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Marea Alta - Capítulo 6

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  4. Capítulo 6 - 6 Capítulo 6 – El Medallón del Diablo
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6: Capítulo 6 – El Medallón del Diablo 6: Capítulo 6 – El Medallón del Diablo Noche cerrada.

Puerto de Ryugu, costa del Reino de Kazador.

Olor a sal, humo y pecado.

Las antorchas crepitaban a ambos lados del muelle.

Mujeres lloraban.

Hombres reían.

Los esclavistas contaban monedas mientras los compradores inspeccionaban la “mercancía”, ajenos a los gritos, a los ruegos y a las miradas vacías.

En la cubierta del Tempestad Negra, Joseph Tamashi observaba todo con expresión neutra, los brazos cruzados, la espalda recta como un mástil.

Su silueta recortada por la luna lo hacía ver más bestia que hombre.

Uno a uno, sus hombres bajaban cargando cofres, joyas, barriles de licor, y también a las últimas mujeres.

Las habían tomado del barco aristócrata “El Valiente del Mar”, un navío desafortunado que tuvo la osadía de cruzar su ruta.

Algunas de esas mujeres ya no hablaban.

Otras gritaban sin fuerzas.

Joseph no dijo nada.

Solo vio.

Tripulante: —¡Capitán!

Todas las perras están vendidas.

Buen botín esta vez.

El oro fluyó como el ron.

Joseph no respondió.

Otro tripulante (riendo): —La pelirroja gritaba como una gata salvaje.

Si la vendieran por decibeles, habríamos hecho el doble.

Las risas lo rodeaban.

Joseph los dejó disfrutar.

Era parte del negocio.

Ellos se divertían.

Él no.

Tripulante (mirando a Joseph): —¿Y usted, capitán?

¿No se encaprichó con ninguna?

Joseph bajó la mirada hacia el medallón de plata vieja que colgaba de su cuello.

Lo sujetó con la mano derecha, apretándolo contra su pecho.

El grabado ya casi era ilegible.

Pero él lo conocía de memoria.

Dos letras entrelazadas: “J & S”.

El hilo de cuero que lo sostenía estaba roído, pero él jamás se lo quitaba.

Joseph (voz baja, sin mirar): —No me interesan sobras de guerra.

Los marineros se miraron unos a otros, sin saber si reír o temer.

Joseph se giró y entró en su camarote.

Cerró la puerta.

Solo ahí, en la oscuridad, se permitió respirar más profundo.

Sacó una pequeña botella de cristal, medio llena, y sirvió un dedo de licor oscuro.

No bebió.

Solo observó el líquido moverse en la copa.

Joseph (en sus pensamientos): “¿Qué pensarías de mí ahora, Sayuri?” Afuera, la fiesta continuaba.

Pero dentro del camarote, el demonio del mar sujetaba un pedazo de su infancia como si fuera lo último que le quedaba.

Palacio Real de Valemont.

Salón de audiencias menores.

El amanecer apenas comenzaba a pintar los vitrales de azul y oro.

Lili Saito se mantenía erguida, sus manos cruzadas frente a su falda como dictaba el protocolo, pero sus ojos… sus ojos ardían con la misma fuerza que el sol naciente.

Frente a ella estaban su padre, Lord Hiroshi Saito, el rey, y por supuesto, Renjiro Valemont, el prometido que ya no deseaba.

El salón era un silencio tenso, roto únicamente por la fría voz de Lili.

Lili (con templanza): —Mi decisión es irrevocable.

No deseo continuar con este compromiso.

No con alguien que se ha acostado con mis damas de compañía, tratándolas como monedas… y luego, pretendiendo que nada ha pasado.

El rey apretó la mandíbula.

Renjiro ladeó la cabeza, curioso.

Su mirada no mostraba vergüenza.

Solo entretenimiento.

Renjiro (casi divertido): —Tus damas, Lili, vinieron a mí por voluntad propia.

Se desnudaron frente a mí pensando que ganaban algo.

Yo no se los prometí.

¿Debo cargar con la estupidez de quienes creen que un hombre como yo puede pertenecerle a cualquiera?

Lili (sin alterar su tono): —Entonces tal vez yo también sea estúpida por pensar que alguna vez me respetarías.

Un murmullo sordo recorrió el salón.

Lord Saito no podía creer lo que oía.

Dio un paso adelante.

Lord Saito (en voz baja pero firme): —Lili, basta.

Ella lo ignoró.

Lili: —La corona merece una reina que sepa sonreír mientras el rey hunde su nombre en las sábanas ajenas.

Yo no lo seré.

No puedo.

No quiero.

Entonces sonó.

La bofetada fue brutal, seca, certera.

La cabeza de Lili giró por el impacto, sus cabellos se soltaron de un lado, su mejilla enrojeció al instante.

Lord Saito (gritando): —¡¿Cómo osas faltarle el respeto a la voluntad del rey?!

¿Quieres traer deshonra a la casa Saito?

¿Arruinar generaciones de lealtad por un berrinche infantil?

Lili respiró hondo.

No lloró.

No gritó.

Enderezó el rostro y habló con más firmeza aún.

Lili: —¿Lealtad?

¿O sumisión ciega?

Si preferís la corona a la dignidad de vuestra hija, entonces no soy más que otra pieza que vendéis al mejor postor.

Pero no me romperé, padre.

No nací para agachar la cabeza.

Renjiro la observaba en silencio.

No la interrumpió.

No intentó defenderla.

Pero sus dedos se cerraron sobre el apoyabrazos del trono menor.

Estaba tenso.

Como si la rabia se mezclara con otra cosa… ¿fascinación?

Renjiro (pensando, mientras ella se alejaba): “Esa furia.

Esa rabia contenida.

Es fuego bajo la porcelana.

Nunca la vi tan viva como cuando me lanzó ese jarrón.

Maldita muñeca rebelde… ¿por qué ahora no puedo dejar de pensar en ti?” Lili caminó hacia la salida, altiva, con la dignidad intacta a pesar del golpe.

Nadie más se atrevió a detenerla.

Pero las palabras ya estaban dichas.

Y las grietas en la corona, marcadas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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