Marea Alta - Capítulo 8
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8: Capítulo 8 – Cartas envenenadas 8: Capítulo 8 – Cartas envenenadas Seis meses habían pasado desde que la joven aristócrata partió en su “misión diplomática”.
La ciudad había seguido su curso, los bailes no se detuvieron, y en los pasillos del palacio las risas falsas y las intrigas eran el pan de cada día.
Nada parecía haber cambiado.
Excepto que Renjiro Valemont, el príncipe heredero, se estaba pudriendo desde adentro.
Las noches eran largas, llenas de cuerpos ajenos.
Mujeres que se ofrecían como ofrendas, algunas nobles, otras de origen incierto.
Todas diferentes, y sin embargo, todas exactamente igual de insuficientes.
Renjiro podía tenerlas, y las tenía, sin pestañear.
Pero en medio del éxtasis, en medio de las caricias… siempre pensaba en ella.
Lili.
Ese nombre ya no era solo una promesa de corona ni una estrategia dinástica.
Era una obsesión.
—Damas sin alma… cuerpos sin fuego —mascullaba tras cada encuentro vacío, girándose en la cama mientras la mujer de turno se dormía o partía.
Y sin embargo, cada semana le escribía una carta.
Poética, manipuladora, disfrazada de amor.
Describía sus días, sus pensamientos, sus sueños con ella.
Firmaba con dulzura.
Y las enviaba… como si su compromiso nunca se hubiese roto.
Lili las respondía.
Con su caligrafía perfecta, sin una sola palabra fuera de lugar, sin una emoción sincera.
“Su Alteza, agradezco su misiva.
Espero que el banquete en honor a la cosecha haya sido de su agrado.
Aquí los acuerdos fueron firmados con éxito.
En cuanto a sus sueños recurrentes conmigo, le recomiendo leer menos poesía antes de dormir.” “Agradezco su carta semanal.
Lamento no compartir el entusiasmo que muestra por nuestra futura unión.
Por favor, recuerde que aún representa a la corona y debe medir sus palabras.” Renjiro las guardaba todas.
Las releía.
Y por más que fueran frías, cortantes, incluso crueles, lo hacían feliz.
Era la única que se atrevía a escupirle verdades en forma de letras.
La única que aún tenía fuego.
Y aunque jamás lo admitiría, ni siquiera ante el espejo, esas cartas le ardían en el pecho más que cualquier orgasmo.
— Mientras tanto, en el país vecino, Lili se mantenía ocupada con reuniones, tratados y cenas diplomáticas.
Era cortesía pura ante reyes, princesas y cancilleres.
Pero por dentro, estaba más libre que nunca.
Por primera vez, caminaba sin que su padre la observara.
Dormía sin que una criada le corrigiera el peinado al despertar.
Se bañaba sola.
Elegía sus vestidos.
Reía con algunas damas extranjeras.
Descubría que el mundo era más grande que los muros de palacio.
Y sin embargo, las cartas llegaban.
Cada semana.
Puntuales.
Las leía con asco.
A veces con burla.
Otras con un dejo de tristeza.
Lili (pensando mientras quema una de las cartas): “Qué patético.
Qué triste.
Y pensar que… cuando era niña… soñaba con su sonrisa.” Una niña que se escondía en los jardines para verlo montar a caballo.
Que robaba pétalos para hacerle coronas.
Que se sonrojaba cuando él le hablaba, torpe y dulce.
Pero ese príncipe de los cuentos ya no existía.
Solo quedaba un hombre vacío, adicto al poder… y a ella.
Y aunque Lili había triunfado en su misión, y muchos la aclamaban como un prodigio diplomático, en su pecho el aplauso sonaba hueco.
Porque cada logro la acercaba a volver… al compromiso que más deseaba quebrar.
Hasta que un día, una carta no fue de Renjiro.
Fue del rey.
“Mi fiel hija política.
El reino agradece su valiosa labor.
Su compromiso con la paz y el nombre de nuestra familia será recordado por generaciones.
El deber la llama de regreso.
En dos meses, su retorno será celebrado con gran honor.
Prepararemos su bienvenida.” Lili apretó el papel con fuerza.
Sus nudillos se pusieron blancos.
Cerró los ojos.
Lili (voz quebrada, pero firme): —Dos meses… y regreso a la jaula.
Pero esta vez, se juró, no volvería como un ave dócil.
Las gaviotas chillaban sobre el puerto clandestino.
El olor a sal, sudor y pólvora flotaba en el aire como un juramento de guerra.
Los piratas del Tempestad Negra reparaban velas, afilaban espadas y bebían en exceso, como cada día tras una captura exitosa.
Pero esa mañana… todo cambió.
Joseph estaba en la cubierta, afilando su daga junto a la barandilla, cuando Alan, su segundo al mando, subió a paso rápido con una sonrisa podrida en los labios.
—Capitán… llegó una carta.
Del informante del norte.
Joseph apenas alzó la vista.
—¿Y?
—Un ave gorda se acerca, mi capitán —dijo el hombre con una risa rota—.
El Aurora Real, nave del imperio, volverá del extranjero dentro de dos lunas.
Cargada con tesoros, diplomáticos… y emblemas dorados.
Viene escoltada, sí, pero no como en tiempos de guerra.
Un festín.
Joseph dejó la daga en su bota y extendió la mano para leer.
Era verdad.
El emblema de la familia Saito ondearía al viento.
No sólo era un navío imperial.
Era uno con historia… y peso.
Una presa legendaria.
—Pasará por las rutas del este, bordeando los arrecifes de hierro —añadió Alan—.
Si viramos con la marea en diez días, podríamos alcanzarlo en altamar antes que llegue a la capital.
Joseph no dijo nada al principio.
Caminó hacia el borde del barco, observando el horizonte con el medallón colgando en su pecho.
Apretó los dedos sobre él… como si recordara algo.
O alguien.
—Ese barco… —murmuró con una voz baja— no es solo oro.
—¿Capitán?
—Nada.
—Se dio vuelta con la mirada fría, decidida—.
Prepara a la tripulación.
Cargamos todo.
Cañones, pólvora… y redes.
Si ese barco cae, caerá completo.
Alan sonrió como un perro que huele sangre.
—¿Y qué hacemos con los pasajeros?
Joseph no respondió.
Caminó hacia su camarote, donde el mapa del mar lo esperaba.
Pero en su mente no estaba el tesoro.
Muy lejos de allí, en el corazón del reino imperial… Renjiro Valemont dejó caer la copa de vino sobre su escritorio al leer la carta.
—¿Qué dijiste?
—preguntó, mirando a su consejero.
—Su prometida regresa, su alteza.
En dos meses.
El rey planea un festival en su honor.
El príncipe se quedó inmóvil.
Sus dedos se crisparon sobre el mueble.
Una chispa cruzó su rostro.
—¿Dos meses…?
—susurró—.
Dos meses y por fin… estará aquí.
En carne y hueso.
No dijo nada más.
Solo sonrió.
Pero sus ojos… Tenían hambre.
Y no era de amor.
Era de posesión.
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