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Lux de Luna - Capítulo 9

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9: Compañera 9: Compañera Una semana después, el Alfa Conall puso por primera vez un pie en la manada de las Sombras Plateadas.

No era un simple viaje diplomático.

No era solo política.

Era un regreso al origen de su herida.

Frente a él se alzaba la misma manada donde, siendo apenas un niño, había visto morir a sus padres.

Donde había oído los gritos de sus dos hermanas pequeñas antes de esconderse, temblando, en la trampilla bajo el suelo de la casa de la manada.

Si no se hubiera ocultado allí, habría muerto con ellos.

Y el responsable de todo aquello seguía vivo.

Bodolf.

Conall avanzó montado en su imponente caballo negro, flanqueado por su gamma y sus dos guerreros personales.

Su postura era rígida, su expresión impenetrable.

Por dentro, sin embargo, cada latido le recordaba por qué estaba allí.

Vengar a su familia.

Fuera cual fuera el precio.

El recibimiento fue calculadamente cordial.

En la entrada principal aguardaban Bodolf, su compañera la luna Aria y su hija Electra.

Todo estaba pensado para parecer correcto.

Amable.

Civilizado.

Una farsa.

—Bienvenido, Alfa Conall —saludó Bodolf con una sonrisa que no alcanzó sus ojos.

Conall descendió del caballo sin apartar la mirada de él.

El aire entre ambos se tensó al instante.

Dos alfas.

Dos depredadores.

Dos historias que jamás podrían reconciliarse.

Durante un segundo, ninguno habló.

No fue necesario.

—Ha sido todo un honor recibir su invitación, Alfa Bodolf —respondió finalmente Conall con frialdad.

Bodolf soltó una carcajada áspera.

—¡Oh, muchacho!

Has heredado el mismo sentido del humor que tu padre.

El comentario cayó como una cuchilla.

Leo se tensó de inmediato, reconociendo la chispa peligrosa que brilló en los ojos de su alfa.

—Mi padre no tenía sentido del humor —replicó Conall, con voz baja y afilada.

—¡Por eso mismo!

—insistió Bodolf, riendo aún más, hasta que Aria le dio un leve codazo, casi imperceptible, obligándolo a contenerse.

—Alfa Conall —intervino la Luna Aria con suavidad estudiada—, es un placer recibirte en nuestra humilde manada.

Conall alzó una ceja y recorrió la entrada con la mirada.

La puerta estaba forjada con materiales lujosos, adornada con oro, diamantes y piedras rúnicas.

Nada allí tenía de humilde.

—¿Humilde?

—replicó—.

No es así como la recuerdo antes de la guerra fría.

El silencio volvió a caer, incómodo, hasta que una voz joven lo rompió.

—Alfa Conall… —dijo Electra, inclinándose con corrección—.

Mi nombre es Electra.

Bienvenido a Sombras Plateadas.

La joven parecía tímida, educada, casi frágil.

Su piel blanca y su cabello rubio platino componían una imagen impecable.

—Es la mujer más bella que he visto —murmuró Will por lo bajo.

—Will —advirtió Sion—, por tu bien, espero que no estés insinuando nada.

Conall asintió levemente al saludo de Electra, sin devolverle la sonrisa.

No sonreía.

Nunca lo hacía.

No buscaba vínculos ni caricias.

Cuando necesitaba desahogo, tomaba a la loba de turno y desaparecía después.

Nada más.

—Mi hija está muy ilusionada con tu visita —dijo Aria—.

Espero que aceptes su compañía para conocer los cambios que hemos hecho en la manada.

—Poco han tardado en colocarte a la hija… —murmuró Leo.

Conall se sintió incomprensiblemente incómodo ante la presentación de Electra.

La delicada figura de la joven se erguía entre él y Bodolf, como un símbolo de un futuro que no le interesaba.

Aria, al notar la tensa atmósfera, intervino con un aire de diplomacia.

—Electra —comenzó, dirigiendo su mirada hacia su hija—, cuéntale a Alfa Conall sobre tus habilidades.

Estoy segura de que le impresionarás con lo que has aprendido.

La joven se acomodó nerviosamente, apretando las manos sobre su vestido de seda.

Con un leve titubeo, comenzó a hablar, intentando proyectar una confianza que apenas parecía sentir.

—Desde pequeña, he sido entrenada en el arte de la caza y la estrategia, con especial énfasis en el liderazgo.

Creo firmemente que todos los miembros de nuestra manada deben estar listos para asumir un rol importante en cualquier situación —explicó Electra, con un tono dequeo bastante formal.

Sus ojos azules se encontraron brevemente con los de Conall, buscando su aprobación.

A pesar de su timidez, había una chispa de determinación en su mirada.

Sin embargo, Conall no mostraba señales de ser convencido.

Su mente estaba en otro lugar, reviviendo recuerdos de dolor y venganza; las palabras de Aria sonaban huecas en su interior.

Bodolf, percibiendo la falta de entusiasmo por parte del Alfa del Norte, tomó la palabra.

Su sonrisa se ensanchó, como si cada palabra fuera un eslabón en la cadena que intentaba forjar con Conall.

—Electra ha demostrado ser una guerrera excepcional —prosiguió Bodolf, enfatizando cada palabra—.

Muestra habilidades naturales para la táctica y la caza que podrían rivalizar con alfas mucho más experimentados.

De hecho, es solo cuestión de tiempo para que sea reconocida oficialmente como una líder dentro de nuestra manada.

Los ojos de Will brillaron con interés, a pesar de su habitual taciturnidad.

Observaba a Electra con admiración, notando la gracia en sus movimientos y la claridad con la que hablaba, a pesar de sus nervios evidentes.

No podía evitar sentirse atraído por la belleza y la inteligencia de la joven, una mezcla que la hacía aún más impresionante.

—No tengo dudas de que Electra tiene potencial.

Sin embargo, eso depende de sus decisiones y experiencias —respondió Conall, manteniendo su voz firme, aunque la incomodidad brotaba en su interior.

De repente, sentía que el foco de atención se centraba en él, como si de alguna manera estuviera obligado a tomar parte en un juego que no deseaba jugar.

—Esa es la esencia de la vida en la manada —replicó Bodolf con más énfasis, dejando claro que el tema no era negociable.

El tono del alfa mayor se hizo casi desafiante—.

Necesitamos más alfas capaces, especialmente en estos tiempos inciertos.

El ambiente se tornó denso.

Conall sabía que estas palabras eran un intento de Bodolf de mostrar fortaleza y control.

Pero también entendía que cada comentario dirigido a él era un recordatorio de su pasado: la lucha, la pérdida, la ira latente que aún bullía en su interior.

Al mismo tiempo, Aria observaba atentamente, consciente de que la tensión era palpable.

Su papel era mantener la armonía, así que, sin perder la compostura, sugirió: —Quizás podríamos organizar una demostración.

Una cacería conjunta podría mostrar el verdadero valor de Electra y fortalecer nuestras relaciones.

Conall apretó los dientes, sabiendo que cada paso que daba en esta manada no era más que un paso hacia el enfrentamiento inevitable con Bodolf.

Mientras tanto, Electra, con una mirada resuelta y una fragilidad cautivadora, seguía intentando demostrar que merecía un lugar en ese mundo peligroso.

——————– Más tarde, en la habitación asignada a Conall, el alfa dejó escapar por fin parte de la tensión que lo ahogaba.

—Aprovecha este tiempo —ordenó a Leo—.

Habla con omegas, guerreros, con quien sea.

Necesito información.

—Me pongo con ello ahora mismo.

Conall recorrió la estancia con la mirada, irritado.

—Este sitio me da asco.

—¿No es de tu agrado?

—preguntó Leo con cautela.

—Odio este lugar —escupió—.

Y odio a toda esta gente.

El aire le resultaba irrespirable.

Demasiados recuerdos.

Demasiada contención.

—Por nuestra gente —insistió Leo—.

Lo haces por ellos.

—Por ellos… —murmuró Conall— debería matar a Bodolf ahora mismo.

Sin esperar respuesta, se giró y salió por la ventana, dejando atrás la forma humana.

El lobo negro emergió con un rugido silencioso.

Corrió hacia el bosque como si quisiera arrancarse la piel, liberarse de la presión que le oprimía el pecho.

Cuando llegó a lo más profundo, alzó el hocico y aulló.

Un aullido roto.

Antiguo.

Desesperado.

No permitiría jamás que nadie lo viera así.

El dolor era una debilidad, y las debilidades se explotaban.

Fue entonces cuando lo percibió.

Un aroma.

Cítricos dulces mezclados con canela.

Ese aroma le recordó a la receta de galletas que le hacía su madre.

Su preferida.

El lobo se detuvo en seco.

Sus sentidos se agudizaron, su corazón se desbocó.

Aquello no tenía sentido.

No pertenecía a ese lugar.

No pertenecía a nadie que conociera.

La reacción fue inmediata, violenta.

—¿Qué…?

—gruñó mentalmente.

Su lobo respondió sin dudas, sin filtros, sin piedad: “Compañera.” Y por primera vez en años, el Alfa Conall, sintió miedo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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