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Marea Alta - Capítulo 2

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  4. Capítulo 2 - 2 Jaula de Seda
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2: Jaula de Seda 2: Jaula de Seda Alta mar – Día 3 de travesía a bordo del Saito Aurora Real.

Las olas se alzaban suaves bajo un cielo despejado.

La travesía era tranquila, pero el ambiente a bordo estaba cargado de un orden rígido, casi artificial.* En la cubierta principal, Lady Lili Saito caminaba con elegancia medida, escoltada por dos sirvientes y el capitán del navío.

Su vestido de viaje, blanco con bordados dorados, ondeaba con la brisa.

Su postura era recta, su barbilla alta.

Cada movimiento estaba calculado.

Naomi (en voz baja): —Mi lady, la tripulación la observa con admiración.

Su porte es impecable.

Lili (sin detenerse): —Lo que admiran no es a mí, Naomi.

Admiran a la hija del duque Saito.

A la futura reina.

—No ven a una mujer.

Ven un símbolo.

Y un símbolo no puede fallar.

A su alrededor, marineros se detenían para hacer reverencias.

Lili respondía con leves inclinaciones de cabeza.

Sonrisas suaves.

Frías.

Perfectas.

Por dentro, estaba agotada.

Horas más tarde, en la sala de té privada del barco, varias jóvenes damas de compañía se reunían con ella.

Entre ellas, hijas de otros nobles que viajaban bajo su protección.

Dama noble: —¿De verdad conocerá al príncipe al llegar?

¿Será una cena íntima o un banquete en palacio?

Otra (soñadora): —Dicen que es tan guapo como rebelde.

Que monta sin escoltas y frecuenta los teatros de noche…

Lili (serena): —El príncipe es heredero de una corona, no de cuentos.

Las historias son… exageradas.

Dama noble: —¿No está emocionada, mi lady?

Lili (con una sonrisa impecable): —Estoy comprometida.

La emoción no es parte del protocolo.

La estabilidad, sí.

Las jóvenes rieron nerviosas.

Lili sorbió su té en silencio.

En su mirada había una sombra.

La soledad de quien ha sido moldeada para complacer, no para sentir.

Al atardecer, Lili subía sola al nivel más alto del barco, donde solo el viento y las gaviotas la acompañaban.

Allí, lejos de miradas, podía respirar.

Lili (susurrando al mar): —¿Qué queda de mí… fuera del deber?

Se quitó los guantes.

Por un instante, simplemente existió.

El viento soplaba con libertad.

Ella, en cambio, seguía anclada a un destino trazado antes de su primer suspiro.

Océano del Este – A bordo del Tempestad Negra.

Noche cerrada.

Niebla espesa.

Silencio de muerte.

Las velas negras del barco pirata se deslizaban como espectros entre las aguas.

No había música.

No había canto.

Solo el crujir de la madera y las órdenes secas de los hombres en cubierta.

El olor a pólvora y sal se mezclaba con un hedor más oscuro: sangre vieja, vino rancio, y algo más…

el miedo impregnado en la madera de las embarcaciones que alguna vez habían saqueado.

En la proa, de pie como un cuervo acechante, estaba Joseph Tamashi.

Capitán.

Temido.

Implacable.

Sus ojos rasgados, oscuros como una tormenta nocturna, escudriñaban el mar como si pudiera oler el oro desde millas.

Una cicatriz le cruzaba el mentón, apenas visible.

Su capa de cuero negro se agitaba con el viento.

Alan (su vicecapitán, bajando del puesto de vigía): —Barco en el horizonte.

Vela blanca.

Marca noble.

Sin escoltas.

Joseph no dijo nada.

Solo asintió, una sonrisa apenas curva en los labios.

Joseph (grave): —Abordenlos Horas después.

El cielo era fuego.

El barco aristócrata ya ardía.

Los gritos se mezclaban con las carcajadas.

El asalto había sido brutal.

Preciso.

Sin misericordia.

La tripulación del Tempestad Negra era una jauría desatada: hombres con cuchillos en los dientes, ojos encendidos, manos manchadas.

Habían masacrado a los soldados del otro barco como si fueran ganado.

Marinero pirata (riendo): —¡Tienen vino de Valemont!

¡Y Mira esta porcelana, vale su peso en oro!

Otro (arrastrando a una mujer joven de cabello rubio): —¡Esta irá a buen precio en Cindrel!

¡Ni un rasguño, ¡ja!

Joseph (a Alan, mientras observa desde su puesto): —¿El capitán enemigo?

Alan (limpiando su espada): —Muerto.

Imploró por su hija.

Estúpido.

Joseph: —¿Botín?

Alan: —Cofres llenos.

Plata, sedas, joyas menores.

Nada real, pero sirve.

Joseph bajó lentamente a cubierta.

La tripulación se calló apenas sintieron su presencia.

Caminó entre los cuerpos y los restos humeantes con la calma de quien pisa una alfombra.

Una joven temblaba junto al mástil, con los labios manchados de sangre.

Joven (sollozando): —P-por favor… mi padre es noble… si piden rescate… Joseph se inclinó apenas.

Joseph (frío): —Tu apellido no vale nada aquí.

Se apartó.

La dejó viva.

Por ahora.

Ya de regreso en su barco, el botín asegurado, Joseph subió a su camarote.

Encendió una vela Alan lo seguía, limpiándose las manos con una toalla manchada de rojo.

Alan: —¿Y si un día atacamos un barco más grande?

¿Uno con apellido…

pesado?

Joseph (mira por la ventana): —Ya llegará.

Todos sangran igual.

Esa noche, las aguas tragaron otro secreto.

Nadie vendría a buscar a los muertos.

Nadie reclamaría a las mujeres.

Solo quedarían las sombras y los rumores del barco de velas negras…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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