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MARSHMELLO - Capítulo 33

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Capítulo 33: Capitulo 32

17 de noviembre de 2011 — Nueva York

11:00 a. m. — Broadway, Manhattan

Neytan caminaba sin prisa por Broadway, a la altura del SoHo, con las manos dentro de los bolsillos de su sudadera oscura. No llevaba el casco, no llevaba nada que lo delatara. Era solo un chico más mezclado entre peatones, turistas con mapas doblados, oficinistas con café en mano y repartidores esquivando gente con bicicletas.

El aire de noviembre era frío, pero soportable. Ese frío seco de Nueva York que despierta un poco más de lo normal. El ruido de la ciudad lo envolvía todo: bocinas lejanas, conversaciones cruzadas, pasos constantes sobre la acera, el sonido metálico del metro pasando bajo tierra.

Neytan no tenía rumbo fijo.

Había salido de casa sin un plan claro, solo con la necesidad de caminar. Después de semanas de festivales, aeropuertos, escenarios y multitudes, ese momento sencillo caminar solo por la ciudad se sentía extrañamente valioso.

Miraba escaparates sin realmente verlos. Tiendas de ropa, librerías pequeñas, cafeterías con mesas pegadas a las ventanas. En algún punto, el olor lo hizo detenerse.

Pizza.

Giró un poco la cabeza y vio una pizzería local, nada elegante, nada llamativo. Un local angosto, con el letrero ligeramente desgastado y el interior iluminado con luces cálidas. Desde afuera se veía el mostrador de acero, el horno al fondo y un par de mesas ocupadas por gente comiendo sin apuro.

No lo pensó demasiado.

Empujó la puerta y entró.

El sonido de la calle quedó atrás, reemplazado por el murmullo del local y el aroma fuerte a masa recién horneada, queso derretido y salsa de tomate. Neytan se acercó al mostrador, pidió una rebanada grande de pizza de pepperoni y una bebida, pagó y fue a sentarse a una mesa junto a la ventana.

Se quitó la sudadera solo un poco, dejándola abierta, y apoyó los antebrazos sobre la mesa mientras esperaba su pedido.

Entonces sacó su celular.

La pantalla se iluminó de inmediato.

Notificaciones.

Varias.

La mayoría eran de fans: mensajes, menciones, respuestas en redes sociales. Comentarios en distintos idiomas, algunos cortos, otros largos, algunos con fotos de conciertos, otros simplemente diciendo gracias.

Neytan no abrió todos. Solo deslizó la pantalla, leyendo por encima. Sonrió apenas en algunos mensajes, en otros simplemente asintió para sí mismo.

Luego vio un correo que le llamó la atención.

Era de su equipo de música.

Abrió el mensaje.

“Prism ya entró oficialmente en etapa de mezcla y masterización. Te avisamos cuando tengamos el primer bounce final para revisión.”

Neytan leyó el mensaje con calma. No hubo euforia exagerada, ni saltos. Solo una sensación tranquila, sólida.

Respondió con pocas palabras:

“Perfecto, gracias. Quedo atento.”

Bloqueó el teléfono por un segundo, justo cuando el empleado dejó la pizza frente a él. El plato estaba caliente, el queso aún burbujeaba un poco en los bordes.

Tomó la primera mordida con calma.

Mientras comía, volvió a encender el celular.

Esta vez era un mensaje directo.

Laura Brehm.

Neytan se apoyó un poco más en el respaldo de la silla antes de abrirlo.

Laura Brehm:

El tema Prism me gustó mucho. Gracias por darme libertad total con la letra, de verdad lo disfruté bastante.

Y sobre los otros conceptos que me enviaste… ya tengo algunas ideas dando vueltas.

Neytan dejó pasar unos segundos antes de responder. No porque dudara, sino porque quería escribir bien lo que pensaba.

Apoyó el celular sobre la mesa, limpió un poco sus dedos con una servilleta y comenzó a escribir.

Neytan:

Por eso te escribí.

Tu voz es la única que encaja perfecto con esas canciones.

Y ahora que estamos creando más temas nuevos, me avisas cómo vas con la letra.

Yo te iré enviando avances de las pistas para que tengas una idea más clara del rumbo.

Envió el mensaje y dejó el celular boca arriba.

Siguió comiendo.

Afuera, la gente pasaba sin notar quién estaba sentado ahí dentro. Para ellos, Neytan era solo otro chico comiendo pizza en una mañana cualquiera de Nueva York.

Y por primera vez en mucho tiempo, eso le parecía perfecto.

Terminó su comida sin prisa. Se quedó unos minutos más mirando por la ventana, observando cómo la ciudad seguía moviéndose sin detenerse por nadie.

Pagó lo que faltaba, se puso de nuevo la sudadera y salió a la calle.

Broadway lo recibió otra vez con su ruido constante.

Neytan ajustó la capucha, guardó el celular en el bolsillo y siguió caminando, sin rumbo, dejando que Nueva York hiciera lo suyo.

Neytan siguió caminando sin detenerse, dejando que el flujo natural de la ciudad lo absorbiera. A cada paso, Nueva York mostraba su contraste constante: personas con trajes formales caminando rápido, mirando el reloj, hablando por teléfono con voz seria; otras casi corriendo para alcanzar un taxi; algunas más relajadas, con auriculares puestos, mochilas al hombro, café en mano, sin prisa aparente.

Había también gente común, turistas con cámaras colgadas al cuello, estudiantes riendo entre ellos, repartidores empujando carritos, músicos callejeros afinando instrumentos en las esquinas. Todo coexistía en el mismo espacio, sin detenerse por nadie.

Neytan caminaba entre todos ellos, mezclado, invisible.

Y eso le gustaba.

Observaba los reflejos de los edificios en los vidrios de las oficinas, el sonido constante de los semáforos cambiando, el murmullo de conversaciones que nunca terminaba de entender porque se mezclaban unas con otras. Nueva York no pedía atención, simplemente estaba ahí, viva, funcionando.

Mientras caminaba, pensó en lo mucho que había extrañado esto.

Caminar sin escoltas, sin horarios estrictos, sin backstage, sin luces apuntándole al rostro. Solo caminar por las calles como siempre lo había hecho antes de que todo cambiara.

Sí… extrañaba esto murmuró para sí mismo, casi sin darse cuenta.

Siguió avanzando, esquivando gente con naturalidad, adaptándose al ritmo de la ciudad como si nunca se hubiera ido. En su mente, los pensamientos empezaron a ordenarse solos, sin forzarlos.

Aún no me llaman… pensó.

Ni Sony Music.

Ni SilverLine Records.

Ningún mensaje de “los altos mandos”, como a veces los llamaban. Nadie preguntando por números, descargas, crecimiento de redes, estadísticas de ganancias o comparaciones con otros artistas.

Y, sorprendentemente, no le molestaba.

De hecho, lo ignoró casi de inmediato.

No necesitaba eso en ese momento.

Sabía que los números estaban ahí. Sabía que las canciones seguían creciendo, que las reproducciones subían, que su nombre aparecía cada vez más. Pero ahora mismo… no era lo importante.

Le quedaba una última fecha.

Una sola presentación más.

Después de eso, por fin, tendría tiempo libre. No aeropuertos. No hoteles. No pruebas de sonido. No maletas hechas a medias.

Un mes completo sin presentaciones.

Solo pensar.

Crear.

Respirar.

Mientras cruzaba una calle, miró el semáforo ponerse en verde y avanzó junto al resto de la gente. Pensó en 2012. El año que estaba a punto de comenzar.

No sabía exactamente cómo iniciaría.

Tal vez con presentaciones.

Tal vez con más festivales.

Tal vez con nada de eso.

No tenía prisa.

La idea de hacer un álbum completo todavía no le cerraba del todo. No porque no pudiera, sino porque no se sentía listo emocionalmente. Para él, un álbum no era solo juntar canciones; tenía que tener un sentido, un hilo, algo que realmente representara quién era en ese momento.

Aún no pensó. No quiero hacer un álbum solo por hacerlo.

Si algún día lo hacía, tal vez sería a mediados de 2012, o incluso a comienzos de 2013. Cuando sintiera que tenía algo real que decir. Algo que valiera la pena escuchar de principio a fin.

Mientras tanto, las colaboraciones sí le rondaban la cabeza.

Tenía varias opciones. Nombres importantes. Voces distintas. Productores con estilos interesantes. Personas que querían trabajar con él.

Pero tampoco iba a responder de inmediato.

No quería decir que sí por impulso.

Pensaba más bien en el tiempo de pista, en cómo sonaría realmente una colaboración, en si encajaría con su forma de crear música. No se trataba de fama ni de sumar nombres, sino de hacer algo que le gustara de verdad.

Aceptaría solo aquellas colaboraciones donde sintiera que podía aportar algo real… y aprender algo también.

Neytan siguió caminando varias cuadras más, sin darse cuenta del tiempo.

Neytan respiró hondo.

Esto… sí que lo extrañaba pensó.

Al avanzar unos pasos más, algo llamó su atención. Un escaparate con vinilos, CDs y pósters antiguos. Un letrero sencillo colgaba sobre la entrada:

“Village Music Store”

No era una tienda enorme ni llamativa, pero tenía algo familiar. Algo auténtico.

Sin pensarlo demasiado, Neytan se detuvo frente a la vitrina. Observó los discos expuestos: clásicos del pop, electrónica, rock alternativo, hip-hop de los 90, ediciones especiales. No sabía si compraría algo o solo entraría a mirar, pero sintió esa curiosidad que solo una tienda de música real puede provocar.

Empujó la puerta.

Una campanilla sonó suavemente al abrirse, y de inmediato fue recibido por un ambiente completamente distinto al de la calle. El ruido exterior quedó atrás, reemplazado por un sonido envolvente, cálido.

En los altavoces de la tienda sonaba “Pon de Replay” de Rihanna.

Una canción antigua, de esas que automáticamente te llevan a otro tiempo. El ritmo llenaba el lugar con suavidad, sin ser invasivo. Neytan sonrió apenas al reconocerla.

Hace años que no escuchaba esto… pensó.

La tienda olía a plástico nuevo, cartón de carátulas y un ligero aroma a café. Las paredes estaban cubiertas de estantes repletos de CDs organizados por género y artista. En el fondo, una sección de vinilos ocupaba casi toda una pared.

Neytan comenzó a caminar despacio por los pasillos, pasando los dedos por las carátulas, leyendo nombres, fechas, ediciones especiales. No tenía prisa. No había cámaras. Nadie parecía reconocerlo. Y eso hacía la experiencia aún mejor.

Mientras avanzaba, empezó a escuchar fragmentos de conversaciones de otros clientes.

“¿Tienes la versión deluxe de este álbum?”

“No, pero dicen que el sonido del vinilo es mucho mejor.”

“Este disco lo escuchaba con mi hermano cuando éramos niños.”

Voces normales. Conversaciones simples. Nada de contratos, números o agendas.

Se detuvo en la sección de electrónica. Vio nombres conocidos, otros olvidados, algunos que lo habían inspirado años atrás. Tomó un CD, lo observó unos segundos y lo volvió a dejar en su lugar.

Luego pasó a pop internacional. Ahí estaba Rihanna, Madonna, Lady Gaga, artistas que habían marcado épocas. Pensó en cómo la música evolucionaba, en cómo cada sonido tenía su momento y su contexto.

Mientras caminaba, la canción seguía sonando de fondo. Pon de Replay llenaba el espacio con una vibra nostálgica, casi despreocupada.

Neytan se apoyó un momento contra un estante y dejó que su mente viajara.

Pensó en sus propias canciones. En Prism. En todo el proceso creativo. En cómo una idea pequeña podía terminar convirtiéndose en algo enorme si se le daba el tiempo correcto.

Miró alrededor otra vez. Nadie lo miraba raro. Nadie sabía quién era. Era solo un chico más dentro de una tienda de música, disfrutando del momento.

Y eso, en ese instante, valía más que cualquier número, cualquier llamada pendiente, cualquier reunión futura.

Después de unos minutos más, dejó el CD que tenía en las manos y siguió caminando lentamente hacia la salida, todavía con la música de fondo acompañándolo.

Antes de salir, miró una vez más la tienda.

Tal vez vuelva pensó. No hoy, pero volveré.

Antes de que Neytan terminara de empujar la puerta para salir, una voz rompió suavemente el murmullo de la tienda.

Oye… dijo un cliente desde uno de los pasillos ¿y tú qué piensas de Marshmello?

Neytan se detuvo.

No se giró de inmediato. Su mano quedó apoyada en la puerta, la campanilla aún sin sonar. La pregunta no fue dicha con emoción exagerada ni con fanatismo; fue una curiosidad honesta, casual, como tantas que se escuchan en una tienda de música.

¿Crees que saque un álbum? continuó el cliente. Me gustaría mucho que Marshmello sacara un álbum completo.

Neytan regresó lentamente al interior de la tienda.

No dijo nada aún. Simplemente caminó unos pasos hacia adentro, apoyándose cerca de un estante, como si solo fuera otro cliente más que había olvidado algo. La música seguía sonando por los parlantes, la misma canción de Rihanna que envolvía el ambiente con un ritmo suave y reconocible.

El cliente que había hablado era un hombre joven, tal vez de veintitantos años, con una chaqueta de mezclilla y unos audífonos colgando del cuello. Tenía un CD en la mano y miraba a otro cliente mientras hablaba, sin notar quién era realmente Neytan.

Tiene canciones increíbles continuó. Pero siento que todavía hay algo más que podría mostrar, ¿sabes? Un álbum te dice quién eres de verdad como artista.

Otro cliente asintió.

Sí, los singles están bien, pero un álbum… eso ya es otra historia.

Neytan escuchaba en silencio.

Se cruzó de brazos con calma, apoyando un hombro contra el estante. No sentía nervios ni tensión. Al contrario, había algo extrañamente reconfortante en escuchar a personas hablar de él sin saber que estaba ahí.

Pensó en todo lo que llevaba dentro. En las ideas que aún no tomaban forma completa. En las pistas a medio terminar. En las colaboraciones posibles. En el miedo silencioso de no querer apresurar algo solo porque otros lo esperan.

No sé, agregó el primer cliente. Espero que no se apure. Prefiero que saque algo cuando esté listo, no solo por presión.

Neytan bajó ligeramente la mirada.

Eso, pensó.

La canción seguía sonando. El bajo marcaba el ritmo del local, mezclándose con el sonido de cajas registradoras, pasos suaves, el roce de discos siendo tomados y devueltos a su lugar.

Neytan cerró los ojos por un segundo.

No necesitaba responder. No necesitaba decir quién era. No necesitaba confirmar ni negar nada.

Se quedó ahí, escuchando.

Escuchando la música.

Escuchando a la gente.

Escuchando el pulso real del mundo fuera de los escenarios.

Cuando la canción llegó a su parte final, el empleado de la tienda caminó hacia el reproductor para cambiarla. El ambiente se mantuvo tranquilo, casi íntimo.

Neytan abrió los ojos.

Sonrió apenas, una sonrisa pequeña, privada, que nadie más notó.

Luego, con la misma calma con la que había regresado al interior, volvió a dirigirse hacia la puerta. Esta vez la empujó sin detenerse. La campanilla sonó suavemente.

La calle volvió a recibirlo con su ruido constante, con taxis, voces y pasos apurados.

Se detuvo un momento en la acera, justo en la esquina de Broadway con West 4th Street, en pleno Greenwich Village. A su alrededor, la vida seguía su curso: personas con trajes formales caminaban rápido mirando el reloj, estudiantes con mochilas hablaban animadamente, turistas observaban los edificios como si todo fuera nuevo para ellos. Un taxi amarillo frenó bruscamente frente a un semáforo, y un repartidor en bicicleta pasó a su lado murmurando algo ininteligible.

Neytan apoyó la espalda contra la pared de un edificio antiguo de ladrillo rojo. Metió la mano en el bolsillo delantero de su sudadera y sacó su celular. La pantalla se encendió al instante. Dudó apenas un segundo antes de buscar el contacto de su padre.

Michael.

Presionó el botón de llamada.

El teléfono sonó una vez.

Dos veces.

Mientras esperaba, Neytan observó el reflejo de los autos en una vitrina cercana y pensó en lo normal que se sentía ese momento. Sin escenarios. Sin luces. Sin gritos. Solo él, la ciudad y una llamada familiar.

¿Sí? respondió finalmente Michael, con su voz calmada y firme.

Papá dijo Neytan, ¿vas a recoger hoy a mis hermanos a la Academia St. Ravensford?

Del otro lado de la línea se escuchó un leve ruido de fondo, probablemente el sonido de una radio o el motor del auto.

Sí respondió Michael sin dudar. Hoy recojo a tu hermano mayor Matías y a tu hermana menor Elena.

Neytan sonrió casi sin darse cuenta. La imagen de Elena saliendo del colegio con su mochila más grande que ella misma cruzó por su mente, seguida por la de Matías, siempre más serio, pero atento.

Entonces… dijo Neytan te acompaño para recogerlos.

Hubo una breve pausa.

Bien respondió Michael. ¿Dónde estás ahora?

Neytan levantó la vista y miró a su alrededor con más atención. El cartel de una cafetería artesanal colgaba a su derecha. Más adelante, un músico callejero afinaba su guitarra. Reconocía bien esa zona; era uno de esos lugares donde siempre se sentía en casa.

Estoy en Greenwich Village, en la esquina de Broadway con West 4th Street dijo con claridad. Justo frente a una tienda de música. Acabo de salir de ahí.

Perfecto respondió Michael. Paso por ti en unos minutos. Quédate por esa zona.

Está bien, papá contestó Neytan. Te espero.

Colgó la llamada y dejó caer el brazo lentamente. Guardó el celular en el bolsillo y exhaló con tranquilidad. Se quedó ahí, observando cómo el semáforo cambiaba de color y la gente cruzaba la calle sin prestarle atención.

Neytan permaneció apoyado contra la pared de ladrillo, con las manos en los bolsillos de la sudadera, esperando a que su padre llegara. No tenía prisa. Por primera vez en semanas, no había horarios estrictos, ni vuelos que tomar, ni pruebas de sonido que cumplir. Solo unos minutos suspendidos en el tiempo, en medio de Nueva York.

El sonido de la ciudad no se detenía nunca. Era un murmullo constante, casi musical, compuesto por cientos de conversaciones superpuestas, pasos apresurados, motores encendiéndose y frenando, puertas que se abrían y cerraban. Neytan cerró los ojos por un instante y dejó que todo eso lo atravesara.

A pocos metros de él, dos hombres con trajes oscuros caminaban lado a lado, ambos con café para llevar en la mano. Hablaban en voz baja, pero lo suficiente como para que algunas palabras llegaran hasta donde estaba Neytan.

…el informe tiene que estar listo antes del viernes decía uno, claramente estresado. Si no, nos van a pedir horas extra otra vez.

Ya llevo tres semanas saliendo tarde respondió el otro con un suspiro. Mi esposa ya ni pregunta a qué hora vuelvo.

Siguieron caminando sin mirar atrás, perdiéndose entre la multitud. Neytan abrió los ojos y observó cómo desaparecían entre la gente. Pensó en cuántas historias como esa se cruzaban frente a él todos los días sin que nadie se detuviera a notarlas.

Un poco más allá, cerca de la entrada de una cafetería, una mujer hablaba por teléfono gesticulando con una mano mientras sostenía su bolso con la otra.

No, no puedo hoy decía. Me quedé hasta tarde ayer, y mañana tengo presentación. Dile que lo vemos la próxima semana.

La puerta del local se abrió y salió una ráfaga de aire caliente mezclada con el aroma del café recién hecho. Desde adentro se escuchaba música suave, una canción indie que Neytan reconoció vagamente, algo que había escuchado alguna vez en una playlist nocturna mientras viajaba en avión. El sonido se mezclaba con el tintinear de las tazas y el murmullo de las conversaciones dentro del lugar.

A su derecha, un grupo de estudiantes se detuvo cerca de una banca. Llevaban mochilas grandes, algunas con parches y pins. Uno de ellos tenía auriculares colgando del cuello, y de ellos se escapaba un ritmo electrónico apagado.

¿Ya escuchaste el nuevo set que subieron anoche? preguntó uno.

Sí respondió otro, está bueno, pero nada como lo que tocaron en el festival el mes pasado.

Igual, la música electrónica está cambiando mucho añadió una chica. Ahora todo suena más emocional, más melódico.

Neytan no pudo evitar sonreír ligeramente. Le parecía curioso escuchar conversaciones sobre música sin que nadie supiera que él era parte de ese mismo mundo del que hablaban. Era como observar su propia realidad desde afuera, sin expectativas ni miradas encima.

Cruzó la calle un repartidor empujando un carrito metálico cargado de cajas. El sonido de las ruedas golpeando las irregularidades del pavimento marcaba un ritmo irregular. Detrás de él, un taxi tocó la bocina con impaciencia, y alguien gritó algo desde la ventana que se perdió entre el ruido general.

Desde una tienda cercana de ropa, la música era completamente distinta: un tema pop antiguo, reconocible, sonaba fuerte, casi compitiendo con el resto de la ciudad. Más adelante, en otra cafetería, se escuchaba jazz suave. Cada local parecía tener su propia banda sonora, creando una mezcla caótica pero extrañamente armoniosa.

Neytan ajustó ligeramente la capucha y observó a una pareja mayor caminando despacio, tomados del brazo. No hablaban. Solo caminaban juntos, al mismo ritmo, como si no necesitaran palabras. Esa imagen le produjo una calma inesperada.

Pensó en lo rápido que había pasado todo ese año. Enero parecía tan lejano. Los viajes, los escenarios, los festivales, los hoteles, los aeropuertos… todo se había convertido en una sucesión constante de momentos intensos. Y sin embargo, ahí estaba ahora, quieto, escuchando conversaciones ajenas sobre informes, trabajos, horas extras y música de fondo en cafeterías.

Se dio cuenta de cuánto había extrañado eso.

Caminar por la ciudad sin ser esperado.

Escuchar sin ser escuchado.

Existir sin tener que demostrar nada.

Sacó nuevamente el celular, solo para comprobar la hora. Las 12:56 a.m. Guardó el teléfono y levantó la vista justo cuando, a lo lejos, distinguió un BMW Serie 3 de color negro de quinta generacion familiar acercándose lentamente entre el tráfico.

El BMW Serie 3 de quinta generación, color negro, se detuvo suavemente junto a la acera. El motor quedó encendido, vibrando apenas, mientras el tráfico seguía fluyendo alrededor. El brillo del sol se reflejaba en la carrocería pulida del auto, dejando ver que había sido lavado recientemente.

Neytan reconoció de inmediato el vehículo. No necesitó confirmar la placa ni mirar dos veces. Caminó los últimos pasos con calma, abrió la puerta del copiloto y se deslizó hacia el interior del auto.

Hola, papá saludó con naturalidad, acomodándose el cinturón de seguridad.

Michael giró ligeramente la cabeza para mirarlo y le dedicó una sonrisa tranquila, de esas que no necesitaban exagerarse.

Hola, hijo respondió. ¿Qué tal tu paseo?

Neytan cerró la puerta con suavidad y apoyó la espalda en el asiento. El interior del BMW olía a cuero y a un leve rastro de café, probablemente del vaso térmico que su padre solía llevar consigo.

Bien contestó. Caminé un rato, entré a un par de tiendas… nada fuera de lo normal. Extrañaba eso.

Michael asintió mientras soltaba el freno de mano y el auto comenzaba a avanzar lentamente, incorporándose de nuevo a la calle.

Nueva York tiene eso dijo. Incluso cuando estás rodeado de gente, puedes sentirte solo contigo mismo.

Neytan miró por la ventana, observando cómo los edificios pasaban uno tras otro, altos, imponentes, cada uno con su propia historia grabada en la fachada.

Sí respondió. Después de tanto viaje, estar aquí… se siente distinto.

Michael no dijo nada de inmediato. Conocía a su hijo lo suficiente como para saber cuándo necesitaba hablar y cuándo solo necesitaba silencio. Avanzaron unos metros más antes de que él retomara la conversación.

¿Dónde estabas exactamente cuando llamaste? preguntó.

Cerca de una tienda de música respondió Neytan. Estaba escuchando conversaciones de la gente… cosas normales. Trabajo, horarios, música. Me hizo bien.

Michael sonrió de lado.

Eso también es importante dijo. No perder el contacto con lo cotidiano.

El semáforo se puso en rojo y el BMW se detuvo. A su alrededor, otros autos esperaban. Un autobús pasó lentamente por el carril contiguo, y desde su interior se escuchaban risas apagadas. Un peatón cruzó la calle hablando por teléfono, gesticulando con energía.

Vamos bien de tiempo comentó Michael. Todavía faltan unos minutos para recoger a Matías y a Elena.

Perfecto respondió Neytan. Así no hay prisa.

El semáforo cambió a verde y el auto avanzó de nuevo. Durante unos segundos, ambos permanecieron en silencio. No era incómodo. Era un silencio cómodo, familiar.

Michael fue el primero en romperlo.

Tu abuelo llamó ayer dijo, manteniendo la vista en la carretera. Preguntó cómo estabas.

Neytan giró la cabeza para mirarlo.

¿Y qué le dijiste?

Que estabas bien respondió. Que estabas tomando buenas decisiones.

Neytan bajó un poco la mirada, pensativo.

Espero que sea verdad murmuró.

Michael soltó una pequeña risa.

Lo es afirmó. No todos a tu edad piensan como tú. Ni siquiera muchos adultos.

Neytan no respondió de inmediato. Miró sus manos, luego volvió a observar la ciudad. La conversación tomó un ritmo más tranquilo, más íntimo.

A veces siento que todo va muy rápido admitió. Como si no hubiera tenido tiempo de procesar cada cosa.

Michael asintió lentamente.

Eso pasa cuando las cosas grandes llegan de golpe dijo. Lo importante es que no te olvides de quién eres cuando todo se calma.

El auto giró en una esquina conocida, acercándose poco a poco a la zona donde se encontraba la Academia St. Ravensford. El tráfico se volvió más lento, y comenzaron a verse más estudiantes caminando por las aceras, algunos con mochilas grandes, otros hablando animadamente entre ellos.

Mira dijo Michael señalando con la cabeza. Ya están saliendo.

Neytan se inclinó un poco hacia adelante, mirando por el parabrisas. Reconoció los uniformes de inmediato. Entre el grupo de estudiantes, distinguió la figura de Matías, caminando con tranquilidad, y un poco más atrás, Elena, con su mochila colgando de un hombro, hablando sin parar con una compañera.

Ahí están dijo Neytan con una ligera sonrisa.

Michael estacionó el BMW cerca de la acera y apagó el motor.

Vamos a esperarlos dijo. No tardan.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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