Marea Alta - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 El Reencuentro de las Promesas
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3: El Reencuentro de las Promesas 3: El Reencuentro de las Promesas Puerto Real de Valemont – Mediodía.
Trompetas.
Alfombras.
Y un mar de ojos expectantes.
El Saito Aurora Real atracó en el muelle del puerto principal con precisión militar.
Las campanas de la ciudad sonaban en honor a su llegada.
Cientos de nobles, ciudadanos distinguidos y cortesanos se agolpaban para ver a la prometida de la corona, la princesa educada en las cortes más refinadas del continente.
La pasarela fue extendida, alfombrada de rojo.
Guardias reales con armaduras de gala flanqueaban los bordes.
Lili Saito descendía con pasos seguros, como una estatua viviente de la perfección noble.
Vestía de blanco con detalles en oro, el cabello recogido con perlas.
Ningún paso fuera de lugar.
Ninguna emoción fuera de control.
En lo alto de la escalinata del muelle estaban tres hombres: —El Rey Kaelen Valemont, imponente, de barba canosa y rostro endurecido por décadas de reinado.
—El Duque Hiroshi Saito, padre de Lili, alto, de mirada seria y gesto orgulloso.
—Y el Príncipe Renjiro Valemont, heredero del trono, el joven que un día fue su amigo… y ahora era su prometido.
Lili (voz interior): Diez años desde la última vez.
Tenía seis.
Él, doce.
Jugábamos en los jardines del palacio de verano.
Él me regaló un colibrí tallado en jade.
Después… nada.
Cuando sus ojos se cruzaron, no fue un abrazo lo que siguió.
No fue emoción.
Fue… reconocimiento.
Frío.
Formal.
Calculado.
Renjiro (reverencia medida): —Lady Lili Saito… el tiempo ha sido generoso con usted.
Lili (curvando apenas los labios): —Alteza.
Me honra su recibimiento.
Un leve silencio.
Rey Kaelen: —Que los dioses celebren este día.
La unión de nuestras casas se acerca, y con ella, una nueva era de estabilidad.
Duque Hiroshi (mirando a su hija con dureza): —Haz honor a tu sangre, Lili.
Ella asiente.
No sonríe.
No baja la mirada.
El reencuentro entre los prometidos estaba hecho, y el reino celebraba lo que ellos no sentían.
Horas después, en los pasillos del palacio, lejos del bullicio, Lili y Renjiro caminan juntos.
Escoltados, pero en privado.
Renjiro (con las manos en la espalda): —Han pasado diez años… pero tu postura sigue igual.
Tensa.
Palacio Real de Valemont – Ala Este, residencia del Príncipe Heredero.
Atardecer.
Renjiro se dejó caer en el diván de su estudio privado, aún vestido con la capa azul de ceremonia.
El recuerdo de Lili bajando del barco se repetía en su mente como una pintura viva: la forma elegante de su caminar, el rostro sin expresión, la mirada que no necesitaba decir nada para hacerlo sentir… observado.
Renjiro (pensando): Muñeca de porcelana… sí.
Pero con filo en la mirada.
No es la niña temerosa que solía seguirme en los jardines.
Ahora camina como reina… y no pide permiso para hacerlo.
Sir Edmund entró con una copa de vino.
Edmund: —¿La impresión fue favorable, alteza?
Renjiro (bebiendo): —Es… hermosa.
Edmund: —Eso ya se sabía.
Renjiro (sonríe de medio lado): —No.
No lo sabían.
No como yo lo vi.
Esa frialdad no es debilidad.
Es control.
Ella no necesita seducir.
Porque ya lo hace solo con existir.
Y lo sabe.
Edmund (con cautela): —¿Entonces… está conforme con el compromiso?
Renjiro (apoyándose en el respaldo): —Conforme no es la palabra.
Pero la quiero.
Mía.
Y cuando quiero algo, lo tengo.
Mientras tanto, en la habitación asignada a Lili, el silencio era absoluto.
Naomi la ayudaba a quitarse las joyas.
Naomi: —Su alteza fue… más amable de lo esperado, ¿no cree?
Lili (mirando por la ventana): —Fue el mismo de siempre.
Solo que con ropajes nuevos.
Naomi: —¿Lo dice por cómo la miraba?
Lili: —Me observaba como si ya le perteneciera.
Como si el derecho de nacimiento le concediera cada parte de mí.
—Como si no necesitara conquistarme, porque el reino ya lo hizo por él.
Suspiró, quitándose los pendientes.
Lili: —Él cree que soy una joya más para su corona.
Y puede que tenga razón.
Pero incluso las joyas… pueden cortarte si las aprietas demasiado.
Esa noche, desde sus aposentos, Renjiro observó las luces del ala norte del palacio, donde Lili dormía.
Renjiro (en voz baja): —Serás mía, Lili.
Reina de Valemont… y mia.
Su sonrisa era suave.
Peligrosa.
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