Marcada por el Alfa Eterno - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 CAPÍTULO 10 – EL SECRETO DEL PUEBLO
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10: CAPÍTULO 10 – EL SECRETO DEL PUEBLO 10: CAPÍTULO 10 – EL SECRETO DEL PUEBLO Desperté en una cama que no era mía.
Una habitación de madera, iluminada por fuego y olor a hierbas.
El techo era bajo, las ventanas pequeñas.
No había electricidad.
No había ruido.
Por un momento pensé que estaba muerta.
Hasta que sentí la marca latir bajo mi piel.
No estaba muerta.Solo me estaban vigilando.
—Se despertó —dijo una voz de mujer en el pasillo.
—¿Cuánto duró?
—preguntó otra.
—Horas.
Quizá más.
No se referían a un desmayo.Se referían a… eso.
A la caída.
Intenté incorporarme, pero alguien ya estaba dentro de la habitación.
No Kael.No Angelina.
Una mujer mayor, con cabello blanco trenzado y ojos que lo veían todo.
No me sonaba de la boda.
No era familia.
No era invitada.
Y sin embargo, me miraba como si me conociera desde antes de nacer.
—Así que despertaste —dijo con un tono que no sabía si era alivio o decepción.
—¿Dónde estoy?
—pregunté.
—En lo único que puede contenerte, por ahora —respondió sin rodeos.
Me senté torpemente.No había cadenas.No había cerraduras.
Y aun así entendí que no podría salir sin permiso.
—¿Quién eres?
—Soy la que sabe lo que tú no sabes —dijo—.
Y la que ha esperado demasiado para que esto suceda.
Tomé aire.
Hablé con la poca cordura que tenía.
—Necesito respuestas.
—Las tendrás —dijo—.
Pero antes necesito saber qué sentiste cuando la sombra te tocó.
No me sorprendió que supiera lo que pasó.Me sorprendió la forma en que lo dijo.
Como si lo hubiera estado esperando.
—Sentí que me vaciaba —respondí.
—No.
—Se acercó—.
Sentiste que te reconocía.
No supe qué contestar.
Su mirada era una pregunta y una acusación al mismo tiempo.
—¿Quién eres?
—insistí otra vez, más fuerte.
La mujer me sostuvo la mirada.
—Soy la guardiana de aquello que no debe despertar.
Y tú eres la señal de que ya empezó.
Me llevó afuera.
No estaba en un hospital.
No estaba en mi casa.
Estaba en un edificio antiguo al borde del pueblo, rodeado por árboles tan viejos que parecían haber estado respirando antes que las casas existieran.
Y entonces lo vi.
La gente del pueblo me estaba esperando.
No con miedo.
Con respeto.
Con reverencia.
Algunos inclinaban la cabeza.Otros bajaban la mirada.Uno incluso se arrodilló.
Y supe la verdad antes de que nadie la dijera: No era la primera vez que alguien como yo existía.
No era un accidente.No era una coincidencia.No era la única.
El pueblo sabía.
Siempre lo supo.
Y mientras mi mente intentaba procesarlo, la mujer habló: —Tu familia fue traída aquí por una razón.
Mi corazón se detuvo.
—¿Qué razón?
Ella me miró con una lástima que dolió más que cualquier amenaza.
—Porque eres la descendiente de la línea que puede abrir la puerta.
Y ellos— señaló a la gente— han vivido generaciones esperando que uno de los tuyos despertara.
Sentí que me tragaba el suelo.
—¿Mi familia lo sabía?
—No todos.
Algunos sí.
Me ardieron los ojos.
No quise llorar.
No quería que ellos vieran debilidad.
—¿Y Kael?
—pregunté, sin poder evitarlo.
La guardiana suspiró.
—Él no protege este pueblo.
Protege a ti.
Siempre lo ha hecho.
Cada vez que la marca despierta, él aparece.
Es su maldición… y su llamado.
Cada vez.No una.No esta vez.
Muchas veces.
A través de vidas.De siglos.De intentos.
Mi estómago se revolvió.
Me apoyé en la pared para no caer.
—Entonces… ¿esto ya pasó antes?
La mujer asintió.
—Y terminó mal antes.
Muy mal.
—¿Qué pasó?
—susurré.
Me miró con una tristeza que no supe si era recuerdo… o advertencia.
—La sombra no logró tomar a la llave.
Pero la llave… no sobrevivió.
Me quedé helada.
—¿Yo… morí?
—La versión anterior de ti —corrigió—.
Porque tú no eres la primera.
Pero puedes ser la última.
Esa noche me dejaron sola en la habitación.
Pero sola no significaba tranquila.
Ahora sabía tres cosas: La marca es más antigua que yo.
El pueblo existe para vigilar lo que llevo dentro.
Kael no me encontró ahora… me ha encontrado siempre.
Y si la historia se repetía… Yo estaba destinada a morir.O algo peor: a convertirme en puerta para aquello que había esperado a través de generaciones.
Me recosté, temblando.
Y susurré —más para mí que para cualquier otra cosa: —No voy a ser tu llave.
La marca se calentó.
Como si hubiera escuchado.
Como si respondiera.
Como si estuviera esperando el momento exacto para demostrarme que nunca fue una opción.
Solo destino.
Y esa noche, por primera vez, tuve miedo no de morir.
Sino de recordar quién era antes de nacer.
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