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Lux de Luna - Capítulo 74

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Capítulo 74: Entre el Alfa y el Príncipe

— ¿Qué significa esto, Zeta? —preguntó Lux, intentando que su voz no temblara.

El silencio que cayó sobre el campo de entrenamiento peso más que cualquier espada.

Zeta no apartó la vista de ella. Ni siquiera miró a Conall cuando respondió.

—Significa que te vienes conmigo al palacio para instruirte en estrategias de guerra acordes a tu estatus de Luna… sin lobo.

La última parte la pronunció con una suavidad casi cruel.

El murmullo entre los guerreros fue inmediato. Lux sintió cada susurro como si fueran agujas bajo la piel.

Sin lobo.

Esa etiqueta la perseguía desde que tenía memoria.

La Luna de una manada debía ser una loba poderosa, dominante, temida. Una hembra cuya sola presencia inspirará respeto.

No alguien como ella.

No alguien que no perteneciera a ese reino.

—No te la llevarás.

La voz de Conall era baja, pero vibró con amenaza.

Zeta ladeó apenas la cabeza, como si la furia del Alfa fuera un detalle menor.

— ¿Vas a discutir esto justo ahora delante de toda tu manada?

Conall avanzó un paso.

—No me provoques, Zeta.

—¿Yo? —sonrió el príncipe con descaro—. Solo estoy ejecutando un decreto real.

Lux dio un paso entre ambos antes de que el aura de Conall volviera a descontrolarse.

— ¿Podemos hablar los tres a solas?

Zeta la miró. Su expresión se suavizó un segundo.

—Si el Alfa Conall no hubiera sido tan egoísta, seguramente sería buena idea hablar los tres.

Conall apretó la mandíbula.

—Pero como se ha negado sistemáticamente a que tú y yo pasemos tiempo a solas —continuó Zeta, con tono casi divertido—, no me ha quedado más remedio que armar una estrategia.

La palabra estrategia resonó como un disparo.

—Sabes que, si ella pisa el Palacio Real, tu padre… —Conall dejó la frase en el aire, pero todos entendieron.

Zeta alzó una ceja.

—¿Crees que dejaría que nuestra compañera corra peligro?

Enfatizó la palabra.

Nuestra.

El aire se volvió denso.

Conall lo miró como si estuviera decidiendo en qué punto arrancarle exactamente la garganta.

Lux sintió cómo su corazón latía con violencia. No por miedo. Por presión.

—¿Y si no quisiera ir? —preguntó ella, en voz más baja de lo que pretendía.

Zeta no perdió la sonrisa.

—No lo tomes a mal, Lux… pero no te dejaré decidir.

Eso dolió

Más que el comentario sobre el lobo.

—Es un decreto real —continuó—. Y partimos mañana mismo.

Mañana.

Así, sin transición.

Sin preparación.

Zeta volvió a dedicarle una sonrisa que parecía sincera… y se retiró del campo de entrenamiento con la elegancia irritante de quien sabía que había ganado la jugada.

El silencio que dejó atrás fue ensordecedor.

Conall permaneció inmóvil. Frío. Callado.

Demasiado callado.

— Alfa…

Raunak intervino con cautela.

— Los guerreros esperan. La manada necesita dirección.

Conall apenas asintió, pero su mirada seguía clavada en el punto por donde desapareció Zeta.

Lux sintió un nudo en el estómago. Se acercó a él y habló en voz baja, lo suficiente para que nadie más escuchara.

—Deja que vaya a hablar con él.

-¡No!

La respuesta fue inmediata. Instintiva.

Ella sostenía su mirada.

—Conall, no lo entiendes. Estoy segura de que soy la única que puede hacerle cambiar de opinión.

—No quiero que pases tiempo a solas con él.

Había algo más que celos en su voz.

Había miedo.

—Conall…

-¡No!

Ella respiró hondo.

—Zeta es mi otro compañero. Te gusta o no… no puedes negarme que hable con él.

La reacción fue visible.

El rostro de Conall se encendió en un rojo furioso. Sus ojos brillaron con ese destello animal que precedió a la transformación.

—¿Le quieres?

La pregunta no sonó arrogante.

Sonó vulnerable.

Lux se sonrojó, pero no apartó la mirada.

—Me importa. Es lo único que puedo decirte.

La honestidad cayó como un golpe seco.

Conall avanzó de mala gana. Sus hombros se tensaron antes de girarse hacia sus guerreros.

—Te quiero lista para el segundo turno de entrenamiento—. le ordenó sin siquiera mirarla.

Su voz volvió a ser la del Alfa.

Autoritaria. Inquebrantable.

—Sí, Alfa —respondió ella, aunque la palabra ahora pesaba diferente.

Lux se apartó del campo de entrenamiento mientras los gritos de combate comenzaron a resonar detrás de ella.

Espadas chocando. Gruñidos. Órdenes.

Pero la mente de Conall estaba lejos de allí.

———————

Lux encontró a Zeta en el límite del bosque, observando el horizonte como si nada de lo ocurrido hubiera sido relevante.

—Sabía que vendrías —dijo sin girarse.

—Eso suena demasiado confiado.

—Te conozco.

Ella cruzó los brazos.

—Me estás forzando.

—Te estoy protegiendo.

Lux río sin humor.

—¿Protegiéndome, llevándome al palacio donde tu padre me ve como una atracción de feria?

Zeta por fin se volvió hacia ella.

Su sonrisa desapareció.

—Mi padre no es el único enemigo en este tablero.

—No hables como si esto fuera un juego.

—Es una guerra, Lux. Y tú eres la pieza más valiosa.

—No soy una pieza.

—Eres Luna del Norte. Compañera del Alfa más fuerte de las tierras más importantes del continente… y, si me lo permites, la futura Reina Luna.

Zeta arqueó una ceja.

—Por no mencionar, que eres una sanadora muy poderosa a punto de despertar los poderes más extraordinarios del universo que podrían acabar con continentes enteros, con solo un chasquido de tus dedos.

El peso de esa realidad la golpeó con fuerza.

—Yo no pedí nada de esto.

—Lo sé.

Zeta se acercó un poco, pero mantuvo la distancia justa para no invadirla.

—Precisamente por eso debes venir. No puedes seguir dependiendo solo de la fuerza de Conall. Si la guerra estalla y él cae…

Lux palideció.

—No va a caer.

Zeta la miró con una mezcla de admiración y tristeza.

—Eso lo dices porque le amas.

Ella no responde.

—Pero el amor no detiene una lanza.

El viento movió el cabello rojizo de Lux. Su mente era un torbellino.

—¿Por qué realmente haces esto? —preguntó al fin—. Y no me digas que es solo por estrategia.

Zeta guardó silencio un segundo.

—Porque si vas a gobernar… quiero que seas libre.

—¿Libre? ¿Llevándome bajo decreto?

—Libre de la ignorancia. Libre de ser manipulada. Libre de depender de cualquiera de nosotros.

Sus palabras no sonaban arrogantes.

Sonaban sinceras.

—Conall cree que puede protegerte de todo. Yo sé que el mundo no funciona así.

Lux bajó la mirada.

—Me estás poniendo entre los dos.

-No. —Su tono se endureció ligeramente—. La decisión la tomó él cuando decidió encerrarte en una burbuja de poder y posesión.

Ella levantó la vista con una chispa peligrosa.

—No hables de él como si fuera un tirano.

—No lo es.

Zeta suspira.

—Pero te ama como un Alfa ama: poseyendo.

El silencio se espesó entre ellos.

Lux sintió el conflicto desgarrándole el pecho.

—¿Y tú cómo me amas?

La pregunta se le escapó antes de poder detenerla.

Zeta no sonrió esta vez.

—Como alguien que quiere verte elegir.

El corazón de Lux latía con violencia.

Desde el campo de entrenamiento llegó un rugido ensordecedor. Conall.

La estaba llamando sin palabras.

Zeta alzó la mirada hacia el sonido y luego volvió a mirarla a ella.

—Mañana al amanecer partimos.

—¿Y si me niego?

—No lo harás.

Había demasiada certeza en su voz.

Lux dio un paso atrás.

—No soy tuya para decidir.

—Ni de él tampoco.

El viento sopló más fuerte.

Por primera vez desde que llegó a la manada, Lux sintió que el verdadero entrenamiento no sería físico.

Sería mental.

Y emocional.

Se giró sin decir nada más y comenzó a caminar de regreso.

Zeta la observó irse.

—Prepárate, Luna —murmuró para sí—. Porque cuando regreses… ya no serás la misma.

En el campo, Conall detuvo el entrenamiento en seco cuando la vio volver.

Sus miradas se cruzaron.

Y aunque ninguno dijo nada…

Ambos sabían que el viaje que comenzaba mañana podría cambiarlo todo.

No solo la guerra.

Sino el equilibrio entre tres corazones destinados a arder.

Lux cerró la puerta de su habitación a sus espaldas, sintiendo una mezcla de alivio y nerviosismo. Necesitaba ese momento a solas después del intenso entrenamiento. El agua caliente de la ducha sería un bálsamo para su cuerpo cansado, al mismo tiempo que el ruido del agua podría ayudar a calmar su mente inquieta. Mientras se desnudaba, su mente volvió una y otra vez al tema más complicado de su vida: Zeta y, en particular, la idea de irse con él.

—No puedo dejarme llevar—, pensó Lux, apretando los puños. Tenía que encontrar la forma de convencer a Zeta de que no era buena idea.

— No quiero ser la pieza del juego de alguien —, murmuró para sí misma mientras dejaba caer la toalla y se dejaba envolver por el vapor del agua.

Mientras tanto, en el pasillo, Electra caminaba con decisión, llevando una bandeja llena de alimentos frescos y panecillos recién horneados. Desde que Conall había sugerido que Lux debía alimentarse después de entrenar, Electra parecía haber tomado esa tarea como una misión personal. Era gracioso cómo la dinámica se había vuelto casi familiar; Electra siempre aparecía con algo para comer, aunque a veces Lux no podía evitar sentir que era una especie de invasión a su espacio personal.

— Luna Lux —, murmuró Electra al llegar a la puerta de la habitación. —He traído algo para ti.

Lux se apresuró a abrir la puerta.

— Gracias, Electra, pero no tengo hambre, respondió Lux, envuelta en su toalla después de su relajante baño, intentando sonar diplomática. La verdad era que su estómago rugía, pero no quería que Electra se quedara más de lo necesario.

— Eso no es cierto, sabes que necesitas comer —, insistió Electra, posando la bandeja sobre la mesa del dormitorio, los aromas envolviendo el aire. —Conall se preocupa por ti.

Lux respir hondo, sabiendo que las intenciones de Conall eran buenas. Pero no se fiaba mucho de su “hermanastra”.

—De acuerdo, puedes dejar la bandeja. Yo me ocupo.

Electra frunció el ceño, pero al final se acercó.

— Está bien, pero por favor, no te olvides de comer. Hice los panecillos que tanto te gustan.

— Ya veo — , dijo Lux secamente, mientras Electra salía de la habitación. Aún no estaba lista para una charla profunda con ella.

Una vez que la puerta se cerró, Lux volvió a su reflexión.

—Cómo convencer a Zeta… —murmuró. Su mente buscaba una estrategia; algo que pudiera decirle sin que se molestara o interpretara mal sus intenciones.

— Tal vez podría hablar sobre mis metas, lo que realmente quiero hacer. — pensaba inocentemente.

La idea comenzaba a tomar forma. No sería fácil, pero estaba decidida a hacer lo correcto, no solo para ella, sino también para Zeta y para Conall. Después de todo, ambos merecían su atención.

Con ese pensamiento enfocado, Lux se puso un vestido acorde a su rango de Luna y, con una última mirada al espejo, mientras ya se estaba comiendo un panecillo que cogió de la bandeja, suspiró.

—Realmente, espero que esta vez me escuche.

————————–

Zeta estaba terminando de ducharse cuando escuchó el leve crujido de la puerta.

El vapor aún flotaba en la habitación, denso, envolvente, impregnando el aire con el aroma limpio del agua y su propio perfume natural, más intenso después del baño. Las gotas resbalaban por su espalda cuando salió, con una toalla apenas ajustada a la cadera.

Entonces la vio.

Lux.

De pie junto a la puerta, rígida, decidida… y nerviosa.

Zeta quedó inmóvil, sorprendido de verdad.

—¿Qué haces aquí?

Ella tragó saliva antes de responder.

—He venido a hablar contigo.

Sus ojos, traicioneros, recorrieron sin querer el dorso desnudo de Zeta. Espalda firme, músculos definidos por años de entrenamiento, cicatrices que hablaban de batallas reales. No era solo belleza. Era poder contenido.

Lux sintió cómo el calor le subía al rostro.

—Puedo esperar a que te termines de cambiar…

Zeta suena con una calma casi provocadora mientras ajustaba la toalla bajo su cintura.

—Te avergüenzas al verme así?

—No… no es eso…

Entre los lobos de la manada, la desnudez no era un problema. Cuando se transformaban, las ropas se desgarraban; el pudor era un lujo inútil en medio de la guerra.

Pero Lux no era como ellos.

Siempre había permanecido al margen de esa naturalidad instintiva. Su vida había sido más contenida, más observada. Y el único cuerpo masculino que había conocido íntimamente era el de Conall.

—Zeta, necesito que hablemos.

Él inclinó ligeramente la cabeza, estudiándola.

—Si has venido para pedirme que no te lleve al palacio, debes saber que no está dentro de mis planes hacerlo.

Lux frunció el ceño.

—No lo entiendo. Hace un rato dijiste que era un decreto real.

—Y lo es. Mi padre tuvo que autorizarlo.

—¿Entonces?

Zeta se acercó lentamente, aún con el cabello húmedo, dejando pequeñas gotas caer por su pecho.

—La orden ya ha sido firmada. Y la única forma de conseguirla era que mi padre creyera que te llevaría al palacio.

Lux parpadeó, desconcertada.

—¿Quieres decir que no iré?

—No —respondió Zeta con firmeza—. No pensaba llevarte a la boca del lobo real.

Ella lo miró con creciente confusión mientras él reducía la distancia entre ambos.

—Lo hice por nosotros, Lux.

—Sigo sin entender.

Zeta bajó la voz.

—Con esta estrategia me quedaré en la manada para entrenarte personalmente. Bajo decreto real. Sin que Conall pueda negarse.

El corazón de Lux dio un vuelco.

— ¿Insinúas que te quedaras un tiempo aquí?

Zeta afirmó con una de esas sonrisas que le iluminaban la cara y estremecían a Lux por completo.

—Princesa, si no terminamos nuestro proceso de apareamiento, no podrás despertar tus poderes al completo.

La palabra quedó suspendida entre ellos.

Apareamiento.

Zeta alzó la mano y la posó en la mejilla de Lux, acariciándola con suavidad. Su contacto era cálido, casi reverente.

Una corriente inesperada recorrió el cuerpo de ella. No era igual que con Conall. Con él todo era fuego, posesión, intensidad desbordada. Con Zeta era distinto: más lento, más profundo… pero igualmente poderoso.

—No creo que Conall quiera…

—Él no es tu dueño, Lux —interrumpió Zeta con firmeza—. Yo quiero saber qué quieres tú.

El rubor en las mejillas de Lux se intensificó.

La marca de Zeta seguía viva en su piel. Un vínculo incompleto que latía silencioso, grabándole que no todo estaba resuelto.

—Amo a Conall. Y él me ama a mí.

Zeta se tensó apenas un segundo, pero no retrocedió.

—Ese es vuestro vínculo. Lo alimentais cada día.

Su mirada se volvió más profunda.

—No crees que, si me permites entrar en tu corazón, ¿podrías llegar a amarme también?

La confusión la abrumó.

Todo era demasiado rápido. Complejo.

Zeta deslizó las manos hasta la cintura de Lux y el atrajo con suavidad hacia su pecho. Ella sintió el calor de su piel húmeda contra la suya, la firmeza de su cuerpo, el latido fuerte bajo su oído.

—Yo te amo desde la primera vez que te vi —confesó él—. Desde que supe que eras mi compañera.

Su voz no era arrogante ni manipuladora.

Era vulnerable.

—Déjame demostrártelo, Lux.

Ella alzó la mirada.

—¿Demostrarmelo?

Sin romper el contacto visual, Zeta dejó caer la toalla. El gesto fue natural, sin teatralidad, pero cargado de intención.

Lux contuvo el aliento y apartó la vista un segundo, sobrecogida más por la intensidad del momento que por la desnudez en sí.

El deseo en él era evidente. Y eso la extremeció.

—Mi cuerpo te pertenece, amor mío —susurró Zeta mientras llevaba la mano de Lux hacia su erecto miembro.

El calor invadió el pecho de Lux.

—Hace un poco de calor aquí, ¿verdad?—intentaba Lux disimular su excitación.

—Tu olor me vuelve loco… y sé que comienzas a desearme también.

Ella cerró los ojos un instante.

No debería sentirse así.

Conall…

Conall jamás permitiría algo semejante.

—Conall nunca lo aceptaría —susurró—. Mataría a cualquiera que me tocara.

Una sombra cruzó la mirada de Zeta.

—Y yo, Lux.

Ella abrió los ojos.

—¿Tú también?

—Eres mi compañera. Y ya bastante me duele el pecho cada vez que percibo el olor de Conall en tu piel.

Había verdad en su voz. Dolor. Celos.

Lux bajó la mirada.

—Lo siento tanto. Nunca he pedido nada de esto.

—Lo sé.

Zeta tomó su mano con delicadeza y la apartó de su miembro para llevarla sobre su pecho.

—Sé que es una situación extraña. Dos compañeros machos para una misma hembra.

Su pulgar acarició los dedos de ella.

—Pero tú no eres una hembra común. Y Conall sabe que no puede prohibirme estar a tu lado.

La tensión se volvió casi insoportable.

Zeta apoyó la frente contra la de Lux.

—No pienso tocarte hasta que tú me lo pidas…

Sus palabras fueron claras.

—Pero no me opondré a que me toques si así lo deseas.

El aire se volvió espeso.

Lux sintió el conflicto desgarrándola.

Amaba a Conall.

Pero no podía negar la conexión que la unía a Zeta.

—Es una locura… —susurró.

—Tal vez —respondió él con suavidad—. Pero es nuestra locura.

Ella respiró hondo.

Su corazón latía con violencia, dividida entre el fuego posesivo del Alfa y la intensidad calculada del Príncipe.

Entre instinto y razón.

Entre pertenecer y elegir.

Y por primera vez comprendió que el verdadero despertar de sus poderes no dependería únicamente de un vínculo físico, sino de aceptar quién era en realidad… y a quién estaba dispuesta a amar.

La decisión aún no estaba tomada.

Pero el equilibrio entre los tres ya se había vuelto peligrosamente frágil.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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