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MARSHMELLO - Capítulo 26

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26: Capitulo 26 26: Capitulo 26 Lunes 31 de octubre de 2011 — Aeropuerto Internacional de Miami (MIA) 03:10 a.

m.

— Terminal Internacional Principal El aeropuerto no dormía, pero tampoco estaba realmente despierto.

Las luces blancas del techo iluminaban la terminal con una claridad fría, uniforme, que hacía que todo pareciera detenido en el tiempo.

No era de noche ni de día; era ese punto extraño donde las horas dejan de sentirse reales.

Neytan estaba sentado en una de las filas de asientos metálicos, con la espalda ligeramente encorvada, los pies apoyados en el suelo pulido y la mirada perdida en la distancia.

Estaba aburrido, cansado, y sobre todo agotado de esperar.

Habían salido de Asheville el día anterior a las 15:00, rumbo a Atlanta.

El vuelo había sido corto, tranquilo, casi automático.

Llegaron alrededor de las 16:10, con tiempo de sobra para la primera escala… demasiado tiempo.

Cinco horas completas dentro del Hartsfield–Jackson Atlanta International Airport (ATL), caminando sin rumbo, sentándose, levantándose, revisando pantallas que no cambiaban, esperando.

A las 21:10 finalmente despegaron rumbo a Miami.

Ese tramo fue más silencioso.

Neytan apenas habló durante el vuelo; se quedó mirando por la ventanilla hasta que solo se veía oscuridad, y luego cerró los ojos sin llegar a dormir del todo.

Llegaron a Miami a las 23:10.

Y desde entonces… esperar otra vez.

Ahora ya habían pasado más de cuatro horas en el Aeropuerto Internacional de Miami, y el siguiente vuelo largo, el importante, el que los llevaría finalmente a Santiago de Chile todavía no aparecía con claridad en las pantallas.

No había anuncios nuevos, no había llamados por altavoz, no había nada más que la palabra “Delayed” o “Pending” en algunos vuelos cercanos.

Neytan sacó su celular del bolsillo de la sudadera y miró la hora.

03:10 a.

m.

Soltó un suspiro lento, cansado, de esos que salen solos cuando el cuerpo ya no tiene ganas ni de quejarse.

Bloqueó el teléfono y lo dejó sobre su pierna.

A su lado, su tío Andrés sostenía un vaso de café caliente que había comprado en una máquina expendedora hacía unos minutos.

No era un café especial, ni bueno, ni memorable.

Era simplemente café de aeropuerto: fuerte, caliente, funcional.

Andrés bebía despacio, mirando hacia el frente, como alguien que ya había pasado por demasiadas escalas como para desesperarse.

Un poco más allá estaba Victor, el director de sonido, apoyado contra una columna, también con un café en la mano.

Observaba la gran pantalla de horarios de vuelos con atención, como si en cualquier momento fuera a cambiar algo solo porque él la estaba mirando.

Neytan giró la cabeza y observó a su alrededor.

Había personas de todo tipo:  algunos dormían incómodamente en las sillas, con mochilas como almohadas;  otros caminaban lentamente, arrastrando maletas con ruedas que hacían eco en la terminal;  un par de familias hablaban en voz baja para no despertar a los niños;  algunos viajeros solitarios miraban sus teléfonos con expresión vacía.

Todo era lento.

Todo era repetitivo.

Andrés rompió el silencio.

Sabes dijo con voz tranquila, deberías tomarte un café.

Te haría bien.

Neytan hizo una pequeña mueca.

No sé… ya estoy cansado, no quiero estar más despierto de lo que ya estoy.

El problema respondió Andrés es que igual no vas a poder dormir aquí.

Neytan suspiró otra vez.

¿Cuánto tiempo más crees que tengamos que esperar para que salga el vuelo?

Victor bajó la vista de la pantalla y se encogió de hombros.

Difícil saberlo.

Podrían ser un par de horas más… o menos, si tenemos suerte.

Neytan dejó caer la cabeza hacia atrás contra el respaldo metálico.

Es aburridísimo dijo.

No pasa nada.

Solo ver horarios que no cambian.

Victor sonrió apenas.

Sí, pero te acostumbras.

Créeme.

Esto lo vas a ver muy seguido, Neytan.

Aeropuertos, escalas largas, esperas eternas… es parte del camino.

Andrés asintió.

Así es.

No siempre son escenarios y luces.

A veces son estas sillas incómodas y cafés malos.

Neytan movió un poco las piernas y acomodó su mochila bajo el asiento.

Estas sillas son horribles murmuró.

No entiendo cómo alguien puede dormir aquí.

No duermen respondió Andrés.

Se rinden.

Eso hizo que Neytan soltara una pequeña risa cansada.

Neytan tomó el celular que había dejado sobre su pierna.

La pantalla seguía apagada, bloqueada desde hacía varios minutos.

Lo sostuvo unos segundos, sin mirar nada, como si solo necesitara sentir el peso del objeto en la mano para decidirse.

Luego lo deslizó dentro del bolsillo delantero de su sudadera oscura y se inclinó un poco hacia adelante para levantarse.

La silla metálica crujió suavemente cuando se puso de pie.

Estiró las piernas con lentitud, sintiendo el cansancio acumulado en las rodillas y en la espalda baja.

No era un dolor fuerte, pero sí esa molestia constante que aparece después de muchas horas sentado sin moverse demasiado.

Voy a comprar algo para comer en las máquinas expendedoras dijo con voz neutra, más informativa que entusiasta.

Victor levantó la vista desde la pantalla de vuelos y señaló vagamente hacia el pasillo principal.

Las mejores cosas están en la tercera máquina a la derecha comentó.

Lo sabrás con solo verla.

Andrés agregó sin girarse del todo: No te demores.

Neytan asintió con la cabeza, sin decir nada.

No tenía prisa, pero tampoco ganas de discutir.

Empezó a caminar despacio, metiendo las manos en los bolsillos de la sudadera mientras avanzaba por la terminal.

El suelo brillante reflejaba las luces del techo como un espejo apagado.

Cada paso producía un sonido suave, mezclado con el ruido distante de ruedas de maletas, anuncios lejanos por altavoz y conversaciones apagadas en distintos idiomas.

El aire acondicionado mantenía el ambiente frío, constante, haciendo que la sudadera fuera necesaria incluso dentro del aeropuerto.

A medida que se alejaba del grupo, Neytan comenzó a notar más detalles a su alrededor.

A su izquierda, una pareja dormía sentada, apoyados uno contra el otro, con una mochila grande entre los pies.

Más adelante, un hombre de mediana edad tecleaba algo en su laptop con expresión concentrada, como si el cansancio no existiera para él.

Cerca de una ventana, una mujer miraba la pista, donde apenas se distinguían luces lejanas de aviones estacionados.

Neytan caminaba sin apuro, observando todo con esa atención tranquila que aparece cuando no hay nada urgente que hacer.

Pasó frente a una tienda cerrada de souvenirs; el interior estaba a oscuras, pero se alcanzaban a ver camisetas dobladas y estantes vacíos detrás del vidrio.

Un poco más adelante, una cafetería también estaba cerrada, con las sillas apiladas sobre las mesas.

“Claro”, pensó, “son más de las tres de la mañana”.

El pasillo se sentía largo, más largo de lo que realmente era.

Cada tramo parecía repetirse: más asientos, más gente esperando, más pantallas con vuelos que no cambiaban.

En una de las pantallas grandes, leyó sin querer algunos destinos: Madrid, Bogotá, Lima, París.

Pensó por un segundo en lo lejos que estaba Chile todavía.

Siguió caminando.

Finalmente, a unos metros más adelante, vio las máquinas expendedoras alineadas contra una pared.

Eran varias, todas iluminadas con luces blancas y azules.

Desde lejos ya se distinguían las filas de snacks, botellas, latas y paquetes envueltos en plástico.

Reduciendo el paso, Neytan se acercó.

Había al menos cinco máquinas.

Las dos primeras parecían bastante normales: papas fritas, chocolates, galletas.

La tercera —la que Victor había mencionado— tenía un aspecto ligeramente diferente.

Estaba más llena, mejor organizada, con opciones que parecían menos repetidas.

Neytan se detuvo frente a ellas y se quedó quieto unos segundos, simplemente mirando.

Leyó los nombres sin mucho interés: barras de cereal, galletas rellenas, frutos secos, pretzels, bebidas energéticas, agua, refrescos.

No tenía realmente hambre, pero sabía que debía comer algo.

El cansancio se sentía más fuerte cuando no había nada en el estómago.

Sacó su billetera del bolsillo trasero y revisó el interior.

Tenía efectivo y tarjeta.

Miró de nuevo la máquina, pensando qué elegir.

A su alrededor, el aeropuerto seguía igual de silencioso y despierto a la vez.

El zumbido constante de las luces, el murmullo lejano de voces, el pitido ocasional de alguna puerta automática.

Neytan pasó los dedos por el vidrio de la máquina, como si eso lo ayudara a decidir.

Al final, suspiró levemente.

Qué vida murmuró para sí mismo, sin que nadie lo escuchara.

Se preparó para hacer la selección, todavía con ese gesto aburrido, cansado, propio de alguien que llevaba demasiadas horas esperando… y que aún tenía un viaje larguísimo por delante.

Neytan se quedó quieto frente a las máquinas expendedoras, con la billetera aún cerrada en la mano.

No tenía prisa.

Nadie lo estaba mirando con atención, nadie lo reconocía, nadie esperaba nada de él en ese momento.

Era solo un chico de doce años en un aeropuerto enorme, a las tres de la madrugada, decidiendo qué comer.

Las luces internas de las máquinas iluminaban los productos con un brillo artificial que hacía que todo pareciera más apetecible de lo que probablemente era en realidad.

Se inclinó un poco hacia adelante para leer mejor las etiquetas.

Sus ojos fueron de arriba hacia abajo, recorriendo cada fila con calma.

Primero vio las barras de cereal.

Había de avena con miel, de chocolate con maní, de frutos rojos, algunas con envoltorios verdes que prometían ser “energéticas” o “naturales”.

Neytan tomó una de las filas y leyó el nombre lentamente, como si de verdad estuviera considerando los ingredientes.

Pensó que una barra no estaría mal, algo ligero, fácil de comer sin ensuciarse.

Luego bajó la vista a las galletas rellenas.

Varias marcas, sabores distintos: chocolate, vainilla, doble relleno, algunas con dibujos llamativos en el paquete.

Recordó vagamente que Matías siempre elegía esas cuando viajaban juntos, y que Elena solía pedir que le compraran unas “por si acaso”.

Esbozó una sonrisa pequeña, casi imperceptible, detrás de su expresión cansada.

Más abajo estaban los frutos secos.

Bolsitas pequeñas de maní salado, mezclas de nueces, almendras, pasas.

Neytan las miró con un poco más de atención.

No eran su primera opción, pero sabía que llenaban más y daban energía.

Pensó en el largo vuelo que todavía faltaba, en las horas sentado, en el cansancio acumulado.

A la derecha, vio los pretzels, retorcidos, salados, en paquetes transparentes que dejaban ver su forma irregular.

No los comía muy seguido, pero no le desagradaban.

Le parecieron una opción segura: ni demasiado dulce, ni demasiado pesada.

Se enderezó un poco y pasó a mirar la sección de bebidas.

Había botellas de agua, refrescos de distintos sabores, bebidas energéticas con colores intensos y nombres exagerados.

Neytan frunció levemente el ceño al ver las energéticas.

Sabía que no eran lo mejor, y a esa hora probablemente no necesitaba más estímulos para mantenerse despierto… aunque parte de él pensó que quizás sí.

No se dijo en voz baja, mejor no.

Sus ojos volvieron al agua.

Botellas pequeñas, medianas.

Recordó la sequedad del aire del avión, la garganta cansada después de tantas horas hablando, cantando, viajando.

El agua le pareció una decisión obvia.

Justo cuando pensó que ya había visto todo, se inclinó un poco más hacia la izquierda y notó que había más cosas que no había visto a primera vista.

Una fila escondida mostraba chocolates individuales, algunos oscuros, otros con relleno.

Más abajo, gomitas, caramelos duros, incluso un par de paquetes de papas fritas que no estaban bien alineados.

En una esquina, casi oculto, había un sándwich frío envuelto en plástico, con una etiqueta que indicaba la fecha.

Neytan lo miró con desconfianza y decidió descartarlo de inmediato.

No, gracias murmuró otra vez.

Respiró hondo y finalmente empezó a decidir.

Primero, eligió una barra de cereal, de avena con chocolate.

Le pareció un equilibrio decente.

Anotó mentalmente el número del compartimento.

Luego decidió agregar unas galletas rellenas, no demasiado grandes, algo que pudiera compartir si quería.

Después, optó por una bolsita pequeña de frutos secos, pensando en que le ayudarían a aguantar mejor el viaje.

Dudó un segundo frente a los pretzels.

Los miró, se alejó medio paso… y volvió a acercarse.

Bueno, uno más pensó.

Marcó también el número de los pretzels.

Finalmente, tomó la decisión con la bebida: una botella de agua.

Nada más.

Nada de refrescos, nada de energéticas.

Sacó la billetera y la abrió con calma.

Contó los billetes con cuidado, uno por uno, bajo la luz blanca de la máquina.

Sacó el efectivo necesario y lo sostuvo entre los dedos.

El gesto era mecánico, aprendido, casi automático.

Introdujo el primer billete en la ranura.

La máquina hizo un sonido breve al aceptarlo.

Luego otro billete.

La pantalla cambió el monto disponible.

Neytan miró el número y empezó a presionar los botones.

Primero la barra de cereal.

El espiral giró lentamente y el paquete cayó con un golpe seco al compartimento inferior.

Después las galletas.

Otro giro, otro golpe.

Los frutos secos cayeron de manera un poco torpe, rebotando contra el vidrio antes de llegar abajo.

Los pretzels fueron los últimos en caer, quedando apoyados sobre los otros productos.

Por último, seleccionó la botella de agua.

Esta tardó un poco más en liberarse, como si la máquina dudara.

Neytan la observó con atención hasta que finalmente cayó, rodando suavemente hasta quedar detenida.

La máquina emitió un sonido final, indicando que la compra había terminado.

Neytan se agachó y abrió la compuerta inferior.

El aire frío salió de inmediato.

Sacó los productos uno por uno, acomodándolos con cuidado en sus manos.

Primero la botella, luego los snacks.

Miró todo lo que había elegido y asintió para sí mismo, como si aprobara su propia decisión.

Cerró la compuerta y se quedó un momento más allí, apoyado ligeramente contra la máquina, sosteniendo la comida.

No volvió todavía con Andrés ni con Victor.

Se tomó unos segundos más, simplemente estando ahí, masticando el silencio del aeropuerto, escuchando el murmullo lejano, sintiendo el cansancio en el cuerpo y el peso ligero de las bolsas en las manos.

Neytan permaneció quieto unos segundos más frente a la máquina expendedora, como si su cuerpo necesitara confirmar que ya había hecho algo distinto a esperar.

El aeropuerto seguía igual: luces blancas, el eco lejano de anuncios por los altavoces, el murmullo constante de maletas rodando y personas hablando en voz baja.

Nada había cambiado realmente, pero para él ese pequeño recorrido hasta las máquinas había roto la monotonía.

Acomodó mejor las cosas que llevaba en las manos.

La botella de agua quedó bajo el brazo, sostenida contra la sudadera oscura, mientras con la otra mano sujetaba las barras, las galletas y los pretzels.

Rasgó primero el envoltorio de la barra de cereal, con un movimiento lento, sin prisa.

El sonido del plástico rompiéndose fue suave, casi insignificante en medio del ruido del aeropuerto.

Dio el primer mordisco mientras comenzaba a caminar de regreso por el mismo pasillo por el que había venido.

Su paso era lento, relajado, casi arrastrando un poco los pies por el cansancio acumulado.

No tenía a dónde correr.

No había nada urgente.

Solo volver con su tío y con Victor… eventualmente.

El sabor de la barra era simple, dulce sin ser exagerado.

Neytan masticaba despacio, mirando al frente, pero también observando los detalles a su alrededor.

Las filas de asientos metálicos, algunos ocupados por personas dormidas en posiciones incómodas; mochilas apoyadas en el suelo; chaquetas usadas como mantas improvisadas.

Vio a un hombre mayor con la cabeza recostada contra la pared, profundamente dormido, y a una mujer revisando su celular con los ojos cansados.

Mientras avanzaba, mordió otro pedazo de la barra.

Pensó, sin demasiada profundidad, que ese tipo de momentos no se parecían en nada a los escenarios, a las luces, al ruido de miles de personas.

Aquí no había aplausos ni gritos, solo espera.

Y, curiosamente, no le molestaba tanto como creía.

Terminó la barra justo cuando llegaba a la mitad del pasillo.

Dobló el envoltorio con cuidado y lo guardó en el bolsillo lateral de su sudadera, decidido a tirarlo más tarde.

Sin detenerse, abrió ahora el paquete de pretzels.

El olor salado le llegó de inmediato.

Sacó uno y lo llevó a la boca, crujiente, seco.

Le gustó más de lo que esperaba.

Caminaba mirando el suelo a ratos, luego levantaba la vista para ver las pantallas con los horarios de vuelos.

Su vuelo seguía sin cambios.

Nada nuevo.

Suspiró, pero sin frustración, más bien con resignación tranquila.

Bebió un sorbo de agua.

Estaba fría, y eso le alivió la garganta.

Cerró la botella con cuidado y siguió caminando.

Su paso seguía siendo lento, casi medido, como si no quisiera llegar todavía a donde estaban Andrés y Victor.

No porque no quisiera verlos, sino porque ese pequeño trayecto era suyo, un momento sin preguntas, sin horarios, sin decisiones importantes.

Abrió ahora las galletas rellenas.

El paquete hizo más ruido del que esperaba y miró alrededor instintivamente, aunque nadie parecía prestarle atención.

Sacó una galleta, la partió en dos con los dedos y se la llevó a la boca.

Dulce, familiar.

Pensó que quizá debería haber comprado más, pero enseguida descartó la idea.

Con eso era suficiente.

Mientras masticaba, pasó junto a una tienda cerrada, con las luces apagadas y los escaparates vacíos.

Más adelante, vio otra máquina expendedora, pero no se detuvo.

Ya no tenía hambre.

Ahora solo quería sentarse otra vez.

Se acercaba ya a la zona donde había dejado a su tío y a Victor.

Podía verlos a lo lejos: Andrés todavía con el vaso de café en la mano, Victor de pie, mirando la pantalla de vuelos con la misma expresión concentrada de antes.

Neytan dio otro sorbo de agua, guardó las galletas restantes y siguió caminando con calma, sin apurar el paso.

No había cambiado nada desde que se había ido, pero él se sentía un poco distinto.

Menos inquieto.

Un poco más despierto.

Un poco menos aburrido.

Finalmente, llegó hasta ellos, aún masticando el último pretzel, con la bolsa de snacks bajo el brazo y la botella en la mano.

No dijo nada de inmediato.

Simplemente se dejó caer de nuevo en la silla incómoda, con un suspiro suave, como quien acepta que todavía queda tiempo por delante.

Victor levantó la vista apenas Neytan se sentó de nuevo en la fila de sillas metálicas.

Primero vio la botella de agua, luego las bolsas medio abiertas, después las migas que habían quedado en la sudadera oscura.

Sonrió de lado, con esa mezcla de cansancio y humor que le salía a esas horas imposibles de la madrugada.

—Te diste un festín, por lo que veo —comentó, señalando con la barbilla las cosas que Neytan traía—.

Elegiste la máquina que te recomendé, ¿no es así?

Neytan levantó un poco los hombros, como restándole importancia, mientras terminaba de masticar.

Tragó con calma antes de responder, sin apuro.

Sí… estaba bien surtida dijo.

Tenía más cosas de las que pensé.

Andrés soltó una pequeña risa desde su asiento, todavía con el vaso de café caliente entre las manos.

Te dije que no te demorabas y te fuiste como media hora bromeó.

Pensé que te habías perdido en el aeropuerto.

Neytan negó con la cabeza y acomodó mejor las bolsas sobre sus piernas.

No fue tanto… solo miré bien respondió.

Además, no había nada más que hacer.

Victor se apoyó un poco en el respaldo de la silla de adelante y lo miró con atención, no de forma invasiva, más bien como quien observa a alguien acostumbrado a ver escenarios, luces y multitudes, ahora lidiando con algo mucho más simple y, al mismo tiempo, más pesado: la espera.

Eso también es parte del trabajo, dijo Victor.

No todo son festivales y escenarios.

Hay aeropuertos, escalas eternas, sillas incómodas y máquinas expendedoras.

Neytan dio otro sorbo de agua y asintió lentamente.

Ya me di cuenta dijo.

Creo que prefiero cuando estoy tocando.

Todos preferimos eso respondió Andrés, pero estas horas también cuentan.

Aquí es donde uno se cansa de verdad.

Neytan miró alrededor otra vez.

Las mismas personas seguían allí.

Algunas se habían movido un poco, otras seguían dormidas en la misma posición incómoda.

Un niño lloró a lo lejos y alguien pasó arrastrando una maleta que hizo eco por el pasillo.

Abrió de nuevo la bolsa de las galletas y le ofreció una a su tío.

¿Quieres?

Andrés dudó un segundo, luego aceptó.

Bueno… ya que insististe tanto dijo con humor.

Victor negó con la cabeza.

Yo paso comentó.

Si tomo algo dulce ahora, no duermo en todo el vuelo… si es que salimos algún día.

Neytan sonrió apenas.

No una sonrisa grande, solo una pequeña, cansada, pero sincera.

Se recostó un poco en la silla, aunque seguía siendo incómoda, y dejó caer la cabeza hacia atrás por un momento.

¿Cuánto crees que falte?

preguntó, mirando el techo.

Victor volvió a mirar la pantalla de vuelos.

Difícil saberlo respondió.

A esta hora todo es lento.

Pero cuando anuncien el embarque, lo sabremos.

Neytan cerró los ojos unos segundos.

No para dormir, sabía que no lo lograría, sino para descansar la vista.

El ruido constante del aeropuerto se volvió casi un fondo blanco, uniforme.

Al menos ya comiste algo dijo Andrés.

Eso ayuda.

Sí respondió Neytan.

Tenía hambre… y aburrimiento.

Victor soltó una pequeña risa.

Combinación peligrosa en un aeropuerto.

Pasaron unos minutos sin hablar.

Neytan terminó lo que le quedaba de pretzels y guardó los envoltorios con cuidado, como si ese pequeño gesto le devolviera algo de control.

Bebió el último sorbo de agua y cerró la botella.

Volvió a mirar su celular, la pantalla marcaba un poco más de las tres de la madrugada.

Suspiró, pero esta vez sin molestia.

Solo cansancio.

Cuando lleguemos a Chile dijo de repente, voy a dormir todo un día.

Eso dices siempre respondió Andrés.

Y luego terminas revisando música o pensando en el siguiente show.

Neytan no lo negó.

Solo se encogió de hombros.

Tal vez admitió.

Pero igual voy a intentarlo.

Victor asintió.

Inténtalo dijo.

Lo mereces.

El silencio volvió a instalarse entre los tres.

No era incómodo.

Era ese tipo de silencio que aparece cuando ya se ha hablado suficiente y solo queda esperar.

Neytan rompió el silencio casi sin darse cuenta.

No levantó mucho la voz; fue más bien un comentario lanzado al aire, como si hablara consigo mismo pero esperando que los otros dos lo escucharan.

Miraba al frente, no a Victor ni a su tío, con los codos apoyados en las piernas y las manos juntas, jugando distraídamente con el envoltorio vacío de una de las barras de cereal.

¿Y ustedes cómo ven que me irá en Chile… en el Festival Fauna Primavera?

preguntó en voz baja.

La pregunta quedó flotando unos segundos.

No era ansiedad exagerada ni nervios visibles, pero sí tenía ese tono sincero de alguien que, pese a todo lo que ya había hecho, seguía preguntándose cómo sería el siguiente paso.

El aeropuerto seguía igual de ruidoso y ajeno, pero para ellos el mundo se había reducido a esas sillas incómodas y a esa conversación.

Victor fue el primero en reaccionar.

No respondió de inmediato; primero se acomodó mejor en su asiento, estiró un poco las piernas y miró a Neytan con calma, como quien no quiere responder a la ligera.

Creo que te irá bien dijo finalmente.

No “bien” de cortesía, sino bien de verdad.

Es un público distinto, sí, pero muy atento.

En Chile la gente escucha, siente la música… no solo va a saltar.

Neytan asintió lentamente, sin decir nada aún.

Andrés dejó el vaso de café a un lado y se inclinó un poco hacia adelante.

Además añadió, no vas como alguien desconocido.

Tu nombre ya está sonando, aunque no sepan quién eres realmente.

Eso genera curiosidad… y la curiosidad juega a tu favor.

Neytan respiró hondo.

Eso es lo que me da un poco de cosa admitió.

Que no sepan quién soy… que solo esté el casco, la música, nada más.

Victor sonrió apenas.

Justamente por eso funciona respondió.

No van a ir a verte a ti como persona, van a ir a sentir lo que haces.

Y cuando eso pasa, la conexión suele ser más fuerte.

Neytan bajó la mirada un segundo, pensativo.

¿Y si no conectan?

preguntó.

¿Y si no reaccionan como en Europa o en Estados Unidos?

Andrés negó con la cabeza con suavidad.

Siempre conectan de alguna forma dijo.

Tal vez no igual, pero eso no es algo malo.

Cada lugar tiene su energía.

Tú solo tienes que hacer lo que sabes hacer.

Victor asintió, reforzando la idea.

Exacto.

No intentes adaptarte demasiado.

Tu set funciona porque es honesto.

Si empiezas a pensar “esto les gustará, esto no”, te desconcentras.

Neytan se quedó callado unos segundos.

Miró de reojo la pantalla de vuelos, que seguía sin cambios.

Volvió a mirar al frente.

Es raro dijo.

En el escenario me siento seguro.

Pero antes… cuando estoy así, esperando, empiezo a darle vueltas a todo.

Eso es normal respondió Victor.

Lo raro sería que no te importara.

Andrés sonrió con un gesto tranquilo.

Además agregó, no olvides que tienes 12 años.

Aunque a veces se nos olvide a todos.

Neytan soltó una pequeña risa por lo bajo.

A mí también se me olvida dijo.

Se acomodó un poco más en la silla, cruzando los pies.

¿Ustedes creen que les guste Levels allá?

preguntó.

Es una canción que siempre funciona, pero igual… Funciona en todas partes interrumpió Victor.

No porque esté de moda, sino porque conecta.

Y eso no depende del país.

Andrés miró a Neytan con una expresión sincera.

Y aunque algo no salga exactamente como lo imaginas, no pasa nada dijo.

No define quién eres ni lo que viene después.

Neytan asintió otra vez, esta vez con un poco más de tranquilidad.

No parecía totalmente convencido, pero sí más calmado.

Supongo que solo tengo que subir y hacer lo mío dijo.

Exactamente respondió Victor.

Como siempre.

El silencio volvió a instalarse, pero ya no era el mismo de antes.

Ahora tenía algo de alivio.

Neytan apoyó la espalda en el respaldo, cerró los ojos unos segundos y dejó que el ruido del aeropuerto siguiera su curso.

Atención pasajeros del vuelo LA 502 con destino a Santiago de Chile, favor dirigirse a la puerta de embarque internacional.

El vuelo se encuentra listo para abordar.

Por un segundo, Neytan tardó en reaccionar.

La frase tardó en asentarse en su cabeza, como si su mente aún estuviera atrapada en el cansancio de la espera.

Luego parpadeó, giró ligeramente el rostro y miró a Victor y a su tío Andrés.

¿Escucharon…?

dijo, todavía con voz baja.

Victor ya estaba de pie, guardando su vaso vacío de café.

Sí, ese es el nuestro respondió con una media sonrisa.

Al fin.

Andrés soltó un suspiro largo, casi de alivio.

Ya era hora comentó.

Seis horas sentados en estas sillas no se las deseo a nadie.

Neytan sacó el celular del bolsillo de su sudadera oscura.

La pantalla se encendió y lo primero que vio fue la hora: 5:10 a.

m.

Se quedó mirándola un instante, como si quisiera asegurarse de que era real.

Cinco y diez… murmuró.

Después de unas seis horas por fin… vamos a Chile.

No lo dijo con euforia exagerada, pero sí con una mezcla de cansancio y expectativa.

Guardó el celular otra vez y se levantó despacio.

Sus piernas se sentían un poco rígidas, como si le recordaran cada minuto que había pasado sentado ahí.

Alrededor, el ambiente empezó a cambiar.

Personas que antes dormían en las sillas ahora se desperezaban, otras cerraban mochilas, algunas revisaban documentos con prisa.

El aeropuerto, que durante la madrugada había tenido un aire casi suspendido, comenzaba a moverse otra vez.

Agarren todo dijo Victor.

No quiero que se nos quede nada.

Neytan revisó instintivamente sus bolsillos: celular, pasaporte, audífonos.

Todo estaba ahí.

Tomó la bolsa con los snacks que había comprado y la dobló un poco para que cupiera mejor.

¿Listo?

preguntó Andrés mientras se colgaba la mochila al hombro.

Sí respondió Neytan.

Más que listo.

Empezaron a caminar por el pasillo rumbo a la puerta de embarque.

El paso de Neytan era tranquilo, todavía un poco lento por el cansancio, pero había algo distinto en su postura.

Ya no era solo aburrimiento: ahora había una sensación de avance, de “por fin”.

¿Sabes qué es lo bueno?

dijo Andrés mientras caminaban.

Que una vez en el avión puedes dormir de verdad.

Eso espero respondió Neytan.

Porque ya no siento ni el cuello.

Victor rió por lo bajo.

Te vas a quedar dormido antes de despegar aseguró.

Siempre pasa.

Neytan sonrió apenas.

Mientras avanzaban, miró por los grandes ventanales del aeropuerto.

El cielo empezaba a aclararse muy levemente, ese tono entre gris y azul que anuncia la mañana, aunque todavía no era de día del todo.

Es raro pensar que cuando lleguemos allá… será otro horario comentó.

Otro día prácticamente.

Otro continente añadió Andrés—.

Otra energía.

Neytan asintió.

Y otro público dijo.

Eso es lo que más me da curiosidad.

Victor lo miró de reojo.

Ya hablamos de eso respondió.

Te irá bien.

Confía.

Llegaron a la zona de abordaje, donde ya se estaba formando la fila.

Un agente revisaba documentos con gesto automático, acostumbrado a la rutina.

Neytan observó a las personas a su alrededor: algunos iban con maletas grandes, otros con mochilas gastadas, algunos parecían tan cansados como él.

Pensar que hace un dia estaba en un escenario… murmuró.

Andrés lo escuchó.

Y ahora estás aquí dijo.

Esa es tu vida ahora, al menos por un tiempo.

Neytan no respondió de inmediato.

Solo asintió, aceptándolo sin dramatismo.

Cuando llegó su turno, entregó el pasaporte y el pase de abordar.

El agente lo revisó, hizo un gesto afirmativo y lo dejó pasar.

Neytan cruzó el acceso y, por primera vez desde que anunciaron el vuelo, sintió una especie de alivio real.

Vamos dijo Victor.

Próxima parada: Santiago de Chile.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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