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Lux de Luna - Capítulo 76

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Capítulo 76: La liberación de Zeta

Zeta coge la mano de Lux y la apoya encima de su miembro.

— ¿Qué haces? —susurró, Lux, avergonzada.

— Necesito sentir tu tacto, princesa. Esas chispas que solo tú puedes provocarme.

—Zeta, alguien puede entrar y…

— Lux, no pienso tocarte hasta que tú me lo pidas… pero no me opondré a que me tú, toques a mí.

Zeta, con su cabello desordenado y una leve sombra de cansancio en su rostro, era el fiel reflejo de la vulnerabilidad que siempre había tratado de ocultar. Él acercó su boca lentamente, sus labios se curvaron en una sonrisa siniestramente sexi.

El espacio entre ellos parecía encogerse, como si el tiempo mismo estuviera conteniendo la respiración.

—¿Estás bien? —preguntó Lux, su voz un suave murmullo que acariciaba el aire.

Zeta levantó la vista, encontrándose con la calidez de la mirada de su compañera. Sintiéndose completo ante esa intensidad, sonrió levemente, aunque su mente luchaba por mantener la cordura para no abalanzarse sobre ella y tomarla salvajemente.

—Te voy a besar. —afirmó Zeta.

En ese instante, el mundo exterior desapareció. Lux se inclinó un poco más cerca, la proximidad enviando un escalofrío por la columna de Zeta. Era como si una electricidad imperceptible fluyera entre ellos, un hilo invisible que los unía. Lux extendió su mano, dejando que sus dedos rozaran la piel del brazo de Zeta, una caricia que prometía más de lo que se decía en palabras.

Zeta inhaló profundamente, el aire caliente llenando sus pulmones. La sensación del toque de Lux era embriagadora, encendiendo un fuego en su interior que había estado dormido demasiado tiempo. Su corazón latía con fuerza, cada pulsación resonando como un eco de lo que podría ser. Lux se acercó aún más, su aliento cálido acariciando el rostro de Zeta.

—Siento que hay algo entre nosotros —susurró Lux, su voz cargada de deseo contenido—. Algo que no podemos ignorar.

Zeta tragó saliva, su cuerpo respondiendo al llamado casi primitivo que emanaba de Lux. Sabía que esos momentos de intimidad eran los que cambiaban todo, los que transformaban una relación sólida en algo más profundo, más peligroso.

La esencia del deseo flotaba en el aire, y mientras Lux continuaba explorando la frontera entre lo permitido y lo anhelado, Zeta sintió que las barreras comenzaban a desvanecerse.

Ella inclinó sus labios, abiertos hacia los de Zeta, desesperada por su beso. Zeta le agarró la barbilla, arremolinando su lengua alrededor de la de Lux.

La misma excitación, le hacía coger el miembro de Zeta para acariciarlo de arriba abajo. La sensación del tacto de las manos de Lux, lo volvieron loco hasta el punto de deslizar suavemente la cabeza de ella hacia su pene.

— Quiero follarte esa boca provocadora que tienes, princesa.

La cara de Lux era del mismo color a un redondo tomate, lo que provocó muchísimo más morbo en él, quien sujetó su longitud para presionarla contra la boca de Lux, obligándola a separar sus labios para recibirlo.

Ella se sorprendió por el tamaño, pero lo tomó por completo, abriendo más la boca, dejando que el pene de Zeta golpeara el fondo de su garganta.

— —con arcadas, ella lo metía y lo sacaba mirándolo a los ojos mientras le daba un majestuoso placer.

— Uff, como sigas así, me correré en tu boca, Lux.

Mientras ella chupaba su pene como si fuera una piruleta de fresas, Zeta agarró a Lux por el cabello y le acercó la boca a la brillante punta de su grueso pene que ya asomaba parte de su líquido preseminal.

—Abre esa boquita para mí, amor mío. Deja que te pervierta un poco.

Lux se lo tragó entero, mientras él le pasaba las manos por el cabello, moviéndose dentro y fuera de ella como un animal salvaje. Sus embestidas eran rítmicas y profundas introduciéndose hasta el fondo de la garganta de Lux.

— Cuando me dejes, este gran pene, estará dentro de tu apretado coño… Llegando a todos los lugares correctos.

Lux se excitaba cada vez más, notando como su cuerpo se energizaba, mientras rodeaba el pene de Zeta con su lengua. Haciéndolo gemir, mientras ella sostenía su base, dejando que sus labios subieran y bajaran por su grosor.

En poco tiempo, Lux notó como Zeta llegó a su liberación.

—¡Joder, princesa! ¡Voy a correrme dentro de tu boca!

Lux se preparó para recibirlo, y como nunca lo había hecho… no sabía qué hacer con el líquido que ahora llevaba en la boca y, simplemente lo tragó.

— ¡Glu! —tragó sin más.

Cuando Zeta se recompuso, cogió a Lux de los brazos para ayudarla a ponerse en pie. Luego de acomodarle los mechones rebeldes de su rojizo cabello, la miró a los ojos.

— Soy tuyo, Lux. Solo tienes que pedírmelo.

— Zeta… yo…

— Lux, te amo y no pienso renunciar a ti. Haré todo lo que sea necesario.

————————

Cuando Lux salió de la habitación de Zeta, su corazón aún latía con fuerza. No sabía si era por el intenso momento que acababan de tener o por la tensión constante que parecía envolver su vida desde que ambos lobos habían aparecido en su destino.

El aire fresco del exterior le ayudó a despejarse un poco.

Caminó hacia el campo de entrenamiento con la intención clara de hablar con Conall. Necesitaba explicarle que no se iría al palacio, que el supuesto decreto real no era más que una estrategia de Zeta para quedarse en la manada.

Pero en cuanto llegó, supo que algo no estaba bien.

Los guerreros formaban un círculo amplio alrededor del terreno de combate. El ambiente estaba cargado de tensión, como si una tormenta estuviera a punto de estallar.

Y en el centro…

Conall.

Sus ojos brillaban con una furia casi animal.

—¡Ella huele a él! —rugió con voz grave.

Un gruñido profundo vibró en su pecho.

—Grrr…

Lux se quedó paralizada.

Un segundo después, los huesos de Conall comenzaron a crujir mientras su cuerpo se transformaba en su enorme lobo negro.

El cambio fue violento.

El guerrero que tenía enfrente apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que el Alfa se lanzara contra él.

—¡Alfa! —gritó alguien.

El lobo de Conall embistió al guerrero con brutalidad, lanzándolo varios metros contra el suelo.

—¡Esto es solo un entrenamiento! —exclamó otro.

Raunak y Leo intercambiaron una mirada alarmada.

—Maldición… —murmuró Leo—. Ha perdido el control.

Ambos se transformaron casi al mismo tiempo.

Dos grandes lobos surgieron entre la multitud y se interpusieron entre el Alfa y el guerrero caído.

Conall rugía con una rabia salvaje.

Lux observaba la escena con el corazón en un puño.

—No te preocupes tanto, Luna —le dijo Anaisha—. El Alfa suele ser bastante duro durante los entrenamientos.

Lux negó suavemente.

—No quisiera que lo lastimara…

—Raunak no lo permitirá —respondió la loba con seguridad.

Lux miró al lobo que Raunak había adoptado. Era fuerte, firme… pero incluso él parecía tener dificultades para contener al Alfa.

—Eso espero… —susurró.

En el campo de entrenamiento, la tensión era brutal.

Raunak empujó a Conall con el peso de su lobo para apartarlo del guerrero herido. Leo se colocó delante, gruñendo con fuerza.

—¡Alfa! —rugió Raunak mediante el vínculo mental—. ¡Basta!

Conall respiraba con violencia, los colmillos al descubierto.

Pero finalmente retrocedió un paso.

Luego otro.

El guerrero fue rápidamente apartado por otros miembros de la manada.

La tormenta había pasado… al menos por el momento.

Lux exhaló lentamente.

Fue entonces cuando alguien se acercó a ella.

—Luna…

Lux giró la cabeza.

Electra.

Durante un instante, el tiempo pareció detenerse.

Lux frunció ligeramente el ceño.

Le resultaba extraño que su hermanastra la tratara con tanta formalidad.

—Hola, Electra.

Electra jugueteó con sus dedos, visiblemente nerviosa.

—Aún no he tenido ocasión de hablar contigo, formalmente.

Lux cruzó los brazos.

—¿Hablar?

Electra tragó saliva.

—Somos hermanas después de todo… ¿verdad?

Lux sabía que no tenía ningún parentezco con ella, pero nadie podía saberlo… aún.

Lux la miró con una expresión fría.

—¿Qué quieres?

Electra bajó la mirada.

—Pedirte perdón.

Hubo un silencio incómodo.

Lux ladeó la cabeza.

—No creo que eso nos funcione, Electra.

Electra abrió los ojos con sorpresa.

La forma en que Lux había dicho aquello… había sido fría. Distante. Muy diferente a la chica sumisa que recordaba.

—Sí… perdón… Luna Lux.

Lux suspiró suavemente.

—No creo que tengamos mucho que decirnos, de todos modos.

Sus palabras fueron directas.

—Has pasado toda tu vida —y la mía— torturándome y maltratándome junto a tu madre.

Electra bajó aún más la cabeza.

—Eso… no ha estado bien.

Lux continuó con calma.

—Nuestro padre no tiene buenas intenciones. Y que tú estés aquí… no me termina de convencer.

Electra levantó la mirada con desesperación.

—He cambiado, Luna. Ya no soy aquella chica desprovista de emociones.

Lux la miró con evidente desconfianza.

—Tendrás que esforzarte para que te acepte. —Lo siento.

Electra asintió lentamente.

—Luna… ahora que Sabine subirá de rango al convertirse en tu guerrera personal… tal vez yo, podría ser tu criada personal.

Lux abrió los ojos.

—¿Qué?

Electra respiró hondo.

—Me daría la oportunidad de servirte… y demostrarte lo arrepentida que estoy por todos esos años.

Lux la observó unos segundos en silencio.

—Lo pensaré.

Electra inclinó la cabeza con gratitud.

—Gracias, Luna.

Luego se retiró con pasos rápidos.

Lux se quedó pensativa.

—¿Qué quería? —preguntó una voz detrás de ella.

Lux giró la cabeza.

Conall.

Había vuelto a su forma humana.

Su mirada seguía siendo peligrosa.

—Ser mi criada —respondió Lux.

Conall frunció el ceño.

—Le habrás dicho que no… ¿verdad?

—Le he dicho que me lo pensaré.

No hubo tiempo para más.

De repente, dos brazos fuertes la rodearon y la levantaron del suelo.

—¡Ah! Lux quedó suspendida en el aire. —Pero ¿qué ocurre?

Conall la llevaba en brazos como si fuera una novia.

—Conall…

El Alfa comenzó a caminar con pasos largos hacia la casa de la manada.

—¿Puedes bajarme?

—No.

—¿Qué te ocurre?

—El entrenamiento ha terminado —respondió con voz tensa—. Y es hora de que nos limpiemos.

Lux no estaba convencida, pero no protestó más.

Cuando llegaron a la habitación, Conall la llevó directamente al baño.

Abrió el grifo de la bañera y dejó que el agua caliente comenzara a llenarla.

Luego tomó un pequeño frasco de sales aromáticas y lo vertió dentro.

Lux lo observaba en silencio.

—Conall…

Él no respondió.

En cambio, empezó a quitarle la ropa con movimientos rápidos.

—Oye…

Pero el Alfa no parecía dispuesto a discutir.

—No puedo sentir el olor de Zeta en tu cuerpo ni un segundo más, Lux.

Su voz era baja. Peligrosa.

—Lo odio… y ahora mismo quiero matarle.

Lux lo miró con preocupación.

—Conall…

—No me digas nada —gruñó—. Por favor.

Finalmente, ambos se sumergieron en la bañera.

El agua caliente rodeó sus cuerpos.

Conall tomó un paño y lo cubrió con jabón.

Luego comenzó a limpiar el brazo de Lux.

Después su hombro.

Luego su cuello.

Con una intensidad casi obsesiva.

Como si quisiera borrar cualquier rastro del príncipe.

Lux permaneció en silencio.

Pero dentro de la mente de Conall… otra conversación estaba teniendo lugar.

—Lobo…

La voz era grave.

Oscura.

—¿Cuándo le matamos?

La voz de su lobo respondió con un gruñido mental.

—Necesito a la criatura maldita.

—¿Qué? —exclamó el lobo—. ¡No!

—Es el único que puede ayudarnos.

—¿Estás chalado?

Conall apretó la mandíbula.

—Voy a hacer otro trato con él.

—¡Ni hablar!

—No lo entiendes…

El lobo gruñó con irritación.

—Explícate, genio.

Conall respiró hondo.

—La criatura también es un protector.

Hubo un breve silencio.

—La leyenda de los sanadores dice que necesitan la energía de sus protectores para despertar el poder divino.

El lobo pareció pensarlo.

—¿Y?

—Si yo soy uno… y el licántropo es otro…

Sus ojos se oscurecieron.

—Lux solo me necesitará a mí.

El lobo quedó confundido.

—No entiendo nada.

Conall sonrió levemente.

—El licántropo y yo despertaremos sus poderes.

—¿Cómo?

—Usando mi cuerpo.

—Ahora sí que me he perdido.

Conall dejó el paño a un lado.

Sus ojos se fijaron en Lux.

—Dejaremos que la criatura tome el control por un tiempo.

El lobo gruñó con desconfianza.

—Eso suena como una pésima idea.

—Nos ayudará a completar el despertar de Lux.

Su mirada se volvió fría.

—Y cuando eso ocurra… ella podrá curarme.

—¿Curarte?

—Deshacerme del licántropo para siempre.

Hubo un silencio largo.

El lobo finalmente murmuró:

—Suena tentador…

Luego añadió:

—Pero te olvidas de alguien.

Conall apretó los dientes.

—¿De quién?

El lobo bufó.

—Del pegajoso del principito.

Los ojos de Conall brillaron con una oscuridad peligrosa.

—No me he olvidado.

Sus dedos se cerraron lentamente en el agua.

—Zeta va que morir.

“Las leyendas que envuelven la Luna de Sangre vienen de tiempos lejanos. Más allá de lo que dice la astrología, los Mayas consideraron que esta Luna simbolizaba la guerra entre los dioses. Los Aztecas, por su parte, pensaban que la Luna roja sucedía cuando el día y la noche libraban una batalla”.

————————-

Lux había dormido profundamente aquella noche.

El calor del cuerpo de Conall, la seguridad que sentía cuando él la rodeaba con sus brazos, había logrado calmar la tormenta de pensamientos que la perseguía desde hacía días. Por primera vez en mucho tiempo, su mente había descansado.

Pero cuando despertó… algo no estaba bien.

Abrió los ojos lentamente y extendió una mano sobre las sábanas.

Vacías.

Conall ya no estaba.

Lux frunció ligeramente el ceño mientras se incorporaba en la cama. El aroma del Alfa aún flotaba en la habitación, mezclado con el suave perfume de las ventas del baño de la noche anterior.

—¿Conall…? —murmuró.

Silencio.

Lux dejó escapar un suspiró mientras se levantaba.

Fue al baño, se lavó el rostro y trató de ordenar su desmarañado cabello con los dedos. Todavía llevaba puesta la camisa ligera de Conall que había usado para dormir.

Cuando salió de nuevo a la habitación…

Se detuvo en seco.

Un pequeño grito se le escapó del pecho.

—¡Ah!

Frente a la cama, perfectamente erguida como si fuera una estatua incómodamente colocada en el lugar equivocado, estaba Electra.

Y sostenía una bandeja llena de comida.

— ¿Qué haces tú aquí? —preguntó Lux, llevándose una mano al pecho.

Electra no pareció ofenderse por el susto.

—El Alfa Conall ha autorizado a que yo te sirva.

Lux parpadeó.

—Aún no te he dicho que sí.

—Lo sé —respondió Electra con una pequeña sonrisa incómoda—. Pero me pareció buena idea ayudar un poco.

Hizo una pequeña pausa antes de añadir:

—Will trabaja mucho… y me paso el día bastante sola. Los demás omegas casi ni me hablan…

Lux cruzó los brazos.

—No me das pena.

Electra avanzando lentamente, como si ya esperara esa respuesta.

—Oh… entiendo. Si quieres que me vaya…

Hizo un ligero movimiento para retirar la bandeja, pero en ese momento, Lux vio lo que había encima.

Pequeños panecillos dorados, aún tibios.

El aroma llegó directo a su nariz.

Su estómago reaccionó inmediatamente.

Lux se relamió los labios sin darse cuenta.

—¿Son panecillos?

Electra levantó ligeramente la bandeja.

-Si. Me he dado cuenta de que son tus preferidos.

Lux se quedó inmóvil.

—¿Preferidos?

La palabra pareció atravesarla.

Su mirada cambió.

Durante unos segundos, el silencio llenó la habitación.

Luego Lux habló… pero su voz ya no era la misma.

Era más baja.

Más fría.

—He pasado mucha hambre en aquella pequeña celda que ni cama tenía…

Electra se tensó de inmediato.

Lux continuó.

—Durante años, solo me dabais un trozo de pan y un vaso de leche al día.

Sus ojos se clavaron en los de Electra.

—¿Crees que puedo tener un alimento preferido después de pasar tanta hambre?

Electra bajó la mirada rápidamente.

Sus dedos apretaron la bandeja.

—Yo… lo siento, Luna Lux.

Lux dio un paso hacia ella.

—Claro… ahora lo sientes, ¿verdad?

Electra no respondió.

—Pero en su momento —continuó Lux con una amarga sonrisa— disfrutabas verme humillada.

El silencio se volvió incómodo.

Pesado.

Finalmente, Electra habló en voz baja.

—Lux… lamento el daño que te he causado.

Lux soltó una pequeña risa sin humor.

—No te creo.

Sus ojos se endurecieron.

—Sé muy bien que tus intenciones en esta manada no son buenas.

Electra levantó la mirada lentamente.

—He cambiado.

Lux arqueó una ceja.

—Ah, ¿sí?

Electra respiró hondo.

—Ahora que tengo a mi compañero… solo quiero vivir en paz.

Lux frunció el ceño.

—¿Tu compañero?

Electra afirma.

—Si. Will…

—¿El mismo guerrero que se tomó la copa de vino destinada para Conall?

Electra se sonrojó mientras Lux negó con la cabeza.

—Conall me lo ha contado, Electra.

La tensión apareció inmediatamente en el rostro de su hermanastra.

—Vosotros no sois compañeros destinados.

La mirada de Lux se volvió afilada.

—Habéis forzado el vínculo. Un vínculo destinado a Conall, al parecer.

Electra se quedó quieta unos segundos.

Luego suspiró.

—Esa noche, era aceptar a Will… o terminar en la cama de tu compañero, Lux.

Lux sintió que algo en su pecho se tensaba.

—¿Qué?

Electra la observará con una calma extraña.

— ¿Qué crees que ha pasado entre nosotros?

Lux tragó saliva.

—¿El Alfa Conall no te lo ha contado?

El corazón de Lux comenzó a latir más rápido.

—¿Contarme qué?

Electra inclinó ligeramente la cabeza.

Y entonces dijo las palabras que encendieron la habitación.

—Antes de esa noche, nos hemos acostado, Lux.

Lux dio un paso atrás.

—¡Eso no es verdad!

Electra levantó un hombro con indiferencia.

—Quería probarme para saber si le valía como amante. O al menos, eso dijo.

—¡Él nunca haría algo así! —exclamó Lux, furiosa.

Electra soltó una pequeña risa amarga.

—Contigo puede que sea amable… pero no lo es con el resto de las hembras.

Lux sintió cómo la sangre le hervía.

—No te permito que hables así de Conall.

Electra la miró fijamente.

—Tu compañero me ha lastimado…

Su voz era tranquila.

Pero la frase cayó como una piedra.

—Y mucho.

Lux apretó los puños.

La mezcla de rabia y duda empezó a quemarle el pecho.

—Mientes.

Electra suspiró.

—Mi madre me obligó a fingir interés. Es ella quien quiere quitarte del medio, Lux.

El cambio de tema fue tan arrepentido que Lux quedó descolocada.

—¿De qué hablas?

Electra apoyó la bandeja sobre la mesa cercana.

—Ella aún espera que me convierta en la Luna del Norte. Quiere tener a alguien que pueda controlar al Alfa Conall… por eso embrujó aquella copa con un vínculo falso…

Lux frunció el ceño.

—Pero yo no quiero eso. Tienes que creerme.—confesó Electra.

Lux la vigilada con desconfianza.

—Prefiero mil veces ser la compañera de un simple guerrero… que la Luna del Alfa Conall.

El silencio volvió a caer entre ambas.

Lux negoció lentamente con la cabeza.

—No sabes lo que estás diciendo.

Electra la miró con una mezcla de cansancio y sinceridad.

—Sí lo sé. Le temo, Lux… juro por la diosa Selene que el Alfa Conall me aterra…

Electra dio un pequeño paso hacia ella.

—Él no es bueno, Lux. Pude verlo en sus ojos…

Lux sintió un pinchazo en el pecho.

—Solo busca venganza.

Electra continuó, sin suavizar sus palabras.

—Y no le importará quién sufra en el proceso.

Lux levantó la barbilla con orgullo.

—Conall me ama.

Electra mantuvo su mirada durante unos segundos.

Luego habló con una calma peligrosa.

—¿Estás segura de que es amor…?

Hizo una pequeña pausa.

— ¿O lo hace por rencor a nuestro padre?

Las palabras quedaron flotando en el aire.

Y por primera vez desde que había despertado…

Lux no supo qué responder.

————————

Después del entrenamiento, el aire todavía estaba cargado con el olor a sudor, tierra húmeda y adrenalina. Los guerreros se dispersaban lentamente por el campo, algunos riendo, otros quejándose de los golpes recibidos.

Conall no se quedó.

Ni siquiera miró atrás.

Su mente estaba demasiado ocupada.

Demasiado llena.

Caminó directo hacia la casa de la manada con pasos firmes, casi mecánicos. Sabía que en menos de una hora tendría que reunirse con el Rey Eliseo y con el Alfa Bodolf  para discutir el problema de las minas de piedras runas. El bloqueo estaba comenzando a afectar a varias manadas, y la tensión política crecía cada día.

Pero esa reunión… no era lo que realmente ocupaba su cabeza.

Era Zeta.

Siempre Zeta.

El simple recuerdo de su olor en la piel de Lux hacía que algo oscuro y salvaje se retorciera dentro de su pecho.

Cuando llegó a su habitación, cerró la puerta con un golpe seco.

El silencio lo envolvió de inmediato.

Se quitó la ropa cubierta de polvo y sangre seca y entró al baño. Abrio el agua fria y dejo que cayera sobre su cuerpo durante varios minutos.

No pensé.

No quiso pensar.

Porque cuando lo hacía… la imagen de Lux junto al príncipe heredero aparecía inevitablemente.

Y eso lo volvía loco.

Cuando salió de la ducha, el vapor aún llenaba el baño. Se pasó una toalla por el cabello oscuro y levantó la mirada hacia el espejo.

Su reflejo lo observaba.

Rostro duro.

Mandíbula tensa.

Ojos cargados de algo peligroso.

Conall apoyó ambas manos en el lavabo y bajó la cabeza durante unos segundos.

Estaba a punto de cruzar una línea de la que probablemente no habría regreso.

— ¡Te prometo que no será tan entrometido ! —protestó una voz dentro de su mente.

Conall cerró los ojos.

Su lobo.

— Pero por favor… no permitas que ese chucho endemoniado venga.

Conall sospechó de cansancio.

— Lo siento, lobo…  —murmuró mentalmente—. Le necesito a él.

Silencio.

Luego un gruñido mental.

— Yo también puedo ser malo…

Conall soltó una pequeña sonrisa amarga.

— Lo sé— .Se enderezó frente al espejo. — Confía en mí y escóndete bien para que el licántropo no pueda encontrarte.

El lobo se ofendió inmediatamente.

— ¡Alfa malo!

Conall resopló.

— Lobo, no seas tan sensible.

— Te arrepentirás.

El tono ahora era más serio.

Más oscuro.

— Y luego no vengas con que no te lo advertí.

Durante unos segundos ninguno habló.

Finalmente, Conall cerró el enlace mental.

El silencio volvió.

Respiró hondo.

Sus ojos se endurecieron.

—Muy bien…

Se miró fijamente en el espejo.

—¡Aquí me tienes, criatura!

Al principio no ocurrió nada.

Luego…

El dolor llegó.

Un latigazo brutal atravesó su cabeza como si alguien hubiera clavado una garra dentro de su cráneo.

Conall apretó los dientes.

—Maldita sea…

El dolor aumentó.

Una presión oscura comenzó a extenderse por su mente.

Y entonces…

Una risa.

Profunda.

Divertida.

Peligrosa.

— ¿Me echabas de menos?

La voz del licántropo era suave… pero cargada de una satisfacción perturbadora.

Conall se mantuvo firme.

—Antes de apoderarse completamente de mí… tengo que terminar con mi venganza.

La criatura pareció disfrutar de aquello.

—Lo sé.

Un murmullo divertido vibró en su mente.

— No pienso apresurar las cosas.

Conall levantó la mirada hacia el espejo.

Por un segundo… creyó ver algo moverse en sus ojos.

Una sombra.

— Pero creo que no me has invocado para hablar de eso… —continuó la criatura—. ¿Verdad?

Conall no dudó.

—Quiero matar a Zeta.

Hubo un breve silencio.

Luego una carcajada.

— Oh… por mi bien.

La voz del licántropo sonaba encantada.

— Ese lobo no me cae nada bien.

Conall apretó los puños.

—Su lobo es poderoso.

La criatura murmuró algo parecido a un gruñido aprobador.

— Eso es cierto.

—Necesitaré refuerzos cuando le proponga el desafío Alfa.

Un nuevo silencio.

Esta vez… calculador.

— Interesante… —susurró la criatura.

Conall ya sabía lo que venía.

— ¿Qué me darás a cambio?

Conall soltó una risa seca.

—Ya tienes mi envase y mi alma en un frasco.

Sus ojos se oscurecieron.

—¿Qué más puedo darte?

La criatura pareció reflexionar durante unos segundos.

Luego habló.

— Te ayudaré a matar a Zeta.

Conall levantó lentamente la mirada.

—Pero …

Siempre había un, pero.

— Mientras liberas tus pequeñas batallas… me dejarás apoderarme de tu conciencia en algunos momentos.

El silencio cayó como una piedra.

Conall sintió la rabia hervir en su pecho.

—Ni hablar.

La criatura soltó otra risa.

— Entonces mata al principito tú solo.

Conall apretó los dientes con fuerza.

Su mente trabajaba rápido.

Sabía que Zeta no era un enemigo cualquiera.

Era el heredero al trono.

Y su lobo… era uno de los más poderosos del reino.

— No te pido mucho —continuó la criatura con falsa paciencia—. Solo algunos momentos.

—¿Para qué?

— Para divertirme.

La respuesta fue tan directa que por un segundo Conall casi golpea el espejo.

—Maldito monstruo…

La criatura suspiró con dramatismo.

— Qué palabras tan feas para alguien que vive dentro de ti.

Conall respiró hondo.

Tenía que pensar.

Si quería eliminar a Zeta… necesitaba poder.

Mucho poder.

Y esa cosa lo tenía.

Finalmente habló.

—De acuerdo.

La criatura se quedó en silencio.

Como si disfrutara la victoria.

—Supongo que no tengo más opciones.

Un murmullo satisfecho vibró dentro de su mente.

— Sabía decisión, Alfa.

Pero entonces la criatura añadió algo más.

Algo que hizo que la piel de Conall se erizara.

— A partir de ahora…

La voz se volvió más profunda.

Más cercana.

— Tu lobo no va a volver.

Conall levantó bruscamente la cabeza.

—¿Qué?

La criatura alarmante dentro de su mente.

— Ahora, en su lugar… estaré yo.

La presión en su cabeza aumentó un poco.

— Y cuando lo disponga…

Una sombra cruzó el reflejo del espejo.

—Yo, seré tú.

Conall presionó los puños con tanta fuerza que los nudillos se pusieron blancos.

Sabía que acababa de cometer un error.

Un error enorme.

Pero también sabía algo más.

Zeta era un obstáculo.

Un obstáculo entre él y Lux.

Y Conall no compartía lo que consideraba suyo.

—Espero que esto valga la pena… —murmuró.

La criatura respondió con una risa baja.

Una risa que prometía caos.

—Oh , Alfa…

La voz se deslizó por su mente como un veneno lento.

— Esto apenas está empezando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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