Lux de Luna - Capítulo 8
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8: Un largo camino 8: Un largo camino Lux El amanecer llegó sin pedir permiso.
Lux no había dormido.
Cada vez que cerraba los ojos, el colchón blando la hacía sentir fuera de lugar, como si estuviera ocupando un espacio que no le correspondía.
Cuando la puerta se abrió de golpe, ya estaba sentada, con la espalda recta y las manos sobre el regazo.
Liz entró acompañada de otras dos mujeres.
—Levántate.
Lux obedeció.
—Hoy empezamos —continuó Liz—.
Y será mejor que estes lista.
No explicó nada más.
La condujeron por pasillos que Lux apenas reconocía.
Zonas de la casa de la manada a las que jamás se le había permitido acceder.
Cada paso le recordaba que aquello no era un privilegio, sino una exhibición temporal.
La primera parada fue una sala amplia, cálida, con vapores flotando en el aire.
—Desnúdate.
Lux tragó saliva.
Sus manos temblaron un segundo, pero no dudó.
Aprendió hacía años que dudar empeoraba las cosas.
El agua esta vez no estaba fría.
Eso la desconcertó.
Le lavaron el cuerpo con aceites perfumados, le peinaron el cabello con cuidado excesivo, como si no fuera la misma muchacha a la que habían arrancado mechones a tirones días atrás.
Lux permanecía inmóvil, la mirada fija en el suelo, mientras su piel se acostumbraba a una suavidad que no reconocía.
—Levanta el mentón —ordenó Liz.
Lux lo hizo.
—Si vas a ser vista, no puedes parecer una criatura rota.
Lux pensó que ya lo estaba.
Después vinieron las ropas.
Vestidos demasiado finos para alguien como ella.
Telas que rozaban la piel con una delicadeza casi ofensiva.
Cuando se vio reflejada por primera vez en un espejo de cuerpo entero, no se reconoció.
La joven del reflejo parecía frágil, sí… pero también peligrosa.
Como algo que no debería existir.
—Camina —ordenó Liz.
Lux dio un paso.
Luego otro.
—Más espacio.
Espalda recta.
No hay suciedad en el suelo.
Cada corrección era una negación de lo que había sido hasta entonces.
—Recuerda esto —dijo Liz, acercándose a su oído—: no eres importante.
Lo importante es lo que representa.
Lux asintió.
Por dentro, algo se estaba resquebrajando.
——————– Conall El viento del Norte era implacable.
Conall cabalgaba en silencio, flanqueado por Will y Sion.
Leo iba a su lado, atento, pero respetando la quietud de su alfa.
El camino hacia las Sombras Plateadas era largo y atravesaba territorios que Conall había unificado con sangre y fuego.
Cada paso del caballo despertaba recuerdos.
Batallas.
Traiciones.
Aullidos que aún le visitaban en sueños.
No confiaba en Bodolf.
Nunca lo había hecho.
Pero esta invitación… esta insistencia… le olía a trampa.
—No me gusta —dijo al fin.
Leo alzó la vista.
—Nada relacionada con Sombras Plateadas lo hace.
Conall apretó la mandíbula.
—Una celebración por una bastarda —continuó—.
Con el rey presente.
Piezas demasiadas en movimiento.
—¿Crees que intenta provocarte?
—preguntó Leo.
—Creo que intenta usarme.
Miró al horizonte, oscuro, vasto.
—Y nadie intenta usarme sin pagar el precio.
El silencio volvió a instalarse.
Mientras avanzaban, Conall notó algo más.
Una inquietud que no lograba explicar.
No era peligro.
No era guerra.
Era… otra cosa.
Como si el camino lo llevara hacia algo inevitable.
Sacudió la cabeza, molesto consigo mismo.
No creía en presentimientos.
——————– Lux Al caer la noche, Lux regresó a la habitación nueva.
Le dolan los pies.
La espalda.
La cabeza.
Pero lo que más le dolía era la sensación de estar desapareciendo poco a poco.
Se sentó frente al espejo.
—No soy esto —susurró.
Pero el reflejo no respondió.
En algún lugar, muy lejos de allí, un alfa avanzaba hacia su destino.
Y Lux, sin saberlo, estaba siendo preparada no para una fiesta… sino para un choque que cambiaría el equilibrio de todos.
——————– El cruce La manada Sombras Plateadas despertó alterada.
No hubo anuncio oficial, ni cuernos, ni formalidades.
Pero los lobos lo sintieron antes incluso de que los vigías dieran aviso.
Un cambio en el aire.
Una presión invisible que recorría el territorio como una advertencia muda.
Lux estaba en el jardín interior cuando ocurrió.
Liz la había llevado allí para enseñarle a caminar “como una dama”, lejos de miradas curiosas.
El lugar era silencioso, rodeado de muros altos y árboles antiguos.
Lux avanzaba con pasos lentos, contando mentalmente para no equivocarse.
Uno.
Dos.
Respira.
Entonces se detuvo en seco.
El aire cambió.
No fue un sonido.
Ni una voz.
Fue un peso.
Como si algo enorme acabara de cruzar el límite del territorio y el mundo se hubiera tensado alrededor de ello.
Lux llevó una mano al pecho.
—¿Qué…?
—murmuró.
Liz también se quedó quieta.
—Entra —ordenó de inmediato—.
Ahora.
Lux no se movió.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Su piel reaccionó antes que su mente.
Algo en su interior —algo dormido, negado, inexistente— pareció estremecerse.
No era miedo.
Tampoco curiosidad.
Era reconocimiento.
Lux dio un paso atrás, desorientada.
—Liz… —susurró—.
Hay alguien… —¡He dicho que entres!
—replicó Liz, tensa.
Lux obedeció, pero cuando cruzó el umbral del jardín, giró la cabeza por última vez.
No vio a nadie.
Pero el aire seguía vibrando.
——————– Conall El caballo se detuvo solo.
Conall frunció el ceño, tirando suavemente de las riendas.
Will y Sion se adelantaron unos pasos antes de notar que su alfa ya no los seguía.
—¿Alfa?
—preguntó Will.
Conall no respondió.
Habían cruzado el límite del territorio de Sombras Plateadas hacía apenas unos minutos.
El cambio era evidente.
Demasiado ordenado.
Demasiado pulido.
Demasiado falso.
Pero no fue eso lo que lo detuvo.
Fue el golpe seco en el pecho.
Un latido errático.
Inesperado.
Conall apoyó una mano enguantada sobre su corazón, irritado.
—Mierda… —masculló.
Leo lo observaba en silencio.
—¿Lo has sentido?
—preguntó el gamma con cautela.
Conall levantó la mirada, afilada.
—¿Sentir qué?
Leo dudó.
—Nada —respondió al final—.
Quizá solo sea el territorio.
Conall no estaba convencido.
Alzó la vista hacia las murallas de la casa de la manada.
Algo allí dentro acababa de llamar su atención… sin rostro, sin nombre.
Un olor casi imperceptible llegó con el viento.
No era un aroma común.
No era luna.
No era amenaza.
Era… imposible.
El lobo en su interior se agitó con violencia, golpeando contra las barreras que Conall había levantado durante años.
—No —murmuró con frialdad—.
Aquí no hay nada para mí.
Espoleó al caballo.
Pero mientras avanzaba hacia la casa de Bodolf, una certeza incómoda se asentó en su mente: algo había respondido a su presencia.
Y eso nunca era buena señal.
——————– Lux Esa noche, Lux no pudo dormir.
Cada vez que cerraba los ojos, sentía la misma presión en el pecho.
Como si alguien la observara desde muy lejos.
No con intención cruel.
No con deseo.
Con atención.
Se incorporó en la cama, abrazándose las rodillas.
—No soy importante —se dijo en voz baja, repitiendo las palabras de Liz—.
No lo soy.
Pero su cuerpo no le creyó.
Y en algún lugar de la misma casa, un alfa del Norte se preguntaba por qué, por primera vez en años, su lobo no estaba en silencio.
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