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Lux de Luna - Capítulo 7

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  4. Capítulo 7 - 7 El hechizo de pareja
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7: El hechizo de pareja 7: El hechizo de pareja De regreso a la manada Escarcha Feroz, el ambiente era tenso y contenido, como si la propia fortaleza presintiera lo que estaba por venir.

El Alfa Conall se encontró de pie en su despacho cuando hizo llamar a sus dos guerreros personales.

Will y Sion entraron sin demora, firmes, atentos, acostumbrados a obedecer sin cuestionar.

—Preparad los caballos —ordenó Conall—.

Saldremos al alba.

—Muy bien, alfa —respondió Will sin dudar.

—A la orden, alfa —añadió Sion.

Ambos se retiraron con rapidez.

Cuando la puerta se cerró tras ellos, el silencio volvió a apoderarse de la estancia.

Solo entonces Conall se giró hacia Leo, que había permanecido observándolo en silencio.

—La idea de llegar unos días antes a la manada de Sombras Plateadas responde a algún hecho en particular que desconozca?

—preguntó el gamma con cautela.

Conall caminó hasta la mesa y apoyó las manos sobre ella.

—Necesito averiguar las verdaderas intenciones del alfa Bodolf antes de la llegada del rey Eliseo.

Leo asintió lentamente.

—Ya veo.

Conall guardó silencio unos segundos más, como si calibrara algo.

-León… —Sí, alfa.

—Prepara tu caballo.

Vendrás conmigo.

El gamma no pudo ocultar su sorpresa.

No había esperado que su presencia fuera necesaria en un evento que, al menos en apariencia, era una celebración política y no un enfrentamiento belico.

—Entendido —respondió al fin, inclinando la cabeza.

Conall no dio más explicaciones.

No las necesarias.

Sabía que Sombras Plateadas era territorio enemigo.

Y sabía, también, que los juegos más peligrosos no se jugaban en los salones… sino en los pasillos, en los silencios, en lo que nadie decía en voz alta.

——————– Mientras tanto, en la manada Sombras Plateadas, la Luna Aria se reunía con su fiel criada personal.

Liz cerró la puerta tras de sí con sumo cuidado.

—Por fin el alfa Conall ha confirmado su asistencia a la ceremonia de la bastarda —anunció Aria, con una sonrisa satisfecha.

—Es una excelente noticia, mi señora —respondió Liz.

Aria se acercó a ella, bajando la voz.

—¿Tienes lo que te pedí?

Liz dudó.

—Mi señora… ¿está segura de esto?

Una vez conjugado el hechizo, no habrá vuelta atrás.

Los ojos de Aria brillaron con determinación.

—Estoy completamente segura.

Tú harás que Conall reconozca a mi hija Electra como su compañera destinada… y yo te entregaré las piedras rúnicas que tanto anhelas.

Liz tragó saliva.

—¿No le preocupa lo que se dice del alfa Conall?

—¿Que se ha convertido en un lobo despiadado, sin corazón?

—replicó Aria con desdén—.

No.

No me importa en absoluto.

—¿Y su hija?

—insistió Liz—.

¿Electra sabe lo que planea hacer?

Aria frunció los labios, impaciente.

—Eso es lo de menos.

Electra sabe que todo lo que hago es por nuestro bienestar… y por el de esta manada.

Liz inclina la cabeza.

—Muy bien.

Cuando el Alfa del Norte llegue a Sombras Plateadas, el hechizo del vínculo de pareja estará terminado.

Aria dio un paso hacia ella, su voz afilada como una advertencia.

—Más te vale que así sea, Liz.

El acuerdo estaba sellado.

Muy lejos de allí, un alfa se preparaba para un viaje que cambiaría el equilibrio del reino.

Y en Sombras Plateadas, una luna tejía un destino que no le pertenecía.

——————– La habitación estaba en silencio.

Lux permanecía sentada al borde de la cama, con las manos apoyadas sobre las sábanas limpias, incapaz de moverse.

Aún no se atrevía a recostarse.

Aquello no era suyo.

Nada lo era nunca.

El colchón cedía bajo su peso, blando, extraño.

Demasiado cómodo para alguien como ella.

Miró alrededor despacio.

Las paredes no estaban desnudas.

Había una pequeña mesa, una silla, una jofaina con agua limpia.

Incluso una ventana estrecha por la que se colaba la luz grisácea de la luna.

Lux no recordaba haber dormido jamás en un lugar así.

El aire olía distinto.No a humedad.No a encierro.

Eso la inquietaba más que cualquier castigo.

Se llevó las manos a los brazos, recorriendo con los dedos las marcas aún recientes del baño.

La piel le ardía.

Cada movimiento le recordaba que su cuerpo no le pertenecía, que era algo que otros podían corregir, frotar, moldear.

“No te acostumbres”, había dicho Liz.

Lux cerró los ojos.

No lo haría.

No podía.

Sabía cómo funcionaba el mundo.

Sabía que cualquier gesto amable escondía siempre un precio.

Y aquel… aquel era demasiado grande.

Una fiesta.Alfas.El rey.

El príncipe heredero.

Su estómago se encogió.

—No soy nadie —susurró al vacío—.

Se han equivocado.

Pero nadie se equivocaba nunca con ella.

La bastarda siempre era útil para algo.

Para humillar.

Para castigar.

Para exhibir.

Se levantó despacio y caminó hasta la ventana.

El cristal estaba frío al tacto.

Afuera, la manada dormía, ajena a lo que se estaba gestando dentro de aquellas paredes.

Lux apoyó la frente contra el vidrio.

Pensó en Sabine.En sus manos temblorosas cuando le llevaba comida.En su voz baja diciéndole que resistiera.

“Todos tenemos una misión”, le había dicho una vez.

Lux soltó una risa muda.

—La mía es sobrevivir —murmuró—.

Siempre lo ha sido.

Un golpe suave en la puerta la sobresaltó.

—¿Quién es?

—preguntó, sin alzar la voz.

—Soy yo —respondió Liz desde el otro lado—.

Ábreme.

Lux obedeció de inmediato.

Liz entró sin mirarla siquiera, inspeccionando la habitación como si evaluara si cumplía con sus expectativas.

—A partir de ahora tendrás horarios —dijo—.

Te enseñaremos a caminar, a sentarte, a callar cuando sea necesario.

Lux asintió.

—No quiero problemas —susurró.

Liz la observó entonces, con una expresión difícil de leer.

—No estás aquí para querer nada —replicó—.

Estás aquí para obedecer.

Se acercó un poco más.

—Te guste o no, en unos días serás vista.

Observada.

Juzgada.

Lux bajó la mirada.

—Haré lo que me digan.

—Más te vale.

Liz se giró para marcharse, pero se detuvo en el umbral.

—Ah… y acostúmbrate a dormir aquí.

Mientras dure la farsa, debes parecer… presentable.

Cuando la puerta se cerró, Lux dejó escapar el aire que había estado conteniendo.

Se deslizó lentamente hasta el suelo y se abrazó las rodillas.

“Mientras dure la farsa.” Eso era todo.

Un paréntesis en su vida de sombras.

Aun así, algo en su interior no lograba calmarse.

Una sensación extraña, como si el aire estuviera cargado de electricidad.

Como si algo —o alguien— se estuviera acercando.

Lux no sabía nada del alfa del Norte.Ni de su mirada.Ni de su oscuridad.

Pero, por alguna razón, el pensamiento le atravesó el pecho como un presentimiento incómodo.

—Por favor —susurró—.

Que pase rápido.

Y sin saberlo, mientras intentaba hacerse pequeña en una habitación prestada, su nombre ya viajaba por caminos que jamás había imaginado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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