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MARSHMELLO - Capítulo 28

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Capítulo 28: Capitulo 27 parte 2

El escenario vibraba.

Neytan se movía con soltura, sin exagerar. No necesitaba gestos grandes: su control estaba en los dedos. Ajustó los medios, limpió frecuencias, subió el gain apenas lo necesario. Todo sonaba enorme, pero claro.

En las primeras filas, la gente ya estaba empapada de sudor. Algunos se abrazaban mientras saltaban. Otros gritaban mirando directo al escenario, como si quisieran que Marshmello los viera uno por uno.

En un momento clave, Neytan cerró casi por completo el sonido.

Quedó solo el ritmo seco, filtrado.

El público empezó a gritar el beat, marcándolo con palmas, sin que nadie se los pidiera. Neytan levantó ambas manos, dejándolos hacer. Sonrió bajo el casco; podía sentir cómo la energía ya no venía solo de él, sino de todos.

Entonces soltó el sonido completo.

El drop cayó con una fuerza brutal.

Las máquinas de humo dispararon al mismo tiempo, cubriendo el escenario en una nube espesa. Las luces atravesaron el humo como cuchillas blancas. Desde arriba, los láseres verdes comenzaron a barrer al público, creando una sensación casi hipnótica.

Neytan dio un pequeño salto detrás de la cabina, golpeando el aire con el puño cerrado. El público respondió copiando el gesto. Miles de puños arriba, bajando al ritmo del beat.

Se subieron más personas a los hombros de sus amigos. Banderas chilenas aparecieron entre la multitud. Celulares grabando sin parar, tratando de capturar algo que en realidad solo podía sentirse estando ahí.

A mitad de Turn It Up, Neytan decidió jugar.

Activó un loop corto, repitiendo una sección mínima del beat. Cada repetición aumentaba la tensión. El público gritaba más fuerte con cada ciclo. Algunos contaban los golpes en voz alta sin darse cuenta.

Giró lentamente el knob del noise, dejando que el sonido creciera como una tormenta. Miró al público y levantó un dedo, pidiendo paciencia.

Un segundo más.

Y soltó todo.

El impacto fue inmediato. La base regresó completa, más pesada, más intensa. Las luces cambiaron a rojo profundo. El suelo parecía temblar.

Neytan recorrió el escenario con la mirada, de izquierda a derecha. Asintió, señalando al público, como diciendo esto es de ustedes. El público respondió gritando “¡Marshmello!” una y otra vez.

En el cierre del track, Neytan redujo gradualmente la intensidad, no para bajar la energía, sino para preparar el siguiente golpe del set. Las luces se suavizaron. El beat quedó solo, firme, marcando el pulso.

El último eco de Turn It Up todavía vibraba en el pecho de la multitud cuando Neytan no atacó de inmediato. Esta vez no quiso golpear. Esta vez quiso respirar.

Sus dedos se deslizaron con suavidad sobre la Pioneer DJM-900 Nexus, bajando lentamente el canal anterior hasta dejar solo un susurro de ambiente. El parque entero quedó suspendido en una expectativa extraña, como si todos supieran que algo distinto venía.

Neytan miró la pantalla de la CDJ-2000.

Monody estaba lista.

Ajustó el tempo con precisión, escuchando en sus Pioneer HDJ-2000 el inicio etéreo, casi frágil. Cerró los ojos un segundo. No para concentrarse: para sentir.

Abrió el canal.

Las primeras notas de Monody entraron como una brisa nocturna. No empujaron al público; lo abrazaron. El sonido se expandió suave, envolvente, y el cambio de energía fue inmediato.

Las luces se transformaron.

Azules profundos.

Blancos tenues.

Destellos lentos que parecían respirar con la música.

El público, que segundos antes saltaba sin control, empezó a calmarse de forma natural. No porque la energía bajara, sino porque la emoción cambió de forma. Los brazos siguieron arriba, pero ahora balanceándose. Algunos se abrazaron. Otros cerraron los ojos.

Neytan levantó la vista y vio algo que siempre le impactaba más que cualquier drop:

miles de personas en silencio atento.

Movió con cuidado el filtro, dejando que las frecuencias altas brillaran sin cortar el aire. Ajustó los graves apenas, lo justo para que el corazón sintiera el pulso sin imponerse.

Cuando la melodía principal apareció, clara y luminosa, se escuchó un murmullo colectivo. Muchos reconocieron el tema en ese instante. Sonrisas. Gritos suaves. Alguien lloró sin darse cuenta.

Neytan levantó una mano abierta, pidiendo calma, pidiendo escucha. No habló por el micrófono. No hacía falta.

La canción avanzó, creciendo poco a poco, como una historia que no se apura. Las pantallas mostraban visuales abstractos, casi oníricos: luces que se unían, se separaban y volvían a encontrarse.

En el medio de la canción, cuando la emoción ya estaba completamente instalada, Neytan dejó que la música siguiera sola unos segundos.

Summer in the hills

Those hazy days I do remember

We were running still

Had the whole world at our feet

Watching seasons change

Our roads were lined with adventure

Mountains in the way

Couldn’t keep us from the sea

Here we stand open arms

This is home where we are

Ever strong in the world that we made

I still hear you in the breeze

See your shadows in the trees

Holding on, memories never change

Y entonces pasó algo que no se planea.

El público empezó a cantar.

No fuerte.

No desordenado.

Cantaban juntos, con una emoción cruda, real, sin exageración. Las voces no competían con la música; la acompañaban.

Neytan sintió un nudo en el pecho.

Soltó un fader con la izquierda…

y con la derecha sacó su celular del bolsillo interno del traje.

Apuntó la cámara hacia el público.

Grabó.

La imagen mostraba miles de rostros iluminados por luces azules, bocas cantando al unísono, manos en alto moviéndose lentamente. No gritaban. Sentían.

Mientras grababa, Neytan sonrió bajo el casco. Ese era el tipo de momento que no se puede recrear en un estudio.

Envió el video.

Mensaje para Laura:

“Mira esto. Chile entero cantando Monody con el alma. Tengo unas ideas para unas canciones nuevas; cuando vuelva a Estados Unidos te paso los conceptos de las primeras ideas.”

Guardó el celular sin cortar la música.

Volvió a los controles con naturalidad, como si nunca se hubiera ido. Ajustó los reverbs, amplificando la sensación de espacio, haciendo que la melodía pareciera flotar sobre Santiago.

El público seguía cantando.

Algunos levantaban los brazos con los ojos cerrados. Otros grababan ese instante con cuidado, como si supieran que estaban capturando algo irrepetible.

Neytan abrió lentamente el sonido completo para el clímax final. No fue un golpe. Fue una expansión. La melodía creció, se elevó, llenó cada rincón del parque.

Las luces se intensificaron sin perder suavidad. Blancos brillantes mezclados con azul, como un amanecer artificial en medio de la noche.

Cuando Monody llegó a sus últimos compases, Neytan bajó lentamente el volumen. No quería cortar el momento. Quería dejarlo desvanecerse.

El eco final de Monody todavía flotaba en el aire cuando Neytan no se apresuró. No encadenó de inmediato. Dejó que el silencio respirara, que el público terminara de procesar lo que acababa de pasar. Santiago seguía ahí, con miles de manos arriba, algunos aún con los ojos cerrados, otros limpiándose el rostro sin saber muy bien por qué.

Neytan apoyó ambas manos sobre la Pioneer DJM-900 Nexus.

Miró la CDJ-2000 de la izquierda.

La forma de onda estaba lista.

I Could Be The One.

Ajustó el cue en sus Pioneer HDJ-2000, escuchando el inicio con atención quirúrgica. El tempo estaba perfecto, pero aun así tocó el pitch apenas, una corrección mínima que solo alguien con años de escenario haría por puro instinto.

Bajó la cabeza un segundo.

Luego levantó la mano derecha, abierta, pidiendo atención sin palabras.

Abrió el canal.

Las primeras notas entraron limpias, claras, con esa sensación de esperanza contenida que caracteriza a la canción. No fue un golpe; fue una invitación. El público reaccionó de inmediato, un murmullo colectivo recorrió el parque como una ola suave.

Las luces cambiaron de color. Tonos blancos y celestes comenzaron a moverse lentamente, sincronizados con la melodía. En las pantallas, visuales geométricos empezaron a formarse y deshacerse, como si respiraran con el ritmo.

Neytan movía los faders con suavidad, dejando que cada capa sonora encontrara su espacio. Con la mano izquierda jugó con el filtro pasa-altos, limpiando el sonido para que la melodía principal brillara sin competir con los graves. Con la derecha ajustó el EQ, quitando apenas medios, lo justo para que el sonido se sintiera amplio y emocional.

El público empezó a cantar incluso antes de que Neytan pidiera nada. No todos, pero sí muchos. Las voces se mezclaban con la música, creando una textura viva, imperfecta y hermosa.

Do you think about me when you’re all alone?

The things we used to do, we used to be

I could be the one to make you feel that way

I could be the one to set you free

Do you think about me when the crowd is gone?

It used to be so easy, you and me

I could be the one to make you feel that way

I could be the one to set you free

Neytan levantó ambos brazos lentamente, girando las manos en el aire, animando sin gritar, sin forzar. Solo guiando.

El beat avanzó. La energía empezó a crecer. Más gente levantó los brazos. Algunos se subieron a los hombros de otros. Se veían banderas chilenas ondeando entre la multitud, camisetas blancas, rostros iluminados por las luces del escenario.

Neytan tocó el reverb send, ampliando la sensación de espacio justo antes del build-up. Giró una perilla con precisión, cerró ligeramente el filtro… y soltó.

El público respondió con un grito largo, sostenido, que se mezcló con la música.

Cuando la canción se acercaba a la mitad, Neytan tomó el micrófono por segunda vez en el set.

¡Santiago! dijo con voz firme. Cántenla conmigo.

Dejó el micrófono.

Abrió completamente el canal.

I could be the one to make you feel that way

I could be the one to set you free

I could be the one to make you feel that way

I could be the one to set you free

Miles de voces explotaron juntas. No fue un canto tímido: fue fuerte, decidido, con emoción real. Neytan miró al público y asintió lentamente, como diciendo sí, esto es exactamente lo que esperaba.

En la DJM-900, reforzó ligeramente los graves, haciendo que el drop se sintiera en el pecho sin volverse agresivo. Ajustó el master para mantener todo limpio, controlado, poderoso.

En la mitad exacta de la canción, Neytan hizo algo sutil pero clave: bajó la música apenas unos decibeles, dejando que el público quedara al frente por un segundo.

When you need a way to beat the pressure down

When you need to find a way to breathe

I could be the one to make you feel that way

I could be the one to set you free

If you need to see me when the crowd is gone

It used to be so easy, can’t you see?

I could be the one to make you feel that way

I could be the one to set you free

I could be the one to make you feel that way

I could be the one to set you free

I could be the one to make you feel that way

I could be the one to set you free

I could be the one to make you feel that way

I could be the one to set you free

I could be the one to make you feel that way

I could be the one to set you free

El Festival Fauna Primavera entero cantó solo.

Las luces se apagaron por una fracción de segundo y luego volvieron con más intensidad. Blancos brillantes, flashes sincronizados, movimientos amplios que recorrían a la multitud de lado a lado.

Neytan volvió a subir el volumen con suavidad, encajando la música con las voces como si todo fuera una sola cosa. Movía la cabeza siguiendo el ritmo, completamente metido en el momento.

Sus manos no paraban:

Ajuste fino del EQ

Control del delay en el synth principal

Pequeños cortes rítmicos con el fader para mantener la tensión

El público saltaba ahora. No todos al mismo tiempo, pero sí en oleadas. Se veía gente sonriendo, gritando, abrazándose sin conocerse.

El último tramo de la canción se acercaba.

Neytan levantó un brazo y señaló al público, como diciendo esto es suyo. Cerró ligeramente el filtro y lo abrió de golpe en el último empuje, liberando toda la energía contenida.

I could be the one to make you feel that way

I could be the one to set you free

I could be the one to make you feel that way

I could be the one to set you free

El final llegó con fuerza y emoción. Las luces explotaron en blanco total. El sonido llenó cada rincón del parque. Cuando el último acorde se sostuvo en el aire y comenzó a desvanecerse, Neytan bajó lentamente el volumen, dejando que el público terminara la canción por sí solo.

El rugido que dejó I Could Be The One todavía no se apagaba del todo cuando Neytan no apresuró el siguiente movimiento. No cortó la energía de golpe. Dejó que el aplauso se estirara, que los gritos bajaran apenas, lo suficiente como para crear expectativa.

Con la mano derecha bajó lentamente el master en la Pioneer DJM-900 Nexus, no para silenciar, sino para limpiar el aire. Las luces se suavizaron, pasando de flashes intensos a tonos cálidos, anaranjados y dorados, como si el escenario respirara junto al público.

Neytan apoyó la palma izquierda sobre la CDJ-2000 derecha.

La forma de onda estaba lista.

Janji – Heroes Tonight.

Colocó los Pioneer HDJ-2000 con firmeza, ajustándolos apenas sobre sus oídos. Pulsó cue. Escuchó el inicio. Cerró los ojos un segundo. Asintió.

Abrió el canal.

La introducción entró suave, envolvente, con esa sensación de esperanza que se cuela sin pedir permiso. El público reaccionó de inmediato, no con gritos, sino con un murmullo emocionado, como si muchos reconocieran la canción al mismo tiempo.

I’m walking alone, the streets are empty

The only thing I can see is my own silhouette

I’m getting stronger step by step

The clock is ticking, but there is no time for regrets

I’ve been flying from town to town

From London to Taiwan

I’ve been all around the globe

Trying to protect your soul

We are heroes tonight

We will fly above the sky

We are heroes tonight, yeah

We are heroes tonight

We will fly above the sky

We are heroes tonight, yeah

Night, yeah

as luces del escenario cambiaron por completo. Tonos azul profundo y violeta comenzaron a bañarlo todo. En las pantallas gigantes aparecieron visuales de cielos nocturnos, estrellas moviéndose lentamente, figuras humanas dibujadas como sombras luminosas avanzando juntas.

Neytan trabajaba con precisión tranquila.

Bajó ligeramente los graves con el EQ, dejando que la melodía respirara.

Ajustó el reverb para darle profundidad al lead.

Movió el fader con una suavidad casi invisible.

No estaba construyendo un drop agresivo. Estaba construyendo un momento.

El público empezó a balancearse. Brazos alrededor de hombros. Manos alzadas pero relajadas. Algunos cerraban los ojos. Otros miraban fijo al escenario, como si no quisieran perder ni un segundo.

Neytan levantó una mano lentamente, palma hacia arriba, invitando sin palabras. El gesto fue suficiente. Más manos se alzaron. Más voces comenzaron a acompañar la melodía.

Cuando el ritmo empezó a tomar cuerpo, Neytan tocó el filtro y lo cerró apenas, creando tensión. Giró una perilla más, ajustando el delay justo antes del build-up.

El corazón del público empezó a latir con la canción.

A medida que se acercaba la mitad del tema, Neytan tomó el micrófono, pero no habló de inmediato. Esperó el momento exacto, cuando la emoción estaba en el punto justo.

Santiago… dijo con voz calmada esto es de ustedes.

Soltó el micrófono y abrió completamente el canal.

I’m feeling like a dynamite

Ready to explode right up in the sky

I need you to listen, I need you to hear

And don’t show any fear

I’ve been flying from town to town

From London to Taiwan

I’ve been all around the globe

Trying to protect your soul

We are heroes tonight

We will fly above the sky

We are heroes tonight, yeah

We are heroes tonight

We will fly above the sky

We are heroes tonight, yeah

We are heroes tonight, yeah

La respuesta fue inmediata y masiva. Miles de voces cantando al mismo tiempo, sin gritar, sin desorden, como un solo cuerpo. El sonido del público se mezcló con la música creando algo más grande que la canción misma.

Las luces se elevaron hacia el cielo. Rayos blancos y azules cruzaban el aire, dibujando caminos luminosos sobre la multitud. En el escenario, Neytan movía la cabeza siguiendo el ritmo, completamente conectado.

En la DJM-900, reforzó los graves con cuidado, haciendo que el drop se sintiera en el pecho sin romper la emoción. Tocó el compressor apenas, manteniendo todo equilibrado.

En un momento clave, bajó la música un par de decibeles.

Solo el público quedó.

Miles cantando.

Neytan miró hacia el fondo del parque, luego a los costados, absorbiendo la escena completa. Levantó ambas manos lentamente, como sosteniendo el sonido en el aire, y luego las bajó suavemente, trayendo la música de vuelta.

El último tramo de la canción comenzó a crecer. Las visuales mostraban figuras avanzando juntas hacia una luz brillante. El mensaje era claro incluso sin palabras.

El público saltaba ahora, no de forma caótica, sino unido, sincronizado. Se sentía como un cierre emocional dentro del set.

Neytan hizo los últimos ajustes

Abrió completamente el filtro.

Subió el master lo justo.

Dejó que el tema respirara hasta el final.

We are heroes tonight

We will fly above the sky

We are heroes tonight, yeah

I’ve been flying from town to town

From London to Taiwan

I’ve been all around the globe

Trying to protect your soul

Las últimas notas se extendieron en el aire. Las luces se suavizaron nuevamente, pasando a un blanco cálido que iluminó los rostros del público. Cuando el sonido se desvaneció, el parque quedó en silencio por un segundo… y luego explotó.

El silencio que quedó tras Heroes Tonight no duró demasiado. Neytan sabía que ese momento íntimo tenía que transformarse en algo más grande, en un punto de quiebre emocional del set. No se apresuró. Dejó que los aplausos se estiraran, que el público respirara, que la emoción se asentara en el pecho de todos.

Con movimientos lentos, casi ceremoniales, volvió a colocarse bien los Pioneer HDJ-2000. En la MacBook Pro, el siguiente track ya estaba preparado. La forma de onda era distinta: más intensa, más épica.

The Phoenix.

Neytan apoyó ambas manos sobre la Pioneer DJM-900 Nexus. Bajó todas las luces del escenario hasta dejarlas casi en penumbra. El parque completo quedó envuelto en una oscuridad expectante. Solo se veían pequeños destellos de celulares levantados, como estrellas flotando.

Giró una perilla.

El inicio de la canción comenzó a sonar, suave pero poderoso, como algo que despierta lentamente.

Put on your war paint

You are a brick tied to me that’s dragging me down

Strike a match and I’ll burn you to the ground

We are the Jack-O-Lanterns in July setting fire to the sky

Here it comes, this rising tide, so come on

Put on your war paint

Uh, uh, uh, uh

Cross walks, and crossed hearts, and hope to die

Silver clouds with gray lining

So we can take the world back from the heart-attacked

One maniac at a time, we will take it back

You know time crawls on when you’re waiting for the song to start

So dance alone to the beat of your heart

Hey, young blood, doesn’t it feel

Like our time is running out?

I’m gonna change you like a remix

Then I’ll raise you like a phoenix

Wearing our vintage misery

No, I think it looked a little better on me

I’m gonna change you like a remix

Then I’ll raise you like a phoenix

Las pantallas gigantes mostraron una imagen clara: un ave de fuego formándose poco a poco, pluma por pluma, desde las cenizas. El público reaccionó con un murmullo colectivo, una mezcla de asombro y reconocimiento.

Neytan levantó una mano, palma abierta, pidiendo calma, pidiendo que sintieran el momento. Con la otra mano ajustó el EQ, limpiando los graves para que la melodía se elevara clara, casi flotando sobre la multitud.

El público comenzó a balancearse. Algunas personas se subían a los hombros de sus amigos para ver mejor. Otros se abrazaban. Muchos cantaban desde ya, incluso antes de que la canción alcanzara su fuerza completa.

Cuando el ritmo empezó a construirse, Neytan empezó a animarlos de verdad.

Se inclinó hacia adelante, señaló al público y luego hizo un gesto amplio con ambos brazos, como diciendo todos juntos. La respuesta fue inmediata: miles de voces subieron de volumen.

Las luces comenzaron a moverse lentamente, siguiendo el ritmo, tonos rojos y naranjas mezclándose con dorados, simulando fuego en movimiento.

Neytan trabajaba con total concentración:

Abrió el filtro poco a poco.

Aumentó el reverb para dar sensación de espacio.

Tocó el fader con precisión, sin brusquedad.

El build-up crecía y el público lo sentía. Saltos pequeños, corazones acelerados, manos apretándose.

Cuando la canción llegó a su mitad, Neytan bajó la música justo un instante, lo suficiente para que el público se escuchara a sí mismo.

Bring home the boys and scrap, scrap metal the tanks

Get hitched, make a career out of robbing banks

Because the world is just a teller and we are wearing black mask

You broke our spirit, says the note we pass

So we can take the world back from the heart-attacked

One maniac at a time, we will take it back

You know time crawls on when you’re waiting for the song to start

So dance alone to the beat of your heart

Hey, young blood, doesn’t it feel

Like our time is running out?

I’m gonna change you like a remix

Then I’ll raise you like a phoenix

Wearing our vintage misery

No, I think it looked a little better on me

I’m gonna change you like a remix

Then I’ll raise you like a phoenix

Put on your war paint

El canto fue ensordecedor. No era desordenado, era fuerte, unido, como un solo coro gigante. Neytan sonrió bajo el casco. Se apoyó un segundo sobre la cabina, mirando hacia el fondo, absorbiendo cada detalle.

En ese momento, levantó ambos brazos y los movió arriba y abajo, marcando el ritmo.

¡Vamos todos juntos! gritó por el micrófono, con energía real.

El drop cayó.

Las luces explotaron en blanco y dorado. Llamas digitales recorrieron las pantallas. El bajo golpeó fuerte, limpio, haciendo vibrar el suelo. El público saltó al unísono, como si el parque entero se levantara unos centímetros del suelo.

Neytan giró rápidamente una perilla, agregó un delay corto, jugó con el beat roll durante unos segundos, creando un efecto que hizo gritar aún más a la gente.

En la parte final, la emoción no bajó. Al contrario. La canción se volvió más grande, más intensa, más luminosa. El ave fénix en las pantallas ahora volaba alto, cruzando un cielo completamente iluminado.

Hey, young blood, doesn’t it feel

Like our time is running out?

I’m gonna change you like a remix

Then I’ll raise you like a phoenix (oh-oh-oh-oh)

Wearing our vintage misery

No, I think it looked a little better on me (oh-oh-oh-oh)

I’m gonna change you like a remix

Then I’ll raise you like a phoenix

Hey, young blood, doesn’t it feel (oh-oh-oh-oh)

Like our time is running out?

I’m gonna change you like a remix (oh-oh-oh-oh)

Then I’ll raise you like a phoenix

Put on your war paint

El público cantó con todo lo que tenía. Voces roncas, sonrisas, ojos brillantes. Algunos levantaban banderas, otros solo cerraban los ojos y gritaban la letra al cielo.

Neytan dejó de tocar los controles por unos segundos. Simplemente levantó los brazos y miró. Dejó que la canción hiciera su trabajo. Dejó que el momento fuera del público.

Después del impacto emocional de The Phoenix, el ambiente quedó cargado. No era silencio vacío, era ese segundo pesado donde todos saben que algo más viene. Neytan no se movió de inmediato. Permaneció de pie detrás de la Pioneer DJM-900 Nexus, con las manos apoyadas suavemente sobre la cabina, respirando hondo dentro del casco.

Las pantallas aún mostraban restos de luz dorada apagándose lentamente, como cenizas flotando en el aire digital.

Neytan giró la cabeza apenas hacia la izquierda y miró la MacBook Pro. El siguiente track estaba listo.

Celebrate.

No lo lanzó de golpe. Sabía que esta canción no era para imponerse, era para abrir, para cambiar la emoción del público desde lo épico hacia lo luminoso, hacia la celebración pura.

Con un gesto calmado, subió el fader del canal izquierdo apenas unos milímetros. Un pulso suave empezó a sentirse. No era un golpe fuerte, era un latido constante, casi como un corazón colectivo volviendo a un ritmo alegre.

Las luces cambiaron por completo.

Del dorado y fuego pasaron a tonos azul claro, violeta y blanco, que se movían lentamente sobre el público, como olas de luz. Los láseres no cortaban el aire; lo acariciaban.

Neytan empezó a trabajar fino:

Ajustó los graves para que no dominaran.

Limpió los medios para que la melodía respirara.

Añadió un toque sutil de reverb que hizo que el sonido pareciera más amplio, más abierto.

El público empezó a reaccionar de inmediato. No con saltos agresivos, sino con sonrisas, brazos levantándose poco a poco, cuerpos balanceándose. Se sentía diferente: ya no era catarsis, era alegría compartida.

Neytan levantó una mano, girando la muñeca en círculos, animando al público a moverse. Con la otra mano tocó una perilla con precisión quirúrgica, dejando que el build creciera sin prisa.

Las pantallas ahora mostraban imágenes abstractas: figuras geométricas brillantes que se expandían y contraían al ritmo de la música, como si respiraran junto a la multitud.

Cuando la canción empezó a ganar fuerza, Neytan dio un pequeño paso hacia adelante. Apoyó ambas manos en la cabina y luego las levantó lentamente, pidiendo más energía.

Y el público respondió.

Miles de manos en el aire. Gente girando sobre sí misma. Amigos chocando hombros, riendo. Algunos grababan, otros simplemente vivían el momento sin pantallas.

Las luces se intensificaron. Estrobos suaves, no agresivos, marcaban el ritmo. Cada golpe de la canción venía acompañado de un destello blanco que iluminaba el parque completo por fracciones de segundo.

Neytan empezó a jugar con el filtro pasa-altos, cortando el bajo brevemente y devolviéndolo justo cuando el público menos lo esperaba. Cada regreso del bajo provocaba gritos espontáneos.

Se notaba que estaba disfrutando. Sus movimientos ya no eran solo técnicos, eran expresivos. Movía la cabeza al ritmo, golpeaba suavemente la cabina con los dedos, como marcando el pulso interno del set.

En un momento clave, bajó la música un poco y tomó el micrófono.

¡Esto es para celebrar que estamos vivos esta noche!

No gritó. No forzó la voz. Lo dijo con una sonrisa que, aunque nadie veía, se sentía.

El drop llegó limpio, brillante, expansivo.

Las luces explotaron en colores cálidos: amarillo, naranja, rosa. Confeti digital apareció en las pantallas. Algunos cañones laterales lanzaron pequeñas ráfagas de papel brillante que flotaron sobre el público.

La reacción fue total. Saltos, aplausos, gritos. Gente abrazándose sin conocerse. El ambiente era de fiesta pura, sin tensión, sin dramatismo.

Neytan ajustó el tempo apenas, imperceptible, manteniendo todo firme. Movió el crossfader con suavidad, mezclando capas de sonido sin que se notara el cambio. Era control absoluto sin rigidez.

En los momentos más altos, levantaba ambos brazos y los bajaba marcando el ritmo. El público lo imitaba como un espejo gigante.

Las luces ahora seguían exactamente sus gestos. Cuando él levantaba los brazos, los focos subían. Cuando los bajaba, la iluminación descendía. Era una conversación silenciosa entre el DJ y miles de personas.

Hacia el final de la canción, Neytan empezó a reducir elementos:

Quitó capas rítmicas.

Dejó la melodía principal.

Bajó poco a poco la intensidad lumínica.

El público no dejó de moverse. Incluso cuando la música se suavizó, seguían balanceándose, cantando fragmentos, aplaudiendo al ritmo.

Las últimas notas se alargaron, brillantes y optimistas. Las pantallas mostraron un cielo abierto, lleno de luces ascendiendo, como globos soltados al aire.

Después de Celebrate, el ambiente no se apagó. Al contrario: quedó flotando una sensación de alegría abierta, de gente sonriendo, de cuerpos aún en movimiento suave. Neytan dejó que ese último eco muriera por completo antes de tocar nada más. No tenía prisa. Sabía que el siguiente momento necesitaba un cambio de temperatura.

Miró la Pioneer DJM-900 Nexus, luego los CDJ-2000, y finalmente la MacBook Pro. El siguiente track estaba marcado con un color distinto, casi como una advertencia personal.

Burn 2.0.

Neytan apoyó ambas manos sobre la cabina y respiró hondo dentro del casco. Esta no era una canción para sonreír; era una canción para arder, para subir la intensidad de nuevo, pero de una forma más cruda, más directa.

Con un movimiento preciso, bajó casi por completo el master, dejando solo un pulso grave muy bajo, apenas perceptible. El público sintió ese vacío inmediato. Las luces se apagaron casi por completo, dejando solo un tenue rojo oscuro bañando el escenario.

Alguien gritó desde el fondo. Otro respondió. La expectativa creció.

Neytan giró lentamente una perilla del canal derecho, introduciendo una textura áspera, distorsionada, como si el sonido estuviera raspando el aire. Ajustó los medios con cuidado para que ese ruido no fuera molesto, sino tenso. El grave seguía contenido, como una bestia atada.

Las pantallas dejaron atrás los colores festivos. Ahora mostraban formas abstractas en tonos negros y rojos, líneas que parecían quebrarse, fragmentarse y recomponerse. El escenario se volvió más oscuro, más agresivo.

Neytan inclinó la cabeza y empezó a marcar el ritmo con el pie. Sus dedos se movían rápidos:

Subió ligeramente el gain.

Cerró el filtro justo antes del primer golpe.

Ajustó el delay para que el sonido se arrastrara un segundo más de lo normal.

El público empezó a cambiar su energía. Ya no se balanceaban: ahora apretaban los puños, levantaban los brazos con fuerza, algunos empezaron a saltar incluso antes de que el drop llegara.

Las luces comenzaron a parpadear en rojo intenso, como alarmas. Cada pulso del beat venía acompañado de un destello corto y violento. El aire se sentía más caliente, aunque fuera solo una ilusión provocada por la música y la luz.

Neytan levantó una mano y la cerró lentamente en un puño, como conteniendo algo. El público entendió el gesto. Gritos. Silbidos. Expectativa total.

Entonces soltó el fader.

El bajo cayó pesado, seco, contundente. No era expansivo como en canciones anteriores; era directo al pecho. El sistema de sonido hizo vibrar el suelo, las barandas, incluso la estructura del escenario.

El público explotó.

Saltos sincronizados, cabezas moviéndose con violencia, manos en el aire golpeando el ritmo. Algunos gritaban sin palabras, solo descargando energía. Otros cerraban los ojos y se dejaban llevar.

Neytan empezó a trabajar de verdad:

Cortó el grave por microsegundos para crear golpes inesperados.

Jugó con el EQ para hacer que ciertos sonidos aparecieran y desaparecieran.

Movió el crossfader con rapidez, creando una sensación de caos controlado.

Las luces ahora eran rojo, blanco y negro, alternándose a una velocidad brutal. Los estrobos se activaron en ráfagas cortas, marcando cada sección fuerte del track. Las sombras del público se proyectaban gigantes en las pantallas laterales, como una sola masa en movimiento.

Neytan se inclinó sobre la cabina, completamente concentrado. Ya no levantaba los brazos; ahora su cuerpo entero se movía con la música. Golpeaba suavemente la cabina con la palma, marcando el tempo interno del set.

En un momento clave, bajó todo de golpe.

Silencio casi total.

Solo quedó un eco distorsionado flotando en el aire. Las luces se apagaron por completo durante medio segundo.

Y entonces…

El regreso fue aún más fuerte.

El bajo volvió más pesado, más sucio. Neytan había aumentado ligeramente la saturación. El impacto fue inmediato. El público gritó como si hubiera recibido una descarga eléctrica colectiva.

Las luces explotaron en rojo brillante, acompañadas de columnas de luz blanca que subían desde el escenario hacia el cielo. Algunos cañones lanzaron ráfagas de humo que se iluminaron desde abajo, creando la sensación de fuego saliendo del escenario.

Neytan levantó ambos brazos y los bajó con fuerza. El público lo imitó, saltando al mismo tiempo. Era sincronía pura.

Seguía ajustando detalles:

Cerraba filtros justo antes de cada golpe fuerte.

Abría el estéreo para que el sonido envolviera todo el parque.

Jugaba con silencios breves para aumentar la tensión.

La canción avanzaba y el público no se cansaba. Sudor, sonrisas salvajes, ojos brillantes bajo las luces. Nadie estaba quieto.

Hacia el final, Neytan empezó a desmontar el caos poco a poco. Quitó capas, bajó la distorsión, dejó solo el ritmo principal y una textura grave profunda. Las luces pasaron de rojo intenso a un rojo más oscuro, casi apagado.

El eco final de Burn 2.0 todavía flotaba en el aire cuando Neytan dejó que el silencio respirara un segundo más de lo normal. No fue un descuido: fue intención. Ese pequeño vacío hizo que el público gritara por instinto, como si necesitara llenar el espacio con su propia energía. Neytan apoyó ambas manos sobre la cabina, inclinó ligeramente la cabeza y miró de reojo la Pioneer DJM-900 Nexus. Sabía exactamente qué venía ahora.

BoUnCE.

No era una canción para introducir con suavidad. Era una canción para romper la inercia, para hacer que cada cuerpo reaccionara sin pensarlo. Neytan giró lentamente el filtro del canal izquierdo, dejando entrar un groove seco, percusivo, casi juguetón en comparación con la agresividad anterior. El contraste fue inmediato y deliberado.

Las luces cambiaron de carácter: el rojo oscuro se retiró y fue reemplazado por blancos intensos y azules eléctricos. No estrobos todavía. Solo pulsos claros, marcados, que seguían el ritmo con precisión matemática. Las pantallas comenzaron a mostrar formas geométricas que rebotaban, cuadrados y líneas que se estiraban y contraían como si la música tuviera peso físico.

El público tardó apenas unos segundos en entender el cambio… y cuando lo hizo, reaccionó como una ola. Los saltos ya no eran violentos, eran elásticos, sincronizados. Cada golpe del beat hacía que miles de personas rebotaran al mismo tiempo, exactamente como sugería el nombre del track.

Neytan empezó a moverse con más soltura. Sus hombros seguían el ritmo, su cabeza asentía una y otra vez. Con la mano derecha jugaba con el EQ de medios, limpiando el sonido para que cada golpe fuera nítido. Con la izquierda, controlaba el fader, subiendo y bajando la energía en pequeñas dosis, sin soltarlo todo de golpe.

El bajo entró con claridad, firme pero no aplastante. Se sentía en el pecho, pero dejaba espacio para moverse. Neytan ajustó el gain apenas un punto más arriba, lo justo para que el sistema sonara grande sin saturar. Victor, desde un costado del escenario, levantó el pulgar: el balance era perfecto.

Las luces ahora seguían un patrón rítmico más juguetón. Barras de luz se movían de izquierda a derecha, acompañando cada rebote del beat. Algunas se encendían en vertical, otras en diagonal, creando la sensación de que el escenario entero estaba saltando con el público.

Neytan levantó una mano, palma abierta, y la movió hacia arriba y abajo marcando el ritmo. La respuesta fue instantánea: miles de brazos imitaron el movimiento. El suelo parecía vibrar bajo los pies de todos.

En un momento clave, Neytan cerró el filtro de golpe, dejando solo una percusión mínima y un silencio cargado. Las luces se apagaron casi por completo, quedando solo un halo azul sobre el casco blanco de Marshmello. El público gritó, algunos ya saltando antes de tiempo.

Neytan sonrió dentro del casco y soltó el filtro de nuevo.

El beat regresó con más fuerza, más limpio, más abierto. Las luces explotaron en blanco puro, acompañadas por destellos rápidos que marcaban cada golpe. Las pantallas mostraron ahora círculos gigantes que se expandían desde el centro, como ondas de choque visuales.

El público estaba completamente entregado. Personas abrazándose mientras saltan, desconocidos chocando hombros sin molestarse, risas, gritos, sudor. Era ese momento del set donde nadie pensaba en el tiempo, solo en el ahora.

Neytan empezó a hacer micro-cortes con el crossfader, creando pequeños juegos rítmicos que hacían que el beat pareciera tropezar y levantarse de nuevo. Cada truco arrancaba una reacción distinta: un grito colectivo, un salto más alto, un “¡wooo!” que recorría el frente del escenario.

Las luces ahora combinaban azul, blanco y destellos amarillos, dando una sensación más festiva, más luminosa. Los cañones de luz barrían al público, iluminando rostros sonrientes, manos abiertas, banderas levantadas.

En la parte más alta de la canción, Neytan levantó ambos brazos por completo y los mantuvo arriba durante varios segundos. No dijo nada. No necesitó hacerlo. El público entendió y mantuvo las manos en el aire, saltando sin bajar los brazos, completamente sincronizados.

Luego, poco a poco, empezó a desmontar la energía. Bajó los graves, dejó solo el groove principal y una textura rítmica ligera. Las luces redujeron su intensidad, pasando a un azul más suave. El público seguía moviéndose, pero ahora con una sonrisa amplia, como después de una descarga perfecta de energía.

El último eco de BoUnCE todavía rebotaba en el pecho del público cuando Neytan no lanzó nada de inmediato. No había prisa. Dejó que los aplausos se asentaran, que los gritos bajaran un poco de intensidad, que la respiración colectiva encontrara un nuevo ritmo. Con ambas manos apoyadas sobre la cabina, inclinó ligeramente el casco blanco y miró los Pioneer CDJ-2000, como si confirmara algo que ya sabía desde hace semanas: este momento era distinto.

Giró con cuidado una de las perillas del canal dos, cerrando graves y dejando pasar una textura más atmosférica. El cambio fue sutil, casi imperceptible al principio. Un pad largo comenzó a envolver el escenario, no empujaba, no golpeaba, solo abrazaba. Las luces, que hasta hace segundos eran blancas y azules intensas, bajaron su fuerza y se transformaron en tonos violeta suave y azul profundo, como si el escenario entrara en otro estado emocional.

El público lo sintió de inmediato. Los saltos se detuvieron poco a poco. Muchas manos bajaron, otras se quedaron en alto pero ya no golpeaban el aire, simplemente flotaban. Neytan deslizó el fader lentamente hacia arriba, dejando entrar el corazón de Lonely World. No lo hizo de golpe; lo presentó como quien abre una puerta con respeto.

Antes de que la canción avanzara demasiado, Neytan tomó el micrófono. Su voz, ligeramente amortiguada por el casco, sonó clara y cercana en los altavoces.

Esta… es para todos ustedes dijo en español, despacio. Escúchenla… siéntanla.

Soltó el micrófono y volvió a los controles. Ajustó el EQ de medios, limpiando el espacio para que la melodía respirara. El público estaba ahora completamente atento. No gritaban, no empujaban; escuchaban. Las pantallas gigantes comenzaron a mostrar paisajes abstractos, horizontes lejanos, luces que parecían estrellas moviéndose lentamente.

Al inicio de la canción, justo cuando la atmósfera se estableció, aparece el primer marcador

Do you still remember?

All the ways we used to lie

It was long ago now

I could see the starry skies

Afraid to lose everyone, being lonely

Find a place in your heart, where you realize

Every love made a mark on your body

And you can see the reason why

Am I just a zombie?

Am I just a zombie?

In this lonely world

Am I just a zombie?

Am I just a zombie?

In this lonely world

In this lonely world

Neytan dejó que esa parte fluyera sin intervenir demasiado. Solo pequeños ajustes: un toque al filtro, una corrección mínima al volumen. No quería dominar la canción, quería acompañarla. Las luces seguían un patrón lento, transiciones suaves entre azul, violeta y un blanco tenue que iluminaba al público como si fuera luz de luna.

La gente comenzó a balancearse. Parejas abrazadas, amigos con los brazos sobre los hombros del otro, personas solas mirando al escenario con una expresión tranquila. Algunos cerraban los ojos. Otros levantaban sus celulares, grabando sin moverse demasiado, intentando capturar una sensación más que una imagen.

Cuando la canción empezó a crecer, Neytan giró ligeramente el filtro de graves, dejando que el pulso apareciera poco a poco. Las luces respondieron al instante: cada golpe suave del ritmo hacía que el color cambiara, no bruscamente, sino como una respiración. Azul… morado… azul… morado.

Antes de llegar a la mitad, el segundo marcador apareció en la estructura sonora

In this lonely world

I’ve found my friends in this lonely world

Aquí Neytan empezó a interactuar más. Levantó una mano, no para animar a saltar, sino para unir. Hizo un gesto circular, lento, como diciendo “sigan conmigo”. El público respondió levantando brazos, meciéndose al mismo tiempo. Desde arriba, debía parecer un solo cuerpo moviéndose en cámara lenta.

En la mitad exacta de la canción, Neytan tomó nuevamente el micrófono. Esta vez su tono fue más firme, más cercano.

A ver… ahora todos juntos dijo en español. No los escucho… vamos, canten todos.

Y justo ahí, en ese punto central, aparece el siguiente marcador

Sally is a dancer

Tommy’s working overtime

Wе are on our phones now

Where lovе is hard to find

Afraid to lose everyone, being lonely

Find a place in your heart, where you realize

Every love made a mark on your body

And you can see the reason why

Am I just a zombie?

Am I just a zombie?

In this lonely world

Am I just a zombie?

Am I just a zombie?

In this lonely world

In this lonely world

In this lonely world

I’ve found my friends in this lonely world

El efecto fue inmediato. El público comenzó a cantar al unísono. No importaba si algunos no sabían exactamente cada palabra; cantaban lo que sentían. Era un coro imperfecto pero honesto, y eso lo hacía poderoso. Neytan soltó el micrófono y, por primera vez en esta canción, levantó ambos brazos completamente.

Las luces cambiaron radicalmente. Ahora sí, cada color seguía el ritmo. Con cada golpe, el escenario se teñía de un color distinto: azul, rojo suave, violeta, blanco cálido. No eran destellos agresivos, eran pulsos emocionales. Las pantallas mostraban ahora siluetas humanas caminando, alejándose, encontrándose de nuevo.

Neytan hizo pequeños cortes rítmicos con el crossfader, no para romper la canción, sino para enfatizar la participación del público. Bajaba la música apenas un segundo, dejaba que las voces se escucharan solas… y luego devolvía todo de golpe. Cada vez, el canto era más fuerte.

Al acercarse a la parte final, Neytan redujo los graves lentamente, como si estuviera cerrando un capítulo. El público seguía cantando, algunos con los ojos brillosos, otros abrazando a quien tenían al lado. Las luces ahora eran mayormente blancas, iluminando todo el campo del festival, dejando ver miles de rostros conectados por la misma emoción.

Justo antes del final, aparece el último marcador

Neytan tomó el micrófono una vez más, esta vez con una energía clara y directa.

¡Todos juntos, canten toda la canción! dijo en español, levantando una mano. ¡No los escucho! ¡Vamos, canten todos!

Sing the songs for the fun of it

And dance with the enemy

Get our sorrows out laugh is medicine

Let’s forget the bad times and go again

And sing for the fun of it

No more sorrow

I’ve found my friends in this lonely world

I’ve found my friends in this lonely world

Am I just a zombie?

Am I just a zombie?

In this lonely world

Am I just a zombie?

Am I just a zombie?

In this lonely world

In this lonely world

El público respondió con todo lo que le quedaba. El canto fue masivo, fuerte, sincero. Neytan dejó que la canción terminara sin intervenir más, sin trucos, sin efectos extra. Solo la música, las voces y la luz blanca envolviéndolo todo.

El silencio que quedó tras Lonely World todavía flotaba cuando Neytan no dejó que el aplauso muriera del todo. Mantuvo una mano apoyada en la Pioneer DJM-900 Nexus, la otra descansando cerca del CDJ izquierdo, escuchando cómo el público seguía gritando su nombre, cómo las palmas se mezclaban con silbidos y voces en distintos acentos. Las luces permanecían blancas, suaves, como si todo el festival estuviera conteniendo la respiración.

Neytan levantó la cabeza lentamente, dio un paso al frente dentro de la cabina y tomó el micrófono. No gritó. No necesitó hacerlo. Su voz salió clara, firme, con esa calma que precede a algo grande.

Chile… ¿están listos?

La respuesta fue inmediata. Un rugido profundo, masivo, que recorrió el Parque O’Higgins como una ola. Miles de manos se alzaron al mismo tiempo, celulares brillando, banderas moviéndose, gente saltando incluso antes de que sonara una sola nota.

Neytan sonrió debajo del casco.

Dejó el micrófono y volvió a los controles. Con precisión, cargó Levels en el CDJ-2000. No la lanzó aún. Primero abrió un loop ambiental, un pad grave y expansivo que no pertenecía todavía a la canción, solo preparaba el terreno. Bajó los graves completamente, dejó medios y agudos suaves, y comenzó a girar lentamente una perilla de filtro.

Las luces cambiaron. Azul oscuro. Verde profundo. Destellos tenues que seguían el pulso lento del pre-intro.

El público reconoció la atmósfera incluso antes de reconocer la canción. Se escucharon gritos aislados, luego más, hasta que alguien gritó el nombre del track y eso encendió a todos.

Neytan levantó una mano, palma abierta, pidiendo calma. Espera. Control.

Con la otra mano empujó el fader hacia arriba justo lo necesario para dejar entrar el primer elemento rítmico. Un golpe suave. Luego otro. Cada golpe hacía que las luces se expandieran como círculos concéntricos sobre la multitud.

Cuando soltó el primer drop melódico, el impacto fue inmediato. El público explotó en saltos. Brazos arriba. Gritos. Neytan comenzó a moverse al ritmo, cabeza inclinada, sintiendo cada transición. Ajustó los graves con cuidado, asegurándose de que golpearan el pecho sin saturar. Tocó el EQ de medios, limpiando espacio para que la melodía brillara.

Ahora sí, Levels estaba viva.

Neytan levantó ambos brazos por encima de su cabeza, marcando el ritmo con las manos. El público lo imitó sin pensarlo. Miles de personas saltando al mismo tiempo, como si el suelo respirara con ellos. Las pantallas gigantes mostraban visuales geométricos, líneas que subían y bajaban como niveles de audio, perfectamente sincronizadas.

Cada transición era limpia. Cada corte, intencional. Neytan jugaba con el crossfader, retirando brevemente los graves para hacerlos volver con más fuerza. Cada regreso era celebrado con un grito más fuerte que el anterior.

Al acercarse la mitad de la canción, Neytan empezó a preparar el momento. Bajó ligeramente el volumen general, dejó que el público escuchara solo la melodía, sin el peso completo del beat. Levantó una mano, luego la otra, pidiendo que todos cantaran.

Y justo ahí, en el centro exacto del track, aparece lo que pediste:

*Oh, sometimes

I get a good feeling, yeah

Get a feeling that I never, never, never, never had before, no no

I get a good feeling, yeah

Oh, sometimes

I get a good feeling, yeah

Get a feeling that I never, never, never, never had before, no no

I get a good feeling, yeah*

El público cantó todo. No como individuos, sino como una sola voz gigante. Neytan dejó caer los brazos, abrió las manos, como si estuviera recibiendo esa energía. Durante unos segundos, no tocó nada. Dejó que el canto dominara el escenario.

Las luces se volvieron blancas y doradas, iluminando cada rostro. Se podían ver sonrisas, lágrimas, gente abrazándose mientras cantaba. Neytan volvió a tomar el control justo cuando la última frase se desvanecía y devolvió los graves con fuerza total.

El beat regresó como un golpe de adrenalina pura.

El público saltó aún más alto. Neytan marcaba el ritmo con los brazos, subía y bajaba las manos, señalando al cielo, girando sobre sí mismo dentro de la cabina. Ajustó el filtro para hacer barridos rápidos, jugando con la expectativa, soltando mini silencios antes de cada impacto.

Las luces ahora seguían cada golpe con precisión quirúrgica. Verde, azul, blanco, destellos rápidos que cortaban el aire. El escenario parecía vibrar.

En el último tramo, Neytan redujo gradualmente los elementos, dejando que la canción respirara una vez más. Miró al público, levantó una mano en señal de agradecimiento. No dijo nada. No hacía falta.

El eco de Levels todavía retumbaba cuando Neytan dejó que el último aplauso se extendiera unos segundos más de lo normal. No tocó nada de inmediato. Se quedó quieto detrás de la cabina, manos apoyadas en la Pioneer DJM-900 Nexus, sintiendo cómo el público seguía gritando incluso cuando la música ya había caído. Las luces se mantuvieron abiertas, cálidas, bañando al festival entero en un tono blanco dorado que parecía decir esto no se acaba todavía.

Neytan respiró hondo dentro del casco. Sabía que quedaba una sola canción. La última. La que cerraría el set y sellaría la noche.

Con un movimiento tranquilo, casi ceremonial, cargó el último track en el CDJ-2000. Sus dedos se movieron con seguridad, como si el cuerpo ya supiera exactamente qué hacer sin necesidad de pensarlo. Bajó completamente los graves, dejó apenas un colchón de agudos y medios suaves, y activó un loop largo, etéreo, que empezó a flotar sobre el silencio expectante del público.

La gente lo sintió de inmediato. Se escucharon gritos nuevos, más emocionados, como si todos supieran que estaban entrando en el final.

Neytan tomó el micrófono.

No los escucho… dijo, dejando que el público reaccionara vamos más fuerte, que todo Chile nos escuche, que todos sepan que estamos aquí disfrutando.

El grito que respondió fue brutal. Miles de voces, saltos, palmas chocando al mismo tiempo. Neytan levantó ambos brazos, girándolos en el aire, animando aún más. Luego dejó el micrófono y volvió a los controles.

Con un gesto lento, preciso, empujó el fader hacia arriba.

Comenzó Feel So Close.

I feel so close to you right now, it’s a force field

I wear my heart upon my sleeve like a big deal

Your love pours down on me, surround me like a waterfall

And there’s no stopping us right now

I feel so close to you right now

La melodía inicial se expandió como una ola cálida. No era agresiva, no era violenta: era emocional. Neytan ajustó el EQ, limpiando frecuencias, asegurándose de que cada nota respirara. Subió los graves poco a poco, sin prisa, dejando que el público entrara en el mood antes de soltar todo.

Las luces cambiaron a tonos azul profundo y rosado suave, moviéndose lentamente al ritmo. El público comenzó a balancearse, brazos en alto, muchos abrazándose, otros cerrando los ojos, cantando incluso sin palabras claras, solo con la emoción.

Cuando el beat entró con más fuerza, Neytan marcó el ritmo con las manos sobre su cabeza. El público lo imitó al instante. Miles de brazos subiendo y bajando al mismo tiempo, como un solo cuerpo gigantesco.

Neytan jugó con los filtros, cerrándolos brevemente para crear pequeños silencios antes de devolver el golpe completo del ritmo. Cada regreso provocaba gritos nuevos, saltos más altos. Ajustó el crossfader, mezclando capas con suavidad, manteniendo todo limpio, envolvente.

A mitad de la canción, redujo la intensidad. Bajó los graves casi por completo, dejó que la melodía quedara desnuda, flotando sobre el canto del público. Tomó el micrófono una vez más, sin gritar, solo señalando hacia ellos, invitándolos a seguir.

I feel so close to you right now, it’s a force field

I wear my heart upon my sleeve like a big deal

Your love pours down on me, surround me like a waterfall

And there’s no stopping us right now

I feel so close to you right now

El público cantó con todo. No hacía falta entender cada palabra. Era sentimiento puro. Las pantallas mostraban tomas abiertas del festival: un mar de personas iluminadas por luces que ahora cambiaban lentamente de color, siguiendo el pulso de la canción.

Neytan miró ese mar y, por un segundo, no tocó nada. Solo levantó una mano, luego la otra, como dirigiendo un coro invisible. Después volvió a los controles y devolvió los graves con una transición limpia y poderosa.

El último tramo fue pura celebración. Neytan movía la cabeza al ritmo, giraba perillas, hacía pequeños cortes rítmicos para mantener la energía viva. El público saltaba sin parar. Nadie quería que terminara.

En los últimos compases, Neytan bajó poco a poco los elementos, dejando que la melodía se despidiera con elegancia. Las luces se volvieron blancas, luego doradas, iluminando todo el lugar como si fuera un amanecer artificial.

And there’s no stopping us right now

And there’s no stopping us right now

And there’s no stopping us right now

I feel so close to you right now

La canción se desvaneció lentamente, como si se resistiera a irse.

El último acorde quedó suspendido en el aire… y entonces, el silencio.

Un silencio mínimo.

Breve.

Inexistente.

Porque de inmediato llegó el estallido.

Gritos que se mezclaban unos con otros.

Aplausos que golpeaban el aire sin coordinación.

Un rugido inmenso, profundo, que recorría el festival de punta a punta como una ola imposible de detener.

Neytan se quedó quieto un segundo, absorbiendo todo. Luego levantó ambos brazos bien alto, sin prisa, agradeciendo desde lo más profundo. Inclinó el cuerpo hacia adelante en una leve reverencia, sincera, sin exageración. Después señaló al público, se tocó el pecho y volvió a señalarles, una y otra vez, dejando claro el mensaje sin decir una sola palabra:

Esto fue de ustedes. Esto fue de todos.

Las luces iluminaron el rostro del público, miles de personas sonriendo, gritando, abrazándose, conscientes de que habían vivido algo irrepetible.

Feel So Close había cerrado el set.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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