MARSHMELLO - Capítulo 2
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Capítulo 2: Capitulo 2
Martes 11 de enero del 2011, exactamente a las 7:40 am, el sedán negro avanzaba por las calles de Nueva York. El cielo aún estaba cubierto por una tenue luz gris azulada propia del invierno. En el asiento del conductor iba Andrés, sosteniendo el volante con expresión concentrada mientras tomaba sorbos de su café en un vaso térmico. El auto olía a pino y al aroma tenue de la calefacción encendida.
En el asiento del copiloto se encontraba Matías Quandt, un chico de catorce años. Su piel era clara, sus ojos marrón oscuro y su cabello negro estaba perfectamente peinado hacia un costado. Llevaba el uniforme impecable de la Academia St. Ravensford: blazer azul marino con un escudo dorado bordado, camisa blanca planchada, pantalones gris oscuro, corbata azul con líneas plateadas y zapatos negros pulidos. Matías tenía un aire tranquilo, responsable, siempre con una postura recta y educada. Tenía rasgos finos y un rostro juvenil que lo hacía parecer más pequeño de lo que era.
En el asiento trasero, por otro lado, estaba Neytan. Miraba por la ventana con expresión aburrida, los ojos semicerrados, tratando de no quedarse dormido. Llevaba el mismo uniforme de la Academia, pero en él parecía tener un toque diferente: la corbata un poco floja, la camisa apenas desabotonada en el cuello y el cabello rebelde que no lograba mantenerse quieto. Sus ojos azules reflejaban el cansancio de alguien que había dormido apenas unas horas.
A su lado, sentada con las piernas cruzadas y el ceño ligeramente fruncido, estaba su hermana menor, Elena Quandt. Tenía tan solo ocho años y era la viva imagen de un contraste entre dulzura e intensidad. Su piel era clara, sus ojos azules como los de Neytan, y su cabello negro como la noche caía en suaves ondas hasta los hombros. También llevaba el uniforme de la Academia, solo que en versión para el nivel primario: falda gris, medias negras, camisa blanca y un blazer más corto, igualmente azul marino con el escudo dorado.
De pronto, Neytan sintió un pequeño golpe en el brazo izquierdo. Giró la cabeza y vio a Elena mirándolo fijamente, levantando una ceja como si quisiera decirle “pon atención”.
Ella le pasó su cuaderno sin decir palabra. Neytan lo abrió y leyó la frase escrita con letra redonda e infantil: “Te vas a ir antes de la escuela igual que ayer, cuando fingiste estar enfermo para no estar en clases”.
Neytan tomó un bolígrafo prestado del costado del asiento y escribió rápido. Cuando terminó, le devolvió el cuaderno.
Elena leyó la respuesta: “Hoy no me iré. Me quedaré en la escuela”.
La niña frunció el ceño apenas un segundo, luego sonrió satisfecha y se acercó a su hermano para susurrarle suavemente al oído: “Me debes comprar el almuerzo hoy. No lo olvides”.
Neytan solo asintió. Era mejor aceptar que discutir con ella a esa hora.
Pasaron aproximadamente cinco minutos más de trayecto hasta que llegaron a la imponente entrada de la Academia St. Ravensford. El edificio se elevaba como una antigua mansión de piedra renovada, con columnas blancas, un gran escudo dorado y múltiples ventanas altas. Estudiantes de todas las edades llegaban en autos lujosos, limusinas e incluso algunos con chofer personal.
Andrés los dejó frente a la entrada y apagó un momento la radio para despedirse. Les recordó que los recogería a la misma hora de siempre y les deseó un buen día. Matías, Elena y Neytan asintieron y entraron juntos al enorme campus.
Lo primero fue dejar a Elena en su salón. Mientras caminaban por los pasillos, podían escuchar comentarios de algunos estudiantes sobre el tema del momento: un artista desconocido que había estrenado tres canciones que estaban causando un revuelo inesperado.
Una estudiante comentó mientras revisaba su celular: “Escuché las nuevas canciones que están sonando en la radio. Dicen que movieron la programación anoche solo para ponerlas”.
Otro respondió: “No solo eso. Vi que en YouTube ya superaron los cien mil visitas en menos de un día. Están subiendo demasiado rápido”.
Una chica más agregó emocionada: “¿Han visto alguna imagen del tal Marshmello? Dicen que no hay ni una sola foto real de él. Nadie sabe si es joven, adulto o si es un grupo”.
Un chico intervino: “A mí me gusta mucho Force. Tiene una vibra electrónica increíble”.
Otro replicó: “Celebrate es más mi estilo. Es alegre, movida”.
Y al fondo de la conversación, alguien dijo: “Yo no puedo escoger. Into the Darkness, Celebrate y Force me encantan por igual”.
Matías y Neytan escuchaban todo mientras avanzaban hacia el aula de Elena. Neytan tenía una expresión completamente neutral por fuera, aunque por dentro su mente ardía de satisfacción. Sus canciones ya estaban moviéndose. Era real.
Cuando dejaron a Elena en su salón y ella entró despidiéndose con un gesto de la mano, Matías y Neytan chocaron los cinco suavemente. Luego se encaminaron hacia sus respectivos salones.
Al entrar al suyo, Neytan vio a varios compañeros agrupados, conversando animadamente sobre Marshmello. Él simplemente caminó directo hacia su asiento, sin llamar la atención. Marcos Harper, su mejor amigo, estaba hablando con Crittian Valverde sobre la música nueva.
Crittian decía: “La producción está demasiado bien hecha para ser alguien desconocido. ¿Quién será ese tipo?”
Marcos respondía: “No sé, pero anoche escuché las tres canciones en repetición. Force es mi favorita”.
Neytan se dejó caer en su asiento. Cerró los ojos un momento y respiró profundo. Tenía que sobrevivir a ese día de clases sin dormirse y sin escapar como la mañana anterior. No podía seguir dando motivos para que sospecharan.
La clase de Historia comenzó. El profesor entró mostrando una presentación sobre la formación política de los Estados Unidos. Explicaba con entusiasmo, pero para Neytan era como escuchar un zumbido constante. El aula estaba iluminada por amplios ventanales que permitían ver el patio interior, donde algunos estudiantes de grados mayores practicaban deporte.
Neytan abrió su cuaderno negro. No era su cuaderno de Historia, sino su cuaderno especial, ese donde guardaba todas sus ideas musicales. Comenzó a escribir una nueva estructura:
Un inicio atmosférico, con pads suaves que dieran la sensación de elevarse. Una melodía simple pero bella. Un build-up que lentamente aumentara la tensión, como si uno ascendiera a una azotea. Un drop que sonara brillante, limpio, poderoso. Una sensación de libertad, como si el viento pasara por los oídos.
El título provisional: Sky High.
Sus notas llenaron casi dos páginas. Ritmos, ideas de sintetizadores, cambios de armonía. A veces su pie se movía solo al ritmo imaginado.
Cuando levantó la vista, el reloj marcaba las diez de la mañana. Aún faltaba mucho. A su lado, Marcos estaba profundamente dormido, inclinado hacia la ventana, respirando suavemente. Neytan suspiró. No lo despertaría.
El tiempo avanzó lentamente hasta que finalmente llegó la hora del almuerzo. La cafetería era enorme, con paredes claras, largas mesas de madera y ventanales que dejaban entrar la luz. Se escuchaba el murmullo constante de cientos de estudiantes conversando.
Neytan se sentó con su plato de pollo, arroz y agua. Marcos llegó con expresión hambrienta y dejó caer su bandeja frente a él.
Marcos dijo: Si me prestas tu cuaderno después del almuerzo, te prometo que hoy sí copio la tarea y no me duermo en clase.
Neytan lo miró con una expresión completamente muerta por dentro. Luego soltó un suspiro cansado.
Está bien. Pero come rápido. Y no derrames nada esta vez.
Marcos sonrió ampliamente.
Eres un héroe, hermano.
Poco a poco, varios compañeros se unieron a su mesa. La conversación se centró en Marshmello, en teorías sobre quién era, en el misterio detrás del casco, en cómo alguien completamente desconocido podía romper las listas de reproducción de una noche para otra. Neytan escuchaba en silencio, sin intervenir, sin revelar nada. Su mente ya estaba pensando en los arreglos de Sky High, en cómo sonaría en la cabina de grabación, en qué efectos usaría para el drop.
Cafeteria 11:10 am
La cafetería seguía llena de estudiantes que terminaban su almuerzo, conversando entre risas o revisando sus celulares, cuando Elena apareció entre las mesas buscando a su hermano mayor. Caminó entre las filas con pasos rápidos, deteniéndose cuando lo vio sentado junto a Marcos y Cristian.
Neytan estaba comiendo lo de siempre: pollo con arroz y una botella de bebida negra sin gas. Elena se detuvo frente a él con una mirada intensa, esa que usaba cada vez que quería recordarle algo importante.
Me prometiste que hoy sí me invitarías el almuerzo, dijo ella con su tono suave pero firme, recordándole el acuerdo que habían hecho esa misma mañana en el auto.
Neytan soltó un suspiro resignado. Dejó su tenedor en la bandeja y se levantó. Miró a Marcos de reojo.
Cuida mi comida. Y no te la comas.
Marcos levantó ambas manos como si fuera inocente.
Yo jamás… bueno, tal vez un poquito.
Neytan lo fulminó con la mirada. Luego acompañó a Elena a la fila de la cafetería. Ella pidió pasta con salsa blanca, pan de ajo y un jugo de naranja. Cuando la bandeja estuvo lista, Neytan la llevó de vuelta a la mesa. Cristian y Marcos se movieron para hacerle espacio, mientras Elena se sentaba felizmente al lado de su hermano.
La niña comía tranquila, mirando de vez en cuando a los chicos, que parecían divertidos por su presencia. Cuando Neytan regresó a su asiento, retomó su almuerzo en silencio mientras observaba cómo Elena disfrutaba del suyo.
Nueve minutos después, ambos terminaron casi al mismo tiempo. Elena tomó la Coca-Cola de Neytan, la abrió sin pedir permiso y bebió casi la mitad de una sola vez. Cuando terminó, le devolvió la botella con toda la calma del mundo.
Gracias por el almuerzo, hermano, dijo con una sonrisa leve pero sincera. Luego, al escuchar que sus amigas la estaban llamando desde la entrada, se levantó y corrió hacia ellas, despidiéndose agitando la mano.
Neytan y Marcos también se levantaron, llevaron sus bandejas al área designada y caminaron hacia su salón para que Marcos pudiera copiar la tarea. Al entrar, notaron que varios estudiantes ya habían vuelto. Neytan se sentó, sacó su cuaderno y se lo entregó a Marcos, que rápidamente lo abrió para copiar.
Después levantó la mirada.
¿Me dejas copiar también las respuestas?
Neytan lo miró con una expresión completamente cansada. Extendió la mano. Marcos entendió al instante, sacó un billete arrugado de veinte dólares y lo dejó en su palma. Solo entonces Neytan le permitió copiar las respuestas, aunque le recordó que cambiara algunas cosas para que no pareciera una copia exacta.
Marcos obedeció y, al terminar, suspiró con alivio.
¿Qué toca ahora?, preguntó Neytan.
Ciencias, respondió Marcos.
Neytan asintió, y justo en ese momento sonó la campana, marcando el inicio de la hora. Sin embargo, el profesor nunca llegó. Pasaron diez, luego quince, luego treinta minutos, hasta que la mayoría de los alumnos entendió que la clase no iba a darse.
Marcos y Cristian comenzaron a conversar emocionados.
¿Qué otros temas crees que saque Marshmello?, preguntó Cristian.
Podría sacar algo más agresivo, o algo más suave, o una mezcla de los dos. Ese tipo es impredecible, respondió Marcos.
Cristian asintió casi vibrando de emoción.
Sea lo que sea, lo va a romper. Sus canciones están siendo virales en todas partes.
Mientras los dos hablaban, Neytan no prestaba atención. Tenía la mirada perdida en el pupitre y los dedos inquietos golpeando la madera. Su estómago tenía un nudo. En la mañana los alumnos comentaban que sus canciones habían superado las 300 mil visitas… pero ya habían pasado varias horas desde eso. Sentía que las cifras debían haber aumentado muchísimo más.
Entonces su teléfono vibró dentro de su bolsillo. Lo sacó disimuladamente. Era un mensaje de un número desconocido.
Marshmello, soy yo, Víctor, director de sonido del Estudio 17. Hoy descansa. Mañana ven al estudio para grabar algo nuevo.
Neytan frunció el ceño. ¿Por qué le darían un día libre justo hoy? ¿Qué estaba pasando en SilverLine Records? Respondió con calma: Entendido. Nos vemos mañana.
Al otro lado del salón, un alumno entró agitado.
El profesor de Ciencias tampoco viene. Y el de Lenguaje Extranjero tampoco. Tenemos hora libre hasta la salida.
El salón estalló en celebración. Varios estudiantes comenzaron a empacar para ir a la cancha o a los patios. Neytan, en cambio, tomó su mochila con tranquilidad y salió sin apuro por los pasillos. Caminó entre grupos de alumnos que hablaban sobre videojuegos, rumores, series y, sobre todo, sobre Marshmello… sobre él mismo… sin que lo supieran.
Llegó al laboratorio de computación. No había nadie, como esperaba. Encendió un equipo, esperó a que cargara y abrió el navegador.
Escribió: YouTube.
Luego buscó: Marshmello.
Lo que vio lo dejó completamente paralizado.
Fade into Darkness: 210,000 visitas en menos de 24 horas.
Celebrate: 160,000 visitas.
Force: 280,000 visitas.
Superaba por mucho lo que habían comentado en la mañana. Esto ya no era viralidad normal. Era un ascenso absurdo. Explosivo. Incontenible.
Abrió una nueva pestaña y buscó simplemente el nombre: Marshmello.
Aparecieron imágenes del casco blanco. Ediciones. Memes. Publicaciones de fans. Foros hablando del misterioso artista sin rostro. Blogs europeos haciendo análisis. Un ranking de música asiático lo tenía en portada. En Sudamérica también estaba en tendencia.
Incluso apareció un anuncio digital reciente, claramente pagado por Adrián y Evan, aunque no le habían comentado nada.
Luego revisó comentarios en foros musicales. La mayoría elogiaba las canciones. Algunos decían que las radios estaban recibiendo decenas de llamadas pidiendo poner las canciones cada hora. Un usuario comentó que una emisora de Florida había repetido Force tres veces en una hora.
Neytan se quedó en silencio.
Volvió a YouTube para revisar su canal.
De 0 pasó a 18,000 suscriptores.
Entró a Instagram.
5,000 seguidores.
Facebook mostraba 25,000 seguidores.
Twitter tenía 12,000 seguidores.
Todo eso… en menos de un día.
Apagó la computadora lentamente. Caminó hacia la salida del laboratorio sin decir una palabra. Mantuvo el paso firme por los pasillos hasta llegar a las escaleras centrales del edificio. Se sentó allí, apoyó su mochila a un lado y se quedó quieto.
Su mirada estaba perdida. Su respiración agitada por dentro aunque por fuera parecía calmado.
No podía creerlo.
En menos de veinticuatro horas, tres canciones hechas desde su habitación estaban arrasando el internet mundial. Los números no dejaban de subir. Las publicaciones no dejaban de aparecer. La gente ya hablaba de él como si fuera un artista establecido.
Y él… seguía sentado ahí, con uniforme escolar, en un colegio lleno de ruido, alumnos y clases canceladas.
Neytan seguía sentado en las escaleras centrales del edificio, sin moverse ni un centímetro. El ruido de los estudiantes, los pasos, las conversaciones a la distancia… todo parecía quedar lejos, como si él estuviera atrapado en una burbuja invisible. Su mente estaba totalmente bloqueada después de ver las reproducciones de sus canciones. No reaccionaba, no hablaba, no procesaba. Solo respiraba lentamente con la mirada perdida en el piso, absolutamente en shock.
Pasaron varios minutos en los que no cambió de posición, hasta que finalmente sonó la campana de las dos de la tarde, anunciando la salida general del colegio. Ese sonido lo hizo reaccionar apenas. Se levantó mecánicamente, casi como si fuera un robot en piloto automático. Sacudió ligeramente el pantalón del uniforme, tomó su mochila del suelo y comenzó a caminar por los pasillos con un rostro completamente neutral, como si nada pasara.
Se dirigió directamente al aula de su hermana menor. En el camino se cruzó con su hermano mayor, Matías, quien venía saliendo de su salón. Matías levantó la mano para saludarlo y Neytan respondió con un asentimiento corto, sin detenerse demasiado.
Momentos después, Elena salió de su clase con una sonrisa radiante, feliz por ver a sus dos hermanos esperándola. Los tres caminaron juntos hacia la salida del edificio con tranquilidad. Antes de llegar al portón principal, Neytan se detuvo frente a una máquina expendedora, sacó algunas monedas y compró tres botellas de bebida fría. Entregó una Coca-Cola a cada uno de sus hermanos, quienes la aceptaron sin cuestionar nada. Él también abrió la suya y bebió un poco, aunque su mirada seguía distante.
Al llegar a la entrada de la Academia St. Ravensford, vieron el sedán negro de su tío Andrés estacionado como cada día. Entraron al auto: primero Matías, luego Elena y, por último, Neytan.
Andrés los saludó mientras encendía el motor y, una vez que todos estuvieron acomodados, salió conduciendo por las calles de Nueva York. Les comentó que primero irían a casa para cambiarse de ropa antes de almorzar en algún lugar decente.
Matías, revisando su celular, añadió que el día siguiente no habría clases por una reunión de profesores con el director. Elena confirmó lo mismo, pues sus compañeras se lo habían dicho antes de salir. Andrés miró a Neytan a través del retrovisor.
Tú sabías que mañana no había clases, ¿verdad?
Neytan seguía mirando por la ventana sin mover un músculo. No reaccionó.
Elena, sentada a su lado, le dio unos golpecitos suaves en el brazo izquierdo. Eso lo sacó de su trance. Abrió los ojos un poco más y preguntó qué estaba pasando.
Matías repitió la noticia, explicándole que mañana no habría clases.
Neytan negó con la cabeza. Les contó que sus profesores de Ciencias y Lenguaje Extranjero no asistieron hoy, así que no estaba enterado de nada.
Andrés asintió mientras seguía conduciendo. En ese momento, el locutor de la radio del auto interrumpió la música para dar un aviso.
“Muy bien, volvemos nuevamente con un tema que está siendo tendencia mundial. Aquí va de nuevo: Force.”
El ritmo fuerte y energético de la canción empezó a llenar todo el interior del auto. Elena movía la cabeza siguiendo el ritmo, claramente disfrutando cada segundo. Matías tarareaba la parte instrumental, golpeando suavemente el asiento con los dedos. Andrés observó a Neytan a través del retrovisor; su sobrino seguía tranquilo, con los ojos cerrados, como si estuviera descansando… aunque por dentro sabía que su corazón debía estar latiendo con fuerza.
Cuando la canción terminó, el locutor volvió a hablar.
“Y ese fue Force, del DJ desconocido que apareció ayer sin previo aviso, pero que hoy ya arrasa en todo el mundo. Un artista misterioso del que nadie sabe la identidad. Solo puedo decir que sus números están creciendo como la espuma. Vamos a atender algunas llamadas de nuestros oyentes, porque al parecer todos quieren hablar de él.”
La radio recibió la llamada de un oyente. El hombre decía que las tres canciones eran impresionantes, que llevaban horas repitiéndolas en la emisora y que quería saber quién era el artista detrás del casco. Otra llamada hablaba sobre cómo la canción Celebrate sonara en discotecas de distintos estados. Una tercera llamada mencionaba que Force ya estaba entre los temas más buscados del día.
El viaje continuó así, con música de fondo, comentarios del locutor y reacciones emocionadas de los oyentes anónimos. Cuando llegaron al complejo de edificios donde vivían, Andrés estacionó el sedán en el garaje subterráneo. Todos bajaron del auto y tomaron el ascensor hasta el piso veinte. Esperaron en silencio hasta que las puertas se abrieron. Caminaron por el pasillo iluminado hasta llegar al departamento número 55.
Al entrar, Elena corrió inmediatamente hacia la escalera interna que llevaba al segundo piso para cambiarse ropa. Matías subió un poco más tranquilo hacia su habitación. Neytan también subió sin decir palabra, entrando en su cuarto, ubicado al final del pasillo de la segunda planta.
Andrés cerró la puerta del departamento con calma y se sentó en el sofá de la sala a esperar que sus sobrinos bajaran para ir a comer. No tuvo que esperar tanto. El primero en bajar fue Matías, vestido con jeans oscuros, zapatillas negras y un abrigo grueso azul marino, apropiado para el clima frío del once de enero. Doce minutos después bajaron Elena y Neytan al mismo tiempo.
Elena llevaba un abrigo acolchado color rosado pastel, un gorrito tejido blanco y jeans celestes. Neytan vestía jeans negros, una polera blanca gruesa y una chaqueta negra con capucha por dentro, perfecta para el invierno neoyorquino.
Los tres tomaron sus abrigos y bajaron nuevamente al garaje subterráneo. Subieron al sedán y Andrés preguntó dónde querían ir a comer.
Elena respondió rápidamente que quería carne. Matías estuvo de acuerdo. Neytan pensó unos segundos y luego asintió también, aceptando lo que los otros habían elegido.
Andrés condujo hacia un restaurante de carnes conocido por su calidad y su estilo elegante. El lugar se llamaba The Prime District, ubicado en la Quinta Avenida. Al llegar, un valet tomó el auto y el grupo entró al espacioso restaurante de madera oscura y lámparas cálidas. El personal tomó sus abrigos y los llevó a una mesa junto a una ventana que daba a la calle.
Los cuatro se sentaron y revisaron el menú. Cada uno pidió lo que más le gustaba: Matías eligió un corte ribeye de doce onzas, Elena pidió un filet mignon en porción pequeña con papas rostizadas, Andrés ordenó un New York steak, y Neytan pidió un lomo fino con guarnición de vegetales.
El ambiente fue tranquilo, con conversaciones ligeras. Hablaron sobre la próxima visita de los abuelos, y Andrés comentó que probablemente sería en octubre. Matías recordó anécdotas de las vacaciones pasadas, Elena mencionó que quería que la abuela le enseñara otra receta de postres, y Andrés comentó historias del trabajo para hacerlos reír un poco.
El almuerzo se extendió un buen rato. Hablaron sin prisa, disfrutaron de la comida caliente y, aunque Neytan participaba poco, al menos se veía más presente que antes. No había nadie que supiera lo que pasaba dentro de su cabeza… nadie excepto él mismo.
El miércoles, a las diez en punto de la mañana, el sedán negro conducido por Andrés descendió lentamente por la rampa del estacionamiento subterráneo de SilverLine Records. El eco del motor retumbó entre las paredes de concreto antes de apagarse por completo. La luz tenue del estacionamiento contrastaba con el aire frío de la superficie, y al bajar del vehículo se podía sentir un leve olor a neumáticos y metal húmedo.
Neytan cerró la puerta del auto y ajustó la correa de su mochila. Llevaba una sudadera negra que le quedaba un poco grande, con la capucha colgando sobre la espalda y un pantalón sencillo que usaba casi siempre para ir al estudio. Sus ojos estaban un poco hinchados, señal de que había dormido pocas horas después de la euforia de la noche anterior. Caminó al lado de su tío por un pasillo de paredes de cemento pulido, iluminado por luces blancas horizontales que se encendían al detectar movimiento.
Las puertas automáticas de la entrada principal se deslizaron hacia atrás apenas se acercaron. La recepción tenía un piso de losa blanca impecable y un mostrador de cuarzo que reflejaba las lámparas del techo. La recepcionista, con una sonrisa profesional y un auricular en la oreja, tecleaba algo en su ordenador. Cuando sus ojos se posaron en ellos, les informó que Adrian y Evan los esperaban en el piso treinta para una reunión urgente. Andrés agradeció y guiando a su sobrino, se dirigió al ascensor del fondo, cuyas paredes estaban cubiertas de placas metálicas pulidas que devolvían un reflejo ligeramente distorsionado.
Dentro del ascensor, Neytan presionó el botón del piso treinta. La luz del indicador brilló de inmediato y las puertas se cerraron con un leve sonido hidráulico. Durante el ascenso el elevador se detuvo varias veces: empleados entraban y salían con carpetas, micrófonos, laptops, cables y discos duros. A pesar de que solo eran cuatro minutos, la espera resultó larga. El ascensor avanzaba con movimientos suaves pero cada parada parecía alargar el silencio, tiempo suficiente para que Neytan repasara en su cabeza las partes del estribillo que había pensado modificar.
Cuando finalmente llegaron al piso treinta, el pasillo era amplio, minimalista, con cuadros abstractos sobre paredes gris claro y alfombra beige. El aire olía a café recién hecho, probablemente proveniente de alguna oficina cercana. Al llegar frente a la puerta de la oficina de Adrian, Andrés colocó la mano sobre el hombro de su sobrino y le acomodó la mochila con un gesto instintivamente protector antes de abrir.
El despacho era grande, con una pared completa de ventanales que dejaban ver la ciudad extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista. Al fondo, varias portadas de revistas estaban enmarcadas con precisión. Adrian los recibió de pie, con una energía cálida pero enfocada, como si siempre estuviera dos pasos por delante en sus planes. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás y llevaba un reloj de acero pesado que brillaba ligeramente cada vez que movía la mano.
Adrian les pidió que se sentaran. Después abrió una carpeta rectangular llena de impresiones en papel fotográfico. Empezó a mostrar cifras: Fade Into Darkness acumulaba doceinta dies mil visitas, Celebrate alcanzaba las ciento sesenta mil y Force ya había superado las doscientas ochenta mil. Todo en menos de cuarenta ocho horas. Sobre la mesa colocó impresos de Billboard, Rolling Stone, DJ Mag y otras revistas, donde los titulares hablaban de la llegada inesperada de un nuevo DJ misterioso que estaba arrasando en internet.
El rostro de Neytan permaneció serio, sin mostrar emoción, aunque sus dedos se cerraban y abrían de forma inconsciente sobre sus rodillas. Adrian explicó las conversaciones que habían tenido lugar durante la madrugada con ejecutivos de Sony Music. Contó que Sony estaba dispuesta a apoyar la expansión global de Marshmello, a proporcionar campañas publicitarias en portales de música, distribución digital en tiendas como iTunes, Amazon MP3, Beatport y Google Music, además de playlisting en Spotify. Habló de banners, anuncios animados, acuerdos con emisoras de radio y estrategias visuales centradas en mantener el misterio de la identidad del artista.
Andrés escuchaba con atención y cierto orgullo silencioso. Adrian continuó explicando la importancia de cohesionar la imagen visual de Marshmello: el casco icónico, el logo alineado en redes sociales, las variaciones gráficas que acompañarían los lanzamientos y cómo todo debía parecer parte de un mismo universo. Incluso insinuó la posibilidad de una pequeña gira promocional si todo seguía en ascenso.
Antes de terminar la reunión, Adrian les dijo que en el piso veinte el equipo estaba listo para comenzar a trabajar en una nueva canción que podría convertirse en pieza clave para mantener el impulso del éxito. Salieron de la oficina, regresaron al ascensor y descendieron hasta el estudio.
En el estudio número uno, Victor los esperaba inclinado sobre una enorme consola digital con pantallas llenas de barras, frecuencias y formas de onda en movimiento. Tenía ojeras marcadas, pero su expresión era de euforia contenida. Les dio la bienvenida y señaló una mesa lateral donde Neytan colocó su mochila. Abrió el cuaderno donde había escrito Sky High y lo extendió.
Victor tomó el cuaderno y empezó a leer en voz alta. El cuaderno estaba lleno de anotaciones de Neytan: estructura, cambios de armonía, ideas de sintetizadores, indicaciones de energía, detalles rítmicos y notas como una guía cinematográfica de lo que debía sentirse en cada parte. Había escrito que el tema debía tener un tempo de 128 BPM y una progresión en A mayor, con un inicio atmosférico y un drop que diera la sensación de elevarse.
Victor revisó cada anotación con comentarios técnicos. Propuso usar un kick más seco, aplicar sidechain suave para dejar respirar al lead, ajustar automatizaciones de filtro en el build-up y recortar algunas frecuencias medias para evitar saturaciones. Neytan escuchaba atento y asentía sólo cuando estaba seguro de que la idea encajaba con la visión original que tenía en mente.
Minutos después, Victor llamó a los músicos. En menos de veinte minutos comenzaron a llegar. Daniel Foster se sentó frente al piano digital, ajustó el volumen y arrancó con unos acordes de prueba. Sofía Renner encendió sus sintetizadores modulares, llenos de cables entrecruzados. Lucas Fairchild colocó sus pads de percusión electrónica y conectó una laptop adicional. Mateo Ríos afinó el bajo y ajustó los pedales para conseguir un sub-bajo limpio. Hana Ishikawa entró con su consola de efectos y preparó líneas de textura. Finalmente, James Morton y Eric Hale ocuparon la cabina de mezcla, revisando niveles y preparando las sesiones.
Victor repartió instrucciones y todos ocuparon sus puestos. Encendieron un click track y Daniel tocó progresiones suaves en el piano digital, notas largas que dejaban espacio al ambiente. Sofía trabajó en un pad atmosférico, ajustando osciladores en forma de sierra y filtrando frecuencias. Lucas probó distintos kicks hasta que uno encajó en la mezcla. Mateo creó un sub-bajo que vibraba sin opacar la melodía. Hana empezó a añadir capas de reverb y delays que formaban una especie de halo alrededor del sonido principal.
Durante horas, los músicos trabajaron como si fueran engranajes de una máquina perfectamente sincronizada. Sofía ajustó la resonancia del pad varias veces. Daniel generó variaciones en los acordes, probando voicings distintos. Lucas experimentó con hi-hats más secos y con sutiles desplazamientos que daban un toque humano. Mateo construyó una base de sub frecuencias que hacía vibrar el estudio. Hana añadió texturas en reversa que se expandían como humo digital.
James y Eric escuchaban con atención quirúrgica. Quitaban resonancias molestas, limpiaban frecuencias y ajustaban compresión paralela. Hicieron pruebas en distintos monitores, en auriculares cerrados y abiertos, en altavoces de referencia. Cada modificación era milimétrica.
Neytan permanecía cerca de Victor, escuchando con los ojos cerrados. A veces, de repente, los abría para pedir un detalle: un arpegio más rápido, un acorde más brillante, un lead con un poco más de chorus para darle amplitud. Su voz era tranquila, pero cada indicación era exacta, como si en su mente la canción ya estuviera terminada y sólo faltara que los demás la alcanzaran.
La sesión avanzó entre momentos de tensión cuando algo no funcionaba y risas contenidas cuando un arreglo sonaba perfecto desde la primera toma. Grabaron muchas capas: pianos, pads, percusiones, efectos, transiciones. Cada sección recibía ajustes específicos. El estudio se llenaba de un silencio muy particular cuando todos escuchaban una nueva reproducción: una especie de respeto hacia el proceso creativo.
Después de seis horas intensas, la estructura final estaba clara. Reprodujeron la canción completa varias veces haciendo pequeños ajustes: un reverb más corto, un delay ligeramente corrido, una reducción de volumen casi imperceptible en los sintetizadores, una ecualización fina en los graves. Las decisiones eran pequeñas pero precisas.
Al terminar la última reproducción, se produjo un silencio profundo en el estudio. Todos miraron al centro, hacia los monitores, como si esperaran que la canción dijera algo más. Entonces Victor respiró hondo y dijo que estaba lista para mezcla y masterización.
Sky High había nacido. Estaba ahí, flotando en el aire, con un sonido que realmente parecía elevarse como su nombre.
Cuando terminaron la grabación de Sky High, el cansancio empezó a sentirse en todos los cuerpos presentes. El reloj marcaba las 3:50 de la tarde y las seis horas sin descanso comenzaban a pesar. Victor anunció un breve receso y pronto el estudio se llenó del aroma de comida recién entregada. Cada músico tomó su almuerzo y se acomodó en distintos rincones del lugar: algunos en sofás contra la pared, otros alrededor de una mesa improvisada con cajas de equipo, y un par cerca de los monitores, cuidando no ensuciar nada. La luz cálida del estudio hacía que, por primera vez en horas, todos se relajaran un poco.
Neytan, sin embargo, se apartó del grupo. Tomó su bandeja de comida, dio apenas unos cuantos bocados y la dejó a un lado del piano digital. Algo en su interior aún vibraba. Sentía que la energía de la sesión no se había apagado y que tenía ideas sueltas golpeando las paredes de su mente. Se sentó frente al piano, colocó las manos sobre las teclas y comenzó a tocar una secuencia suave, casi susurrada. Eran notas improvisadas, melodías sin destino fijo, pero con un magnetismo que comenzó a atraer la atención de los demás.
Sofía fue la primera en alzar la vista. Luego Lucas detuvo el bocado que iba a llevarse a la boca. Mateo soltó lentamente el vaso de agua que estaba bebiendo. Daniel, que estaba sentado cerca del piano, se incorporó despacio mientras escuchaba esas notas que parecían formarse solas. Victor, que revisaba unos archivos en su laptop, levantó la cabeza y frunció los labios con interés. James y Eric dejaron de hablar entre ellos en la cabina y se quedaron observando por la ventana de vidrio, como si supieran que algo estaba a punto de nacer.
Las notas de Neytan comenzaron a tomar forma más clara. La progresión se hizo más decidida, el ritmo más marcado. Había en su improvisación una sensación eléctrica, un pulso rápido, casi una chispa que encendía el aire. Uno a uno, los músicos se levantaron de donde estaban comiendo y regresaron a sus puestos sin decir una palabra, como si algo los hubiera llamado.
Daniel se sentó de inmediato frente al piano digital principal, ajustó el volumen y replicó suavemente la progresión de Neytan. Sofía encendió sus sintetizadores modulares, los cables colgando como raíces que despertaban a un bosque entero. Lucas se colocó frente a sus pads de percusión, conectó su laptop y buscó un kick adecuado. Mateo afinó nuevamente el bajo y ajustó los pedales para dar un sub-bajo potente y redondo. Hana encendió su consola de efectos, lista para convertir cualquier sonido en una textura brillante. James y Eric se posicionaron al fondo, revisando niveles desde la cabina de mezcla para asegurarse de que todo quedara registrado.
El estudio volvió a llenarse de vida.
Victor se cruzó de brazos, escuchó durante unos segundos la improvisación que empezaba a tomar forma colectiva y comentó con una sonrisa que parecía un poco más joven de lo habitual. Dijo en voz alta que necesitaban un nombre para aquella nueva pista que estaba naciendo allí mismo, de la nada. Neytan no dejó de tocar mientras respondía con naturalidad, casi como si el nombre ya hubiera estado escrito antes en su cabeza. Dijo que debía llamarse Energy, porque eso era exactamente lo que sentía en cada nota, una corriente que recorría los dedos y pasaba de instrumento en instrumento como un cable invisible.
Victor asintió y pidió a Neytan que explicara qué debía tener esa pista para lograr lo que imaginaba. Neytan abrió los ojos por un momento y con voz tranquila comenzó a describirlo. Dijo que Energy debía moverse en un tempo rápido, vibrante, con un kick firme y una percusión ligera pero constante. Quería un pad brillante que se expandiera hacia los lados, un lead con carácter fuerte, contratiempos rítmicos que dieran movimiento y un bajo profundo que empujara todo hacia adelante. Pidió que las transiciones fueran energéticas, que los cortes sonaran limpios y que cada caída tuviera un golpe de impacto. También mencionó detalles mínimos: ecos cortos en notas clave, modulaciones suaves que dieran la sensación de electricidad corriendo por la pista.
Victor añadió consejos técnicos para perfeccionar el concepto. James y Eric dieron ideas sobre qué frecuencias destacar y qué elementos suavizar. Sofía ofreció una propuesta para un pad con un ataque rápido. Daniel sugirió cambiar la disposición de algunos acordes para darle un toque más expansivo. Lucas planteó experimentar con hi-hats entrecortados. Mateo propuso un sub-bajo con movimientos ascendentes en el pre-drop. Hana comentó que podía añadir una serie de efectos en reversa para dinamizar cada transición.
Los músicos comenzaron a tocar siguiendo la improvisación inicial de Neytan. A veces uno de ellos se detenía, probaba una variación y decía en voz baja que tal vez ese cambio podía funcionar mejor. Otros imitaban la idea, la ajustaban, la probaban otra vez. Se escuchaban frases como si haces esto aquí puede levantar más el ritmo, o si añado eco en esta nota puede sentirse más amplia, o si acelero esta parte podría dar un salto de energía.
De vez en cuando alguien se levantaba para tomar agua o para estirarse un poco y al hacerlo surgía de improviso una nueva idea. Una nota extra, un cambio rítmico, una modulación inesperada. Regresaban rápidamente al instrumento para probar aquello que les había cruzado la mente. El estudio parecía respirarse a sí mismo: ideas entrando, notas saliendo, melodías mutando, energía acumulándose.
Neytan escuchaba todo con los ojos cerrados. Era como si su mente organizara cada sonido como piezas de un rompecabezas gigantesco. De pronto abría los ojos y señalaba un punto exacto en la armonía donde pedía un eco más largo o un golpe más fuerte. Cada instrucción era mínima, pero extremadamente precisa. Y cada cambio que pedía transformaba toda la sensación de la pista, como si moviera un hilo del que dependía el entramado entero.
La improvisación se extendió durante siete horas intensas. Hubo risas cuando un arreglo sonaba ridículamente bueno desde la primera prueba. Hubo frustración cuando eliminaban una sección completa para rehacerla desde cero. Hubo silencios prolongados en los que todos escuchaban detenidamente una transición recién realizada. Había momentos en los que la pista parecía terminar, pero Neytan sentía que aún podía ser mejor, que le faltaba un último ajuste, un pulso extra, una vibración más aguda. Así pasaban de secciones rápidas a otras más lentas, de ritmos densos a ritmos ligeros, haciendo cortes, rearmando estructuras, limpiando sonidos, añadiendo capas nuevas y quitando las que no funcionaban.
Victor fue opinando en cada instante, dando sugerencias afinadas con su experiencia. James y Eric corregían pequeños errores, pulían frecuencias y ajustaban los compresores. Cada músico aportó algo que elevaba la pista un nivel más arriba. Lo que comenzó como una improvisación terminó convirtiéndose en una obra construida con dedicación, precisión y creatividad compartida.
Finalmente, tras muchas pruebas, decisiones, cambios repentinos y momentos de inspiración espontánea, Victor respiró hondo, escuchó la última reproducción con atención absoluta y dijo que habían terminado. Miraron la pista completa proyectada en la pantalla. Las ondas de audio ocupaban la sesión como un mapa vibrante de todo lo que habían creado.
Neytan exhaló lentamente y dijo con tono suave pero seguro que Energy estaba terminada.
Victor, junto con James y Eric, agregó que la pista estaba lista para la revisión final. Solo quedaba escucharla en detalle para detectar cualquier error o imperfección mínima antes de llevarla a la etapa de mezcla y masterización.
El estudio quedó en silencio por unos segundos, mientras el eco de la música recién creada parecía seguir vibrando en el aire. Energy había nacido como una chispa durante el almuerzo, y ahora, después de siete horas de dedicación, se había convertido en una pieza completa.
El ambiente del Estudio 1 estaba cargado de electricidad. Eran ya las 10:00 p. m., y el cansancio se mezclaba con una adrenalina tensa que nadie intentaba ocultar. Las paredes insonorizadas parecían haber absorbido la intensidad de las últimas jornadas, como si los sonidos aún quisieran seguir resonando en ellas.
En el centro de la sala, el espectrograma en la pantalla seguía mostrando la última onda sonora reproducida: Energy, la pista más exigente que habían creado ese día.
Nadie hablaba. Nadie movía un dedo más de lo necesario. Solo la respiración contenida de los presentes llenaba el silencio.
Victor, inclinado sobre la consola principal, mantenía la mirada fija en los niveles. James Morton y Eric Hale revisaban paneles y líneas de ecualización, aunque se notaba que sus movimientos eran más lentos, cargados por ocho horas seguidas de trabajo.
Los músicos seguían en sus asientos, todavía con los instrumentos conectados. Lucas removía leves distorsiones en su pad. Sofía apagaba y encendía módulos de su sintetizador analógico para evitar que se sobrecalentara. Hana ajustaba su consola de efectos con precisión quirúrgica. Mateo mantenía el bajo colgando, como si estuviera listo para intervenir otra vez si era necesario.
Y en medio de todos, sentado frente a la mesa de mezcla, estaba Neytan.
Los audífonos colgaban de su cuello, y sus manos estaban entrelazadas sobre su regazo. Tenía los ojos entrecerrados, escuchando en su memoria cada detalle de la pista final.
Energy había terminado.
La reproducción se detuvo. La habitación se quedó tan silenciosa que cualquiera habría escuchado caer una pluma.
Finalmente, fue James quien rompió la tensión.Está lista para mezcla y remasterización dijo quitándose los audífonos y masajeándose el cuello, agotado. Esta pista está sólida, increíblemente sólida.
Eric giró en su silla y miró a Neytan. Sky High estará terminada en dos días. Ya casi tenemos la masterización lista. Pero Energy… lo señaló …esa va a requerir tiempo. Una mezcla profesional puede tomar más de treinta horas por canción.
El comentario hizo que varios músicos soltaran un suspiro resignado.
Eric añadió mientras se estiraba Y tú, desde mañana, vas a estar en todas partes. Así que necesitamos perfección absoluta.
Neytan asintió sin decir nada.
Victor sonrió, confiado. No se preocupen. Adrian ya aprobó traer más ingenieros. Mañana mismo habrá personal adicional exclusivamente para trabajar las pistas de Marshmello. Ninguna canción saldrá sin ser revisada hasta el más mínimo detalle.
Hana dejó escapar una risa suave mientras estiraba los brazos hacia atrás. Por lo menos nos divertimos creando esta pista. Fue como correr un maratón, pero musical.
Mateo levantó su bebida energética Por Energy brindó con una sonrisa. Y por el pequeño genio que nos lidera.
Lucas chocó suavemente su botella con la de él Trabajar contigo es un viaje, Neytan. Tus ideas suenan raras al principio…
pero funcionan. Funcionan demasiado bien.
Victor levantó su lata Me alegra que piensen así, porque desde hoy… hizo una pausa dramática …ustedes son el equipo oficial de Marshmello.
Daniel, que guardaba su teclado digital, se congeló ¿Oficial? ¿Cómo así?
Victor levantó su celular donde mostraba un mensaje de Adrian. A partir de ahora, trabajarán exclusivamente para un solo artista de la disquera. Son su equipo de producción, sus músicos, sus manos derechas. Todo lo que él necesite señaló a Neytan ustedes lo harán.
Sofía abrió mucho los ojos ¿Eso significa…? ¿Trabajo estable? ¿Aumento? ¿Permanencia fija en estudios?
Exacto confirmó Victor. Y lo hacemos también para que Neytan no pierda clases.
Los días que esté en la escuela, ustedes producirán desde aquí. Me enviarán avances. Cuando él venga, escuchará todo con detalle.
Hubo murmullos emocionados entre los músicos.
Neytan tomó su celular, lo desbloqueó y pasó su número a cada uno.
Hana lo miró como si recién lo estuviera conociendo Espera… ¿sigues estudiando? ¿Cuántos años tienes exactamente?
La voz de Andrés, quien observaba desde una esquina, intervino Doce. Está en sexto grado.
El silencio fue absoluto.
¿En sexto? susurró Hana ¿Y compones así?
Neytan solo levantó los hombros Hoy tuve día libre respondió con sencillez. Por eso pude grabar todo.
Lucas soltó una carcajada Ahora sí tiene sentido. Un niño con energía ilimitada.
Victor aplaudió para volver a enfocarlos Bien. Terminaron por hoy. Ya envié las visuales: cada canción tendrá un círculo de colores sincronizado al ritmo, con el logo de Marshmello al centro. También mandé las imágenes especiales de cada pista.
Buen trabajo, equipo.
Los músicos comenzaron a guardar instrumentos. Algunos despeinaron suavemente a Neytan como a un hermano menor. Otros le dieron palmadas amistosas en el hombro.
Era evidente que lo apreciaban. Y que ese día los había marcado.
Finalmente, Neytan y Andrés caminaron hacia el elevador del edificio.
Las puertas metálicas se abrieron con un ding.
Entraron y presionaron el botón del primer piso.
Mientras el ascensor descendía, Andrés lo miró de reojo ¿Cansado?
Un poco respondió Neytan con una sonrisa leve. Pero feliz.
El ascensor llegó al lobby.
Cruzaron la entrada; cuando las puertas automáticas se abrieron, un aire helado los golpeó de lleno.
La noche neoyorquina era oscura, fría y brillaba bajo los faroles.
Caminaron hacia el sedán negro.
Las llaves hicieron un beep suave y subieron.
Andrés cerró su puerta y suspiró profundamente Son las 10:20 p. m.…
Marcó un número Matías, tú y Elena pónganse listos. Vamos por una pizza. Llegaré en treinta minutos.
Colgó, encendió el auto y comenzó a conducir por las calles casi vacías.
Nueva York se extendía enorme, silenciosa y brillante a su alrededor.
Un gigante dormido.
Neytan apoyó la frente en la ventana helada.
Todavía podía escuchar Energy resonando en su cabeza.
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