Marcada por el Alfa Eterno - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 CAPÍTULO 2 – EL PUEBLO QUE ME RESPIRA ENCIMA
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2: CAPÍTULO 2 – EL PUEBLO QUE ME RESPIRA ENCIMA 2: CAPÍTULO 2 – EL PUEBLO QUE ME RESPIRA ENCIMA No dormí bien, pero dormí lo suficiente para llegar al aeropuerto sin parecer un zombie.Café, gafas de sol, y una playlist que pretendía tranquilizarme.
No funcionó.
El avión despegó, y mientras las luces de la ciudad se alejaban, sentí otra vez esa presión en el pecho.
No era miedo.
No era ansiedad.
Era… anticipación.
Como si una parte de mí ya supiera que este viaje no tenía nada de normal.
—Te estás sugestionando —me dije mientras apoyaba la frente en la ventana.
Pero incluso el aire allá arriba olía diferente.
Más frío.
Más eléctrico.
Tres horas después, Angelina me recibió con un grito que casi me revienta los tímpanos.
—¡Kira!
Su abrazo me dejó sin aire.
Llevaba un vestido de verano y ese brillo feliz que no se compra en ninguna parte.
—Estás hermosa —le dije, porque era verdad.
—Y tú, como siempre, pareces que escapaste del videoclip de una balada triste —se burló.
Me reí, porque la había extrañado.
Subimos al coche.
Lo conducía Gabriel, su prometido.
Alto, educado, buena sonrisa.
Muy normal.
Demasiado normal para todo lo que yo sentía que estaba debajo de la superficie.
—Bienvenida —me dijo con una amabilidad impecable.
—Gracias.
Prometo no arruinar la boda —contesté.
—Eso espero —sonrió.
Los observo, y sí… se ven felices.
Estables.
Conectados.
Como si su mundo estuviera perfectamente ensamblado.
Y yo sentada atrás, con la sensación de que algo invisible me arrastra hacia otro tipo de destino.
Uno que no me pidió permiso.
El pueblo apareció entre montañas, rodeado de pinos tan altos que parecían vigilar la entrada.
Todo se sentía detenido en el tiempo.
Casas de madera, calles de piedra, neblina suave.
Pero lo que me golpeó no fue la vista.
Fue el aire.
Apenas bajé del coche, lo sentí: una especie de vibración en la piel, como si el viento me reconociera.
Como si la tierra me oliera.
Y por un segundo, me quedé congelada.
—¿Kira?
—Angelina frunció el ceño—.
¿Estás bien?
—Sí… sí, solo… el clima.
Mentira.
El clima no tiene forma de observarte.
Mientras caminábamos hacia la casa, vi sombras entre los árboles.
No personas.
Siluetas.
Movimientos.
Algo que se escondía antes de que pudiera enfocarlo.
No dije nada.
No quería sonar loca el primer día.
La casa de Angelina era como ella: cálida, luminosa, acogedora.
Fotos en las paredes, olor a pan y flores.
Todo perfecto… y sin embargo, algo en mí no encajaba.
Había flores en la ventana, pero no pude evitar sentir que el aire dentro de la casa estaba demasiado atento.
Como si la casa misma escuchara.
Apenas dejé mi maleta, escuché pasos afuera.
Pasos fuertes.
—Debe ser la gente del pueblo trayendo cosas —dijo Angelina—.
Todos se conoc— Se detuvo, mirando por la ventana.
Y por primera vez la vi seria, casi incómoda.
—¿Qué pasa?
—pregunté.
—Nada —forzó una sonrisa—.
Solo curiosos.
Pero no eran curiosos.Lo supe cuando sentí esa misma electricidad que me había despertado la noche anterior.
La misma sensación de respiración contenida.
Algo… o alguien… estaba cerca.
Y no era normal.
La noche cayó rápido, como si el sol hubiera huido.
El bosque se espesó y las sombras se hicieron más grandes.
No sé por qué, pero me asomé a la ventana como si algo me llamara.
Y allí estaba.
Unos ojos dorados, brillando entre los árboles.
No eran humanos.No eran reflejo de luz.Me miraban.
Mi corazón saltó como si hubiera sido golpeado desde dentro.
Di un paso atrás, sin poder apartar la vista.
No sé cuánto tiempo pasó.Parpadeé, y ya no estaba.
Pero yo había sentido su mirada.
No miedo.No amenaza.Algo peor.
Reconocimiento.
Como si me hubiera estado buscando desde antes de que yo naciera.
—Kira —llamó Angelina desde la cocina—.
¿Vienes a cenar?
Me obligué a responder.
—Sí.
Ya voy.
Pero mientras caminaba hacia la mesa, supe que no era la misma persona que había llegado esa tarde.
Algo en el aire había dicho mi nombre.Algo sabía quién era.Algo estaba cerca.Y no pensaba esperar mucho más.
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