finalmente.

Conall, apoyado contra la pared con los brazos cruzados, alzó la cabeza.

—¿Qué has dicho?

Hanna se acercó a la cama y tomó la muñeca de Lux, comprobando su pulso.

—El poder rojo. Ella puede controlar las almas de los lobos —murmuró—. Las vuestras. Puede infligir dolor… hasta el punto de matarlas.

El silencio fue espeso.

Zeta se tensó.

—Repítelo.

—Es un poder divino —continuó Hanna, ignorando su tono—. Las sanadoras no solo curan carne y hueso. Manipulan energía vital. Dentro del Reino Sagrado hay quienes usan ese don para sanar… y otras para dominar.

Conall frunció el ceño.

¿Estás diciendo que Lux puede matarnos con solo desearlo?

—Si estuviera completa, sí.

Zeta sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Y ahora?

—Ahora solo tiene la mitad de su capacidad —respondió Hanna—. Intentaba separaros. Quería que dejarais de pelear. Pero al no tener control total, su poder salió torcido. En vez de calmaros… os destrozó por dentro.

Conall presionó la mandíbula. Por primera vez desde que había entrado en la habitación, no parecía furioso, sino… inquieto.

—¿Y por qué no despierta?

—Agotó su energía —dijo Hanna con firmeza—. Usar ese poder sin estar equilibrado la consumió. Es como intentar contener una tormenta dentro de un frasco.

Zeta bajó la mirada hacia Lux.

—¿Qué necesita?

Hanna dudó apenas un segundo.

—Necesita aparearse con más frecuencia.

El ambiente se volvió denso de inmediato.

—¿Perdona? —espetó Conall.

—El vínculo físico estabiliza su energía. Le permite canalizar el poder sin que la desborde. Sin eso, cada uso será un riesgo.

—Yo me encargaré de ella.

La voz de Conall retumbó como un trueno.

Su tono alfa obligó a los lobos que vigilaban fuera a bajar la cabeza instintivamente.

Excepto Zeta.

Y Hanna, por supuesto.

—Esta vez seré yo quien la tome —añadió Zeta, avanzando un paso—. Y no puedes impedirmelo.

Conall arqueó una ceja.

— ¿Quieres ver cómo sí puedo?

—A ver… —Hanna alzó ambas manos— ¿podéis dejar de medir quién la tiene más grande por cinco minutos? No le estáis haciendo ningún bien.

Conall ni la miró.

—Hanna, vete.

Ella soltó una carcajada incrédula.

—¿Perdona? Ya te he dicho que no te debo lealtad. Soy un hada del Reino Sagrado, no una loba de tu manada.

Conall giró la cabeza lentamente hacia ella.

—Y yo te he dicho que puedo matarte en cualquier momento.

El aire se enfrió.

Hanna se tensó. No porque le creyera incapaz, sino porque sabía que, si lo intentaba, el caos sería absoluto.

—Está bien —dijo finalmente, con una sonrisa forzada—. Me iré porque quiero. Y porque necesito preparar tónicos para mi princesa Lux.

Se inclinó sobre la cama y besó la frente de la joven.

—No porque tú me lo pides.

Cuando salió, murmuró entre dientes…

—Voy a tener que comunicarme con Iris. Es la única que puede ayudarme a manejar a estas dos bestias.

La puerta se cerró con un golpe suave.

El silencio volvió.

—Ella me necesita —dijo Zeta, sin apartar la vista de Lux.

—Eso no es verdad —respondió Conall de inmediato—. Me tiene a mí.

Zeta soltó una risa corta, sin humor.

—Y no alcanza. Su poder es demasiado grande. Por eso necesita dos protectores.

Conall avanzó hasta quedar frente a él.

—Soy lo suficientemente fuerte para proveerle toda la energía que necesita.

—No lo entiendes —replicó Zeta con frustración—. Lo de antes fue un intento de separarnos. Su instinto la llevó a hacerlo. Pero como no está completa, nos hirió.

Conall entrecerró los ojos.

—No voy a permitir que te aparees con mi Luna en mi propia manada.

Zeta dio un paso adelante también.

—¿Y qué propones?

—Tendrás que pasar por mi cadáver para tenerla.

Zeta ladeó la cabeza.

—¿Quieres pelear?

Conall soltó una carcajada sarcástica.

—¿Pelear? No. Tendrás que matarme.

La tensión era tan densa que casi podía cortarse.

—Mi padre está a punto de descubrir que es una sanadora —dijo Zeta de pronto—. Y lo peor es que quiere convertirla en su Reina.

Conall no parpadeó.

—Entonces mataré al Rey.

La respuesta fue tan natural que Zeta casi sonrió.

—Eres un egoísta —escupió—. ¿Sabes qué? Hasta ahora estaba dispuesto a compartirla. Porque es lo que deberíamos hacer para ayudarla.

Conall se acercó hasta quedar a centímetros.

—¿Compartirla?

-Si. Porque su bienestar está por encima de nuestro orgullo.

—No me hables de orgullo, príncipe.

Zeta apretó los puños.

—Pero como eres tan despreciable… ahora lucharé contra ti y contra quien sea para hacerla mi compañera.

Conall sonrió, desafiante.

—Tengo la fuerza de veinte de los mejores guerreros que existen. Te animo a intentarlo…

La palabra sonó como un insulto.

Zeta sostuvo su mirada unos segundos más. Luego bajó la vista hacia Lux.

Dormida. Vulnerable.

Y peligrosa. Demasiado peligrosa.

Sin decir nada más, se dio la vuelta y salió de la habitación.

Los pasillos de la casa de la manada estaban en penumbra. Su paso resonaba con eco.

Conectó el enlace mental.

— Sebastián.

La respuesta fue inmediata.

—Aquí estoy, mi príncipe.

— Pon en marcha mi plan. La guerra es inminente. Y quien mueve ficha primero… tiene ventaja.

Una pausa breve.

— ¿Estás seguro? Eso significará romper acuerdos antiguos.

— Estoy más que seguro.

— Entonces ya es un hecho.

El enlace se cortó.

Zeta se detuvo un instante frente a una ventana. La luna brillaba alta.

—Muy pronto… —murmuró para sí— me convertiré en el Rey de este continente.

Sus labios se curvaron en una sonrisa fría.

—Y reclamaré a Lux como mi Reina Luna.

Una chispa oscura cruzó sus ojos.

— Ella me pertenece.

Pero en el fondo, muy en el fondo, una voz incómoda susurraba otra verdad.

— Lux no te pertenece solo a ti… Zeta. Ella los necesitará a los dos…

Y si realmente podía controlar las almas de sus bestias…

Quizás el verdadero peligro no era la guerra entre ellos.

Sino la mujer que dormía, ajena a todo, con el poder de destruirlos a ambos latiendo bajo su piel.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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