Maestro de la Lujuria - Capítulo 182
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182: Megan, la Reina [3] 182: Megan, la Reina [3] Capítulo – 182
En el auditorio, un silencio espeluznante pesaba en el ambiente, roto solo por la tos ocasional o el crujido de papeles.
La frustración de Megan era palpable mientras estaba sentada en su silla, con el rostro como un lienzo de ira reprimida.
Con un golpe seco, su mano chocó contra el escritorio, una manifestación física de su agitación interna.
La tensión en la sala crepitaba como la electricidad, atrayendo la atención de todos los presentes.
Tanto profesores como alumnos dirigieron su mirada hacia Megan, con la curiosidad avivada por la repentina interrupción.
Los susurros revoloteaban por el aire como pájaros asustados mientras la observaban, siguiendo cada uno de sus movimientos con la mirada.
La voz de Megan, aunque baja, cortó el silencio como un cuchillo: —¿¡No ven lo que está en juego!?
¡Les confiamos la seguridad de esta aula y nos han fallado!
—.
Sus palabras reverberaron en la silenciosa sala, cargadas con el peso de la decepción y la frustración.
Los otros profesores intercambiaron miradas de preocupación, reconociendo la gravedad de la situación.
La Megan de siempre, la más fuerte, audaz y malvada, parecía desmoronarse ante sus ojos.
Murmullos de confusión se arremolinaban en la sala mientras los estudiantes intercambiaban miradas perplejas, intentando dar sentido al drama, que había dado un giro inesperado.
En la tensa atmósfera de la sala, la frustración de Megan cortó el silencio como una cuchilla dentada.
Sus palabras, chorreando ira venenosa, resonaron en las paredes, exigiendo atención.
El aire estaba cargado de incertidumbre mientras los profesores se apresuraban a calmar la situación, pero sus intentos de aplacarla cayeron en oídos sordos.
Pero Megan estaba fuera de sí, sus emociones eran un torbellino de furia y traición.
Con cada palabra, su voz se elevaba, en un crescendo de indignación que amenazaba con engullir toda la sala.
Su voz se alzó con una mezcla de ira y frustración mientras relataba los hechos.
—¡Maldita sea!
¿Qué estaban haciendo esas guardias?
¡Unas inútiles de mierda, dejaron que unos cabrones entraran como si nada y lo jodieran todo!
¿Quién demonios las eligió para la seguridad?
—.
Megan mostró sus ojos enrojecidos al volverse hacia los profesores, con el ardor de la interrogante quemándole por dentro.
—Señorita Megan, fui yo, pero créame, esas chicas eran más fuertes en comparación con cualquier otra persona.
Quienquiera que fuera el tipo, debe de ser un jugador de nivel profesional —dijo uno de los profesores, intentando desviar su atención para que no lo hiciera pedazos por haber hecho una mala elección.
La ira de Megan ardía como un incendio forestal, consumiendo todo a su paso mientras fulminaba con la mirada a Tyler, que estaba sentado ante ella, siendo una mera sombra de lo que fue, desnudo y temblando.
La sala estaba cargada de tensión, sofocante en su silencio, roto únicamente por las furiosas palabras de Megan.
—¿Quién demonios era ese bastardo?
—escupió, con su voz convertida en un gruñido venenoso—.
¡Lo destrozaré, miembro por miembro!
Tyler, exhausto y derrotado, se desplomó en su silla, con el cuerpo como un campo de batalla de moratones y cicatrices.
Cada movimiento era una agonía, cada aliento una lucha.
Apenas podía reunir fuerzas para levantar la cabeza, y mucho menos para defenderse de las acusaciones de Megan.
Su piel, antes lisa e inmaculada, ahora mostraba las marcas de un encuentro salvaje; los tonos amoratados de los moratones se mezclaban con las airadas cicatrices de la batalla.
Cada pliegue de su carne contaba una historia de dolor y sufrimiento, un testimonio de la brutalidad que había soportado.
Y mientras la diatriba de Megan continuaba, Tyler escuchaba en silencio, con el peso del odio de ella oprimiéndolo como una manta de plomo.
Quería declararse inocente, suplicar perdón, pero su voz se perdía en el mar de agonía que lo envolvía.
En ese momento, todo lo que podía hacer era aguantar, con el espíritu roto, el cuerpo maltrecho y la inocencia perdida por los crueles caprichos del destino.
—Dímelo, hijo de puta, te lo estoy preguntando una y otra vez.
Te juro que es la última vez que te pido que confieses la verdad, o si no, créeme, tendrás que quedarte sentado aquí toda tu vida, suplicándome que te mate.
Pero ya me conoces.
Guardo rencor durante mucho tiempo.
—Con un movimiento rápido, la mano de Megan restalló en la cara de Tyler, y el sonido resonó en la sala como un disparo.
La cabeza de Tyler se giró bruscamente a un lado, con la mejilla ardiéndole por la marca de su palma.
Pero Tyler permaneció en silencio, con el espíritu roto y la voluntad destrozada.
Ni siquiera se inmutó cuando Megan desató su furia sobre él.
Megan le separó las manos a la fuerza, dejándolo indefenso y vulnerable.
Con una rápida patada en el pecho, lo mandó de bruces al suelo, y su cuerpo se desplomó como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos.
—No tengo tiempo para interrogar a este idiota.
Sé que nunca admitirá lo que ha hecho.
Es una completa pérdida de mi energía y mi tiempo.
Cuélguenlo aquí mismo, no hace falta que lo suelten.
Busquemos alguna otra pista —gritó Megan como una perra rabiosa.
Los profesores y los estudiantes se encogieron bajo su ira, retrocediendo como ratones asustados ante la presencia de un gato hambriento.
La rabia de Megan era palpable, una tormenta que se gestaba en la boca de su estómago, amenazando con desatar el caos sobre todos ellos.
—Y ustedes —ladró, dirigiendo su furia hacia las otras chicas—, muevan el culo y revisen esas malditas cámaras.
Quiero cada centímetro de este lugar bajo vigilancia, que se vea todo nítido como el cristal.
Pero justo cuando las chicas empezaban a escabullirse como conejos asustados, la voz de Megan volvió a cortar el caos.
—¡No, esperen!
Veré las cámaras personalmente.
Vayan todas y busquen cualquier pista en los pasillos, las aulas, la biblioteca, el jardín y por todo el campus.
Que no quede ningún rincón sin revisar.
Y recuerden, a cualquiera que intente pasarse de listo lo matarán, y no quedará ni rastro de su cuerpo como prueba.
¡Ahora, largo!
—les gritó Megan enfurecida.
Los estudiantes, sintiendo la tensión de la situación y temerosos de su ira, abandonaron el auditorio de inmediato y sin más demora.
Corrieron a los pasillos para ver si alguien se escondía allí, a las aulas por si había algún sospechoso, a la cafetería por si alguien disfrutaba de su comida con ansiedad.
Mientras tanto, Megan miró airadamente a los profesores.
—Más les vale que se encarguen de este niñato como es debido.
No probará ni una gota de agua hasta que cante todo.
¿Entendido?
—La voz de Megan crepitó con intensidad mientras daba la orden, con la mirada atravesando el aire y posándose directamente sobre Tyler, que yacía inconsciente en el suelo.
—Pero, señorita Megan, eso es…
eso es extremo —intervino uno de los profesores, con la voz teñida de preocupación.
Megan se giró bruscamente, con la furia descontrolada.
—¡Me importan una mierda las sutilezas!
Ninguno de ustedes es mi problema.
Siguen mis órdenes, o pueden intercambiar su lugar con este bastardo.
Estaré más que feliz de hacerlo.
Con esas palabras suspendidas en el aire como un trueno, Megan giró sobre sus talones, con su figura envuelta en la elegancia de su falda.
Cada curva de su espalda parecía retorcerse de determinación, un testimonio de su inquebrantable resolución.
La tela de su blusa caía en cascada sobre su piel lisa y reluciente, acentuando cada contorno de su figura.
Era como si dominara el mismísimo aire a su alrededor, una fuerza a tener en cuenta.
Megan salió del auditorio, cerrando la puerta tras de sí con rabia.
El sonido resonó en toda el aula, poniéndoles la piel de gallina a los profesores.
~~~~~
Megan entró en la sala de seguridad con la confianza de una reina que entra en su corte.
A los guardias casi se les salen los ojos de las cuencas al verla, con las mandíbulas colgando como portones oxidados.
Pero en cuanto Megan habló, su entusiasmo se disolvió en confusión.
—Necesito revisar las grabaciones de las cámaras de seguridad del edificio nuevo —declaró Megan, con su voz cortando el aire como un latigazo.
Los guardias intercambiaron miradas inquietas, removiéndose incómodos en sus asientos.
Uno de ellos, un tipo corpulento de bigote espeso, se aclaró la garganta con nerviosismo.
—Lo siento, señorita.
Pero no podemos hacer eso.
Necesitamos el permiso del decano para ello.
La paciencia de Megan, ya de por sí tan fina como un hilo de telaraña, se rompió como una ramita en un huracán.
Su ira, que hervía a fuego lento justo bajo la superficie, rebosó como una olla desatendida.
—Escuchen —gruñó, con un tono tan gélido como una tormenta invernal—.
No acepto un no por respuesta.
Ahora, o me dejan ver esas cámaras, o le explicarán al decano por qué dejaron que una pequeña cosa como el protocolo se interpusiera en mis asuntos.
—¿Quieres que te despidan?
¿No sabes que puedo hacer cualquier cosa?
—Al decir esto, Megan lo agarró por el cuello de la camisa y lo empujó contra la pared, apretándole la cabeza contra ella.
—Señorita, pero… —el guardia todavía intentó negarse.
—Creo que quieres más.
—Dicho esto, Megan sacó su teléfono y marcó el número del decano.
Le contestaron la llamada y el Decano estaba al otro lado.
—Hola, Decano.
Sí, hay un pequeño problema aquí —respondió Megan, mientras su mente trabajaba a toda velocidad para formular su plan.
Silenciando la llamada, Megan se giró para encarar al guardia de seguridad con una inocencia calculada que le provocó un escalofrío.
—Disculpe, señor —empezó, con la voz temblando ligeramente para dar más efecto—.
Necesito su ayuda.
Este guardia de seguridad —hizo un gesto hacia la figura desconcertada—, me ha estado…
eh, acosando.
Sexualmente.
Los ojos del guardia se abrieron de par en par por la sorpresa mientras Megan tejía su historia, con sus palabras goteando una dulzura engañosa que ocultaba el veneno que había debajo.
Interpretó el papel de víctima inocente a la perfección, con una sonrisa maliciosa bailando en sus labios mientras observaba la reacción del guardia.
Los otros guardias cercanos intercambiaron miradas nerviosas, sin saber cómo reaccionar ante la repentina acusación.
El aire crepitaba de tensión mientras las palabras de Megan pendían en el aire como la hoja de una guillotina, a punto de desplomarse.
—Por favor, señorita Megan, le juro que no es lo que piensa —tartamudeó el guardia, con la voz teñida de desesperación mientras caía de rodillas ante ella—.
Tengo una familia que mantener, hijos que alimentar.
Solo seguía órdenes, se lo juro.
Por favor, no me arruine.
La sonrisa de Megan se ensanchó ante la súplica del guardia, deleitándose con el poder que ostentaba en ese momento.
Pero detrás de su fachada de inocencia…
Megan cortó la llamada.
—Entonces más te vale que sepas cuál es tu lugar.
¿Un don nadie se atreve a contradecirme?
—dijo.
Se había despojado de toda pretensión de ser amable.
Dicho esto, Megan lo apartó de un empujón y abrió las grabaciones de las cámaras de seguridad.
Como no había cámaras instaladas en el edificio antiguo del campus, donde Megan estaba llevando a cabo esas acciones de mierda, decidió revisar las grabaciones del edificio nuevo, con la esperanza de encontrar alguna pista por si el culpable era del propio campus universitario.
Megan movió el cursor, adelantó diez segundos y reprodujo la grabación una y otra vez, para no pasar por alto ninguna pista.
En la grabación, Megan vio que Tyler se dirigía hacia el edificio antiguo.
Y tras un intervalo de unos segundos, pudo ver a Rick siguiéndolo también.
Pero él no le llamó realmente la atención, ya que había bastantes personas.
Pero como no había cámaras en el edificio antiguo, no obtuvo ninguna certeza.
Solo flotaba un aire de duda y confusión, que caldeaba el ambiente mientras seguía mirando las distintas cámaras.
Y para cuando terminó con la última cámara que apuntaba hacia el edificio antiguo, había reducido los posibles sospechosos a tres chicos.
—¿Quiénes son todos estos?
¿Están planeando algo?
¿Cómo se me escaparon de las manos?
Uf…
Maldita sea.
—Megan apretó los dientes y, sacando el teléfono, llamó a una de sus alumnas.
—Quiero que averigües sobre tres chicos.
Te enviaré sus fotos —dijo Megan con un tono algo enfadado, sin apartar su fría mirada de la pantalla.
Y con eso terminó la llamada, tomó fotos de los posibles sospechosos y se las envió a la chica con la que había hablado.
Cuando terminó, Megan salió de la sala de seguridad, abofeteando a los guardias para desahogar la rabia que sentía.
Los guardias, sobresaltados, intercambiaron miradas confusas.
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