Lux de Luna - Capítulo 78
- Inicio
- Todas las novelas
- Lux de Luna
- Capítulo 78 - Capítulo 78: El precio del poder
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 78: El precio del poder
Un rato más tarde, el despacho de Conall estaba cargado de tensión.
La habitación se alzaba amplia y austera, construida en piedra oscura y madera gruesa, con una mesa pesada en el centro donde se gestaban las decisiones cruciales de la manada. En sus paredes colgaban mapas de los territorios del Norte, marcados con las cicatrices de antiguas batallas y símbolos de manadas aliadas, recuerdos de un pasado turbulento y victorioso.
Esa tarde, el ambiente vibraba de una forma diferente.
Denso.
Incómodo.
El Rey Eliseo permanecía de pie junto a la mesa, la mirada fija en el mapa central mientras fruncía el ceño. A su lado, Alfa Bodolf mostraba signos de irritación, un volcán a punto de estallar. Frente a ellos, Conall estaba sentado, aparentemente tranquilo, pero en su interior bullía una tormenta.
Sus dedos tamborileaban suavemente sobre la superficie de la mesa, un ritmo sutil que contrastaba con la tensión creciente. Finalmente, fue Eliseo quien rompió el silencio.
—He esperado demasiado tiempo para abordar esta situación —dijo, su voz grave resonando en la habitación—, pero creo que ya no podemos retrasarlo más.
Ni una respuesta.
—Cada día que pasa —continuó— es perjudicial para la economía de las demás manadas.
Conall escuchó en completo silencio, manteniendo una expresión inmutable. Ni un gesto, ni un parpadeo.
Bodolf, incapaz de contenerse, avanzó un paso.
—Alfa Conall, somos un total de doce manadas —argumentó, su voz repleta de irritación—. Once somos las que estamos padeciendo esta situación.
Conall levantó lentamente la mirada, estudió a Bodolf como si fuera una pieza de un juego estratégico.
—Curioso.
Los ojos de Bodolf se entrecerraron, una mezcla de sorpresa y desafío.
—¿Qué quieres decir con eso?
Conall apoyó el codo en el respaldo de la silla, su postura relajada contrastaba con el tumulto en la sala.
—Que cuando el Norte se moría de hambre, a nadie parecía preocuparles la economía de nadie.
El silencio se apoderó del espacio, pesado e incómodo.
Eliseo carraspeó, buscando recuperar el control de la reunión.
—No era un asunto de la Corona —respondió, aunque su tono denotaba cierta rigidez—, pero viendo que el reparto de piedras runas es casi nulo… me veo en la obligación de interceder.
Conall dejó escapar una risa sin humor, una chispa de ironía brillando en sus ojos.
—Mi rey… —dijo con tono suave, pero el filo de sus palabras era palpable— hay unas normas que tú mismo has decretado.
Eliseo optó por no responder, su mente luchando con la tensión arraigada.
—En ellas, dejaste claro que no ibas a entrometerte en este asunto.
Bodolf golpeó la mesa, el eco de su puño resonando como un trueno.
—¡Eso fue antes de que acapararas todas las minas!
Conall lo miró con desdén, como si se tratara de un insecto molesto.
—Cuando se inició la guerra fría —continuó, ignorándolo—, mencionaste que quien conquistara el Norte… se quedaría con el poder absoluto de las minas.
Eliseo cruzó los brazos, una muralla erguida ante la provocación.
—Eso no ha sido así.
Conall inclinó la cabeza, un brillo peligroso asomándose en su mirada.
—Me temo que sí, Alfa Bodolf.
Sus ojos se destellaron con un desafío renovado.
—Si hubieras ganado la guerra… y te hubieras quedado con este territorio… las minas, ahora mismo, serían tuyas.
El silencio volvió a apoderarse del recinto, tenso como una cuerda lista para romperse.
—Pero eso no ha sido así —concluyó—. Y ahora son mías.
Bodolf apretó los dientes, un torbellino de furia apenas contenido.
—El comercio de esas piedras es lo que da de comer a la mayoría de las manadas.
Conall se encogió levemente de hombros, desinteresado.
—¿Y?
— ¿Dejarás que morirán de hambre?
Conall se reclinó en su silla, la calma absoluta en su postura contrastaba con la tempestad emocional de su interlocutor.
-No.
La sorpresa invadió el rostro de ambos hombres.
Eliseo frunció el ceño, la intriga mezclándose con la desconfianza.
—He ideado un plan —prosiguió Conall, con voz serena— para que todas las manadas puedan enriquecerse.
Bodolf parpadeó, procesando la información.
—¿Un plan?
—Así es —confirmó Conall, levantándose y acercándose al mapa.
Su dedo se deslizó hacia el este.
—Las manadas del este, en especial la Manada de Los Aulladores del Alfa Denzel, tienen suficiente territorio para plantar hierbas medicinales y criar ganado.
Luego apuntó hacia el oeste.
—Las manadas del oeste, en especial la Manada de la Garra Voraz del Alfa Duke, disfrutan del clima perfecto para cultivar y recolectar sus propios víveres.
Finalmente, se deslizó hacia el sur.
—Y las manadas del sur, en especial la Manada de los Guerreros de la Medianoche del Alfa Efrén y la Manada de las Sombras Plateadas del Alfa Bodolf, cuentan con los manantiales.
— Sin mencionar a la Manada del Colmillo Blanco del Alfa Ares, que como sedentarios, son autodidactas.
Eliseo lo observaba con creciente incomodidad.
—Alfa Bodolf, tu manada tiene un flujo natural de aguas subterráneas —continuó Conall—, podrías construir canales y abastecer al resto de las manadas.
Bodolf, incrédulo, se cruzó de brazos.
— ¿Pretendes convertirnos en agricultores?
Conall apenas esbozó una sonrisa.
—Pretendo que aprendan a sobrevivir sin depender de mí.
Eliseo frunció el ceño, sintiendo el peso de la propuesta. Tenía algo de peligroso, de subversivo.
—¿Qué crees que haces? —preguntó, su frialdad intentando ocultar su inquietud.
—Aportar sugerencias —respondió Conall, regresando a su asiento con determinación—. Mi manada ha sufrido más que ninguna otra. No pienso entregarla… y mucho menos dejaré que alguien se apropie de mis minas.
La dureza de su voz resonó como un eco en el aire.
—Nosotros hemos ganado el derecho a su comercialización y a los beneficios que ello conlleva.
Una explosión de furia brotó de Bodolf, golpeando la mesa nuevamente.
—¡No puedes hacer eso!
Eliseo levantó una mano en un intento de calmarlo.
—Sabes que los demás alfas no estarán de acuerdo con esto. —concluyó Eliseo.
Conall ascendió, su mirada inescrutablemente fría.
—Lo sé.
—Van a pedirme tu cabeza.
Conall apoyó ambos brazos sobre la mesa, la resolución dibujando su figura.
—Aquí los espero.
Sus ojos ardían con desafío, llenos de una determinación insólita.
—A todos y a cada uno.
Bodolf se dejó llevar por la incredulidad, soltando una carcajada llena de desprecio.
—¿Estás preparado para iniciar otra guerra?
Conall lo miró con una calma helada.
—La pregunta es si tú lo estas…
Bodolf y Conall se miraban fijamente, con una ira contenida que pronto brotaría por cada poro de la piel.
—Alfas, estamos dialogando. Mantengan sus garras en su lugar.
—Rey… con todos mis respetos…
La atmósfera se tornó escalofriante.
—No me pongáis a prueba.
Su voz se volvió tan fría como el acero.
—O puede que la guerra la inicie yo mismo contra todos vosotros.
El silencio fue brutal, como si el aire mismo se detuviera.
Eliseo lo examinó durante varios segundos antes de levantarse lentamente.
—Tendrás noticias muy pronto, Alfa Conall —dijo, su tono impregnado de amenaza.
Con un movimiento majestuoso, el rey se marchó del despacho, acompañado por sus guerreros, dejando tras de sí una nube de incertidumbre.
Bodolf se quedó un momento más, sus ojos chispeantes de rabia.
—Exijo ver a mi hija —exclamó, la energía burbujeando a su alrededor.
Conall no mostró la más mínima reacción, su rostro permaneció impasible.
—Soy su padre —insistió Bodolf—. No puedes impedirmelo.
La mirada de Conall, tranquila e irritante, atravesó el espacio.
—Puedes encontrar a Electra limpiando los retretes de la casa de la manada.
Una pausa en el aire.
—Siéntete libre de ir a buscarla.
Bodolf casi rugió, su frustración apretándole el pecho.
—¡Me refiero a Lux!
Conall ladeó la cabeza, disfrutando del desafío.
—¿Mi Luna?
La palabra salió de sus labios con una intención posesiva deliberada.
—Ella no quiere verte. Tiene cosas más importantes que hacer que dedicarte su valioso tiempo.
Una sonrisa apenas visible se asomó en su rostro, cargada de satisfacción.
Bodolf, ahora en pie, lo señaló con furia incendiaria.
—Esto no se va a quedar así, muchacho.
Y salió del despacho como una tormenta desatada, dejando a su oponente en la penumbra.
En el pasillo, Aria estaba esperándolo, curiosidad pintada en su rostro.
—¿Qué ha ocurrido?
Bodolf no se detuvo, su ira guiando sus pasos.
—Nos vamos.
—¿Ahora? —preguntó ella, sorprendida.
—No permitiré que ese cachorro resentido me siga humillando.
Aria sonrió con frialdad.
—No te preocupes.
Su voz era suave… y venenosa.
—Pronto descubrirá que su Luna es un fraude.
Mientras tanto, al otro lado del pasillo, el Rey Eliseo se encontraba con su hijo.
Zeta.
—Nos vamos ahora —ordenó el rey—. Recoge todo y ve a buscar a Lux.
Zeta respondió con una sola palabra.
-No.
Eliseo lo miró intrigado.
—¿Cómo qué no?
Zeta cruzó los brazos con calma.
—No es conveniente llevarla al palacio.
El rey frunció el ceño.
—¿No se supone que firmé un decreto que permite llevárnosla?
—Estarás dándole a Conall más motivos para la guerra.
Eliseo resopló.
—La guerra ya es un hecho.
—Lo imagino, padre.
Zeta habló con serenidad estratégica.
—Pero si quieres ganarla sin mancharte las manos de sangre… será mejor hacerlo a mi manera.
Eliseo lo miró con interés.
—Sí, tienes razón. Debes quedarte aquí y vigilarla de cerca.
Zeta admitió lentamente.
—Eso pienso hacer, padre.
Sus ojos se oscurecieron apenas.
—Ella necesita adquirir un estatus si queremos que el pueblo la acepte como una más de nosotros.
Eliseo suspiró.
—Los lobos no querrán a alguien como ella.
Zeta afirma.
—Exactamente.
Su tono era calculador.
—No estarán contentos con Lux… tal como está ahora.
Eliseo reflexionó un momento.
—Tienes razón.
Se acercó a su hijo.
—Habrá que prepararla.
Zeta inclinó ligeramente la cabeza.
—Mientras tanto —continuó el rey— redactaré los documentos necesarios para permitir que una mestiza pueda convertirse en Reina Luna.
Zeta sonrió suavemente.
—Padre… confía en mí.
Sus ojos brillaban con algo que Eliseo no supo interpretar.
—Lux será la próxima Reina Luna del reino de los lobos.
El rey le dio unas palmaditas en el hombro.
—Sabía que podría contar contigo.
Luego agregó con una sonrisa peligrosa:
—Pero desde ya te advierto algo.
Zeta levantó una ceja.
—Ni se te ocurre poner los ojos en ella.
Eliseo habló con absoluta naturalidad.
—Lux es mía.
Durante una fracción de segundo…
Las garras de Zeta casi salieron.
La sangre golpea con fuerza en sus oídos.
Una furia asesina cruzó su mente.
Degollarlo.
Ahí mismo.
Acabar con él.
Pero se contuvo.
Respiró despacio.
Y simplemente asiente.
—Nunca se me ocurriría… padre.
Mientras el rey se alejaba, Zeta se quedó mirando el pasillo vacío.
Sus ojos se volvieron fríos.
Muy fríos.
Y en su mente, una única idea comenzó a formarse.
Nadie.
Ni Conall.
Ni el rey.
Nadie.
Iba a decidir el destino de Lux por encima de él.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com