Lux de Luna - Capítulo 71
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Capítulo 71: El despertar del Lycan
La noche había sido intensa.
Demasiadas emociones. Demasiada tensión contenida.
Conall se dejó caer dentro de la bañera, apoyando la cabeza contra el borde mientras el vapor ascendía alrededor de su cuerpo. El agua caliente debería haber relajado sus músculos… pero algo no iba bien.
Un cosquilleo extraño comenzó en la base de su cráneo.
—¿Qué me pasa…?
El cosquilleo se convirtió en una punzada.
Y la punzada en un dolor agudo que le atravesó la cabeza como una lanza.
—¡Ah…!
Llevó ambas manos a las sienes. El mundo giró. Intentó abrir los ojos, pero la presión era tan intensa que apenas podía mantenerlos entreabiertos.
—Esto es raro…
Su respiración se volvió pesada.
— Lobo… llamó mentalmente. ¿Qué nos está pasando?
Silencio.
Parpadeó con dificultad.
—Lobo.
Nada.
Una gota de sudor frío recorrió su espalda pese al agua caliente.
— Lobo, contéstame.
El vínculo siempre estaba ahí. Como un pulso constante bajo la piel.
Ahora era… vacío.
Eso sí que era imposible.
Conall apretó los dientes y salió de la bañera con un movimiento brusco. El agua resbaló por su torso mientras tomaba una toalla y la ajustaba alrededor de su cintura.
La cabeza le latía.
Dio un paso hacia el espejo, todavía aturdido.
Alzó la vista.
Y abrió los ojos como platos.
Sus pupilas no eran suyas.
El negro azabache habitual estaba invadido por un color rojo antinatural que giraba lentamente, como humo atrapado bajo la superficie.
—¿Qué demonios…?
El reflejo sonrió.
Pero él no había movido los labios.
—Buenas noches, Alfa Conall.
La voz no resonó en la habitación.
Resonó dentro de su cabeza.
Fría.
Afable.
Conall presionó el borde del lavabo.
—Sal de mi mente.
La figura del espejo ladeó la cabeza con gesto casi divertido.
—¿Te acuerdas de mí?
Conall sintió que el estómago se le hundía.
Claro que se acordaba.
Esa presencia.
Ese día.
El pacto.
La guerra.
La supervivencia.
—Sí —gruñó—. Eres quien tiene mi alma.
La sonrisa se amplió apenas.
—Qué dramático suena cuando lo dice así.
El dolor se volvió a intensificarse. Conall apretó los dientes con fuerza, negándose a arrodillarse.
—No tienes derecho a interferir.
—Oh, pero sí lo tengo —respondió la voz con suavidad peligrosa—. Me lo concediste.
Fragmentos del pasado cruzaron su mente.
Sangre.
Fuego.
El campo de batalla cubierto de cuerpos.
El momento exacto en que eligió no morir.
A cualquier precio.
—Fue un trato temporal.
—No. Fue un trato absoluto.
El reflejo levantó una mano… y, en la realidad, Conall sintió cómo su propio brazo se elevaba sin que él lo ordenara.
—Devuélveme el control.
—Estoy decepcionado, Conall. Pensé que estarías más agradecido.
El dolor en su cabeza descendió hacia el pecho. Una presión opresiva, como si algo intentara abrirse paso desde dentro.
—¿Qué estás haciendo?
—Recordarte quién sostiene la cuerda.
Conall intentó llamar de nuevo a su lobo.
Nada.
Ni un gruñido.
Ni un eco.
El vacío era lo más aterrador.
—¿Qué has hecho con mi lobo?
La voz resonó dentro de su cabeza, tumba y burlona.
—Lo que te dije que haría.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—¿Has matado a mi lobo?
Una risa baja, desagradable.
—Aún no… pero sucederá muy pronto.
Conall presionó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Quiero romper el trato. Ya no quiero entregarte mi cuerpo.
El silencio que siguió fue peor que la respuesta.
Luego, la voz volvió, suave como una caricia venenosa.
—Es tarde, mi querido Alfa. Es hora de cobrarme por el favor que te otorgué.
Las imágenes regresaron a su mente.
La noche de la masacre.
El campo cubierto de cadáveres.
Su respiración agónica entre los cuerpos de su familia.
El susurro que le ofreció poder.
Supervivencia.
Venganza.
Un cambio de algo que, en aquel momento, le pareció un precio lejano.
—No lo entiendes —gruñó Conall—. Encontré a mi compañera.
Una pausa.
Y entonces, un murmullo cargado de diversión.
—Lo sé. Ese es el motivo por el que ahora me puedes ver.
El corazón de Conall se detuvo un segundo.
—¿Qué?
—El vínculo con la sanadora me ha despertado.
Conall giró sobre sus talones. La sombra tomó forma.
Un licántropo.
Alto.
Descomunal.
Pelaje oscuro como la noche sin luna, ojos rojos como el infierno y una sonrisa demasiado humana para ser natural.
—Ella me necesita —escupió Conall—. Soy su protector.
El licántropo dejó escapar una carcajada tenebrosa que vibró en las paredes.
—Yo también soy su protector.
El aire pareció enfriarse varios grados.
—Y llevo tiempo esperándola.
La expresión de Conall se desencajó.
— ¿Qué demonios significa eso?
La criatura dio un paso hacia él, aunque sus patas no tocaban el suelo.
—Ella será mía… gracias a ti.
—¡Nunca!
La rabia hizo que su aura de Alfa estallara, llenando el baño con presión y amenaza.
Pero el licántropo solo sonrió más.
—No tienes elección.
Y en el momento en que Conall pestañeó…
El Lycan desapareció.
—¡Mierda!
El silencio volvió a ser absoluto.
Entonces, de golpe, el vínculo volvió.
Un latido.
Una presencia.
-¡Alfa mio! —la voz de su lobo resonó en su mente, agitada.
Conall se apoyó contra la pared, aliviado.
—¡Lobo!
—Tengo miedo… —admitió la bestia sin orgullo—. El chucho ese es muy feo y malo.
Pese a todo, Conall estuvo a punto de reír.
—Lo sé.
—Intentó tocarme… como si quisiera empujarme fuera. Como si este cuerpo fuera suyo.
Conall cerró los ojos.
—Tienes que aguantar. Debes enfrentarlo. Si toma tu lugar…
No terminó la frase.
No quería imaginar qué haría aquella cosa con su cuerpo. Con Lux.
—Lo intentaré —respondió el lobo con un gruñido bajo—. Pero que sepas que todo esto es culpa tuya.
Conall arqueó una ceja.
—¿En serio?
—Si. Por hacer tratos raros cuando eras joven y dramático.
—No era dramático. Estaba muriendo.
—Detalles.
Pese a la tensión, esa normalidad le dio fuerza.
—Escucha —dijo con firmeza—. Pase lo que pase, no lo dejes entrar.
—No pienso compartir —gruñó el lobo—. Soy posesivo.
—En eso nos parecemos.
Conall tomó aire profundo.
Se vistió en segundos.
Y salió del baño con paso decidido.
Corrió hasta la habitación de Lux.
Abrió la puerta con cuidado.
Ella dormía plácidamente, el pecho subiendo y bajando con suavidad. Su cabello rojo se extendía sobre la almohada como un halo.
Se acercó despacio.
Apoyó la mano sobre su mejilla.
Nada extraño.
Nada oscuro.
Pero ahora sabía que no era solo guerra entre lobos lo que se avecinaba.
Era algo más antiguo.
Más profundo.
Más peligroso.
—No dejaré que nadie te toque —murmuró apenas.
Ni reyes.
Ni príncipes.
Ni demonios disfrazados de bestias.
Se inclinó y besó su frente.
Luego salió sin hacer ruido.
Sus pasos lo guiaron hacia el exterior de la casa principal, cruzando el patio iluminado por la luna hasta la pequeña vivienda donde Hanna se alojaba.
Si alguien sabía algo sobre almas partidas y criaturas que reclaman pactos antiguos…
Era un hada.
Conall alzó la mano y golpeó la puerta con firmeza.
La guerra que se avecinaba ya no era solo por territorio.
Era por su alma.
Y por Lux.
—————————
La noche no estaba siendo normal.
Conall entró en la pequeña casa de Hanna sin llamar, empujando la puerta con tanta fuerza que golpeó la pared.
—¡Hanna, tenemos que hablar!
El hada, que estaba triturando hierbas en un mortero, dio un salto tan exagerado que casi salió volando hacia el techo.
—¡Oye! ¿Se puede saber qué te pasa? ¿Es que los alfas no conocéis la palabra “puerta”?
Conall no respondió. Cerró la entrada de un portazo.
—Tienes que contarme todo lo que sabes sobre el origen de Lux.
Hanna se llevó una mano al pecho, respirando rápido.
— ¿Te has vuelto loco? Casi me matas del susto.
—No estoy para juegos.
—Yo tampoco estoy para que irrumpas en mi casa como un animal sin correa.
Eso fue un error.
Conall dio dos pasos largos, rápidos, y la levantó del suelo sujetándola por el cuello.
—Te he dicho que no estoy para juegos.
—Ahh… ahgggg…
Hanna pataleó, intentando zafarse. Sus alas vibraron con furia, pero la fuerza de Conall era brutal. Su rostro comenzó a tornarse morado.
—¡Habla!
Ella apenas podía emitir sonidos.
Conall la soltó un segundo antes de que perdiera el conocimiento.
Hanna cayó de rodillas, tosiendo con violencia.
—¡Estás… completamente loco!
Conall la miró desde arriba, con los ojos ardiendo.
—No, Hanna… Lo que estoy es completamente enamorado de Lux.
El silencio se hizo pesado.
Hanna lo observaba mientras recuperaba el aliento. Su expresión cambió. Ya no era solo desprecio. Era… cálculo.
—Vaya, Alfa —murmuró al fin—. Parece que las cosas se te complican.
—No me provoques.
Ella se incorporó espacio, frotándose el cuello.
—¿Qué ha pasado?
Conall dudó apenas un segundo.
Luego habló.
Le contó lo del baño. El dolor. La desaparición de su lobo. El reflejo. El licántropo.
Cuando terminó, la habitación parecía más fría.
— ¿El Lycan de la cueva maldita? —repitió Hanna con gravedad.
—Si.
— ¿Hiciste un trato con él?
Conall no respondió de inmediato.
—Estaba muriendo.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Sí —gruñó al final—. Hice un trato.
Hanna negó lentamente con la cabeza.
—Eres más idiota de lo que pensaba.
El aura de Conall vibró peligrosamente.
—Mide tus palabras.
—¿O qué? ¿Vas a volver a estrangularme?
Conall se contuvo.
—¿Qué sabes sobre él?
Hanna caminó hacia un pequeño cofre de madera tallada y lo abrió con calma exagerada.
Dentro brillaban joyas y diamantes en cantidades absurdas.
Conall alzó una ceja.
—¿Diamantes?
—Oh, sí. A las hadas nos gustan las cosas bonitas.
—Eres un hada codiciosa.
—Llevo muchos años entre vosotros —respondió con ironía—. Algo se me tenía que pegar.
Cerró el cofre de golpe.
—Si quieres que te cuente la historia completa de Lux… eso te va a costar muchos diamantes.
Conall soltó una risa corta, incrédula.
—Tengo riqueza suficiente para comprar esta montaña entera.
Hanna sonrió de medio lado.
—Pero ni todo el oro del mundo te devolverá tu alma, Alfa Conall.
El comentario cayó como una piedra.
Conall abrió los ojos como platos.
—¿Qué sabes sobre mí?
—Tráeme los diamantes y lo sabrás.
— Ya estás demorando en soltar lo que sabes por esa boca afilada que tienes.
—¡Eres un tacaño!
—Y a ti, parece no importarte tu vida. Estoy a un centímetro de separar tu cabeza del resto de tu cuerpo.
Conall extendió su mano con sus garras visiblemente desplegadas.
Hanna se sentó frente a él, cruzando las piernas con tranquilidad calculada.
—Sé que el Lycan no es una simple bestia. Es un alma antigua atrapada entre planos. Un ser codicioso que proviene del Reino Sagrado.
Conall sintió que su lobo se removía incómodo.
—¿Otro como tú?
—Hablo en serio. Si toma tu lugar, no solo controlará tu cuerpo. Consumirá a tu bestia hasta borrarla.
El silencio se hizo insoportable.
—Y cuando eso ocurra —continuó Hanna—, no habrá nada que yo pueda hacer.
Conall apretó los puños.
—Ha dicho que Lux será suya gracias a mí.
Los ojos de Hanna brillaron con algo parecido a temor.
—Claro que lo será.
—¡Explícate!
Ella inclinó la cabeza.
—Lux es la hija de la mujer que lo puso en esa cueva. Y él, solo puede sentir su descendencia… cree que es la madre.
Conall se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Él busca su venganza.
Las piezas comenzaron a encajar.
—El vínculo entre nosotros…
—Está debilitando la barrera —confirmó Hanna—. El Lycan puede manifestarse porque tú le has abierto la puerta hace años… y ella está proporcionando la llave.
Conall sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Me estás diciendo que mi amor por ella lo está fortaleciendo?
—Estoy diciendo que tu pacto y los poderes de Lux son la combinación perfecta para liberarlo.
El lobo gruñó en su mente.
—Eso no va a pasar —dijo Conall con firmeza.
Hanna lo miró fijamente.
—Entonces rompe el vínculo.
La sola idea le heló la sangre.
—¡No!
—Pues prepárate.
Conall se inclinó hacia ella.
—¿Hay manera de romper el pacto con esa criatura maldita?
Hanna lo estudió en silencio.
—Tal vez.
—No juegues conmigo, Hanna.
—No es un juego. Es un precio.
Conall frunció el ceño.
—Habla.
Hanna sonrió lentamente.
—Para recuperar un alma… debes ofrecer otra.
El silencio cayó como una sentencia.
Y por primera vez desde que comenzó todo, Conall sintió que la verdadera guerra no sería contra reyes…
Sino contra algo mucho más antiguo.
Y mucho más hambriento.
El Lycan que él mismo, llevaba dentro.
————————-
La imagen del Lycan la dejo en comentarios. Si os está gustando la historia, dejarme vuestras opiniones. Gracias ❤️😁
La luna brillaba con una intensidad casi ofensiva, enorme y plateada, suspendida sobre el bosque como un ojo vigilante. El viento movía las copas de los árboles con un murmullo constante, y entre ese susurro natural se erguía la pequeña casa de Hanna: madera clara, ventanas redondas y un aura que siempre olía a hierbas, secretos… y verdades incómodas.
Dentro, el sonido rítmico del mortero triturando hojas secas era lo único que rompía el silencio.
Romero. Lavanda. Salvia.
Fragancias calmantes.
Pero Conall no estaba calmado.
Estaba al borde.
—Hanna ¿cómo sabías que Lux terminaría en esta manada? —preguntó al fin, su voz grave cortando el aire como una cuchilla.
Hanna no levantó la vista de inmediato. Siguió moliendo, lenta, deliberadamente.
— ¿Porque soy un hada y tengo poderes? —respondió con una media sonrisa que no alcanzó sus ojos.
Conall dio un paso adelante.
—¡Hanna!
El gruñido salió bajo, cargado de autoridad alfa. Las paredes vibraron levemente.
El hada alzó la mirada entonces. Sus pupilas brillaban con una luz propia, una chispa antigua.
—Porque hay otras sanadoras que lo dedujeron. ¿Satisfecho? —replicó con un deje despectivo.
Conall notó el filo en su tono. Hanna siempre era celosa con la información. Como si cada secreto fuera una moneda de oro que no pensaba gastar sin beneficio.
—A diferencia de las brujas —continuó ella, incorporándose—, nosotros, las hadas, representamos el lado bueno. No tenemos maldad.
Conall arqueó una ceja.
—¿Segura?
Hanna entrecerró los ojos.
—Intentamos hacer el bien contra el mal, Alfa.
—Intentar no es lo mismo que lograrlo.
Ella suspiró, exasperada.
—¿Por qué el Lycan quiere venganza? —preguntó Conall sin filtros.
La energía cambió.
Hanna dejó el mortero sobre la mesa con un sonido seco.
—Porque lo encerraron en un frasco. Bueno, en realidad, ese pobre animal lleva el alma de alguien más…
El estómago de Conall se tensó.
—¡Explícate!
El había caminó lentamente por la habitación, como si ordenara pensamientos que pesaban demasiado.
—Para llegar a esa parte, debería comenzar desde el principio.
—Tengo tiempo, habla.
—El Reino Sagrado está compuesto por hadas, duendes, hechiceros, brujas, sanadoras… y dioses —enumeró Hanna con solemnidad.
Conall cruzó los brazos.
—Eso ya lo sé.
—No lo sabes —corrigió ella—. Lo conoces. Pero no lo entiendes.
El silencio se hizo más espeso.
—Las sanadoras —continuó Hanna— son la convergencia. Son el punto de equilibrio entre todas esas fuerzas. Tienen la capacidad de curar… pero también de destruir.
Conall recordó el humo rojo.
El dolor.
Zeta retorciéndose en el suelo.
Su propio lobo gritando dentro de su mente.
— ¿Qué puede hacer Lux? —preguntó, y por primera vez su voz no sonó desafiante, sino inquieta.
Hanna lo miró con seriedad.
—Con el tiempo, desarrollará percepción extrasensorial. Verá cosas que no existen aún. Escuchará pensamientos débiles. Olerá mentiras. Sentirá rupturas en el tejido del mundo.
Conall tragó saliva.
—¿Visiones?
—Sí, solo las tienen las sanadoras de sangre pura.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.
—¿Quién es su verdadero padre?
Hanna suspiró. Llegados a este punto, era inútil seguir ocultándole eso a Conall.
—Un dios… un ser preparado para proteger a su sanadora. Su nombre es Cornelius.
—¿Estás diciendo que Lux es…?
—Heredera directa de la primera estirpe de sanadoras. Ella obtendrá el poder absoluto.
El corazón de Conall golpea contra su pecho.
—¿Por qué el Lycan quiere vengarse de ella?
—Está enfadado. Lleva el alma del otro protector de la madre de Lux. Su nombre es Marcus, pero realmente, no se da cuenta de que ella no es su madre…
El recuerdo del reflejo en el espejo volvió con violencia.
Ojos rojos.
Sonrisa cruel.
—¿Me ha usado?
Hanna afirmó lentamente.
Conall sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies.
—¿Por qué Zeta y yo somos sus protectores?
Hanna lo observó largo rato antes de responder.
—De forma natural, un lobo jamás sería protector de una sanadora. Vuestra naturaleza es instintiva, territorial, posesiva. Eso de compartir… no lo llevaís nada bien.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Porque algo forzó ese vínculo.
El silencio se volvió incómodo.
—¿Ha sido Marcus? —preguntó Conall.
—En tu caso… sí. No sé como terminó convirtiéndose en un Lycan, pero esa alma está llena de poder oscuro.
El lobo dentro de él gruñó incómodo.
—Chucho malo…
— Entonces ¿no es real? —preguntó Conall con voz baja—. ¿El vínculo que siento no es real?
Hanna lo miró. Por primera vez, sin sarcasmo.
—Los sentimientos siempre son reales. La causa puede no serlo.
Eso dolio más de lo que esperaba.
—Zeta está impulsado por la ambición de su padre —continuó ella—. Hay fuerzas oscuras en el juego. Si Eliseo descubre completamente quién es Lux, intentará reclamarla.
Conall apretó los dientes.
—Sobre mi cadáver.
—Eso puede arreglarse —murmuró Hanna con ironía.
Conall la ignoró.
—¿Y su madre? ¿Por qué la dejó en la Manada de las Sombras Plateadas?
El hada se quedó quieta.
Demasiado quieta.
—Ella murió al darla a luz.
—¿Estás segura de que murió?
Hanna evitó su mirada.
—Es lo que se nos dijo.
—Eso no suena convincente.
Ella volvió al mortero.
—Hay historias que aún no puedo contarte.
—No me ocultes información.
—No es por ti —respondió seca—. Es por ella.
El aire parecía más pesado.
—Se suponía que Lux estaría protegida hasta cumplir dieciocho años —explicó—. Luego encontraría a sus dos protectores naturales. Ellos despertarían su poder de forma gradual. Yo la entrenaría y la regresaría al Reino Sagrado para su unión con el hechicero más poderoso que existe.
Conall rio sin humor.
—Nada está saliendo como estaba planeado.
—No —admitió Hanna—. Porque alguien o algo alteró el destino.
Conall recordó la cueva maldita.
La noche del pacto.
El susurro que le ofreció poder cuando estaba a punto de morir.
—Fue mi culpa.
—Sí —respondió Hanna sin suavizarlo. — Al menos, en parte.
Él la miró con rabia contenida.
—No sabía que Lux existiría.
—El universo no necesita que sepas algo para que tenga consecuencias.
Conall respiró hondo.
—Hay manera de romper el trato con el Lycan, lo has mencionado antes.
Hanna lo estudió.
—Romperlo… no. Cambiarlo, quizás.
—Habla claro.
—Las almas selladas por pacto solo pueden liberarse mediante intercambio.
Conall sintió frío en la espalda.
—¿Intercambio?
—Una esencia por otra.
El silencio fue absoluto.
—Hay que encontar otro envase.
—Debe ser alguien que acepte el intercambio. Es de propia voluntad.
—Me ayudarás a encontrarlo.
—¡Oye!—exclamó Hanna para nada de acuerdo.
—No permitiré que esa cosa maligna toque a Lux.
—Si se adueña de ti, no podrás evitarlo. Vuestro vínculo ya está formado… cada minuto cuenta y tu tiempo se termina. Tu lobo está siendo devorado por el Lycan.
Las piezas encajaron con brutal claridad.
Conall cerró los ojos un instante.
—No voy a perder a mi lobo, ni a mi compañera.
Hanna lo miró con algo que parecía compasión.
—Eso no depende solo de tu fuerza. Hay oscuridad que no puedes controlar, Conall y un poder divino que no controlas.
El viento golpeó la ventana.
La luna iluminó el rostro del Alfa, marcando sombras duras en sus facciones.
—Será mejor que regreses con ella —dijo Hanna al fin—. Esta noche no es buena para que esté sola.
Conall asintió.
Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo.
—Hanna.
—¿Qué?
—Si algo le ocurre por culpa de ese Lycan…
Sus ojos se volvieron fríos.
—El mundo entero arderá.
Hanna no sonrió esta vez.
—Lo sé.
Conall salió al bosque. El aire nocturno le golpeó el rostro, pero no logró enfriar el incendio que llevaba dentro.
Mientras caminaba de regreso a la casa principal, sintió a su lobo moverse inquieto.
—Alfa…
—¿Si?
—No quiero que me devoren.
Conall casi sonrió.
—No pienso dejar que eso ocurra.
—¿Lo prometes?
Miró hacia la luna.
—Lo prometo.
Pero en el fondo de su mente, la risa del Lycan seguía resonando.
Y por primera vez desde que hizo aquel pacto en la cueva maldita…
Conall no estaba seguro de poder cumplir su promesa.
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