Marea Alta - Capítulo 7
- Inicio
- Todas las novelas
- Marea Alta
- Capítulo 7 - 7 Capítulo 7 – Promesas Bajo la Corona
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
7: Capítulo 7 – Promesas Bajo la Corona 7: Capítulo 7 – Promesas Bajo la Corona Palacio Real de Valemont.
Alas del Este.
Aposentos de la prometida real.
La puerta se cerró tras ella con un susurro sordo, casi irreverente.
Lili apoyó ambas manos sobre la madera, clavando los dedos en el barniz como si contuviera el peso del mundo.
Su mejilla aún ardía por la bofetada, pero era su pecho el que dolía más.
No por el golpe…
sino por la traición.
Deslizó su espalda por la puerta hasta quedar sentada en el suelo, sus faldas extendidas como un mar oscuro alrededor de ella.
Las lágrimas se agolpaban detrás de sus ojos, orgullosas, sin permiso de caer.
No iba a llorar.
No por ellos.
El sonido de pasos no tardó.
Lentos, seguros.
Tres golpes suaves y luego la entrada sin permiso alguno.
Renjiro Valemont.
Vestía aún la túnica de la audiencia, pero su porte era menos regio y más casual, como quien visita a una mascota herida.
Renjiro (sereno): —Vine a hablar… No vengo con burlas ni sarcasmos esta vez.
Lili no lo miró.
Se levantó sin decir palabra y caminó hasta el ventanal.
Sus ojos se perdían en el cielo púrpura del atardecer, mientras él se acomodaba como si el cuarto fuera suyo.
Renjiro: —Tu padre ha hablado con el rey.
Le rogó, literalmente… que no disolviera el compromiso.
Que fue un arranque emocional.
Que te hará entrar en razón.
Y el rey…
ha decidido darte espacio.
Ella se volvió entonces, la mirada afilada como una daga.
Lili (fría): —¿Espacio?
¿De qué clase?
Renjiro: —Te enviarán al país vecino.
Una misión diplomática.
Dicen que es para que puedas demostrar tu valía como futura reina.
Pero todos sabemos que es para calmar los rumores y… mantenerte lejos hasta que olvides tu capricho.
Lili apretó los labios.
Su corazón latía con fuerza, pero su rostro era de mármol.
Lili: —Así que, al final, soy solo una molestia más que deben manejar.
Renjiro (acercándose): —No es así.
Tomó su mano.
Ella quiso zafarse, pero él la sostuvo con suavidad, como si temiera que se rompiera entre sus dedos.
Renjiro: —Quiero que sepas algo… He decidido no estar con nadie más hasta la boda.
Te lo prometo, Lili.
Serás la única.
La reina.
Mi reina.
La única mujer que compartiré de verdad.
Ella lo miró con incredulidad.
No dijo nada.
El silencio era su único escudo.
Renjiro (más bajo, como confesión): —No sé por qué me afectas tanto… Pero esa furia tuya, ese fuego que mostraste… me quemó la mente.
Me quitó el sueño.
Quiero poseerlo.
Domarlo.
Quiero que cuando nos casemos, ese fuego arda solo para mí.
Fue entonces que ella habló, con voz baja, firme.
Lili: —¿Y crees que una promesa vacía podrá borrar la repulsión que siento?
Renjiro (sonriendo, sabiendo que mentía): —No es vacía… aún no.
Y se marchó.
Dejándola sola con sus pensamientos, con la certeza de que aunque el compromiso seguía en pie, la verdadera guerra apenas comenzaba.
La plaza central del reino hervía de expectación.
El carruaje adornado con los colores reales, bordados de oro y azul, esperaba frente al palacio.
Los nobles se alineaban como piezas de ajedrez, y el pueblo, tras las rejas de protocolo, ondeaba pañuelos y flores.
La prometida del príncipe partía en misión diplomática.
Al menos eso decía la versión oficial.
Lili descendió los escalones con porte digno.
Su vestido color marfil brillaba como la espuma del mar al amanecer, cada paso acompañado por la comitiva de damas que, tras los recientes escándalos, había sido cuidadosamente reconfigurada.
Su cabello estaba recogido en una trenza delicada, decorada con perlas que contrastaban con la rigidez de su expresión.
Renjiro, en la parte baja de la escalinata, la esperaba con una sonrisa que fingía ternura.
Renjiro (voz dulce): —Mi prometida parte a representar nuestro amor ante otras tierras.
Y sin darle tiempo a reaccionar, la tomó del mentón y le robó un beso.
Lili se tensó, congelada.
Sus labios atrapados por los de él, frente a toda la nobleza y el pueblo.
El gesto fue largo, controlado, medido… como todo lo que hacía el príncipe.
Al separarse, los vítores llenaron el aire.
—¡Vivan los futuros reyes!
—¡Qué pareja tan unida!
—¡Una reina de corazón puro y un príncipe apasionado!
Pero Lili sentía náuseas.
Mantuvo la sonrisa.
La aprendió desde niña.
A fingir.
A no llorar.
A no temblar.
Al bajar el último escalón, el destino le ofreció un pequeño respiro: un niño de apenas cinco años, entre la multitud, le extendía una flor hecha con papel y ramitas secas.
La guardia intentó apartarlo, pero Lili caminó directo hacia él.
Lili (suave): —¿Esto es para mí?
Niño (tímido): —Es…
es que usted parece un hada.
Ella rió con dulzura y, sin pensarlo, lo alzó entre sus brazos.
Su vestido se manchó de tierra.
Las nobles ahogaron jadeos.
Pero a ella no le importó.
Besó la frente del niño y lo abrazó con fuerza.
Por un instante, su corazón volvió a respirar.
Lili (pensando): “No quiero que me vean como un símbolo… quiero ser útil.
Una reina que escuche y proteja.
Pero aquí… solo soy una marioneta con corona.” Y como un susurro lejano, una voz resonó desde lo profundo de su memoria: — Voz del pasado – Estricto y cortante: —¡Una reina no se arrastra, no se mancha, no se conmueve!
—¡Levanta la barbilla, Lili!
—¡Esa lágrima es debilidad!
¡Vuelve a repetir el saludo real!
¡Desde el principio!
Un aula fría, una niña de ocho años con la espalda rígida, con un libro sobre la cabeza para mantener el porte.
Sus dedos sangraban por la pluma mal empuñada, pero no se le permitía descanso.
Su padre observaba desde la esquina, y la institutriz repetía la frase favorita de la Casa Saito: —La perfección no se hereda, se forja con fuego.
— El carruaje comenzó a avanzar.
Lili mantuvo la compostura, saludando con la mano.
A su lado, una dama nueva murmuró: Dama: —Milady, su vestido… Lili (serena): —Es solo tierra.
No me ensucia.
Me recuerda de dónde vine… y por quién quiero luchar, aunque no me dejen.
Desde el balcón, Renjiro la observaba alejarse, los dedos en los labios donde aún sentía su beso forzado.
Sonreía satisfecho.
Pero no sabía que estaba enviando al exilio a la única mujer que, sin buscarlo, ya comenzaba a escapar de su control.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com