Marcada por el Alfa Eterno - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 CAPÍTULO 4 – LA MARCA
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4: CAPÍTULO 4 – LA MARCA 4: CAPÍTULO 4 – LA MARCA Me quedé afuera mucho tiempo después de que Kael desapareciera.
No sabía cuánto.
Podían haber sido minutos o siglos.
Solo escuchaba mi respiración, acelerada, irregular.
Sentía la vibración del bosque como si estuviera vivo.
Como si me observara.
Y yo no tenía ninguna explicación lógica para lo que acababa de pasar.
No podía haber imaginado esos ojos.
Ese calor.
Esa… conexión.
No lo conocía.
No sabía nada de él.
No tenía motivos para creerle.
Pero algo en mi pecho ardía, como si una parte de mí hubiera despertado con su voz.
Con esfuerzo, volví adentro.
Me apoyé contra la pared de la cocina.
Tenía las manos temblando.
—Estás loca —me dije—.
Solo fue un hombre.
Un loco.
Un extraño.
Eso es todo.
Me lo repetí como un mantra, pero mis huesos no me creyeron.
Cuando fui al baño para lavarme la cara, ahí lo vi.
En el espejo.No en mi expresión.En mi piel.
Debajo de la clavícula, justo donde Kael había acercado su frente a la mía, había una marca.
Pequeña.
Oscura.
Como un símbolo quemado bajo la piel.
No estaba antes.
Lo sabía.
Lo habría visto.
Me acerqué al espejo, y el corazón me golpeó tan fuerte que me mareé.
Parecía un fragmento de luna rodeado de líneas, como raíces o garras.
—No —susurré, negando con la cabeza—.
No.
No.
No.
La toqué.
No dolía.
Pero estaba caliente.
Como si hubiera sido grabada desde dentro.
Una parte de mí quiso llorar.
La otra parte… ya sabía exactamente quién la había dejado.
A la mañana siguiente, Angelina entró sin tocar la puerta, radiante como siempre.
—¡Despierta, dormilona!
Tenemos que ir a la prueba de sonido y— Se detuvo.
Yo aún estaba en la cama, pero no dormía.
Mirando la pared.
Intentando no pensar.
—¿Estás bien?
—preguntó, ahora seria—.
Pareces enferma.
Me incorporé.
Dudé.
Mentí.
—Solo no dormí bien.
Ella me examinó con esos ojos que siempre ven demasiado.
—¿Segura?
—Segura.
No lo estaba.
Ni siquiera un poco.
Mientras me vestía, me aseguré de cubrir la marca con una camisa.
No estaba lista para explicar lo inexplicable.
El pueblo se veía diferente con luz.
Más bonito.
Más vivo.
Más… inquietante.
Todos parecían observadores silenciosos.
No había curiosidad normal en sus miradas.
Era como si estuvieran midiendo algo.
Calculando.
—¿Siempre fue así?
—le pregunté a Angelina mientras caminábamos.
—¿Qué cosa?
—La gente.
No sé… como si supieran algo.
—Es un pueblo pequeño —respondió encogiéndose de hombros—.
Aquí todos se enteran de todo.
Mentira.
No era eso.
Ellos sabían algo de mí.
Lo veía en sus ojos.
A mitad de la tarde, mientras ensayaba la canción, la marca empezó a arder.
No como una quemadura.
Era peor.
Como si algo tirara desde dentro.
Como si respondiera a una llamada.
Tuve que fingir que me dolía la cabeza para salir.
Corrí al baño y me miré.
La marca no estaba igual.Se había expandido.
Las líneas que la rodeaban ahora eran más visibles, más profundas, como raíces extendiéndose lentamente.
—No —me escuché decir—.
Esto no me puede estar pasando.
La puerta del baño se abrió de golpe.
—¿Kira?
Casi grité, pero era solo Gabriel.
El novio de mi hermana me miró como si ya supiera la respuesta a una pregunta que no había hecho.
—¿Estás segura de que estás bien?
Y por un segundo, cruzó esa mirada en sus ojos… como si estuviera evaluándome.No preocupado.Vigilante.
—Solo necesito aire —dije.
Él asintió lentamente.
Demasiado lentamente.
Esa noche no aguanté más.
Tenía que encontrarlo.
Tenía que preguntarle qué diablos me había hecho.
Salí cuando todos dormían.
Fui al bosque.
Y no hice ni diez pasos cuando una voz habló desde la oscuridad: —No deberías estar sola.
Mi corazón se detuvo.
Él estaba ahí.
Como si me hubiera estado esperando todo ese tiempo.
Kael.
Sombra, músculo, respiración profunda.
Ojos dorados.
Más intenso que el recuerdo.
—Qué hiciste conmigo —exigí sin rodeos—.
Esto… esto no es normal.
Hay una marca en mi piel.
—No la puse yo —dijo sin moverse.
—Mentira.
Él negó con la cabeza, sin apartar la mirada.
—La marca estaba en ti desde antes de nacer.
Yo solo la desperté.
Tragué saliva.
Sentí el impulso de correr, gritar, golpearlo.
Y sin embargo mi cuerpo no daba la orden.
—¿Qué significa?
Sus ojos ardieron.
—Significa que no eres solo humana.
El bosque se quedó en silencio.
Y mi mundo, otra vez, dejó de ser el mismo.
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