Mamá Loba: Criar a un Cachorro, Reclamada por su Papá Bestia - Capítulo 237
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Capítulo 237: Capítulo 237: En la Tierra de las Hadas (II)
—Como eres nuestra Querida, creo que es justo que entres tú primero —dijo el General Gugu—. Y que veas tu lugar de nacimiento y a todas las hadas que presenciaron tu nacimiento, Querida.
Sisi se sintió extrañamente conmovida al oír esas palabras. No recordaba nada de aquel lugar, así que supuso que se la habían llevado cuando solo era una recién nacida. Pero por lo natural que le resultó entrar, se hizo evidente que su verdadero lugar estaba aquí, con sus amiguitos, de los que tenía que cuidar.
Sisi dio el primer paso. Se quedó de pie frente a la puerta un momento antes de empujarla para abrirla.
Al cruzar la entrada, lo que vio fue nada menos que un milagro.
Aunque la entrada era pequeña, la Tierra de las Hadas era enorme, con multitud de coloridas casas en forma de hongo adheridas a las rocas, a la corteza de los árboles o incluso al muro de piedra, igual que los hongos de verdad.
Mientras tanto, el centro de la Tierra de las Hadas estaba lleno de espacios comunes. Sisi vio un hospital, una escuela e incluso un patio para jugar.
Pero lo más extraño de todo fue cuando miró hacia arriba. Como técnicamente estaba dentro de una cueva, pensó que estaría muy oscuro o iluminado por arañas de fuego, como en el estrecho túnel.
Pero no.
La Tierra de las Hadas tenía la forma de un cono enorme con el cielo por techo. Cuanto más observaba su entorno, más se percataba de una cosa.
—¿La Tierra de las Hadas está dentro de… un cráter?
—¡Oh! ¡Has acertado, Querida! —confirmó Crush Tutu—. ¡La Tierra de las Hadas se encuentra dentro del enorme cráter en la cima de la montaña más grande del Bosque Roc, la Montaña del Comienzo!
—La Montaña del Comienzo…
Sisi estaba impresionada, porque a menudo veía la montaña desde lejos, pero nunca había tenido tiempo de acercarse a ella. El pico de la montaña no era visible desde el valle, pero podía verlo cuando estaba en la cumbre donde se encontraba la guarida de Kael.
No le pareció haber caminado mucho al entrar en el estrecho túnel, pero quizá fue la magia procedente de las hadas la que los ayudó.
Tal como habían dicho, las hadas eran muy débiles y pequeñas. Por eso la naturaleza les concedió un don tras otro para protegerlas de cualquier daño.
Eran invisibles a los ojos de los adultos, podían volar libremente, eran longevas y, por último, tenían todas esas defensas naturales y mágicas solo para asegurarse de que nadie atacara su hogar.
En el instante en que entró en la zona de la «ciudad» de la Tierra de las Hadas, una de las hadas soltó inmediatamente el tarro de miel que sostenía y señaló a Sisi.
—¡¿Q-q-q-q-querida?! ¡Nuestra Querida ha llegado!
—¿Eh? ¿Querida?
—¡¿Por fin está en casa?!
—¡Aparta! ¡Quiero verla!
—¡Querida, Querida, mírame!
—Querida, ¿quieres comer algo?
—¡Eres tan guapa! ¡Querida, te pareces a tu madre!
Sisi se vio abrumada por una horda de hadas que la rodeaba y no dejaba de crecer. Llegó un punto en que ya no podía ni ver el cielo, porque las hadas volaban sobre ella, intentando hablarle hasta hacerle zumbar los oídos.
El General Gugu bufó y gritó a pleno pulmón: —¡TODO EL MUNDO ATRÁS!
Su voz bastó para que las hadas dejaran de hablar y retrocedieran. Pero seguían sintiendo una enorme curiosidad por su Querida, ya que no la habían visto desde que se la llevaron siendo una recién nacida.
—¡Nuestra Querida tiene que ver a la Abuela primero! ¡La Abuela la echa mucho de menos! Además, si todos seguís rodeándola, ¡¿cómo va a poder escuchar vuestras preguntas?! —los reprendió el General Gugu.
Era la figura más fuerte y con más autoridad de la Tierra de las Hadas, y las hadas lo obedecían por instinto, ya fuera por miedo o por respeto.
Sisi exhaló un suspiro de alivio al tener por fin espacio para respirar. —Gracias, General. Estaba empezando a agobiarme.
—No te preocupes, Querida. Pero, por favor, no pienses mal de ellas. Solo están muy emocionadas por tu llegada —dijo el General Gugu—. Tienes suerte de que la mayoría de las hadas todavía están trabajando fuera, así que hoy está bastante despejado. Si no, no habría sido capaz de controlarlas.
Sisi miró a las pequeñas… Un momento, ya no eran pequeñas, puesto que ahora Sisi era de su mismo tamaño. Miró a las hadas, cuyos ojos brillaban con admiración al observarla, y no pudo evitar soltar una risita.
—Sois todos muy monos. Volvemos a hablar más tarde, ¿de acuerdo?
—¡Ohhh! ¡La Querida me ha llamado mono!
—¡No, no, me lo ha llamado a mí!
—¿Creéis que debería ponerme mi vestido mono para ver a la Querida luego?
—¡Oh, oh! Querida, ¿quieres que te siga? Yo también soy muy mono, ¿verdad?
El General Gugu tuvo que abrirle paso a Sisi, o se habría quedado atrapada en la zona céntrica de la Tierra de las Hadas para siempre.
Finalmente se detuvo justo delante de una escalera de caracol de madera que descendía a un lugar desconocido. Sisi entrecerró los ojos, pero no pudo ver el final de la escalera en absoluto.
—Encontrarás a la Abuela Árbol al final de esta escalera, Querida. Deberías ir tú primero, nosotros te seguiremos.
La Tierra de las Hadas estaba llena de cosas mágicas, porque en el momento en que Sisi puso un pie en la escalera, esta se convirtió de repente en un tobogán, y ella se precipitó por la espiral a gran velocidad.
—¡Aaaaaaah! —gritó Sisi, horrorizada. Más que deslizarse, en ese punto sentía que se estaba cayendo.
Cerró los ojos, pues empezaba a marearse. Pensó que no había forma de que llegara al final de una pieza. ¡Incluso podría romperse un hueso o dos!
Sin embargo, no sintió dolor al aterrizar, porque cayó justo sobre un montón de hojas frondosas que amortiguaron su caída.
—Querida, ¿estás bien? —preguntó la Curandera Roro.
—Uf, todavía estoy mareada —Sisi sacudió la cabeza un par de veces—. ¿De quién fue la genial idea de hacer un tobogán tan loco como este?
—Ehm… en realidad fue idea de tu madre —dijo la Curandera Roro—. Le gustaba gastarles bromas a los demás, así que diseñó esa escalera para que se convirtiera en un tobogán cuando alguien la pisara.
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