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MARSHMELLO - Capítulo 43

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Capítulo 43: Capitulo 42

14 de febrero de 2012

SilverLine Records — 10:00 a. m.

La sala de reuniones estaba en silencio, pero no era un silencio cómodo. Era uno de esos silencios que no nacen de la calma, sino del peso de algo que todavía no termina de asentarse en la mente. Neytan estaba sentado en una de las sillas largas de la mesa central, con la espalda apoyada y la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, mirando el techo blanco como si allí arriba hubiera una respuesta que todavía no lograba encontrar.

No pensaba en nada concreto. O tal vez pensaba en demasiadas cosas a la vez. Lo único claro era esa sensación extraña, casi irreal, de estar ahí sentado sin entender del todo cómo había llegado a ese punto. SilverLine Records. Una sala de reuniones. Su familia entera alrededor. Y, flotando en el aire como una palabra prohibida que nadie se atrevía a repetir demasiado fuerte: Grammy.

Sus manos descansaban sobre sus piernas, inmóviles. No revisaba el teléfono. No hablaba. Apenas parpadeaba. Simplemente miraba el techo.

Aún no habían llegado Adrian ni el vicepresidente de Sony Music. Neytan lo sabía, pero no lo sentía como una espera. Era más bien una pausa suspendida en el tiempo.

A su lado estaba su tío Andrés, con una sonrisa amplia, orgullosa, imposible de ocultar. Junto a él, Clara observaba la escena con una mezcla de emoción genuina y asombro todavía fresco. No dejaba de mirar a Neytan de reojo, como si necesitara comprobar una y otra vez que realmente era él, el mismo chico tranquilo, el mismo sobrino al que había conocido… y al mismo tiempo, alguien completamente distinto.

En el otro extremo de la sala estaban Michael y Sarah, sentados uno junto al otro. Michael mantenía una postura recta, pero sus manos se entrelazaban nerviosamente. Sarah, en cambio, no lograba quedarse quieta; lo miraba, se levantaba un poco, volvía a sentarse. Sus ojos no se despegaban de su hijo.

Matias estaba de pie, apoyado contra la pared, cruzado de brazos. Elena ocupaba una silla más pequeña, balanceando suavemente los pies, incapaz de ocultar su emoción.

Neytan… ¿estás bien? preguntó Matias, rompiendo por primera vez el silencio.

No hubo respuesta.

Neytan no giró la cabeza. No bajó la mirada. No pareció escuchar nada. Sus ojos seguían fijos en el techo, con una expresión perdida, como si todavía estuviera atrapado en otra habitación, en otro momento.

Elena inclinó la cabeza y sonrió con ternura.

Déjenlo dijo. Todavía sigue sorprendido. Ya les dije que iba a ganar.

Clara asintió lentamente.

Aún me cuesta creerlo admitió. Saber que Neytan es Marshmello ya fue mucho… pero verlo ganar un Grammy… se quedó en silencio un segundo. Mírenlo. Ni siquiera parece estar aquí.

Andrés soltó una pequeña risa.

Es normal, comentó. Él estaba convencido de que no iba a ganar. No paraba de repetirlo.

Michael respiró hondo.

Pero ganó dijo con firmeza. Ganó un Grammy. A los trece años. Trece.

Sarah se levantó y dio unos pasos hacia Neytan. Se inclinó un poco frente a él, buscando su mirada.

Hijo… dijo con suavidad. ¿Estás bien?

Nada.

Neytan seguía allí, inmóvil, como si la realidad todavía no hubiera terminado de alcanzarlo.

Es normal intervino Andrés. Todavía no se lo cree.

Clara cruzó los brazos y sonrió, con un tono más ligero.

Y supongo que ahora tengo permiso para decirlo miró a Andrés: tus excusas sobre el “trabajo” ya no tenían ningún sentido. Pero ahora que sé que todo era por Neytan… no estoy enojada. Solo creo que alguien debería hacerlo reaccionar.

Elena se levantó un poco de la silla, como si fuera a acercarse, pero se detuvo.

Déjenlo un segundo más dijo. Está procesando.

Y en ese instante, sin previo aviso, la mente de Neytan regresó a la noche anterior.

No estaba en SilverLine Records. No estaba en esa sala. Estaba en la sala del departamento, rodeado de su familia. El televisor encendido. La ceremonia avanzando. Él había dicho que no le importaba. Que no iba a ganar. Que daba igual.

Hasta que llegó ese momento.

Recordó la voz del presentador, clara, firme. Recordó cómo la cámara enfocaba a los nominados: Nicki Minaj, Florence + The Machine, Mumford & Sons, Jazmine Sullivan. Nombres enormes. Artistas que había escuchado, admirado, estudiado.

Y luego… su nombre.

And the Grammy goes to… Marshmello.

Pero Marshmello no estaba allí.

En su lugar, Adrian y el vicepresidente de Sony Music se levantaron de sus asientos. El auditorio aplaudiendo. La música. El nombre repitiéndose.

Marshmello.

Su nombre.

Neytan había sentido cómo el sonido se apagaba por un segundo. Cómo su cuerpo se quedaba inmóvil. Cómo su familia gritaba, se levantaba, lo abrazaba. Cómo sus abuelos lo felicitaban con los ojos llenos de orgullo. Cómo sus padres no podían contener las lágrimas. Cómo Andrés lo miraba como si viera a alguien completamente nuevo. Cómo Clara lo abrazaba, todavía sorprendida.

Y él… él no había sabido qué decir.

De vuelta en la sala de reuniones, un parpadeo lento marcó el primer signo de regreso.

Neytan bajó ligeramente la mirada del techo. Respiró hondo. Como si el aire le hubiera faltado durante horas.

Sarah fue la primera en notarlo.

Ahí estás susurró.

Neytan giró la cabeza lentamente, mirando a su madre. Sus ojos estaban cansados, pero brillaban de una forma distinta.

Mamá… dijo por fin, con voz baja—. Gané.

Sarah sonrió, y esta vez no intentó contener las lágrimas.

Sí, hijo respondió. Ganaste.

Matias soltó una risa aliviada.

Bienvenido de nuevo dijo. Pensamos que te habías ido a otra dimensión.

Elena se levantó y lo abrazó con fuerza.

Te dije que ganarías repitió. Te lo dije.

Clara observó la escena con una sonrisa sincera.

Supongo que ahora ya no hay dudas, dijo. Eres Marshmello. Y eres un ganador del Grammy.

Andrés se acercó y apoyó una mano en el hombro de Neytan.

Y esto, añadió, recién empieza.

Neytan respiró hondo una vez más. Miró a todos. A su familia. A las personas que habían estado ahí desde antes de que existiera el casco, antes de los escenarios, antes de los números y los premios.

Yo… empezó. Pensé que no iba a ganar. De verdad.

Michael se acercó.

Eso es lo que te hace ser quien eres dijo. No lo dabas por hecho. Y aun así, lo lograste.

En ese momento, la puerta de la sala se abrió.

Adrian entró primero, seguido del vicepresidente de Sony Music. Ambos sonreían. Ambos traían esa expresión que mezcla satisfacción profesional con asombro genuino.

Buenos días dijo Adrian. Perdón la demora.

Su mirada se posó en Neytan.

Felicidades añadió. Ganador del Grammy.

La palabra volvió a caer en la sala. Esta vez, sin peso. Sin incredulidad.

Neytan asintió lentamente

La silla crujió suavemente cuando Adrian se acomodó a la mesa. A su lado, el vicepresidente tomó asiento con calma, cruzando las manos sobre la superficie pulida de madera. La sala de reuniones de SilverLine Records, que tantas veces había sido escenario de números, proyecciones y decisiones estratégicas, ahora parecía otra cosa: un espacio íntimo, casi solemne. Como si el aire supiera que ese momento no se iba a repetir.

Neytan seguía sentado, un poco rígido, con la espalda recta y los hombros tensos. Había reaccionado, sí, había hablado, había sonreído incluso… pero dentro de él algo todavía no encajaba del todo. La palabra Grammy seguía rebotando en su cabeza como un eco que no terminaba de apagarse.

Bueno dijo Adrian, rompiendo el silencio con una sonrisa que mezclaba orgullo y alivio. Ahora sí. Ya estamos todos.

El vicepresidente giró ligeramente hacia Neytan y lo observó con atención. No como ejecutivo, sino como alguien que está frente a un momento histórico.

Dime algo comenzó. ¿Cómo te sientes ahora, Marshmello? Ganador de un Grammy con apenas un año de carrera. No cualquiera puede decir eso.

Neytan bajó la mirada por un segundo, como si buscara las palabras en el suelo.

Aún no me lo creo respondió finalmente, con voz baja pero firme. Sé que pasó… sé que lo dijeron… pero mi cabeza todavía no lo procesa.

El vicepresidente asintió lentamente.

Es normal. Pero créelo. Ganaste, Neytan. O mejor dicho… Marshmello. Sonrió apenas. Y ahora te pregunto algo importante: ¿crees que puedes ganar otro? ¿Crees que en 2013, en febrero, podemos volver a estar en esta conversación?

La pregunta quedó suspendida en el aire.

Neytan levantó la vista. Ya no miraba el techo. Miraba a las personas frente a él. A su familia. A su equipo. A quienes habían apostado por él cuando todavía nadie sabía quién estaba detrás del casco.

Sí dijo sin dudar. Sé que puedo. Si gané uno aun pensando que no lo haría… sé que puedo ganar otro. No por el premio, sino por lo que hago. Por la música.

Adrian soltó una pequeña risa satisfecha.

Esa es la respuesta que quería escuchar.

Se levantó de la silla y dio unos pasos hacia un costado de la sala. Allí, sobre una mesa auxiliar, cubierto parcialmente por una tela oscura, estaba el trofeo.

En ese caso continuó Adrian, felicidades. Porque esto… ya es tuyo.

Descubrió el objeto con un gesto lento, casi ceremonial.

El Grammy estaba ahí.

Dorado. Imponente. Pesado incluso a la vista. La base negra contrastaba con el brillo metálico del gramófono. No era una imagen en la televisión. No era una foto. No era una transmisión en vivo.

Era real.

Neytan se quedó quieto unos segundos. Nadie habló. Nadie lo apuró.

Finalmente, se levantó de la silla. Cada paso hacia la mesa se sentía extraño, como si caminara hacia algo que había visto toda su vida desde lejos, desde una pantalla, desde la fantasía… y que ahora estaba a solo unos centímetros.

Extendió las manos y lo sostuvo.

El peso lo sorprendió. No era liviano. No era simbólico. Era tangible. Frío al principio, sólido.

Sus dedos recorrieron la superficie dorada casi sin darse cuenta. Luego bajó la vista hacia la inscripción grabada en la base.

“The Recording Academy’s GRAMMY Award”

Leyó las palabras una vez.

Luego otra.

Como si necesitara confirmarlo.

Su nombre estaba ahí. Su logro. Su historia comprimida en un objeto que no representaba solo una canción, sino noches sin dormir, decisiones difíciles, dudas, miedos, silencios, trabajo invisible.

Una sonrisa apareció en su rostro. No exagerada. No eufórica. Una sonrisa tranquila, honesta. De esas que nacen cuando algo, por fin, encuentra su lugar.

Es… real murmuró.

Sarah se llevó una mano al pecho. Michael cerró los ojos un segundo. Matias negó con la cabeza, incrédulo. Elena aplaudió bajito, como si estuviera en un teatro. Andrés sonrió con orgullo absoluto. Clara observaba en silencio, emocionada.

Lo ganaste el 12 de febrero dijo el vicepresidente. Y hoy, 14 de febrero, lo tienes en tus manos. No todos viven un momento así.

Neytan sostuvo el Grammy un poco más fuerte.

No sé si estoy listo para todo lo que viene admitió. Pero sí sé que voy a seguir haciendo música. Mejor. Más honesta. Sin pensar en premios.

Adrian asintió.

Eso es exactamente lo que te trajo hasta aquí.

Neytan bajó la mirada una última vez al trofeo. Luego levantó la vista hacia todos.

Gracias dijo. A todos.

No hubo discursos largos. No hicieron falta.

Neytan permaneció unos segundos más sosteniendo el trofeo entre sus manos. El peso ya no le resultaba extraño; al contrario, empezaba a sentirse familiar, casi como si ese objeto siempre hubiera estado destinado a llegar hasta él. La superficie dorada reflejaba la luz de la sala y, por un instante, el brillo iluminó su rostro con un tono cálido. No dijo nada. Solo respiró hondo.

Luego levantó la vista.

Primero miró a Adrian y al vicepresidente, que lo observaban con una mezcla de satisfacción profesional y respeto genuino. Después, su mirada se desplazó lentamente hacia su familia. Vio a su madre Sarah, con los ojos humedecidos y una sonrisa que no intentaba ocultar la emoción. Vio a su padre Michael, de pie, con los brazos cruzados, tratando de mantener la compostura, pero claramente orgulloso. Vio a Matias, su hermano mayor, que lo miraba como si todavía no pudiera creer que ese chico con el que había crecido fuera ahora un ganador del Grammy.

Y entonces la vio a ella.

Elena estaba un poco más atrás, balanceándose sobre la punta de los pies, con las manos juntas frente al pecho. No decía nada, pero su rostro lo decía todo. Tenía los ojos abiertos de par en par, brillantes, llenos de asombro. Para ella, ese trofeo no era solo un premio: era la confirmación de que su hermano, el mismo que le traía refrescos, que veía películas con ella, que la molestaba de vez en cuando, había logrado algo que parecía imposible.

Neytan sonrió con suavidad.

Sin decir una palabra, dio un paso hacia ella.

Elena tardó un segundo en darse cuenta de lo que estaba pasando. Cuando Neytan se inclinó un poco y extendió el trofeo hacia ella, sus manos se quedaron quietas en el aire, como si no supiera si estaba permitido tocarlo.

¿De verdad…? murmuró, casi en un susurro.

Sí respondió Neytan. Es tuyo un momento.

Elena miró a sus padres, buscando aprobación. Sarah asintió de inmediato, llevándose una mano a la boca. Michael sonrió y levantó ligeramente las cejas, animándola.

Con cuidado, como si el Grammy pudiera romperse, Elena lo tomó.

En cuanto sintió el peso real del trofeo, sus ojos se llenaron de lágrimas. No eran lágrimas ruidosas ni exageradas; eran silenciosas, sinceras. Apretó el Grammy contra su pecho durante un segundo y luego lo sostuvo frente a ella, mirándolo desde todos los ángulos posibles.

Es… es pesado dijo, con una risa nerviosa.

Todos soltaron una pequeña carcajada, aliviando la tensión del momento.

Porque no es un sueño comentó Matias. Es real.

Elena levantó la vista hacia Neytan.

¿De verdad es tuyo? preguntó. ¿Tú ganaste esto?

Neytan se agachó un poco para quedar a su altura.

Sí respondió. Pero también es de ustedes. Porque nunca estuve solo.

Elena abrazó el trofeo con más fuerza y luego, sin pensarlo demasiado, se lanzó a abrazar a su hermano, cuidando de no golpear el Grammy contra nada. Neytan rodeó a su hermana con un brazo, apoyando la barbilla suavemente sobre su cabeza.

Sarah no pudo contener las lágrimas en ese momento. Se acercó y los rodeó a ambos con un abrazo cálido. Michael se unió poco después, colocando una mano firme sobre el hombro de Neytan. Matias también se acercó, formando un pequeño círculo familiar alrededor de Elena, que seguía sosteniendo el trofeo como si fuera un tesoro.

Nunca pensé que vería algo así dijo Michael en voz baja. Y menos tan pronto.

Tiene solo trece años añadió Sarah, todavía emocionada. Trece… y ya ganó un Grammy.

Elena se separó un poco y volvió a mirar el trofeo.

Cuando sea grande dijo con convicción, voy a decir que yo lo sostuve primero.

Neytan rió suavemente.

Eso no te lo quita nadie.

Elena devolvió el Grammy con cuidado a las manos de su hermano, pero antes de soltarlo, pasó los dedos por la inscripción dorada una última vez, como si quisiera memorizar la sensación.

Estoy orgullosa de ti dijo. Mucho.

Neytan sintió un nudo en la garganta. No respondió con palabras. No hizo falta.

El momento no terminó cuando Elena devolvió el trofeo a las manos de Neytan. Al contrario, fue apenas el inicio de algo más íntimo, más profundo, algo que ninguno de ellos había planeado, pero que surgió de manera natural, como si el Grammy hubiera dejado de ser solo un premio y se hubiera convertido en un símbolo compartido.

Neytan sostuvo el trofeo frente a él durante unos segundos más. Ya no lo miraba con incredulidad, sino con una calma extraña, como si poco a poco su mente empezara a aceptar lo ocurrido. El brillo dorado seguía reflejando la luz de la sala de reuniones, pero ahora ese brillo parecía menor comparado con las miradas que lo rodeaban.

Su madre fue la primera en acercarse.

Sarah

Sarah dio un paso lento, casi cuidadoso, como si temiera interrumpir algo sagrado. Extendió las manos con suavidad.

¿Puedo…? preguntó, aunque en su voz ya había una respuesta implícita.

Neytan asintió sin decir nada y le entregó el Grammy.

Cuando Sarah lo tomó, sus manos temblaron apenas. No por el peso, sino por la carga emocional. Lo sostuvo frente a ella, leyó la inscripción despacio, letra por letra, como si necesitara asegurarse de que era real.

The Recording Academy’s… leyó en voz baja—. Grammy Award…

Sus ojos se llenaron de lágrimas otra vez, pero esta vez no intentó ocultarlas. Pasó una mano por la superficie dorada, con el mismo gesto con el que años atrás había acomodado el cabello de Neytan antes de ir a la escuela.

Cuando eras pequeño dijo, casi para sí misma, golpeabas la mesa con los dedos todo el tiempo… yo pensaba que era nerviosismo. Nunca imaginé que era música buscando salir.

Levantó la mirada hacia su hijo.

Estoy tan orgullosa de ti dijo con la voz quebrada. No por el premio… sino por nunca dejar de ser tú.

Luego lo abrazó, sosteniendo el Grammy con una mano y rodeándolo con la otra. Fue un abrazo largo, silencioso, lleno de todo lo que no hacía falta decir.

Michael

Después fue el turno de Michael.

El padre de Neytan se acercó con pasos firmes, pero cuando el trofeo llegó a sus manos, su expresión cambió por completo. Lo sostuvo con ambas manos, evaluando su peso, como si quisiera entenderlo desde un punto de vista práctico… aunque era evidente que no podía.

Es pesado comentó. Mucho más de lo que parece en la televisión.

Sonrió levemente y negó con la cabeza.

Siempre pensé que tu camino iba a ser complicado dijo. No porque no fueras capaz, sino porque el mundo no siempre entiende a los que piensan distinto.

Miró a Neytan directamente a los ojos.

Pero hoy el mundo te escuchó.

Michael no era de muchas palabras ni de gestos exagerados, pero en ese instante colocó una mano firme sobre el hombro de su hijo, apretándolo con orgullo. Luego devolvió el trofeo con cuidado, como si acabara de sostener algo irremplazable.

Matias

Matias fue el siguiente.

Su hermano mayor tomó el Grammy con una sonrisa que mezclaba orgullo y asombro. Lo levantó un poco, girándolo para verlo desde distintos ángulos.

¿Sabes lo raro que es esto? dijo. Yo soy el hermano mayor… se supone que yo debía darte el ejemplo.

Miró a Neytan y sonrió con complicidad.

Y mírate ahora. Ganador de un Grammy antes de que yo termine de decidir qué hacer con mi vida.

Se rió suavemente y sacudió la cabeza.

Pero en serio… esto es increíble. Te lo mereces.

Matias sostuvo el trofeo unos segundos más, como si quisiera grabar la sensación en su memoria, y luego lo devolvió con una palmada ligera en el brazo de su hermano.

Andrés

El tío Andrés se acercó después.

Desde el fondo de la sala había observado todo con una sonrisa constante, una de esas sonrisas que mezclan orgullo, alivio y admiración. Cuando tuvo el Grammy en las manos, lo sostuvo con más delicadeza de la que cualquiera habría esperado.

Sabes dijo, he conocido mucha gente exitosa en mi vida. Personas con poder, con dinero, con premios.

Levantó la vista hacia Neytan.

Pero pocas con tu disciplina. Tu cabeza siempre estuvo un paso adelante, incluso cuando eras niño.

Andrés respiró hondo.

Hoy no solo ganaste un Grammy. Hoy demostraste que el talento, cuando se cuida, crece.

Le devolvió el trofeo con una sonrisa sincera.

Clara

Finalmente, Clara.

Ella se acercó un poco más despacio que los demás. Aún estaba procesando muchas cosas: la identidad de Neytan, el secreto, el impacto real de todo lo que había salido a la luz. Cuando tomó el Grammy, lo hizo con una mezcla de sorpresa y respeto.

Ahora entiendo muchas cosas dijo. Las ausencias, las giras, las excusas… todo encaja.

Miró el trofeo y luego a Neytan.

Pero lo que más me sorprende es que, con todo esto… sigues siendo el mismo.

Sonrió.

Eso no se compra con ningún premio.

Le devolvió el Grammy con cuidado, como si al soltarlo también aceptara definitivamente la verdad.

La puerta de la sala de reuniones se abrió con un sonido suave, casi imperceptible, pero suficiente para que varias miradas se dirigieran hacia la entrada. El murmullo de voces se apagó poco a poco cuando aparecieron dos figuras que, sin decir una palabra aún, cambiaron por completo la energía del lugar.

Eran ellos.

Los abuelos.

Friedrich y Helena Quandt entraron con paso tranquilo, todavía con los abrigos puestos, como si acabaran de llegar de un viaje largo y no de cruzar la ciudad. El cansancio del trayecto se notaba apenas en sus rostros, pero lo que dominaba sus expresiones era la curiosidad, esa sensación de estar llegando a algo importante sin saber exactamente qué tan grande era.

Friedrich fue el primero en hablar.

Lamento la tardanza dijo con su voz grave y calmada. El tráfico estaba imposible.

Adrian, que se encontraba de pie cerca de la mesa principal, respondió de inmediato con una sonrisa cordial.

No se preocupe dijo. Llegan justo a tiempo.

Friedrich asintió con educación, pero fue en ese instante cuando sus ojos se desviaron hacia el centro de la sala. Lo mismo ocurrió con Helena.

Ambos se quedaron quietos por un segundo.

Allí, de pie, estaba su nieto.

Neytan.

Y en sus manos, sostenido con cuidado pero sin esconderlo, estaba el trofeo dorado del Grammy.

El silencio que se formó fue distinto a cualquier otro que había habido ese día. No era incómodo. Era denso. Cargado de significado.

Helena fue la primera en llevarse una mano al pecho, como si el aire se le hubiera escapado de golpe.

Friedrich… susurró, sin apartar la vista del trofeo.

Friedrich no respondió de inmediato. Ajustó un poco sus gafas y dio un paso hacia adelante, observando con detenimiento. No dijo nada, pero su expresión cambió lentamente: de sorpresa a comprensión, y de comprensión a algo mucho más profundo.

Orgullo.

Neytan los miró a ambos. Ya no había nervios en su rostro, ni incredulidad. Solo una sonrisa sincera, abierta, de esas que no se fuerzan.

Dejó el trofeo a la altura de su pecho y caminó hacia ellos.

Abuelo, abuela dijo con suavidad. Adelante… pueden tomarlo.

Helena no dudó.

Avanzó con pasos cortos, casi temblorosos. Sus manos, que tantas veces habían sostenido las de Neytan cuando era pequeño, se extendieron con cuidado, como si temiera que el trofeo desapareciera si lo tocaba demasiado rápido.

Cuando lo tomó, lo hizo despacio.

Muy despacio.

El Grammy pasó de las manos de Neytan a las de su abuela, y en ese simple gesto pareció cerrarse un círculo invisible.

Helena lo sostuvo frente a ella, inclinándolo un poco para que la luz reflejara mejor la inscripción. Sus labios se movían en silencio mientras leía.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no cayeron de inmediato. Permanecieron allí, brillando, conteniendo años de recuerdos.

Dios mío… murmuró al fin. Es real.

Acarició el trofeo con la yema de los dedos, como si estuviera tocando algo frágil, algo vivo.

Cuando eras niño dijo, sin dejar de mirarlo, te sentabas en el suelo de la sala con cualquier cosa que hiciera ruido… cucharas, cajas, juguetes. Yo pensaba que solo jugabas.

Levantó la mirada hacia Neytan.

Y resulta que estabas construyendo tu camino.

Una lágrima rodó finalmente por su mejilla. No intentó limpiarla.

Friedrich se acercó un poco más y colocó una mano firme sobre el hombro de Helena, dándole apoyo. Luego miró a Neytan.

Ven dijo con voz baja. Déjame verlo también.

Helena asintió y, con cuidado, le pasó el Grammy a su esposo.

Friedrich lo tomó con ambas manos, sintiendo el peso real del metal, el frío del material, la solidez del objeto. Lo levantó apenas unos centímetros, evaluándolo como quien evalúa algo importante, algo que no se mide solo en gramos.

No es solo un premio, dijo finalmente. Es una prueba.

Miró a Neytan fijamente.

Prueba de que el esfuerzo silencioso vale la pena.

Se giró un poco para observar a todos los presentes: la familia, Adrian, Clara, Victor, el vicepresidente, todos reunidos alrededor de ese momento.

Y de que nadie llega solo.

Friedrich devolvió el trofeo a Helena por un instante más. Ella lo sostuvo de nuevo, pero esta vez no lo miró. Miró a su nieto.

Estoy tan orgullosa de ti dijo con firmeza. No por el Grammy… sino por no haberte rendido cuando nadie sabía quién eras.

Neytan sintió un nudo en la garganta.

No respondió con palabras.

Solo se acercó y los abrazó a ambos.

Fue un abrazo largo, profundo, silencioso. Friedrich rodeó a Neytan con un brazo fuerte, protector. Helena apoyó la cabeza en el hombro de su nieto, sosteniendo aún el trofeo entre los tres.

El Grammy dejó de ser un objeto.

Se convirtió en un punto de encuentro.

Cuando se separaron, Helena devolvió el trofeo a Neytan con cuidado.

Este es tuyo dijo. Pero recuerda algo.

Neytan la miró.

Siempre será parte de nuestra historia también.

Neytan asintió.

Lo sé respondió en voz baja. Y por eso quería que lo tomaran.

La sala volvió a llenarse de murmullos suaves, sonrisas, miradas cómplices. Adrian observaba la escena en silencio, consciente de que estaba presenciando algo que no aparecía en ningún contrato ni en ningún informe.

Victor se apoyó contra la pared, cruzándose de brazos, con una sonrisa tranquila.

Clara se secó discretamente una lágrima.

Matias miraba a su hermano con orgullo absoluto.

Elena observaba a sus abuelos, fascinada, como si aquel momento se hubiera grabado para siempre en su memoria.

Y Neytan…

Neytan sostuvo de nuevo el Grammy entre sus manos.

La conversación continuó en un tono más bajo, más estratégico, casi como si el ruido emocional del momento anterior hubiera dejado paso a la mente fría de la industria. La sala seguía llena, pero ahora las miradas ya no estaban solo puestas en el Grammy, sino en lo que ese premio significaba a largo plazo.

Adrian se acercó un poco más al vicepresidente de Sony Music, bajando ligeramente la voz, aunque sin perder la claridad de sus palabras.

Aun cuando no haya ganado en las demás nominaciones dijo, con este premio basta. Un Grammy en el primer año de carrera real no es algo que se vea todos los días. Y seamos honestos… estuvo muy cerca en las otras categorías.

El vicepresidente asintió lentamente, con una expresión analítica, repasando mentalmente cifras, votaciones y nombres.

Especialmente en Best Dance Recording respondió. Ahí quedó segundo lugar, y por muy pocos votos. Estaba compitiendo directamente contra Skrillex… y aun así, casi lo alcanza.

Adrian sonrió de medio lado.

Eso no es poca cosa. Skrillex es el referente del momento en electrónica dura, y que Marshmello haya quedado tan cerca dice mucho.

El vicepresidente cruzó los brazos.

Exacto. No fue una derrota, fue una declaración. En términos internos, quedar segundo frente a Skrillex es casi una victoria. Demuestra que Marshmello ya está en la misma conversación que los productores más fuertes del género.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

Y en Best Dance/Electronica Album pasó algo similar. Técnicamente no era un álbum como tal… era un compilado.

Adrian asintió, recordando bien la jugada.

Un compilado con los temas que tenía hasta Levels dijo. Lo armamos rápido, casi como una solución logística para los festivales. Se vendía en merch, nada más.

Exacto continuó el vicepresidente. No fue pensado como un álbum conceptual, ni como una obra cerrada. Aun así, entró en la categoría… y quedó segundo lugar.

Negó levemente con la cabeza, impresionado incluso él.

Eso es una locura desde el punto de vista de la Academia. Un compilado improvisado, sin campaña tradicional, sin prensa específica de álbum… y aun así estuvo a nada de ganar.

Adrian dejó escapar una pequeña risa incrédula.

Piénsalo así dijo: si con un compilado logra eso… ¿qué crees que pase cuando saque un álbum de verdad?

El vicepresidente no respondió de inmediato. Miró hacia Neytan, que seguía rodeado por su familia, todavía con el Grammy cerca, escuchando más que hablando.

Ahí está la clave dijo finalmente. Hasta ahora, Marshmello ha sido una fuerza de singles. Hits uno tras otro. Festival tras festival. Pero un álbum bien construido… eso cambia el juego.

Adrian se inclinó un poco hacia adelante, apoyando las manos en la mesa.

Un álbum le da narrativa. Le da identidad completa. Ya no sería solo “el productor de grandes canciones”, sino un artista con un cuerpo de trabajo sólido.

Y con eso añadió el vicepresidente, no solo hablamos de ventas o streams. Hablamos de legado.

Ambos guardaron silencio unos segundos.

Si decide hacerlo continuó el vicepresidente, y si lo hace con el nivel de control creativo que ha demostrado… sí. Creo que podría ganar otro Grammy.

Adrian sonrió, esta vez con plena convicción.

Yo no creo que podría dijo. Creo que lo haría.

El vicepresidente soltó una breve exhalación, casi como una risa contenida.

Entonces estamos de acuerdo. Este Grammy no es el techo… es el piso.

Miró de nuevo hacia Neytan.

Y lo más irónico de todo es que él no lo buscaba.

Adrian asintió.

Nunca lo buscó. Nunca hizo música pensando en premios. Solo pensó en sonidos, en emociones, en lo que se sentía bien en un escenario lleno de gente.

Y esa concluyó el vicepresidente es exactamente la razón por la que la Academia lo tomó en serio.

En ese momento, Neytan levantó la vista y cruzó brevemente miradas con ellos. No escuchó la conversación completa, pero entendió algo por la expresión de ambos.

No había presión en sus ojos.

Había expectativa.

Y por primera vez desde que empezó todo, la industria no estaba preguntándose si Marshmello tendría futuro.

Neytan sostuvo el trofeo con ambas manos unos segundos más. El peso del metal frío contrastaba con todo lo que sentía por dentro: incredulidad, cansancio, orgullo, una especie de calma rara después de meses de ruido constante. Luego levantó la mirada.

Adrian estaba frente a él, serio pero con una sonrisa contenida, esa que solo aparece cuando alguien ve confirmado algo en lo que creyó desde el inicio. A su lado, el vicepresidente de Sony Music lo observaba con atención, ya no como un ejecutivo evaluando números, sino como alguien consciente de estar frente a un momento que marcaría una carrera.

Neytan respiró hondo.

Gracias… dijo al fin, con una voz más baja de lo habitual—. Gracias por creer en mí.

No fue una frase ensayada. No fue un discurso. Fue simple, directa, casi tímida. Pero en esa sala, llena de familia, ejecutivos y silencios cargados de historia, sonó más fuerte que cualquier aplauso.

Adrian fue el primero en reaccionar.

No nos agradezcas respondió. Nosotros solo vimos lo que tú ya eras desde el principio.

El vicepresidente asintió lentamente.

Creer fue fácil añadió. Lo difícil habría sido ignorarlo.

Neytan bajó la mirada por un segundo, como si esas palabras lo golpearan más fuerte de lo que esperaba. Recordó las noches largas frente a la computadora, los bocetos que nadie escuchó, los demos que parecían no llegar a ningún lado. Recordó también todas las veces que dudó, incluso cuando los números subían.

Yo… empezó a decir, pero se detuvo. No necesitaba explicar nada más.

Sarah, su madre, lo observaba desde unos pasos atrás con los ojos brillantes. Michael tenía una mano apoyada en el respaldo de una silla, erguido, orgulloso, como si aún no terminara de procesar que ese momento era real. Matias sonreía sin decir nada, cruzado de brazos, dejando que su hermano menor viviera su propio instante. Elena no soltaba el trofeo; lo miraba como si fuera algo salido de un sueño.

Clara, aún sorprendida, intercambió una mirada con Andrés. Ya no había dudas, ya no había secretos. Todo estaba sobre la mesa.

Neytan volvió a mirar a Adrian y al vicepresidente.

Yo nunca pensé en premios dijo finalmente. Nunca pensé en Grammys. Solo… quería hacer música que sintiera honesta. Música que sonara bien cuando subes el volumen. Música que haga que la gente levante las manos sin pensar.

Adrian sonrió.

Y justo por eso llegaste aquí.

El vicepresidente dio un paso al frente.

Este premio no te cambia dijo. Solo confirma algo. Que puedes estar en la cima sin dejar de ser tú.

Neytan asintió lentamente.

Eso es lo único que me importa respondió. Seguir siendo yo.

Se hizo un breve silencio. No incómodo. Un silencio lleno.

A lo lejos, se escuchaban voces del personal del estudio, pasos en el pasillo, el murmullo de un día normal en SilverLine Records. Pero dentro de esa sala, el tiempo parecía suspendido.

Adrian rompió el silencio.

Disfruta este momento dijo. Mañana volvemos al trabajo.

Neytan dejó escapar una pequeña sonrisa, casi aliviada.

Eso espero contestó. Porque todavía tengo mucho que hacer.

El vicepresidente inclinó la cabeza, satisfecho.

Y nosotros estaremos aquí añadió. No para empujarte… sino para acompañarte.

Neytan miró una última vez el trofeo, luego a su familia, luego a ellos.

Gracias repitió. De verdad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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