Marvel Multiverse: Cyber-Spider (ES) - Capítulo 50
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50: Capítulo 50 50: Capítulo 50 Peter Parker caminaba por las calles de Nueva York con las manos en los bolsillos, su mirada fija en el suelo mientras la ciudad seguía su curso habitual a su alrededor.
La cacofonía de bocinas, conversaciones y pasos apenas lograba atravesar la neblina de sus pensamientos.
Desde el incidente con el Duende Verde, todo parecía haberse desmoronado a su alrededor.
Gwen…
¿Por qué no le respondía?
¿Por qué lo evitaba?
Había tratado de justificarlo de mil maneras en su mente, pero cada intento solo lo sumía más en la confusión.
Recordaba con nitidez esa noche.
El caos, las explosiones, la sangre.
Había tomado una decisión en cuestión de segundos, el cual era detener al Duende Verde antes de que causara más daño.
Pero en ese acto de deber, ¿había fallado como Peter Parker?
¿Como el novio de Gwen?
La imagen de ella entre los escombros herida y totalmente inconsciente era un recuerdo que no lograba borrar.
Le había confiado a una enfermera su cuidado, pensando que era lo correcto…
pero ahora, con el beneficio de la retrospectiva, todo parecía un error.
—Quizá…
simplemente no quiere verme.
-murmuraba para sí mismo, pateando una pequeña piedra en el camino.
El dolor en su pecho era constante, una mezcla de culpa, pérdida y un sentimiento de traición que no podía entender.
Verla con Rilley Glass solo había empeorado las cosas.
No es que no confiara en Gwen, pero…
¿y si ella había encontrado en Rilley algo que él no podía ofrecer?
Seguridad.
Estabilidad.
Alguien que no desaparecía en los momentos cruciales.
Buscando distracción, subió por la escalera de incendios de un edificio cercano.
Desde la azotea, Nueva York se desplegaba bajo sus pies, un mar de luces y sombras.
Era irónico: como Spider-Man podía balancearse entre rascacielos, enfrentarse a villanos y salvar vidas.
Pero como Peter Parker…
se sentía perdido.
El viento frío le golpeó el rostro, despejando un poco sus pensamientos.
Sacó su teléfono por enésima vez, revisando las conversaciones con Gwen.
La última era suya: “¿Podemos hablar?” Sin respuesta.
Había un nudo en su garganta que no lograba deshacer.
“¿Dónde me equivoqué?” se preguntó, guardando el teléfono.
El deber y el amor parecían irreconciliables.
¿Era este el precio de ser un héroe?
¿Perder a las personas que más amaba?
Se sentó en el borde del edificio, observando las luces que titilaban en la distancia.
Por más que lo intentaba, no encontraba respuestas.
Solo el vacío que dejaba la ausencia de Gwen y la pesada carga de la soledad.
Peter sabía que Gwen había pasado por un momento aterrador, y que él como Peter Parker había desaparecido de su lado justo después.
Pero lo hizo para salvar vidas, para detener al Duende Verde antes de que lastimara a más personas.
¿Eso no contaba?
¿No merecía al menos una oportunidad para explicarse?
Apretó los dientes, el nudo en su estómago haciéndose más apretado cada vez.
Sus pensamientos se intercalaban entre la culpa y la rabia consigo mismo.
Siempre había creído que podía equilibrar su vida como Spider-Man y como Peter Parker, pero últimamente…
parecía imposible.
¿De qué servía salvar la ciudad si no podía salvar lo que más le importaba?
El peso de su doble vida se hacía insoportable, y por primera vez en mucho tiempo, la idea de colgar el traje cruzó por su mente fugazmente.
Pero entonces recordó las palabras de su tío Ben, resonando como un susurro persistente en lo más profundo de su ser: “Un gran poder, conlleva una gran responsabilidad”.
Esa frase que lo había guiado tantas veces volvía a colocarlo en su lugar, pero no por ello disipaba la tristeza en su pecho.
Miró hacia el cielo nocturno, donde las estrellas apenas eran visibles entre las luces de la ciudad.
“¿Qué se supone que haga…?” susurró.
La ciudad no tenía respuestas para él.
Gwen tampoco.
Y la soledad de ser Peter Parker…
nunca había sido tan abrumadora.
Después de pasar un tiempo reflexionando, Peter terminó soltando un profundo suspiro, se puso de pie y quitó la chaqueta revelando el traje rojo y azul debajo.
Se deslizó la máscara sobre la cabeza y, con un salto ágil, se impulsó hacia el cielo nocturno.
El aire frío de la ciudad le golpeó el rostro a través de la tela, brindándole una sensación de familiaridad.
Balancearse entre los rascacielos era su escape, su forma de reconectar con algo más grande que sus problemas personales.
Mientras la telaraña se adhería a las estructuras metálicas y lo lanzaba hacia adelante, sintió cómo la tensión en su pecho comenzaba a ceder.
—Vamos, Parker…
el mundo no se va a salvar solo.
-murmuró animándose a sí mismo.
Durante las primeras horas, solo hubo escenas cotidianas: un gato atrapado en un árbol, un turista que necesitaba direcciones, y un par de ladrones de poca monta que se rindieron apenas lo vieron llegar.
Pequeñas cosas.
Pero incluso esas acciones simples ayudaban.
Ser Spider-Man le recordaba que, aunque su vida personal estuviera hecha un lío, aún podía marcar la diferencia para alguien más.
Tras desahogarse en las actividades como Spider-Man, Peter Parker fue de visita a la modesta casa de la tía May, donde ella lo recibió con una cálida sonrisa y una taza de té.
Sentados en la mesa de la cocina, Peter le explicó lo que sentía, la confusión por el distanciamiento de Gwen y su frustración por no entender qué había salido mal.
May lo escuchó atentamente, dejando que se desahogara antes de hablar.
—Peter, tu tío Ben y yo también tuvimos momentos difíciles.
No siempre estábamos de acuerdo, y a veces las cosas se complicaban…
-dijo con una mirada nostálgica.
—Pero aprendimos que la clave estaba en la honestidad y la paciencia.
Cuando amas a alguien, a veces tienes que dar el primer paso, incluso si el miedo o el orgullo se interpone.
Peter bajó la mirada, jugando con la taza entre sus manos.
—¿Y si ya no quiere escucharme?
-preguntó en voz baja con un tono de voz cargado de dudas y frustración.
May le tocó suavemente la mano tratando de animarlo.
—Lo importante es que lo intentes.
No dejes que el miedo a fallar te impida hacer lo correcto.
A veces, las palabras más difíciles de decir son las que más necesitamos escuchar…
y ofrecer.
Peter se mostró pensativo, posteriormente pareció entender algo y asintió lentamente.
Las palabras de la tía May llenas de calidez y sabiduría, calaron hondo en él.
Esa misma noche al salir del apartamento de la tía May, la brisa fría le golpeó el rostro, pero su corazón se sentía un poco más ligero.
“Quizás aún quedaba una oportunidad para enmendar las cosas”.
Pensó con gran motivación y seguridad desbordante.
Una vez más se llenaría de valor e iría de nuevo a ver a Gwen, está vez nada ni nadie lo detendría, pisaría firmemente evitando así volver a retroceder, incluso si volviera a encontrar una escena desagradable similar a la que había visto el día de hoy, entonces todavía continuaría con sus pasos y esta vez anunciaría su llegada para que todos se dieran cuenta de que él estaba ahí.
Al día siguiente Peter se plantó frente a la puerta de la casa de los Stacy, con un ramo de rosas frescas en una mano y una caja de chocolates en la otra.
El corazón le latía con fuerza, tanto por los nervios como por la esperanza.
Respiró hondo y se llenó de determinación, recordando las palabras de la tía May la noche anterior.
“A veces, Peter, los malentendidos solo se aclaran cuando tienes el valor de mirar a la otra persona a los ojos”.
Reuniendo coraje, tocó la puerta.
La puerta no tardó en abrirse.
Frente a él apareció el capitán George Stacy, su expresión severa y los ojos cargados de un juicio evidente.
Peter intentó sonreír, incómodo.
—Buenos días, señor Stacy…
¿Está Gwen?
Me gustaría hablar con ella.
—dijo, manteniendo la voz calmada.
George lo observó unos segundos antes de responder, su tono impregnado de desaprobación.
—¿Hablar?
¿Después de lo que hiciste?
—soltó, cruzándose de brazos.
—No sé qué clase de joven huye cuando la persona que dice querer está herida, pero no permitiré que lastimes a mi hija otra vez.
Vete a casa, Peter.
Las palabras cayeron como un golpe directo al pecho, por un breve momento Peter se sintió doloroso, pero volviendo a pensar en las palabras de la tía May, en vez de retroceder Peter dio un paso adelante, sin perder la compostura dijo.
—Está malinterpretando lo que pasó.
Yo nunca dejaría sola a Gwen si no hubiera tenido una razón de peso.
Solo…
solo necesito hablar con ella para explicarle.
Por favor.
—su mirada reflejaba la mezcla de frustración y sinceridad.
La tensión entre ambos era palpable.
La voz elevada de George atrajo la atención desde el interior de la casa.
En cuestión de segundos, la madre de Gwen, Helen Stacy, apareció detrás de su esposo.
Posó una mano en el brazo de George, apaciguando la situación.
—George, por favor…
-dijo en un susurro persuasivo tratando de interceder por Peter.
—Quizás deberías dejar que hablen.
Gwen tiene derecho a escuchar lo que Peter tenga que decir.
El capitán apretó la mandíbula, claramente incómodo, pero tras unos segundos de vacilación se apartó con un resoplido.
—Cinco minutos.
-gruñó.
—Y si la lastimas de nuevo, Parker, tendrás que responderme a mí.
Peter asintió con agradecimiento.
—Gracias…
lo aprecio mucho.
—Se adentró en la casa, sintiendo cómo las emociones le revolvían el estómago.
Al entrar Peter se encontró frente a Gwen hablando con un tono algo avergonzado.
—Te traje algunos obsequios.
-dijo mientras trataba de dárselos.
Pero Gwen no lo recibió.
Con una mirada compleja llevó a Peter al despacho de su padre.
Allí le había permitido hablar con Peter, gracias a su madre que lo había convencido de lo contrario ambos tendrían que salir frente a los pasillos del apartamento.
Ya en el salón con los brazos cruzados, los ojos de Gwen mostraban algo de cansancio y confusión.
No había odio, pero tampoco calidez.
La distancia entre ellos nunca se había sentido tan grande.
Peter tragó saliva, se acercó y le tendió las flores, una vez más trató de entablar una conversación.
—Hola…
Sé que no quieres verme, pero…
no podía quedarme sin intentar arreglar esto.
—Su voz se quebró ligeramente—.
Hay muchas cosas que no puedo explicar, pero…
nunca quise hacerte daño.
Jamás.
Gwen miró las rosas, luego a Peter.
Había tanto que quería decir, tanto que no sabía cómo expresar.
Finalmente, suspiró.
—Esto no es fácil para mí, Peter.
Tampoco sé si estoy lista para escucharte.
Pero…
si viniste hasta aquí después de todo…
creo que mereces decir lo que tengas que decir.
-ella se giró hacia el sofá y dijo mientras tomaba asiento.
—Cinco minutos.
Úsalos bien.
Peter asintió y se sentó frente a ella, sintiendo cómo el peso de la conversación apenas comenzaba a caer sobre sus hombros.
—No entiendo qué pasó, Gwen.
-dijo Peter tras impulsar su valentía, con su voz quebrándose ligeramente continuó.
—No has respondido mis llamadas, mis mensajes… Ni siquiera me miraste cuando nos vimos.
Al escuchar sus palabras Gwen suspiró sintiendo pesar en su corazón.
Se notaba que luchaba consigo misma para mantener la calma.
Después de un breve silencio finalmente habló.
—¿De verdad no lo entiendes, Peter?
—su tono era una mezcla de incredulidad y dolor.
—Te busqué después del ataque… Te necesitaba.
Pero cuando desperté, tú ya no estabas.
Mi papá vio los videos de seguridad.
Dice que huiste… que me dejaste sola.
Peter sintió un nudo en el estómago, pudo ver claramente la expresión de dolor en sus ojos así como la decepción, decepción porque a diferencia de él, ella había creído y confiado él.
No podía culparla por sentirse así.
Para cualquiera que hubiera visto esas imágenes, parecía que él había escapado por miedo.
Pero la verdad era mucho más complicada.
—Gwen, yo… Yo nunca quise abandonarte.
Pero hay cosas que no puedes ver… Cosas que no sabes sobre mí.
—¿Cosas que no sé?
-Gwen soltó una risa amarga.
—Pensé que confiábamos el uno en el otro, Peter.
Pero ahora… No sé, ya no sé qué creer.
Ahora Peter sintió dolor en su pecho, su corazón desquebrajado resultado por el peso de su doble vida se volvió insoportable.
Peter había luchado por mantener su identidad oculta, por proteger a los que amaba, pero al ver el dolor en los ojos de Gwen, entendió que no podía seguir así.
Ella merecía la verdad, él sabía lo que tenía que hacer, por ese momento decidió pasar por alto su cautela y determinación por continuar ocultando su secreto.
Ya no podía seguir siendo indiferente ni mucho menos tratar de buscar una manera para cambiar de tema y hacer que esto se olvidara, no, al menos no si quería reparar su relación con Gwen.
Peter entonces miró a su alrededor asegurándose de que nadie más estuviera cerca.
Luego, sin decir una palabra, llevó sus manos a su bolsillo en el que llevaba la máscara que representaba su identidad secreta como Spider-Man, sacándolo lentamente esto captó la mirada de Gwen.
El aire en la habitación pareció detenerse dejando en blanco la mente de Gwen por un corto tiempo.
La voz de Peter renovó el ambiente y una vez más fluyó el aire antes congelado.
—Gwen… Soy Spider-Man.
Una vez más el silencio fue absoluto.
Gwen parpadeó varias veces, como si su cerebro intentara procesar lo que acababa de escuchar.
Su boca se abrió ligeramente, pero las palabras no salían.
—¿Tú…?
¿Tú eres…?
-balbuceó todavía sin poder procesar lo que estaba sucediendo.
Jamás pasó por su mente que las palabras de Peter fueran mentiras, los ojos sinceros y la convicción en su voz habían desechado cualquier rastro de duda.
A menos que Peter fuera un maestro del engaño o tuviera porblemas mentales nunca aceptaría ser alguien más con tal sinceridad en su palabras.
Peter asintió con solemnidad.
—Esa noche, después del ataque del Duende Verde, no podía quedarme ahí.
Tenía que detenerlo, tenía que asegurarme de que no hiciera más daño.
No fue por miedo que me fui… Fue porque era la única forma de protegerte.
Gwen se llevó una mano a la boca, su respiración entrecortada.
Recordó cada vez que Spider-Man había aparecido para salvar la ciudad, cada vez que había estado cerca en los momentos más oscuros.
Y ahora, recordando los repentinos desaparecimientos de Peter todo de alguna manera comenzaba a cobrar sentido.
Gwen se levantó de su asiento y rodeó a Peter en un abrazo.
—Dios… Peter… -susurró.
—No puedo creerlo… ¿Todo este tiempo…?
Peter devolvió el abrazo dejando caer los obsequios que había traído.
—Desde hace años.
-admitió Peter.
—Es por eso que he estado distante, por eso a veces desaparezco sin explicaciones.
Perdóname Gwen, por todo el daño que te he causado, yo simplemente no quería ponerte en peligro.
Pero ahora… ahora no puedo seguir escondiéndolo.
No después de todo esto.
Gwen lo miró, su expresión pasando de la sorpresa al entendimiento.
Finalmente, dejó escapar un suspiro y, en un movimiento que Peter no esperaba, ella lo había besado.
—No me importa el peligro, Peter.
-susurró contra su hombro.
—Me importas tú.
Solo desearía que me lo hubieras dicho antes… Peter sintió un nudo en la garganta mientras apretaba su abrazo.
—Tenía miedo, miedo de perderte… Pero ahora veo que esconder esto solo nos hacía más daño.
Gwen se separó ligeramente y le dedicó una sonrisa pequeña pero genuina.
—No tienes que cargar con esto solo.
No más.
Te ayudaré, estaré aquí para ti… Lo superaremos juntos.
Por primera vez en mucho tiempo, Peter sintió que un peso enorme se desvanecía de sus hombros.
Gwen lo entendía.
Y más que eso, lo aceptaba.
En ese momento, supo que había encontrado su mayor fortaleza, ella.
Lamentablemente para Peter no sabía que tras finalmente revelar este secreto ya había sellado el destino de Gwen, los engranajes del universo guiado por el destino inmutable de todos los Spider-Man había fijado su rumbo para mantener miserable la vida de aquellos desafortunados sujetos.
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