Lux de Luna - Capítulo 75
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Capítulo 75: La tentación de la segunda marca
Lux cerró la puerta de su habitación a sus espaldas, sintiendo una mezcla de alivio y nerviosismo. Necesitaba ese momento a solas después del intenso entrenamiento. El agua caliente de la ducha sería un bálsamo para su cuerpo cansado, al mismo tiempo que el ruido del agua podría ayudar a calmar su mente inquieta. Mientras se desnudaba, su mente volvió una y otra vez al tema más complicado de su vida: Zeta y, en particular, la idea de irse con él.
—No puedo dejarme llevar—, pensó Lux, apretando los puños. Tenía que encontrar la forma de convencer a Zeta de que no era buena idea.
— No quiero ser la pieza del juego de alguien —, murmuró para sí misma mientras dejaba caer la toalla y se dejaba envolver por el vapor del agua.
Mientras tanto, en el pasillo, Electra caminaba con decisión, llevando una bandeja llena de alimentos frescos y panecillos recién horneados. Desde que Conall había sugerido que Lux debía alimentarse después de entrenar, Electra parecía haber tomado esa tarea como una misión personal. Era gracioso cómo la dinámica se había vuelto casi familiar; Electra siempre aparecía con algo para comer, aunque a veces Lux no podía evitar sentir que era una especie de invasión a su espacio personal.
— Luna Lux —, murmuró Electra al llegar a la puerta de la habitación. —He traído algo para ti.
Lux se apresuró a abrir la puerta.
— Gracias, Electra, pero no tengo hambre, respondió Lux, envuelta en su toalla después de su relajante baño, intentando sonar diplomática. La verdad era que su estómago rugía, pero no quería que Electra se quedara más de lo necesario.
— Eso no es cierto, sabes que necesitas comer —, insistió Electra, posando la bandeja sobre la mesa del dormitorio, los aromas envolviendo el aire. —Conall se preocupa por ti.
Lux respir hondo, sabiendo que las intenciones de Conall eran buenas. Pero no se fiaba mucho de su “hermanastra”.
—De acuerdo, puedes dejar la bandeja. Yo me ocupo.
Electra frunció el ceño, pero al final se acercó.
— Está bien, pero por favor, no te olvides de comer. Hice los panecillos que tanto te gustan.
— Ya veo — , dijo Lux secamente, mientras Electra salía de la habitación. Aún no estaba lista para una charla profunda con ella.
Una vez que la puerta se cerró, Lux volvió a su reflexión.
—Cómo convencer a Zeta… —murmuró. Su mente buscaba una estrategia; algo que pudiera decirle sin que se molestara o interpretara mal sus intenciones.
— Tal vez podría hablar sobre mis metas, lo que realmente quiero hacer. — pensaba inocentemente.
La idea comenzaba a tomar forma. No sería fácil, pero estaba decidida a hacer lo correcto, no solo para ella, sino también para Zeta y para Conall. Después de todo, ambos merecían su atención.
Con ese pensamiento enfocado, Lux se puso un vestido acorde a su rango de Luna y, con una última mirada al espejo, mientras ya se estaba comiendo un panecillo que cogió de la bandeja, suspiró.
—Realmente, espero que esta vez me escuche.
————————–
Zeta estaba terminando de ducharse cuando escuchó el leve crujido de la puerta.
El vapor aún flotaba en la habitación, denso, envolvente, impregnando el aire con el aroma limpio del agua y su propio perfume natural, más intenso después del baño. Las gotas resbalaban por su espalda cuando salió, con una toalla apenas ajustada a la cadera.
Entonces la vio.
Lux.
De pie junto a la puerta, rígida, decidida… y nerviosa.
Zeta quedó inmóvil, sorprendido de verdad.
—¿Qué haces aquí?
Ella tragó saliva antes de responder.
—He venido a hablar contigo.
Sus ojos, traicioneros, recorrieron sin querer el dorso desnudo de Zeta. Espalda firme, músculos definidos por años de entrenamiento, cicatrices que hablaban de batallas reales. No era solo belleza. Era poder contenido.
Lux sintió cómo el calor le subía al rostro.
—Puedo esperar a que te termines de cambiar…
Zeta suena con una calma casi provocadora mientras ajustaba la toalla bajo su cintura.
—Te avergüenzas al verme así?
—No… no es eso…
Entre los lobos de la manada, la desnudez no era un problema. Cuando se transformaban, las ropas se desgarraban; el pudor era un lujo inútil en medio de la guerra.
Pero Lux no era como ellos.
Siempre había permanecido al margen de esa naturalidad instintiva. Su vida había sido más contenida, más observada. Y el único cuerpo masculino que había conocido íntimamente era el de Conall.
—Zeta, necesito que hablemos.
Él inclinó ligeramente la cabeza, estudiándola.
—Si has venido para pedirme que no te lleve al palacio, debes saber que no está dentro de mis planes hacerlo.
Lux frunció el ceño.
—No lo entiendo. Hace un rato dijiste que era un decreto real.
—Y lo es. Mi padre tuvo que autorizarlo.
—¿Entonces?
Zeta se acercó lentamente, aún con el cabello húmedo, dejando pequeñas gotas caer por su pecho.
—La orden ya ha sido firmada. Y la única forma de conseguirla era que mi padre creyera que te llevaría al palacio.
Lux parpadeó, desconcertada.
—¿Quieres decir que no iré?
—No —respondió Zeta con firmeza—. No pensaba llevarte a la boca del lobo real.
Ella lo miró con creciente confusión mientras él reducía la distancia entre ambos.
—Lo hice por nosotros, Lux.
—Sigo sin entender.
Zeta bajó la voz.
—Con esta estrategia me quedaré en la manada para entrenarte personalmente. Bajo decreto real. Sin que Conall pueda negarse.
El corazón de Lux dio un vuelco.
— ¿Insinúas que te quedaras un tiempo aquí?
Zeta afirmó con una de esas sonrisas que le iluminaban la cara y estremecían a Lux por completo.
—Princesa, si no terminamos nuestro proceso de apareamiento, no podrás despertar tus poderes al completo.
La palabra quedó suspendida entre ellos.
Apareamiento.
Zeta alzó la mano y la posó en la mejilla de Lux, acariciándola con suavidad. Su contacto era cálido, casi reverente.
Una corriente inesperada recorrió el cuerpo de ella. No era igual que con Conall. Con él todo era fuego, posesión, intensidad desbordada. Con Zeta era distinto: más lento, más profundo… pero igualmente poderoso.
—No creo que Conall quiera…
—Él no es tu dueño, Lux —interrumpió Zeta con firmeza—. Yo quiero saber qué quieres tú.
El rubor en las mejillas de Lux se intensificó.
La marca de Zeta seguía viva en su piel. Un vínculo incompleto que latía silencioso, grabándole que no todo estaba resuelto.
—Amo a Conall. Y él me ama a mí.
Zeta se tensó apenas un segundo, pero no retrocedió.
—Ese es vuestro vínculo. Lo alimentais cada día.
Su mirada se volvió más profunda.
—No crees que, si me permites entrar en tu corazón, ¿podrías llegar a amarme también?
La confusión la abrumó.
Todo era demasiado rápido. Complejo.
Zeta deslizó las manos hasta la cintura de Lux y el atrajo con suavidad hacia su pecho. Ella sintió el calor de su piel húmeda contra la suya, la firmeza de su cuerpo, el latido fuerte bajo su oído.
—Yo te amo desde la primera vez que te vi —confesó él—. Desde que supe que eras mi compañera.
Su voz no era arrogante ni manipuladora.
Era vulnerable.
—Déjame demostrártelo, Lux.
Ella alzó la mirada.
—¿Demostrarmelo?
Sin romper el contacto visual, Zeta dejó caer la toalla. El gesto fue natural, sin teatralidad, pero cargado de intención.
Lux contuvo el aliento y apartó la vista un segundo, sobrecogida más por la intensidad del momento que por la desnudez en sí.
El deseo en él era evidente. Y eso la extremeció.
—Mi cuerpo te pertenece, amor mío —susurró Zeta mientras llevaba la mano de Lux hacia su erecto miembro.
El calor invadió el pecho de Lux.
—Hace un poco de calor aquí, ¿verdad?—intentaba Lux disimular su excitación.
—Tu olor me vuelve loco… y sé que comienzas a desearme también.
Ella cerró los ojos un instante.
No debería sentirse así.
Conall…
Conall jamás permitiría algo semejante.
—Conall nunca lo aceptaría —susurró—. Mataría a cualquiera que me tocara.
Una sombra cruzó la mirada de Zeta.
—Y yo, Lux.
Ella abrió los ojos.
—¿Tú también?
—Eres mi compañera. Y ya bastante me duele el pecho cada vez que percibo el olor de Conall en tu piel.
Había verdad en su voz. Dolor. Celos.
Lux bajó la mirada.
—Lo siento tanto. Nunca he pedido nada de esto.
—Lo sé.
Zeta tomó su mano con delicadeza y la apartó de su miembro para llevarla sobre su pecho.
—Sé que es una situación extraña. Dos compañeros machos para una misma hembra.
Su pulgar acarició los dedos de ella.
—Pero tú no eres una hembra común. Y Conall sabe que no puede prohibirme estar a tu lado.
La tensión se volvió casi insoportable.
Zeta apoyó la frente contra la de Lux.
—No pienso tocarte hasta que tú me lo pidas…
Sus palabras fueron claras.
—Pero no me opondré a que me toques si así lo deseas.
El aire se volvió espeso.
Lux sintió el conflicto desgarrándola.
Amaba a Conall.
Pero no podía negar la conexión que la unía a Zeta.
—Es una locura… —susurró.
—Tal vez —respondió él con suavidad—. Pero es nuestra locura.
Ella respiró hondo.
Su corazón latía con violencia, dividida entre el fuego posesivo del Alfa y la intensidad calculada del Príncipe.
Entre instinto y razón.
Entre pertenecer y elegir.
Y por primera vez comprendió que el verdadero despertar de sus poderes no dependería únicamente de un vínculo físico, sino de aceptar quién era en realidad… y a quién estaba dispuesta a amar.
La decisión aún no estaba tomada.
Pero el equilibrio entre los tres ya se había vuelto peligrosamente frágil.
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