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MARSHMELLO - Capítulo 1

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Capítulo 1: Capitulo 1

© WebNovel

10 de Enero del 2011 – 8:40 a. M.

Nueva York, Manhattan. Un viento frío recorría las calles entre los rascacielos altos y plateados, mientras la ciudad vibraba con el típico ritmo que solo Nueva York podía tener: taxis tocando bocinas, sirenas lejanas, conversaciones rápidas en cada esquina y el murmullo constante del metro bajo tierra. En lo alto de un edificio de ladrillos oscuros, casi escondido entre estructuras más modernas, se encontraba un estudio musical antiguo pero funcional, rodeado de otras oficinas creativas que compartían el mismo piso.

El estudio, llamado SoundBridge Studio, era un espacio rectangular de paredes cubiertas con paneles acústicos de color gris gráfico. Los cables cruzaban el suelo como serpientes negras y gruesas; algunos estaban enrollados de forma ordenada, otros parecían liberados al azar después de una larga noche de trabajo. En una esquina había una pequeña mesa con vasos vacíos de café y botellas de agua a medio terminar. El olor a madera de los instrumentos, mezclado con el aroma del café viejo, impregnaba el lugar.

Dentro del salón principal, iluminado por grandes focos colgantes que dejaban sombras marcadas sobre el suelo, se encontraban tres jóvenes ensayando desde temprano. Llevaban cerca de una hora repitiendo la misma canción, “Awake and Alive” de Skillet, cada uno con una energía diferente, pero intentando mantener la coordinación.

En la zona del fondo, detrás de una batería plateada ligeramente desgastada, estaba Reo Salvatore, un joven de piel ligeramente bronceada y cabello negro algo crespo que caía desordenado sobre su frente. Sus ojos marrones, cargados de cansancio, estaban enfocados en cada golpe que daba. Vestía jeans gastados, zapatillas negras de lona y una polera gris sencilla. Cada golpe que daba sobre los toms y platos resonaba con fuerza controlada, como si calculara exactamente cuánta intensidad usar en cada momento. Era evidente que sabía tocar bien, quizás no como un profesional, pero sí como alguien con disciplina y oído musical.

En el centro del salón estaba Morris Blake, el vocalista autoproclamado líder del grupo. Tenía unos 19 años y un aura de superioridad que quedaba marcada en su postura: espalda recta, pecho ligeramente inflado y cejas fruncidas como si el mundo entero estuviera por debajo de sus expectativas. Su cabello rubio, peinado hacia arriba en un estilo descuidado, oscilaba cada vez que se movía. Sus ojos negros analizaban una hoja con letras sueltas, pero rara vez seguía las anotaciones. Vestía pantalones ajustados oscuros, una camisa blanca arremangada y una chaqueta ligera negra que se movía con él al compás de sus exagerados movimientos. Cantaba con fuerza, pero al intentar impresionar, se salía del ritmo original, alargando notas sin sentido o subiendo el volumen donde no correspondía.

A un lado, cerca del amplificador principal, estaba Neytan Quandt, un joven de apenas 12 años, aunque nadie lo hubiera creído si no lo conociera personalmente. Su cabello negro liso caía suavemente hasta rozar sus cejas, y sus ojos azul claro, llenos de una profundidad preocupante para alguien tan joven, analizaban cada sonido, cada cambio en las voces y cada movimiento de sus compañeros. Su piel blanca contrastaba con el color oscuro de su guitarra eléctrica, una Fender negra que parecía demasiado grande para él. Sin embargo, la sostenía con una naturalidad impresionante, como si hubiera nacido con ella.

Neytan era quien mantenía la estabilidad. Entraba en los momentos exactos, corregía desviaciones del vocalista sin siquiera mencionarlo y ajustaba sus notas cada vez que el ritmo se salía del control. Era evidente para cualquiera que él tenía un oído privilegiado y una capacidad musical que no se veía normalmente a su edad.

La canción avanzaba entre repeticiones, transiciones mal ejecutadas por Morris y constantes ajustes de Reo y Neytan para intentar compensar. Tras unos minutos más de música, sudor y tensión acumulada, la última nota resonó por la sala y el sonido se apagó de golpe. El silencio que siguió fue pesado, casi incómodo.

Morris respiró hondo y miró a los otros dos con una expresión de evidente molestia. Sus ojos se clavaron en ellos como si buscaran un culpable para su frustración.

¿Qué fue eso?, preguntó con una voz cargada de superioridad. Qué demonios están haciendo. Se supone que deben seguir mi ritmo, no hacer el suyo propio. Soy el vocalista. La canción debo hacerla mía, no ustedes.

Reo dejó caer las baquetas sobre su regazo con un golpe seco y lo miró irritado. Sus manos temblaban ligeramente, no de miedo, sino de rabia contenida.

¿De qué hablas?, respondió apretando la mandíbula. Estamos siguiendo tu ritmo, sí, pero un ritmo completamente fuera de la canción. Si no fuera por Neytan, habrías arruinado todas las notas altas. Él tuvo que ajustar la guitarra para que no desafinaras, y yo tuve que adaptar mi batería para evitar que perdieras el compás. Sin él, yo ni siquiera podría seguirte.

Neytan levantó la vista lentamente. Aunque era más joven, su voz sonó increíblemente serena y firme.

Es verdad, Morris. Exageras en partes donde no deberías. Y no das la fuerza necesaria en los momentos importantes. No estás siguiendo la canción; estás intentando imponer algo que no encaja.

Morris soltó una carcajada seca, tensa, como si se burlara por nerviosismo más que por convicción.

Esta es mi banda. Yo decido cómo se hace la canción. Ustedes solo deben seguirme. Soy el líder.

Reo se levantó de la silla tan rápido que la base metálica chirrió contra el piso. Dio un paso hacia Morris y lo miró desafiante.

Nuestra banda, Morris. Nuestra. Sin nosotros, solo eres otro cantante cualquiera que no tiene con quién tocar. Y créeme, hay muchos mejores que tú allá afuera.

Neytan sostuvo su guitarra, pero no intervino físicamente.

Reo tiene razón, dijo con voz calmada pero directa. Esta es nuestra banda. Tú cantas, sí, pero eso no te da derechos sobre nosotros.

El rostro de Morris se puso rojo de furia. Sus manos temblaban y su respiración se volvió irregular.

Ya basta. Lárguense. No los necesito. Puedo encontrar a otros mejores. Esto se acabó para ustedes.

Reo sintió cómo algo explotaba dentro de él. En un arranque de rabia, lo agarró del polo y le dio un golpe directo en la cara. Morris respondió golpeándolo también y ambos cayeron al suelo, forcejeando y lanzándose puñetazos mientras rodaban sobre cables y pedales.

Neytan no hizo ningún movimiento para separarlos. Se limitó a desconectar su guitarra del amplificador, guardarla en su estuche y cerrar las correas con calma casi perturbadora. Parecía que ya había previsto este desenlace hacía mucho tiempo. Caminó hacia la puerta, tomó su abrigo, se lo puso y salió sin mirar atrás, mientras la pelea continuaba dentro del estudio.

El pasillo estaba casi vacío, apenas iluminado por luces fluorescentes. Presionó el botón del ascensor y esperó. Aun desde allí podía oír los golpes y gritos amortiguados dentro del estudio. El ascensor llegó finalmente con un sonido metálico, las puertas se abrieron y Neytan entró, presionó el botón del primer piso y apoyó su espalda contra la pared metálica. El ascensor comenzó a descender lentamente, como si incluso la máquina estuviera cansada de ser testigo de tantas discusiones entre músicos frustrados.

Cuando llegó al primer piso, las puertas se abrieron y el ruido de la ciudad entró con fuerza: autos, taxis, conversaciones, el murmullo típico de Manhattan. El aire frío lo golpeó, pero le resultó refrescante después del ambiente tenso del estudio.

Caminó sin rumbo fijo durante unos minutos. Sus pasos lo llevaron por dos calles hasta llegar a un Starbucks. Entró, dejando que el olor a café recién molido y pan caliente lo envolviera. Había varias personas en fila: oficinistas con prisa, estudiantes revisando apuntes, turistas mirando el menú como si fuera un mapa antiguo.

Pidió un capuchino grande y un muffin de arándanos. Luego se dirigió a una mesa en la parte más alejada del local, donde la luz amarilla era más tenue y la música tranquila del ambiente apenas se escuchaba.

Mientras esperaba, miró por la ventana la calle llena de movimiento. Y murmuró en voz baja, casi para sí mismo:

No tiene sentido. En el momento que canta, se deja llevar por su ego. No sigue el ritmo. Hace cambios absurdos. Y ni siquiera canta tan bien como dice. Solo es otro cantante creído sin talento real.

En ese instante, el barista lo llamó y le entregó su café y su muffin. Neytan regresó a su mesa, tomó un sorbo del capuchino y, al sentir el calor recorrerle la garganta, se relajó ligeramente. Luego metió una mano al bolsillo y sacó una tarjeta negra con letras plateadas. En el reverso había un número telefónico. Lo miró unos segundos. Era la tarjeta que le había dado aquel hombre que lo escuchó tocar hace unos días en una presentación pequeña en Brooklyn.

Respiró hondo. Y marcó.

La llamada fue respondida casi de inmediato. Una voz masculina sonó al otro lado.

¿Quién habla?

Soy yo, respondió Neytan con calma. El chico con talento para la guitarra. Nos vimos hace unos días en una presentación.

Ah, claro. El niño prodigio. El de 12 años con habilidad impresionante, respondió la voz, con cierto tono de interés.

Neytan apretó suavemente la tarjeta entre sus dedos.

¿Aún está disponible lo que me ofreciste?

Sí, claro, respondió el hombre. Solo tienes que venir y demostrar tu talento ante mi jefe. Pero te advierto: yo te vi tocar, no cantar ni componer.

Dame la oportunidad, dijo Neytan con firmeza. Dime la dirección de la disquera. Y llama a tu jefe. Quiero que esté allí cuando llegue.

Hubo un breve silencio al otro lado, seguido de un suspiro.

Está bien. Una sola oportunidad. Si no lo convences, se acabó. La dirección es SilverLine Records, 147 West 24th Street, Manhattan, New York. Estará allí en una hora. No tardes.

La llamada terminó.

Neytan guardó el teléfono, respiró hondo y tomó otro sorbo de su café mientras pensaba en lo que estaba por hacer. Sabía que no era común que un niño de 12 años buscara una oportunidad profesional así, pero también sabía que su talento no era común. Era ahora o nunca.

Y así, con su estuche de guitarra colgado al hombro y la determinación brillando en sus ojos azul claro, se levantó de la mesa y se dirigió hacia la puerta. Afuera, el viento helado lo recibió de nuevo, pero esta vez no le importó. Sus pasos eran firmes, constantes, como si avanzara hacia un destino que ya estaba escrito para él.

Mientras caminaba hacia SilverLine Records, las calles parecían abrirse ante él como si la ciudad misma reconociera el cambio que estaba a punto de sufrir. Cada semáforo, cada señal de tránsito, cada rostro desconocido se mezclaba con sus pensamientos. La pelea en el estudio ya no tenía importancia. La banda ya no tenía importancia. Morris, con su ego y su falta de humildad, ya no formaba parte de su camino.

Neytan Quandt corría por las calles de Manhattan con su guitarra colgada al hombro. El viento frío azotaba su rostro mientras el rugido de los autos, taxis y autobuses resonaba por las avenidas llenas de gente apresurada. Cada bocina, cada neumático girando sobre el pavimento húmedo, cada sirena que se escuchaba a lo lejos, parecía sincronizarse con el acelerado pulso de su corazón. Su chaqueta ligera se movía con cada zancada y el estuche de la guitarra, aunque pesado, no disminuía su determinación.

Mientras avanzaba, Neytan sacó su celular del bolsillo y revisó la hora y la ubicación. Su respiración agitada se mezclaba con el ruido de la ciudad. Sabía que si no llegaba a tiempo, perdería la oportunidad que podía cambiar su vida. Sin pensarlo demasiado, marcó un número conocido.

Neytan, deberías estar en la escuela dijo la voz de su tío, Andrés Quandt, con un tono de advertencia mezclado con sorpresa.

No importa ahora respondió Neytan entre jadeos. Ven a recogerme. Estoy en la esquina de 5th Avenue con la calle 23… necesito que me lleves a 147 West 24th Street, Manhattan, New York. Es urgente.

Andrés guardó silencio unos segundos, escuchando los autos pasar y el ruido de la ciudad que llegaba del teléfono. Miró la hora en su reloj: eran las 9:25 a.m. finalmente suspiró.

Voy. Pero tendrás que explicarme todo dijo Andrés, con tono firme pero preocupado.

Diez minutos después, un auto negro detuvo su motor junto a la acera. Neytan corrió hacia él, evitando a los peatones y sorteando charcos de la acera. Andrés, un hombre de 33 años de piel blanca, cabello negro perfectamente peinado y ojos marrones que reflejaban preocupación, bajó la ventanilla y lo miró.

¿Qué está pasando, Neytan? preguntó mientras abría la puerta del copiloto.

Necesito demostrar mi valor dijo Neytan rápidamente mientras colocaba el estuche de la guitarra en el asiento trasero Llamé a un reclutador que me ofreció grabar como compositor, pero yo quiero ser una estrella. Tengo que llegar en 47 minutos. ¡Vamos, tío!

Andrés suspiró, encendió el auto y comenzó a conducir por las calles congestionadas de Manhattan. Entre el tráfico y las bocinas, esquivando taxis y peatones, Andrés manejó tan rápido como pudo sin infringir las normas. Neytan observaba los semáforos cambiar, contaba las calles y ajustaba su respiración mientras sentía cómo la adrenalina recorría cada centímetro de su cuerpo.

Al llegar al edificio de SilverLine Records, el tiempo en el reloj marcaba 10:03 a.m., logrando vencer la expectativa de la hora límite. Aparcaron cerca de la entrada principal, donde la fachada de vidrio reflejaba la luz del invierno de Nueva York y dejaba entrever a través de las ventanas a ejecutivos que caminaban con prisa. Al ingresar, un guardia de seguridad los saludó con una mirada rápida y discreta.

El reclutador que Neytan había contactado estaba esperándolo: Evan Whitaker, un hombre de 30 años, con camisa blanca y pantalones formales, cabello castaño claro y expresión neutra. A su lado estaba Adrian Keller, dueño de la disquera, un hombre de unos 40 años, traje negro impecable, con un porte autoritario y mirada calculadora.

Bien, niño, llegaste. Ahora demuestra lo que puedes hacer dijo Evan con un gesto que indicaba “sígueme”. Los guió hacia un ascensor de acero inoxidable y presionó el botón para el piso 20. La cabina subió lentamente, con el leve zumbido del motor y la vibración de los rieles resonando por el piso metálico.

Mientras ascendían, Evan preguntó con curiosidad:

Entonces, ¿vas a tocar, cantar o componer? No está claro.

Neytan respiró hondo y respondió:

Todo. Puedo hacer las tres cosas. Solo necesito acceso a las pistas descartadas para mostrar lo que puedo crear con ellas.

Adrian frunció levemente el ceño, pero no dijo nada. Observaba en silencio, evaluando al niño con mirada de águila.

Al salir del ascensor, los recibió Victor Moreno, director de sonido del estudio número 17. Era un hombre de unos 35 años, con barba de unos días y camiseta oscura. Los condujo al estudio, donde una gran consola mezcladora dominaba la sala, rodeada de pantallas y racks con equipo de sonido de última generación. Las paredes estaban cubiertas con paneles acústicos, cables colgaban en racimos y los monitores proyectaban ondas de audio en tiempo real.

¿Qué quieres hacer primero? preguntó Victor mientras se acercaba a Neytan, mostrando curiosidad.

Acceso a todas las pistas descartadas respondió Neytan con seguridad.

Victor levantó una ceja, como si evaluara la osadía del niño, y comenzó a mostrarle las pistas que los productores habían considerado inútiles. Evan y Adrian observaron desde la puerta, en silencio. La sala estaba llena de tensión, con un murmullo de máquinas y monitores que zumbaban, el sonido distante de la calle filtrándose desde la ventana.

Neytan se sentó frente a la consola y comenzó a revisar cada pista. Movía fragmentos, cortaba secciones, agregaba acordes y armonías que nadie había considerado antes. Corría la pista, la detenía, ajustaba una nota, agregaba un complemento, reiniciaba todo el tema. Lo hacía una y otra vez, concentrado, revisando cada nota unas cuatro veces, asegurándose de que cada sonido encajara perfectamente. Sus ojos azul claro brillaban de intensidad mientras sus manos se movían con precisión sobre la consola y la guitarra al mismo tiempo.

Normalmente esas pistas se descartan y permanecen allí hasta que alguien decide eliminarlas o usarlas rara vez comentó Victor, intrigado por la velocidad y seguridad de Neytan. Lo raro es que funcionen para una canción completa.

Normal respondió Neytan mientras cortaba y unía otra sección. Lo que ustedes ven como pistas sin valor, yo veo melodías que no encontraron a la persona indicada para trabajarlas. Con estas pistas, puedo crear algo completo en mucho menos tiempo del que normalmente se tarda.

Evan asintió lentamente, considerando las palabras del niño, mientras Adrian permanecía con los brazos cruzados, evaluando cada movimiento con mirada crítica.

Después de diez ciclos de revisión, cortes y ajustes, la pista estuvo finalmente lista. Neytan se levantó, tomó un pequeño respiro y dijo:

Voy a grabar.

Victor lo observó mientras caminaba hacia la cabina de grabación. Sabía que normalmente tomaría entre dos y cuatro días experimentar y montar una pista nueva desde cero, pero este niño lo había hecho en apenas cuarenta minutos, transformando pistas descartadas en algo completamente nuevo. Las luces de los medidores subían y bajaban mientras Neytan entraba en la cabina, el microfono frente a él, auriculares bien ajustados, y la guitarra colgada lista para armonizar cualquier nota que necesitara.

Cuando comenzó la pista, Neytan esperó el momento exacto, cerró los ojos un instante y cantó “Fade Into Darkness”, improvisando con precisión, entonación perfecta y ritmo impecable, sin una sola hoja escrita delante. Su voz llenaba la cabina, reverberando en las paredes, mientras cada nota se acoplaba perfectamente con la base que él mismo había reestructurado. Cada acorde de guitarra, cada beat de la pista creada desde lo que otros consideraban basura musical, encajaba de forma impecable.

Al finalizar, un silencio absoluto cayó sobre la sala de control. Evan, Adrian y Victor lo miraban sin pestañear, como si hubieran descubierto un diamante bruto.

Victor rompió el silencio:

Fírmenlo. Ahora. Este niño es un monstruo del talento.

Adrian asintió sin dudar Estás dentro. ¿Cómo quieres llamarte artísticamente?

Neytan levantó la mirada, con determinación absoluta Quiero ser llamado Marshmello. Ese será mi nombre desde ahora.

Evan sonrió, satisfecho:

Bien, Marshmello. ¿Y cómo se llama la canción que creaste?

Fade Into Darkness respondió Neytan.

Victor ya estaba ajustando la remasterización de la pista mientras Adrian colocaba un contrato sobre la mesa de su oficina, ubicada en el piso 38 del edificio. La oficina era amplia, con paredes de cristal que dejaban ver la ciudad a sus pies, escritorio de madera maciza, sillas de cuero y varios diplomas enmarcados. La luz del sol de invierno entraba con fuerza, reflejando la imponencia del lugar.

Neytan leyó cuidadosamente el contrato y luego se lo pasó a su tío Andrés. El documento ofrecía un 80% de las ganancias para Neytan y un 20% para la disquera, cubriendo derechos de autor y regalías. Andrés, con mirada protectora, revisó todo, asintió y firmó como apoderado.

Adrian extendió la mano y dijo Bienvenido a SilverLine Records, Marshmello.

Al salir de la oficina de Adrian, el aire del pasillo parecía más denso, más cargado de una energía nueva que vibraba alrededor de todos. Era como si cada paso que daban anunciara el inicio de algo grande. El sonido suave de sus zapatos sobre la alfombra se mezclaba con el eco lejano de conversaciones, teléfonos sonando y puertas abriéndose dentro de SilverLine Records.

Neytan caminaba al lado de su tío Andrés, sintiendo en su pecho una mezcla de adrenalina y nerviosismo. Acababan de confirmarle un destino totalmente inesperado: desde ese momento, él era Marshmello. Oficialmente. Sin vuelta atrás.

El ascensor descendió con un zumbido constante hasta el piso quince, donde se ubicaban las áreas de imagen pública, marketing y fotografía de la compañía. En cuanto las puertas de acero se abrieron, el trio fue recibido por una escena caótica y vibrante. Asistentes iban y venían a toda prisa, cargando cajas llenas de ropa, trípodes, maletines con lentes de cámara, paneles de luces portátiles y carpetas repletas de ideas creativas.

Las paredes estaban decoradas con fotografías enormes de artistas: raperos con cadenas brillantes, cantantes pop con vestuarios futuristas, bandas de rock posando en escenarios urbanos y DJ’s rodeados de luces estroboscópicas. Todo respiraba arte, energía y expectativa.

Evan, caminando seguro al frente, giró ligeramente la cabeza para hablar.

Evan comentó que ahí prepararían la primera sesión oficial de fotos de Neytan. Su voz no sonaba como antes; había un toque de solemnidad, casi de respeto, como si hablara con alguien destinado a algo grande. Explicó que la gente tenía que reconocerlo, incluso si su rostro permanecía oculto, porque la imagen era tan importante como la música.

Avanzaron hasta una amplia sala iluminada por luces blancas que colgaban del techo. En el centro había un enorme vestidor circular lleno de prendas. Era imposible no quedarse mirando. Chaquetas negras con cierres metálicos, abrigos largos, sudaderas modernas, pantalones de estilo urbano, mascarillas negras, capuchas con diseño, guantes, accesorios en tonos plateados y cascos de diferentes formas. Todo parecía sacado de una mezcla entre moda futurista y cultura electrónica underground.

Neytan se acercó lentamente al vestidor. Pasó la mano por las telas, deslizando los dedos sobre cueros suaves, telas aislantes, materiales térmicos y algodón de excelente calidad. Su respiración se volvió más lenta, más profunda. Entre todo aquel mar de colores oscuros, algo le llamó la atención.

Era una chamarra blanca.

Completamente blanca. Con capucha amplia y un corte limpio, sin estampados, sin bordados, sin líneas innecesarias. Solo blanco puro. La tomó entre sus manos con extremo cuidado, casi con reverencia. La textura era suave, fresca, casi como una segunda piel.

A su lado, sobre una mesa baja, había un casco blanco. Redondeado. Simple. Liso. Como un malvavisco gigante sin detalles. Neytan lo observó desde diferentes ángulos, y una idea comenzó a tomar forma dentro de su mente. Una chispa se encendió en su imaginación, una chispa que se transformó en visión.

Pidió a uno de los asistentes un papel y un marcador negro.

Sin pensarlo dos veces, dibujó dos equis en forma de ojos y una sonrisa alargada, amigable, peculiar. Era tan simple… pero tan diferente… tan reconocible.

El asistente, sorprendido por la seguridad con la que Neytan dibujó el diseño, lo observó con los ojos muy abiertos. Se notaba que no esperaba una propuesta tan clara y tan exacta.

Respondió rápidamente que lo llevaría al taller interno para agregar ese diseño tanto al casco como a la parte posterior de la chamarra. Se giró y corrió hacia la zona de producción, protegiendo el papel como si fuera un tesoro recién descubierto.

Neytan continuó eligiendo su conjunto. Escogió pantalones blancos deportivos, sin logotipos ni franjas. Su idea era mantener una estética minimalista, limpia, casi celestial. También seleccionó tenis completamente blancos, de suela gruesa, cómodos y silenciosos al caminar. Cada prenda parecía formar parte de un todo.

Cuando entró al camerino, su corazón latía rápido. Cerró la puerta y se quedó unos segundos mirando el conjunto sobre un banco. Luego comenzó a cambiarse lentamente, con cuidado, como si cada pieza de ropa marcara una transición entre su vida anterior y la nueva.

Cuando terminó, se miró al espejo. La capucha blanca cubría su cabello. Las mangas caían perfectamente, y el pantalón encajaba a la perfección. Sin el casco aún, ya parecía alguien más. Cuando, unos minutos después, le entregaron el casco ya modificado con el diseño que él mismo creó, sintió un pequeño estremecimiento. Se lo colocó con suavidad.

De inmediato, algo cambió.

Ya no parecía un niño de doce años.

Parecía un símbolo.

Cuando salió del camerino, todos lo observaron por unos segundos. El silencio duró apenas dos respiraciones, pero fue intenso. Andrés, su tío, tragó saliva con orgullo. Evan se cruzó de brazos y soltó un suspiro satisfecho.

Evan añadió, con una sonrisa genuina, que Marshmello acababa de nacer.

En ese momento se acercó el fotógrafo asignado para la sesión. Era un hombre de unos veintiocho años, alto, de tez clara, barba corta perfectamente recortada y ojos verdes. Caminó con paso firme hacia Neytan y extendió la mano para presentarse como Mark Lanson, el fotógrafo encargado.

Neytan estrechó su mano con calma y respondió que era un gusto conocerlo.

Mark no perdió tiempo. Comenzó a ajustar las cámaras, cambiar lentes, acomodar luces y preparar tres escenarios distintos. Uno era completamente blanco, otro completamente negro, y el tercero incluía luces azules y violetas que simulaban un ambiente de neón urbano. También colocó una mesa de DJ con una mezcladora para algunas tomas temáticas.

La sesión comenzó de inmediato. Mark movía las manos mientras daba instrucciones directas, rápidas y precisas.

Mark pedía que girara ligeramente el cuerpo, que levantara un poco la capucha, que mirara hacia la izquierda o inclinara levemente la cabeza. También le pidió que se sentara en una silla metálica mientras lo enfocaba desde ángulos bajos para hacerlo parecer misterioso y dominante.

Las luces blancas iluminaban el casco, destacando las equis negras en los ojos y la sonrisa curva. Las sombras creaban un contraste perfecto en las tomas más oscuras.

El tiempo pasó rápido. Casi una hora de poses intensas, movimientos controlados y flashes constantes. Mark terminó sudando, pero sonriendo como si acabara de capturar algo único.

El comentario del fotógrafo quedó flotando en el aire como un eco agradable. Mark Lanson revisaba las fotografías todavía sobresaltado, pasando las imágenes en una gran pantalla frente a todos. Su expresión de sorpresa era auténtica; cada foto capturaba a Neytan, ahora como Marshmello, con un misterio magnético que resultaba imposible de ignorar. Era un talento natural frente a la cámara, y ni siquiera él lo entendía del todo.

Cuando terminaron en el piso quince, todos regresaron al ascensor. Las puertas se cerraron con un suave movimiento y comenzaron a subir lentamente hacia el piso veinte. El ambiente dentro del ascensor era distinto. Ya no había nervios… ahora había expectativa. Un tipo de anticipación que solo aparece cuando algo está a punto de estallar.

Al llegar al piso veinte, caminaron por un pasillo insonorizado decorado con luces frías hasta llegar al estudio diecisiete. Allí los esperaba Victor, sentado en una enorme consola de mezcla llena de botones, luces LED y pantallas que mostraban ondas sonoras en movimiento.

Victor los recibió con una sonrisa relajada. Explicó que la remasterización estaba lista y también las cuentas oficiales de Marshmello en todas las redes sociales: YouTube, Instagram, Facebook y Twitter, todas con el logo que Neytan había diseñado en la chamarra.

Neytan se acercó a la pantalla central. Vio su canal de YouTube, totalmente vacío. Cero suscriptores. Cero reproducciones. Cero de todo. Pero a él no le importó. Lo único que sintió fue una emoción ligera en el pecho, como si por fin hubiera hundido los pies en la línea de salida.

El primer video estaba listo para publicarse. Una pantalla negra con su logo blanco. Simple. Misterioso. Efectivo.

Respiró profundo. Presionó el botón de subir. La barra avanzó lentamente, casi provocadora. Cuando llegó al cien por ciento, sintió un hormigueo recorrerle la espalda.

Victor lo felicitó mientras Evan le pidió que también lo subiera a la página de SilverLine Records. Neytan lo hizo sin tardar.

Adrian preguntó si las redes sociales estaban en la descripción del video. Antes de que Neytan hablara, Victor lo confirmó. Allí estaban Instagram, Facebook, Twitter y la página web de SilverLine.

Evan levantó su teléfono para mostrarles algo. Mientras Neytan estaba en la sesión de fotos, él había anunciado en las redes oficiales de la disquera que habían firmado a una nueva estrella. Al parecer, ya había comentarios preguntando quién era el misterioso artista.

Mientras tanto, Adrian aseguró que subiría la canción a todas las plataformas digitales: iTunes Store, Amazon MP3, Beatport, Google Music y Spotify. Explicó que no quería dejar ningún detalle pendiente.

Evan añadió que ya había publicado el tema en el Facebook oficial de la compañía y que contactaría a las cadenas radiales para hacer sonar esa música lo antes posible.

Andrés observaba todo sin emitir palabra, pero sus ojos brillaban. Ver a su sobrino tomar decisiones, mantener la calma y avanzar con firmeza lo llenaba de orgullo.

Victor tomó asiento nuevamente frente a la consola y explicó que, si Neytan tenía nuevos temas, podían grabar cuando quisiera.

Andrés lo miró directo a los ojos. Le dijo que si tenía algo nuevo en mente, debía hacerlo sin miedo.

Hubo un segundo de silencio.

Neytan alzó la cabeza. Comentó que quería trabajar una pista nueva, completamente instrumental. Contó que mientras creaba “Fade into Darkness” se le había ocurrido otra base usando pistas que nadie utilizaba y que había imaginado una melodía llamada Celebrate.

El equipo se miró con interés. Evan cruzó los brazos comentando que algo pegajoso, con melodías limpias, con buenos build-ups y drops sería perfecto.

Neytan agregó que necesitaba ayuda de los músicos del estudio, especialmente para crear juegos de notas y variaciones.

Adrian reaccionó al instante. Ordenó a Victor que llamara al equipo musical. Victor tomó su teléfono sin dudar.

Pasaron dieciséis minutos exactos. Durante ese tiempo el estudio estuvo en calma, como si todos esperaran algo grande.

Finalmente las puertas se abrieron y entró el equipo completo.

Había seis músicos y dos productores.

El pianista principal era un hombre alto de piel oscura llamado Daniel Foster, conocido por su habilidad para improvisar melodías complejas.

A su lado estaba la tecladista electrónica, Sofia Renner, experta en sintetizadores análogos.

Luego entró el percusionista digital, Lucas Fairchild, capaz de manejar cajas de ritmo como si fueran parte de su cuerpo.

También estaba el bajista de líneas electrónicas, Mateo Ríos, un hispanohablante responsable de algunas de las mejores líneas de bajo de la compañía.

La violinista experimental, Hana Ishikawa, completaba la sección melódica.

Por último entraron los dos productores auxiliares: James Morton y Eric Hale.

Cuando vieron a Neytan, algunos no pudieron evitar murmurar. Algunos comentaron sorprendidos que ese era el niño del que todos estaban hablando. Otro añadió que había escuchado que improvisó una canción entera en el estudio una hora antes.

Adrian los hizo callar con una sola mirada.

Todos guardaron silencio.

Victor indicó que Neytan explicaría su idea y todos se giraron hacia él.

Neytan respiró hondo. Cerró los ojos. Comenzó a tararear la melodía. Una línea suave al inicio, luego un ascenso progresivo, después una caída brusca seguida de un drop enérgico.

Cuando abrió los ojos, el equipo entero lo miraba con interés genuino. Daniel Foster fue el primero en hablar. Comentó que podía convertir ese tarareo en acordes reales usando una combinación entre piano suave y teclas de ambiente.

Sofia intervino diciendo que ella podía reforzar los build-ups usando sintetizadores de onda triangular.

Lucas comentó que podía hacer el drop más potente usando cajas electrónicas combinadas con percusión sólida.

Mateo sugirió una variación de bajo para acompañar el ritmo.

Hana ofreció un corto puente con violín que agregaría un toque único.

James Morton dijo que la estructura general sería perfecta si añadían un pequeño silencio antes del segundo drop.

Eric añadió que podían incorporar un eco suave para ampliar el espacio sonoro.

Neytan escuchó todo. Con atención. Sin interrumpir. Nunca parecía confundido; más bien analizaba cada idea como si jugara ajedrez.

Luego habló. Aceptó las sugerencias. Ajustó otras. Pidió un cambio después del primer drop. Añadió su propio toque en la melodía base.

El equipo empezó a trabajar.

Todo se volvió caótico, vivo.

Daniel tomó asiento frente al piano digital. Probó una progresión. Se equivocó en la tercera nota. Probó otra. No le gustó. Cambió el tempo. Frunció el ceño. Repitió. Dio un golpe suave al teclado. Hasta que dio con la secuencia correcta.

Sofia experimentó tres tipos de sintetizadores distintos. Algunos sonaban demasiado metálicos. Otros demasiado suaves. Ajustó el filtro, la resonancia, el pitch. Encontró la combinación perfecta.

Lucas grabó más de quince variaciones de percusión. Muchas no funcionaban. Algunas eran demasiado rápidas. Otras demasiado planas. Finalmente encontró un patrón exacto que encajaba como una pieza de rompecabezas.

Mateo ajustó las líneas de bajo. Error tras error. Ajuste tras ajuste. Veinte minutos solo trabajando en una transición.

Hana intentó crear un puente con violín. El primero sonaba demasiado clásico. El segundo demasiado suave. En el tercero encontró algo perfecto.

Todo esto ocurrió mientras James y Eric revisaban cada pista, ordenaban, cortaban, pulían y recombinaban sonidos en la consola.

Neytan revisaba cada detalle. Nada quedaba al azar. Cada sonido debía tener un propósito.

Poco a poco, la pista tomó forma. Dos horas enteras de trabajo continuo. Sudor. Enfoque. Precisión.

Eran la una de la tarde cuando la base estuvo lista. Pero Neytan pidió veinte minutos más para revisar todo nuevamente. Escuchó cada parte. Desde el inicio, el build-up, el drop, el puente, el segundo drop. Nada escapó de su oído.

Finalmente levantó la cabeza.

Anunció que estaba lista y pidió que la escucharan.

Victor reprodujo la pista.

El estudio entero se llenó de un ritmo limpio, fuerte, vibrante. Piano suave al inicio. Subidas intensas. Drops potentes. Sintetizadores brillantes. Bajo profundo. Un puente suave con violín que flotaba. Y un final que dejaba la piel erizada.

Cuando terminó, hubo un silencio breve.

Solo un par de segundos.

Luego sonrisas.

Casi todos hablaron a la vez.

Victor declaró que la pista estaba completamente lista.

El reloj marcaba exactamente las 2:45 p. m. en los estudios principales de SilverLine Records. El ambiente estaba impregnado de una mezcla de concentración y nerviosismo profesional: el suave zumbido de las máquinas, el tenue olor a cables calientes y un silencio expectante que solo se rompía con los clics de las consolas. Después de haber terminado Celebrate, todos estaban a la expectativa de lo que Neytan haría a continuación.

Neytan, con los auriculares aún alrededor del cuello, permaneció quieto unos segundos frente a la consola. Miraba al vacío, como si su mente estuviera calculando algo que nadie más podía escuchar. Su pie marcaba un ritmo leve contra el piso, una señal de que una idea estaba naciendo. Victor y Evan, desde el fondo del estudio, se miraron sin decir nada: reconocían esa expresión. Neytan había entrado en modo creativo total.

Finalmente, él levantó la cabeza y habló con una voz seria pero entusiasmada:

Tengo otra idea. Escuchando Celebrate se me ocurrió un nuevo tema… algo más fuerte, más directo… más poder. Necesito la cabina.

Los músicos se pusieron de pie casi de inmediato. Sabían que cuando Neytan decía eso, era porque lo que venía sería intenso. Entraron junto a él en la cabina principal, donde la luz suave se reflejaba en las múltiples pantallas y en la enorme consola central.

Neytan se acercó al piano digital y se colocó frente al pianista principal, Daniel Foster, un hombre alto de piel oscura con manos prodigiosas para improvisar melodías complejas.

Haz esto dijo Neytan, y presionó unas notas rápidas, cortas, con un patrón rítmico agresivo pero preciso. Era como una especie de pulso electrónico transformado en notas.

Daniel lo imitó con exactitud, agregando apenas un toque personal que enriquecía la armonía. Neytan asintió satisfecho.

A su lado, la tecladista electrónica Sofia Renner, experta en sintetizadores análogos, comenzó a ajustar perillas, buscando un tono que envolviera la línea principal con un aire futurista. Ella se inspiró en las indicaciones de Neytan sin que él tuviera que explicarlo: conocía ya su estilo y sabía que intentaba construir una energía ascendente.

El percusionista digital Lucas Fairchild encendió su pad de percusión, dejando que las luces de los sensores iluminaran sus manos mientras creaba un patrón rítmico metálico y contundente, como si cada golpe empujara la canción hacia adelante. Neytan le pidió que siguiera “el pulso del aire”, una frase que solo Lucas entendía en su totalidad después de una sesione juntos.

Luego intervino el bajista electrónico Mateo Ríos, quien generó una línea de bajo sólida, profunda y llena de presencia, ajustando filtros para que el sonido golpeara sin ensuciar la mezcla. Sus líneas eran tan precisas que parecían un motor encendiéndose.

La violinista experimental Hana Ishikawa no llevaba violín esta vez, sino una pequeña consola de efectos que usaba como instrumento melódico. Creó texturas eléctricas que parecían murmullos digitales alrededor de la base rítmica. Era un toque sutil pero esencial para la atmósfera.

Mientras ellos trabajaban, los dos productores auxiliares, James Morton y Eric Hale, se movían entre consolas haciendo microajustes: ecualización, expansión estéreo, limpieza de frecuencias, todo en tiempo real, siguiendo las indicaciones que Neytan lanzaba casi sin pensar, guiado únicamente por su oído interno.

En cuestión de minutos, la estructura general estaba formada. Cada músico improvisaba sobre la marcha siguiendo los trazos rítmicos y melódicos que Neytan dictaba, perfeccionando detalles con una sincronía sorprendente. Era como ver construir una ciudad en apenas unos instantes.

Neytan escuchó el resultado inicial, respiró profundo y salió de la cabina con paso firme.

Esta pista se llamará Force.

Victor levantó la mirada desde su laptop.

Muy bien. Grabando Force, prueba uno.

La sesión fue intensa. Dos horas y treinta minutos de trabajo ininterrumpido donde los músicos y Neytan pulieron cada sección desde cero. Ajustaban golpes, movían filtros, cambiaban efectos, reinterpretando partes mientras Neytan daba señales claras:

—Un poco más rápido ahí.

—Bájale un toque al sintetizador.

—Lucas, cambia ese golpe por algo más seco.

—Mateo, dale más peso a ese bajo.

—Así… ¡ahí está!

La energía era tan fuerte que todo el estudio vibraba ligeramente. Cuando terminaron la toma final, el silencio que siguió fue de satisfacción pura.

La grabación había sido fluida, energética y precisa, tan perfecta que incluso los productores auxiliares intercambiaron una mirada de sorpresa.

Esto… esto es un hit susurró James.

Victor entró a la sala con unos artes preparados Para Celebrate, usaré la imagen del planeta iluminado. Para Force, el logo dentro de un círculo que reaccionará al ritmo de la canción.

Evan aprobó la idea sin dudar Hazlo, Victor.

Pasaron unos cincuenta minutos hasta que Force estuvo completamente lista. Cuando finalmente exportaron las dos pistas, Neytan observó la pantalla mientras subían los archivos a YouTube y a la página oficial de SilverLine Records.

Evan cruzó los brazos, con una mezcla de orgullo y emoción. Perfecto. Tres canciones listas. Ahora… hay que esperar la reacción del público.

El estudio de SilverLine Records seguía vibrando con la energía que quedó luego de terminar Force. El reloj en la pared marcaba casi las 5:30 p. m., y las luces blancas del techo bañaban todo el lugar con un brillo profesional, frío, casi quirúrgico. Los monitores mostraban las formas de onda de las canciones recién exportadas, y un aroma a plástico caliente y café viejo llenaba el aire.

Victor no perdió tiempo: con un movimiento rápido, conectó su laptop al servidor interno y empezó a subir las dos canciones recién creadas al canal oficial de Marshmello en YouTube. Sus dedos volaban sobre el teclado.

Voy a preparar las miniaturas… las descripciones… palabras clave… murmuraba mientras ajustaba todo.

Neytan se acercó detrás de él, aún con los auriculares colgando del cuello y las mejillas levemente rojas por la intensidad de la sesión. Observó la pantalla como si estuviera presenciando un momento histórico.

Victor volteó y sonrió.

Aquí tienes, Neytan. Te dejo presionar publicar.

El niño respiró profundo. Su mano tembló apenas mientras movía el mouse, y con un clic firme, subió el video.

Force – Marshmello (Official Audio) quedó oficialmente en línea.

Adrián y Evan, que estaban unos metros más atrás, sacaron sus celulares casi sincronizados. Sabían que el tiempo era crucial. El primer impulso debía ser fuerte.

Adrián dio un paso hacia la ventana para tener mejor señal y marcó un número. Cuando la llamada se conectó, su voz cambió a un tono profesional, directo, sin rodeos.

Buenas tardes, habla Adrián, de SilverLine Records… Necesito que pongas en la radio cuanto antes tres canciones: Into the Darkness, Celebrate y Force. Sí, nuestra nueva estrella Marshmello las acaba de lanzar… No, no mañana, ahora. Haz lo que tengas que hacer, mueve contactos, cambia programación, lo que sea. Necesito que salgan en rotación en las próximas dos horas. ¿Entendido? Perfecto. Gracias.

Colgó rápido.

Evan estaba enviando mensajes a la vez que marcaba otro número. Caminaba de un lado a otro, como si con cada paso acelerara el proceso.

Hola… sí, soy Evan. Necesito que el equipo de marketing comience promoción completa para Into the Darkness, Celebrate y Force inmediatamente… Quiero posts, banners, historias, hashtags, todo listo para mañana a primera hora… No, no “cuando puedan”. Mañana.

Pausó un momento, escuchando.

Exacto. Tres canciones. Mucho material visual. No se limiten. Gracias.

Y colgó también.

Mientras tanto, los músicos se despedían uno a uno, agotados pero orgullosos. James y Eric, los productores auxiliares, dieron palmadas suaves en el hombro de Neytan al pasar.

Lo hiciste increíble dijo James.

Eres un genio, chiquillo añadió Eric con una sonrisa.

Cuando todo quedó en silencio, Neytan y Andrés se pusieron los abrigos. Evan levantó la mano en señal de despedida.

Buen trabajo, Marshmello. Descansa. Mañana seguimos.

Ellos respondieron con un gesto y salieron del estudio hacia el pasillo largo y alfombrado del edificio de SilverLine Records. El sonido de sus pasos resonaba mientras caminaban hacia el ascensor. Cuando bajaron y cruzaron la puerta principal, el aire fresco de la tarde los golpeó de inmediato.

Subieron al auto de Andrés, un sedán negro discreto, y cerraron las puertas. El interior olía a pino y tapiz nuevo. Antes de encender el motor, Andrés se quedó mirándolo con seriedad.

Neytan… ¿estás seguro de todo esto?

El niño, que miraba la pantalla de su celular donde ya comenzaban a aparecer las primeras notificaciones, levantó la vista y asintió con determinación.

Sí. Completamente.

Andrés respiró hondo.

Tus padres… cuando regresen… la frase se le trabó por un momento no les va a gustar nada de esto. Tú sabes cómo son.

Neytan apartó la mirada hacia la ventana. Las luces de la ciudad comenzaban a encenderse, distorsionándose sobre el vidrio.

Mis padres siempre decidieron todo por mí dijo con voz baja pero firme. Canto, música, caligrafía, artes… todo fue impuesto. Nada fue elección mía.

Andrés arrancó el auto y comenzó a manejar despacio.

Lo sé respondió suavemente. Me acuerdo de cómo te presionaban. Todo debía ser perfecto. Todo medido. Todo bajo reglas.

Nunca me dejaron respirar añadió Neytan. Nunca pude ser yo. Así que tengo dos opciones: o entienden que ya no pueden controlar mi vida… o me iré de la casa.

Andrés apretó el volante.

Si eso pasa… ellos te van a dar un ultimátum. Son así. Y cuando suceda, yo tendré que cuidarte dijo sin dudar. Ya prepararé tu cuarto en mi casa, por si ocurre.

Neytan se quedó en silencio unos segundos. Luego cerró los ojos. Gracias, tío…

Escúchame bien dijo Andrés con una voz suave pero llena de preocupación. Tus padres están viajando. Tienes cinco meses antes de que regresen y descubran todo lo que estás haciendo. Ese es el tiempo real que tienes… para que tu carrera despegue, explote y sea imposible de frenar.

El auto avanzó por la avenida mientras las luces de los semáforos se reflejaban en el parabrisas.

Lo sé… susurró Neytan. Por eso no puedo detenerme ahora.

Andrés lo miró un segundo y luego volvió a fijarse en la calle. Entonces vamos a trabajar duro. Tú compones. Yo organizo todo lo que pueda. Y en cinco meses… veremos qué pasa.

Neytan apretó el celular en sus manos. En la pantalla, las notificaciones seguían llegando. La primera ola de su sueño empezaba a moverse. Voy a lograrlo dijo finalmente, mirando hacia adelante.

Y el auto desapareció entre el tráfico nocturno de la ciudad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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