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MARSHMELLO - Capítulo 37

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Capítulo 37: Capitulo 36

23 de diciembre — Departamento familiar, Nueva York — 11:00 a. m.

La mañana avanzaba despacio, envuelta en una luz invernal suave que se filtraba por las ventanas del departamento. Afuera, la ciudad seguía con su ritmo acelerado previo a las fiestas, pero dentro todo parecía moverse a otro tiempo, más lento, más cálido. El árbol de Navidad seguía encendido desde la noche anterior, con pequeñas luces blancas que parpadeaban de forma constante, reflejándose en los adornos de vidrio.

En la sala, el televisor estaba encendido mostrando un maratón de películas navideñas. No era un canal que normalmente alguien eligiera ver con atención absoluta, pero en esos días funcionaba como un fondo perfecto: música suave, escenas familiares, nieve falsa cayendo una y otra vez.

Neytan caminaba de un lado a otro de la sala con una taza de café en la mano, aún vestido de manera cómoda, con sudadera oscura y pantalón deportivo. No parecía inquieto, más bien pensativo. Cada tanto se detenía a mirar la pantalla, luego seguía caminando.

Matias estaba recostado en uno de los sillones, con los pies apoyados en la mesa baja, mirando la televisión sin demasiado interés, cambiando de posición cada cierto tiempo. Elena, en cambio, estaba sentada en el suelo, apoyada contra el sillón, con una manta sobre las piernas y los ojos fijos en la película, aunque claramente su atención iba y venía.

Hermano dijo Elena de pronto, rompiendo el silencio cómodo, los abuelos llegan hoy desde Alemania, ¿no es así?

Neytan se detuvo junto a la ventana, miró un instante hacia la calle y luego asintió.

Sí respondió. Llegan hoy.

Elena giró la cabeza hacia él, con los ojos brillantes.

¿A qué hora llegan los abuelos?

Antes de que Neytan pudiera responder, Matias intervino desde el sillón, sin apartar la vista del televisor.

Llegan como a las tres de la tarde dijo. Papá revisó el horario del vuelo ayer.

Elena hizo un pequeño sonido de emoción y se incorporó un poco más.

¿Y qué regalos nos traerán? preguntó, con esa mezcla de ilusión infantil y curiosidad que nunca había perdido del todo.

Neytan sonrió levemente. Dio un sorbo a su café antes de responder.

Quién sabe dijo. Sabes que siempre nos sorprenden.

Elena se quedó pensativa unos segundos, imaginando posibilidades: cajas envueltas en papel elegante, chocolates europeos, quizás algo inesperado que nadie hubiera pedido.

Matias cambió de posición y miró a Neytan.

¿Y nuestro tío Andrés vendrá a quedarse, no es así?

Neytan levantó ligeramente los hombros.

Eso parece respondió. Al menos eso dijo la última vez.

Elena frunció el ceño, como recordando algo importante.

¿Y traerá a esa chica con la que sale?

La pregunta quedó flotando en el aire unos segundos. Neytan volvió a caminar lentamente hacia el centro de la sala y dejó la taza sobre la mesa.

Quién sabe dijo con calma. Ya veremos.

Elena volvió a mirar la televisión, pero ahora claramente estaba pensando en otra cosa. Matias soltó una risa baja.

Siempre es lo mismo comentó. Cada Navidad hay sorpresas nuevas.

Neytan asintió.

Eso es lo que la hace interesante.

El sonido de la película seguía llenando la sala: villancicos, risas exageradas, diálogos predecibles. Afuera, se escuchaba a lo lejos el ruido de los autos y algún claxon impaciente. Dentro, el departamento estaba lleno de una expectativa silenciosa.

Neytan se apoyó un momento contra el marco de la puerta, observando a sus hermanos. Pensó en lo rápido que había pasado el año, en todo lo que había ocurrido: giras, estudios, decisiones, ausencias. Y, aun así, ese momento simple una sala, una película navideña, una conversación trivial se sentía extrañamente importante.

En unas horas dijo de pronto la casa va a estar llena.

Elena sonrió.

Y ruidosa.

Matias levantó su taza de chocolate caliente.

Y caótica.

Neytan sonrió también.

Pero es Navidad concluyó.

La película seguía avanzando en la pantalla. Mi pobre angelito —Solo en casa— ya iba por una de esas escenas que todos conocían de memoria, pero que aun así nadie se cansaba de ver. La música sonaba alegre, exagerada, y el televisor iluminaba la sala con tonos cálidos que se mezclaban con las luces del árbol de Navidad.

Neytan se dejó caer finalmente en uno de los sillones, cruzando los brazos detrás de la cabeza. Durante unos segundos observó la pantalla, luego giró el rostro hacia Elena.

¿Y qué tal está la película? preguntó con tono tranquilo. Mi pobre angelito otra vez.

Elena no apartó la vista del televisor.

Está normal respondió. Como cualquier otra Navidad que vemos esta película.

Matias soltó una risa baja desde el otro sillón.

“Normal” dice comentó. Llevamos viéndola desde que Elena tenía cinco años.

¡Porque es buena! protestó ella. Además, siempre pasan algo nuevo que no recuerdas.

Neytan arqueó una ceja.

¿Nuevo? dijo. Si ya sabemos exactamente cuándo se cae, cuándo grita y cuándo los ladrones salen volando.

Elena se encogió de hombros.

Pero igual da risa.

Matias tomó el control remoto y subió un poco el volumen justo cuando Kevin gritaba en la pantalla.

Admitámoslo dijo. Si no vemos Mi pobre angelito, no es Navidad.

Neytan asintió lentamente.

Eso es verdad dijo. Es como una tradición no escrita.

Durante unos segundos, los tres se quedaron mirando la película en silencio. Afuera, el sonido distante de una sirena cruzó la calle, recordándoles que estaban en Nueva York y no en algún pueblo nevado de ficción.

Elena fue la primera en volver a hablar.

¿Te acuerdas cuando papá intentó poner otra película y mamá se enojó? preguntó.

Matias rió.

Sí dijo. Quería poner un documental.

En Navidad añadió Elena, exagerando el tono. Un documental.

Neytan negó con la cabeza.

Mamá casi le quita el control de las manos, comentó. Dijo que había límites.

Elena sonrió.

Menos mal.

La película avanzó hasta una escena de preparación, y Matias miró de reojo a Neytan.

Oye dijo, ¿tú la ves diferente ahora?

Neytan lo miró.

¿Diferente cómo?

No sé respondió Matias. Antes solo era divertida. Ahora pienso que esos padres eran un desastre.

Elena frunció el ceño.

¡No! dijo. Fue un accidente.

Un accidente que olvidó a su hijo replicó Matias.

Neytan intervino con calma.

Bueno dijo, tampoco es que tuvieran celulares como ahora.

Elena aprovechó.

¿Ves? dijo. Era otra época.

Matias suspiró.

Igual… pobre Kevin.

Elena se acomodó la manta.

A mí me gustaría quedarme sola en casa dijo. Pero sin ladrones.

Neytan rió suavemente.

No durarías ni una hora comentó. Llamarías a mamá a los diez minutos.

¡Mentira! dijo Elena. Aguantaría.

Matias la miró con una sonrisa cómplice.

¿Sin alguien que te haga el desayuno?

Elena dudó.

Bueno… admitió. Tal vez un poco menos.

Los tres rieron.

El ambiente era ligero, cómodo. No había prisa. No había llamadas urgentes, ni estudios de grabación, ni agendas llenas. Solo ese momento compartido.

¿Creen que los abuelos también querrán verla? preguntó Elena.

Seguro respondió Neytan. Al abuelo le encanta aunque diga que no.

Matias asintió.

Siempre dice que ya la vio demasiadas veces, pero luego se queda mirando.

Elena sonrió.

Y la abuela siempre comenta que el niño debería usar gorro.

Neytan soltó una risa más sonora.

Eso es verdad.

La película llegó a una de las escenas más conocidas y Elena se adelantó al diálogo, recitándolo casi de memoria. Matias la miró sorprendido.

¿Te la sabes entera?

Casi respondió ella, orgullosa.

Neytan la observó unos segundos, pensativo.

Cuando éramos más chicos dijo, esta película parecía larguísima.

Ahora pasa rápido comentó Matias.

Como todo añadió Neytan.

Elena los miró a ambos.

¿Eso significa que ya están viejos?

Matias le lanzó un cojín.

Cuidado.

Elena rió y lo esquivó.

El reloj de la pared marcaba el avance del tiempo. Las tres de la tarde se acercaban lentamente. La llegada de los abuelos estaba cada vez más cerca.

En un rato tendremos que ordenar un poco dijo Matias. Mamá no quiere que parezca que vivimos aquí solos.

Pero vivimos aquí respondió Elena.

Exacto dijo Neytan. Ese es el problema.

Los tres rieron de nuevo.

Elena estiró un poco más las piernas y, sin despegar los ojos del televisor, giró apenas la cabeza hacia Neytan. La escena en la pantalla seguía con su ritmo familiar, pero para ella ese no era el momento más importante.

Hermano dijo con voz tranquila, casi cantada, ¿me puedes traer una soda, por favor?

Neytan la miró de reojo. No dijo nada de inmediato. Solo dejó escapar un suspiro lento, de esos que no son molestia real, sino parte de una costumbre ya asumida desde hacía años. Era el suspiro del hermano mayor que sabe que, diga lo que diga, igual terminará levantándose.

Siempre soy yo murmuró en voz baja.

Matias sonrió desde el otro sillón.

Eso es porque eres el favorito comentó, sin mirarlo.

Neytan negó con la cabeza, pero se levantó.

No soy el favorito dijo mientras daba el primer paso hacia la cocina. Solo soy el que se levanta.

Elena sonrió satisfecha y volvió a concentrarse en la película.

Gracias dijo, estirando la palabra. Con hielo si hay.

Claro, señora exigente respondió Neytan desde el pasillo.

Caminó hacia la cocina con paso tranquilo. La casa estaba en silencio salvo por el sonido lejano del televisor y algunas risas grabadas que se colaban hasta allí. Al entrar, la luz era más blanca, más directa. La cocina estaba ordenada, con el olor suave de algo que Sarah había preparado antes.

Abrió el refrigerador y el frío le dio de lleno en el rostro. Observó el interior por unos segundos, como si estuviera decidiendo algo importante, aunque sabía perfectamente qué iba a tomar. Sacó una lata de soda, luego otra para él, y cerró la puerta con el pie.

Se quedó un momento apoyado en la encimera. Abrió su propia soda y dio un sorbo largo. El gas le hizo cosquillas en la garganta. Exhaló despacio.

Desde la sala se escuchó la voz de Elena reaccionando a una escena.

¡Ahí viene, ahí viene! gritó emocionada.

Neytan sonrió sin darse cuenta.

Tomó un vaso, agregó hielo con cuidado y vertió la soda lentamente. El sonido del líquido llenando el vaso era casi relajante. Pensó, por un instante, en lo simple que era ese momento. Nada de estudios, ni reuniones, ni decisiones importantes. Solo una soda, una película vieja y sus hermanos.

Regresó a la sala con el vaso en la mano.

Aquí está dijo, extendiéndoselo a Elena.

Ella lo tomó con ambas manos.

Gracias respondió. Eres el mejor.

Ajá dijo Neytan, sentándose de nuevo. Eso dices ahora.

Matias levantó su lata.

¿Y para mí no hay servicio?

Neytan lo miró con calma.

Levántate tú.

Matias rió.

Era broma.

Los tres volvieron a mirar la pantalla. La película seguía su curso, pero ahora el ambiente era aún más cómodo. Elena dio un sorbo a su soda y suspiró satisfecha.

Así está bien dijo.

Matias rompió el silencio sin apartar la vista del televisor, como si la pregunta hubiera estado rondándole la cabeza desde hacía rato y recién ahora hubiera encontrado el momento justo para salir.

Oigan… dijo, estirando un poco la palabra ¿aún se acuerdan del chocolate que traían los abuelos? Ese que siempre traían cuando venían de Alemania… ¿cómo se llamaba?

Elena dejó de beber su soda y frunció el ceño, concentrándose de inmediato. La película quedó en segundo plano. Para ella, la pregunta no era cualquier cosa: ese chocolate estaba ligado a recuerdos muy específicos, casi sagrados.

Sí… sí me acuerdo dijo despacio. Era cuadrado… venía en muchos sabores.

Neytan abrió los ojos y giró la cabeza hacia ellos.

Ritter Sport respondió casi de inmediato, con seguridad. Se llamaba Ritter Sport.

Elena chasqueó los dedos.

¡Ese! exclamó. El que venía en envolturas de colores. El de avellanas era mi favorito.

Matias sonrió, como si la respuesta hubiera desbloqueado una serie de imágenes guardadas.

Exacto… Ritter Sport repitió. Siempre traían una caja llena. Nunca era solo uno.

Neytan asintió lentamente.

El abuelo decía que así se compartía mejor —comentó—. Que cada uno podía elegir el que quisiera.

Elena apoyó la espalda en el sillón y miró al techo por un segundo, como si pudiera ver el recuerdo proyectado ahí arriba.

Me acuerdo que la abuela siempre decía “solo uno antes de la cena” —dijo—. Y luego, mágicamente, después de la cena aparecía otro.

Matias rió.

Nunca cumplíamos la regla admitió. Tú, Elena, siempre te escondías dos en los bolsillos.

¡Mentira! protestó ella. Bueno… tal vez una vez.

Neytan sonrió de lado.

Más de una corrigió. Yo te vi.

Elena sacó la lengua.

Tú no cuenta, tú eras grande.

Neytan se acomodó mejor en el sillón.

No era tan grande dijo. Pero me acuerdo bien. Me gustaba el de chocolate con almendras. Siempre abría el envoltorio despacio para que durara más.

Matias bajó un poco el volumen del televisor.

¿Se acuerdan cuando el abuelo explicó por qué se llamaba Ritter Sport? preguntó.

Elena negó con la cabeza.

No…

Decía que “Ritter” era por el apellido del fundador y “Sport” porque el chocolate tenía una forma que cabía perfecto en el bolsillo de una chaqueta deportiva explicó Matias. Lo dijo como si fuera el dato más importante del mundo.

Neytan rió suavemente.

Sí, y lo decía siempre, como si fuera la primera vez añadió. Cada visita, la misma historia.

Elena sonrió.

A mí no me molestaba dijo. Me gustaba escucharlo hablar.

Hubo un pequeño silencio. No incómodo, sino cargado de nostalgia. La película seguía avanzando, pero ninguno estaba realmente prestándole atención ahora.

¿Creen que esta vez traigan otra vez chocolate? preguntó Elena, con un tono esperanzado.

Matias se encogió de hombros.

Seguro respondió. Es casi tradición.

Neytan asintió.

Los abuelos no rompen tradiciones dijo. Si no traen Ritter Sport, traen Milka… pero siempre chocolate.

Milka también me gusta dijo Elena, pero no es lo mismo.

No coincidió Matias. El Ritter Sport tenía algo especial.

Neytan miró hacia la ventana, donde la luz del invierno comenzaba a bajar lentamente.

Era más que el chocolate dijo. Era el momento. Sentarnos todos en la mesa, escuchar historias, elegir sabores.

Elena lo miró.

¿Crees que se queden mucho tiempo esta vez? preguntó.

No lo sé respondió Neytan. Pero aunque sea poco, va a ser igual.

Matias volvió a subir el volumen del televisor.

Entonces hoy hay que aprovechar dijo. Película, soda… y más tarde, si llegan con chocolate, mejor.

Elena levantó su vaso.

Brindo por eso dijo, seria. Por los abuelos y el Ritter Sport.

Neytan levantó su lata.

Por los recuerdos que no se olvidan.

Matias chocó su lata con las de ellos.

Y por los que todavía faltan.

En la televisión seguía la película navideña, pero otra vez había quedado en segundo plano. La tarde estaba tranquila, con esa calma especial que solo se siente en los días previos a Navidad, cuando todo parece ir más lento y al mismo tiempo más cargado de expectativas.

Y… dijo Elena, rompiendo el silencio ¿qué tienen planeado con los regalos de los abuelos?

La pregunta flotó en el aire unos segundos. Matias fue el primero en reaccionar. Se reclinó hacia atrás en el sillón y cruzó los brazos detrás de la cabeza, con una media sonrisa.

Yo ya tengo los regalos de los abuelos —dijo con tono seguro—. Y también los de ustedes dos.

Elena abrió los ojos, sorprendida.

¿En serio? preguntó. ¿Cuándo hiciste eso?

Hace un par de semanas respondió Matias. Aproveché un fin de semana libre y ya está todo listo. Envuelto, escondido y fuera de peligro.

Neytan sonrió de lado.

Yo también ya tengo los regalos de los abuelos dijo con tranquilidad, como si fuera lo más natural del mundo.

Elena los miró a los dos, alternando la mirada.

Bueno… entonces estamos parejos comentó. Porque yo también ya tengo los regalos, bueno… en realidad los compramos ayer.

Matias frunció el ceño, curioso.

¿Ayer?

Elena asintió con entusiasmo.

Sí, ayer fui con Neytan al Destiny USA dijo. Compramos los regalos y ya los tenemos guardados para dárselos el 25 de diciembre, en Navidad.

Matias levantó una ceja y giró la cabeza hacia Neytan.

¿Ah sí? dijo. Eso no lo sabía.

Neytan se encogió de hombros.

Fue algo rápido respondió. No queríamos dejarlo para último momento.

Entonces… Matias se inclinó un poco hacia adelante ¿qué les compraron a los abuelos?

Antes de que Elena pudiera responder, Neytan levantó ligeramente la mano, interrumpiendo con calma.

Primero tú dijo. ¿Qué les compraste tú a los abuelos?

Matias soltó una pequeña risa.

Ah, así que quieren jugar a eso comentó. Está bien.

Se tomó unos segundos, como si evaluara cuánto decir.

Al abuelo le compré un reloj empezó. No uno llamativo ni moderno, sino uno clásico, de esos con correa de cuero marrón y números grandes. Siempre dice que le gustan las cosas simples, pero bien hechas.

Elena sonrió.

Eso suena muy a abuelo.

Exacto continuó Matias. Y para la abuela… hizo una pequeña pausa le compré una bufanda de lana, de esas suaves, en tonos claros. La vi y pensé en ella de inmediato.

Neytan asintió lentamente.

Buena elección dijo. A ella siempre le da frío.

Siempre confirmó Matias. Incluso en verano.

Elena apoyó el mentón en la mano.

Me gusta dijo. Son regalos con sentido.

Matias se encogió de hombros, restándole importancia.

Intenté que fueran cosas que realmente usaran dijo. No solo algo bonito para guardar.

Luego miró a Elena con una sonrisa pícara.

Ahora les toca a ustedes.

Elena se enderezó un poco, claramente emocionada.

Bueno… empezó. Para la abuela compramos un álbum de fotos, pero no vacío. Ya empezamos a llenarlo.

Matias abrió los ojos con sorpresa.

¿Un álbum?

Sí dijo Elena. Con fotos de la familia, de cuando éramos más pequeños, de algunos viajes… y dejamos espacio para que ella pueda poner más.

Neytan añadió:

También incluimos unas notas escritas a mano. Cosas simples, recuerdos, mensajes.

Matias sonrió, genuinamente conmovido.

Eso es… buscó la palabra. Eso es muy bueno.

Elena continuó:

Y para el abuelo… miró a Neytan, como dándole pie.

Le compramos un libro dijo Neytan. Uno sobre historia y viajes. Tiene capítulos cortos, mapas, fotos… sabemos que le gusta leer de a poco.

Además agregó Elena, encontramos una edición bonita, con tapa dura. Nos pareció especial.

Matias apoyó los codos en las rodillas.

La verdad dijo, creo que les va a encantar.

Elena sonrió, satisfecha.

Eso esperamos.

Hubo un breve silencio, cómodo. Afuera, el cielo empezaba a oscurecer lentamente. Las luces de la sala daban una sensación aún más cálida al ambiente.

¿Y entre nosotros? preguntó Matias de pronto. ¿También ya tienen todo planeado?

Elena se tensó un poco, teatralmente.

Eso es secreto, dijo. No se pregunta eso.

Neytan soltó una pequeña risa.

Regla básica de Navidad comentó. No se habla de regalos entre hermanos.

Matias levantó las manos en señal de rendición.

Está bien, está bien dijo. Solo preguntaba.

Elena miró la televisión unos segundos y luego volvió a hablar.

Me gusta que este año esté siendo así dijo en voz baja.

¿Así cómo? preguntó Neytan.

Tranquilo respondió. Todos juntos, sin apuros.

Matias asintió.

Sí dijo. Se siente diferente. Mejor.

Neytan miró a sus dos hermanos.

Tal vez porque estamos creciendo comentó. Y empezamos a valorar más estos momentos.

Elena lo miró con una pequeña sonrisa.

Eso sonó muy profundo para estar viendo una película navideña.

Pero no deja de ser verdad respondió Neytan.

Matias suspiró.

Solo espero que cuando lleguen los abuelos, Elena no les cuente todo de inmediato.

¡Oye! protestó ella. Sé guardar secretos.

Neytan levantó una ceja.

Más o menos.

Elena le lanzó un cojín, que rebotó en el brazo del sillón.

Traidor.

Los tres continuaron riendo, las carcajadas llenando el salón del departamento, mezclándose con la música tenue de la televisión que seguía proyectando escenas de la película navideña. La luz cálida de la lámpara del techo caía sobre ellos, dibujando sombras suaves sobre la alfombra y el sillón donde estaban acomodados. Afuera, la ciudad de Nueva York parecía moverse a un ritmo propio, con las luces de los edificios reflejándose en las ventanas del departamento. El viento frío golpeaba de vez en cuando los ventanales, recordándoles que el invierno había llegado con fuerza, pero dentro, la calidez familiar mantenía un contraste perfecto.

Neytan dijo Elena mientras acomodaba su cabello detrás de la oreja, ¿y más tarde saldremos con los abuelos o todos nos quedaremos aquí en el departamento? preguntó, con una mezcla de curiosidad y expectativa, sus ojos brillando con la anticipación propia de un niño que espera la llegada de alguien especial.

Neytan se quedó unos segundos en silencio, pensativo. Sus manos descansaban sobre las rodillas y su mirada se perdió por un instante en la ventana, observando cómo los pocos coches y transeúntes pasaban por la calle cubierta de nieve parcialmente derretida.

Quien sabe respondió finalmente, con una ligera sonrisa. Dependerá de adónde quieran llevarnos los abuelos. Puede que quieran pasear por la ciudad un poco… tal vez mostrarles algunos de sus lugares favoritos, o simplemente quedarse en el departamento disfrutando la tranquilidad de la mañana antes de la cena de Navidad.

Matias, que estaba sentado con la espalda recta y los brazos cruzados detrás de la cabeza, frunció ligeramente el ceño, tratando de imaginar la situación.

Hmm… dijo. Yo creo que los abuelos querrán moverse un poco. Seguro no querrán quedarse quietos todo el día. Ellos siempre han sido activos. Además, ¿no recuerdan cómo el abuelo siempre se emociona con los paseos por la ciudad cuando venimos en verano?

Elena asintió con entusiasmo, sus ojos iluminándose mientras imaginaba la escena.

Sí, y la abuela seguro quiere ir de compras comentó. Ella siempre encuentra algo que le gusta, aunque no lo necesite. ¿Se acuerdan la última vez que vinimos? Encontró esas bufandas tan raras y coloridas que terminó regalándonos a todos.

Neytan soltó una pequeña risa, recordando perfectamente aquel momento.

Sí dijo. La abuela tiene un ojo especial para eso, siempre encuentra cosas curiosas. Y el abuelo… bueno, él probablemente terminará tomando fotos de todo.

¡Es cierto! exclamó Elena, brincando un poco en el sillón de la emoción. Siempre termina tomando fotos de todo y luego nos muestra un álbum gigante que dice que es “el registro oficial de la visita”.

Matias sonrió y negó con la cabeza.

Recuerdo que una vez nos hizo posar frente a un puesto de pretzels en Times Square… durante casi media hora dijo, riéndose de la memoria. Y nosotros solo queríamos comer los pretzels.

Elena rió a carcajadas y se recostó en el sillón, dejando que la manta se le subiera hasta los hombros.

Sí, y después dijo que “el ángulo no era el correcto” y nos hizo cambiar de lugar añadió, entre risas. Es imposible escapar de sus caprichos fotográficos.

Neytan los observaba con una mezcla de diversión y cariño. Su mirada alternaba entre los dos, y de vez en cuando sus dedos se movían nerviosos sobre la manta, mientras su mente no solo recordaba los momentos pasados sino también planeaba cómo sería esta Navidad.

Bueno dijo finalmente, si los abuelos quieren salir, yo estoy listo

¡Eso es cierto! exclamó Elena. Pero también espero que no nos lleven a demasiados lugares agregó, con un tono que combinaba diversión y ligera preocupación. No quiero estar corriendo por la ciudad todo el día.

Matias soltó una carcajada y asintió.

Sí, la última vez terminamos caminando desde Central Park hasta el Rockefeller Center sin siquiera darnos cuenta. Creo que el abuelo disfrutó más que nosotros dijo, con un toque de ironía.

Neytan se rió suavemente.

Bueno, eso significa que tenemos que planear estratégicamente esta vez dijo, cruzando los brazos. Si salimos, conviene que sea en un orden que no nos canse demasiado y que nos deje tiempo de relajarnos después.

Elena lo miró y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.

Sí, pero no quiero perderme nada dijo con firmeza. Si los abuelos quieren mostrarnos la ciudad, quiero disfrutarlo todo. No solo caminar y tomar fotos. Quiero probar cosas, ver luces, sentir la Navidad de Nueva York.

Matias asintió, comprendiendo perfectamente el entusiasmo de su hermana menor.

Tiene razón dijo. Aunque admito que también quiero tiempo para descansar un poco y quizás jugar algo de videojuegos después de la caminata.

Neytan sonrió ante la combinación de planes y expectativas.

Podemos hacer un equilibrio dijo. Salimos a pasear y disfrutar, pero dejamos un margen de tiempo para relajarnos y disfrutar del departamento, la película y, por supuesto, las comidas de mamá.

Elena rió y aplaudió levemente.

¡Perfecto! dijo. Me gusta ese plan.

Neytan asintió, mirando la hora en el reloj de la pared.

Bueno, aún tenemos tiempo antes de que lleguen dijo. Así que podemos relajarnos un poco más. Tal vez ver la película hasta el final o charlar un rato más.

Elena se recostó contra el respaldo del sillón, cruzando las piernas bajo la manta.

Sí dijo. Podemos hablar de cosas tontas, recordar otras Navidades, inventar historias…

Eso suena bien comentó Matias. Mientras no terminemos contándonos todos los secretos de regalos antes de tiempo añadió, con una sonrisa traviesa.

Neytan rió y los miró, sintiendo esa mezcla de calidez, amor familiar y anticipación que solo puede sentirse en días especiales.

Bueno dijo. Entonces, mientras esperamos, ¿qué tal si pensamos en algún plan para después de la llegada de los abuelos? preguntó, inclinándose hacia adelante. Tal vez algo simple, pero memorable.

Elena levantó una ceja, intrigada.

¿Memorable? dijo. ¿Qué tienes en mente?

Neytan sonrió misteriosamente, sin revelar nada.

Ya veremos dijo. Por ahora, dejemos que lleguen y veamos cómo se desarrolla la tarde. Lo importante es que estemos todos juntos, disfrutando cada momento.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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