Marea Alta - Capítulo 5
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5: Capítulo 5 – Ilusiones Rota 5: Capítulo 5 – Ilusiones Rota Palacio Real de Valemont – Jardines Privados del Príncipe.
Tarde.
Viento suave, perfume de jazmines y miel El Príncipe Renjiro se recostaba con desdén en un diván de mármol blanco.
A su alrededor, dos jóvenes nobles, lady Adrienne y lady Celene, reían con la típica dulzura fabricada que la corte exigía.
Ambas formaban parte del séquito de Lili, jóvenes bien educadas, discretas… y completamente convencidas de que su virtud valía más si era entregada a quien llevaría la corona.
Lady Adrienne (rozando su brazo): —Su alteza… ¿le molestaría si le cantamos la pieza que ensayamos anoche?
Lady Celene (sonriendo): —O… podríamos ofrecerle algo más placentero que la música.
—Dicen que las noches en el ala sur pueden ser muy… entretenidas.
Renjiro las miró.
Ambas eran hermosas.
Elegantes.
Perfectamente moldeadas por la nobleza para ser agradables a la vista, calladas en la opinión, y fáciles de conquistar.
Y, aun así… no eran ella.
Renjiro (pensando): No gritan.
No me enfrentan.
No me miran como si pudieran destrozarme con una sola palabra.
No son Lili.
Aun así, se dejó llevar.
Fue un roce de labios.
Una risa entre cuerpos.
La rendición disfrazada de conquista.
Las dos lo adoraban, lo tocaban como si lo merecieran.
Más tarde, aún en la penumbra del salón privado, Adrienne se acomodó el vestido con timidez.
Su cabello revuelto.
Su respiración aún agitada.
Lady Adrienne (nerviosa, esperanzada): —Alteza… esto que ha pasado… ¿significa algo para usted?
Lady Celene (más directa): —Al menos…
¿podemos aspirar a ser parte de su casa, si no como esposa… como consortes?
Renjiro (con una sonrisa seca): —¿Eso creian?
Que por ofrecerse se han ganado un lugar a mi lado.
Ambas palidecieron.
Renjiro (con tono gélido): —Soy un príncipe.
El trono no se comparte con ilusas que abren las piernas por una corona.
—Lo tomáis.
Lo deseáis.
Pero nunca lo tendréis.
Lady Adrienne (con los ojos vidriosos): —P-pero su alteza…
Renjiro (levantándose): —Gracias por entretenerme.
Podéis iros.
Y no volváis a mirarme como si os debiera algo.
Las dos se vistieron en silencio, humilladas.
Salieron del salón con la cabeza baja.
Renjiro se quedó solo.
Sirvió una copa de vino.
Bebió.
Renjiro (pensando): Lili me gritó.
Me desafió.
Y aún así… es la única que me hizo sentir… como si no tuviera el control.
Como si no fuera un príncipe… sino un hombre cualquiera.
Su puño se cerró alrededor de la copa.
El cristal crujió.
Renjiro (voz baja): —No serás mía por deber, Lili.
Lo serás por voluntad… Y haré lo que sea para quebrar esa maldita voluntad.
Mientras las rosas del jardín se marchitaban con la tarde, el deseo del príncipe por dominar lo inquebrantable crecía como una enfermedad disfrazada de amor.
Palacio Real de Valemont – Ala Este.
Atardecer.
Brisa ardiente.
Las puertas se cerraron de golpe tras ella.
Lili Saito arrojó la capa real sobre la cama sin cuidado.
Respiraba agitada.
El vestido le apretaba.
Las emociones le explotaban en el pecho como cristales rotos.
Dama Ise (temblorosa): —Mi lady… no quise contarle, pero creí que debía saberlo.
Fue esta tarde.
Las dos jóvenes, Adrienne y Celene, no han vuelto.
Hay rumores… dicen que… Lili (seca, con los labios apretados): —¿Que el príncipe las tomó?
¿Que se acostó con ellas mientras yo aún digería el desayuno en la sala del trono?
Dama Ise bajó la mirada.
Lili cerró los ojos, conteniendo un grito.
Su cuerpo temblaba.
Lili (gritando): —¡Qué asco!
¡Qué miserable, repugnante!
¡Y aún tiene la desfachatez de llamarse mi prometido!
Arrojó un jarrón contra la pared.
Estalló.
Las flores cayeron muertas en el suelo.
Otra copa.
Un espejo.
No le importaba.
Las manos le sangraban de tanto apretar.
Y entonces, la puerta se abrió sin previo aviso.
Renjiro Valemont.
Impecable.
Arrogante.
Entró con la calma de quien se cree dueño del mundo.
Se detuvo al verla: el cabello suelto, la piel encendida, los ojos llorosos de furia, rodeada de fragmentos de cristal.
Jamás la había visto así.
Renjiro (cerrando la puerta detrás): —¿Qué demonios sucede aquí?
Lili (temblando, lo señala): —¡Fuera de mis habitaciones!
Renjiro (cruzando los brazos): —No.
Esta conversación la vas a tener conmigo, ahora.
¿Qué te ha dado esta rabieta?
Lili (la voz le tiembla, pero firme): —¿Me preguntas eso después de revolcarte con dos damas de mi séquito como un animal en celo?
Silencio.
Renjiro (arquea una ceja): —¿Y qué si lo hice?
Lili (avanzando hacia él): —¡¿Qué si lo hiciste?!
¡Yo he tenido que vivir una vida entera para preservar mi “pureza” por ti!
¡No he amado!
¡No he besado!
¡No he tocado a nadie!
¡Y tú… tú estás cubierto de otras!
¡Manchado!
¡Corrupto!
Renjiro (la voz fría): —Soy el futuro rey, Lili.
Yo tengo derechos que tú no tienes.
Lili (rompe una copa contra el suelo): —¡Derechos!
¡¿Derechos para humillarme y acostarte con cualquiera mientras yo debo ser tu “virgen perfecta”?!
¡¿Eso crees que soy?!
¿Una muñeca para exponer en la boda?
Renjiro (frunce el ceño): —Basta, Lili.
No te reconozco.
Lili (se acerca, lo empuja): —¡Yo tampoco reconozco al hombre con el que me comprometieron a los siete años!
Arroja una copa hacia él.
Lo esquiva por poco.
Silencio.
Renjiro (susurra): —¿Estás diciendo… que quieres romper el compromiso?
Lili lo mira.
Sus labios tiemblan.
Pero no vacila.
Lili: —Sí.
Quiero mi libertad.
No quiero pertenecer a alguien como tú.
Por un momento, Renjiro parece congelado.
Luego da un paso hacia ella.
Lentamente.
Sus ojos ya no reflejan arrogancia, sino algo más… inestable.
Renjiro (voz grave): —Lili… ya no eres una niña.
Y yo tampoco.
No sabes las consecuencias de lo que estás diciendo.
Lili (retrocede, con lágrimas de rabia): —Me importa poco.
Él levanta la mano, como si fuera a sujetarla, pero se detiene.
Renjiro (bajando la voz): —Tienes fuego en los ojos… No sabía que debajo de ese vestido había una tempestad.
Lili (le escupe al suelo, sin mirarlo): —Y tú… no eres más que una sombra sucia del príncipe que prometieron.
Silencio.
Él la mira un largo segundo.
Da media vuelta.
Y sin decir más, se marcha.
La puerta se cierra.
Lili se deja caer de rodillas.
Y por primera vez… se permite llorar no por tristeza.
Sino por impotencia.
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