Marvel Multiverse: Cyber-Spider (ES) - Capítulo 65
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65: Capítulo 65 65: Capítulo 65 Norman se encontraba en su oficina, inmóvil frente al ventanal donde tenía amplia vista a la ciudad.
Las luces parpadeaban como luciérnagas enfermas entre la bruma del atardecer.
Un informe, sellado con la máxima prioridad, yacía sobre su escritorio, sin que él lo hubiera abierto aún.
En estos momentos no podía estar feliz por la alta eficiencia de su empleado al cumplir con la misión que le había ordenado.
Lo había recibido hacía apenas unos minutos por uno de sus guardaespladas, y aunque aún no lo leía por la expresión en el rostro del hombre tras entregarlo ya sentía un peso caer sobre sus hombros.
Después de eso Norman se había puesto de pie mirando con contemplación la vista de la ciudad fuera de su ventana, su corazón se sentía apretado, y su estómago se revolvía de solo pensar en lo que yacía dentro de aquel sobre.
Lejos de tranquilizarlo como en un principio lo había pensado, la incógnita lo carcomía como si de gusanos alimentándose de comida putrefacta se tratara.
Era tan incómodo que no podía estar tranquilo.
Cuando finalmente abrió el sobre sellado, sus ojos recorrieron las primeras líneas con relativa rapidez.
Luego se detuvieron.
Releyó.
Y esta vez, lo hizo con más lentitud, como si su mente se resistiera a aceptar el contenido.
“El aboratorio de pruebas ha sido destruido, no se encontraron sobrevivientes.
En el lugar solo hay ruinas y un cráter que se extiende más allá del perímetro original de la instalación.” Estas eran la primeras palabras de apertura del informe, breves pero consisas, yendo directamente al punto de interés.
Mientras pasaba las hojas la expresión de Norman se endurecía más y más, hasta que finalmente pasó a las fotografías tomadas con gran detalle, con esto cualquier rastro de emoción dejó su rostro, soltó los documentos en el escritorio haciendo que las fotografías del informe quedaran regadas en total desorden.
Norman cerró los ojos, buscando calmar su mente.
No podía permitir que el estrés lo quebrara.
Era un hombre frío, lógico.
Siempre lo había sido.
Las emociones eran debilidades que había aprendido a encerrar en compartimentos sellados desde su juventud.
El dolor, la pérdida, la culpa, todo eso se trataba de basura emocional de la que se deshizo hacía mucho.
No era la primera vez que lidiaba con adversidades.
Pero esto era distinto.
Extrañas imágenes regresaron con más fuerza, destacando como un pulgar dolorido en su cabeza.
Pero esta vez estaban acompañadas de una voz.
Una voz dentro de su cabeza fue escuchada, profunda y burlona, que murmuraba frases sin sentido.
—¿Tú hiciste esto, Norman?
¿O fui yo?
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Se puso de pie bruscamente, caminó por la oficina con pasos rápidos.
Pasó cerca al ventanal, junto a los estantes con premios empresariales, deteniéndose allí mismo en donde también se encontraba el retrato de su difunta esposa.
—No soy yo.
-susurró, aunque no había nadie más en la oficina.
Esa voz, esa risa… la había escuchado antes.
Durante su coma.
En sueños confusos, pesadillas sin rostro.
Pero los médicos lo habían explicado con lógica.
Actividad cerebral postraumática.
Descargas sinápticas aleatorias.
“Sueños sin sentido”, como él mismo los había llamado.
Pero ahora…
ahora no estaba dormido.
Se detuvo frente a un espejo de cuerpo entero instalado al lado del minibar.
No se miraba a menudo en él, pero en ese momento necesitaba observar algo tangible.
Se obligó a encontrarse con sus propios ojos…
Estaban inyectados en sangre.
Sus pómulos estaban marcados, y bajo ellos comenzaban a insinuarse sombras amoratadas.
Se veía más viejo, como si el solo leer aquel informe le hubiera añadido una década a su rostro.
Y de pronto… por un instante fugaz… la imagen en el espejo cambió.
Ya no era él.
Era la figura del traje verde, aquel exoesqueleto en el que había trabajado en conjunto con otros investigadores.
Mostraba una sonrisa torcida.
Con ojos inyectados en sangre y una mueca demente.
Norman retrocedió con violencia, golpeando el minibar.
Una botella se volcó y cayó al suelo, estallando en una lluvia de cristales y licor.
Respiró agitadamente.
El reflejo había vuelto a la normalidad.
—Estoy cansado.
-se dijo en voz baja, como si pronunciándolo pudiera hacerlo cierto.
—Solo es cansancio.
-se repitió una vez más.
Se agachó lentamente, recogió un trozo de cristal y lo sostuvo entre los dedos.
La superficie estaba manchada de líquido ámbar, un Whisky de doce años se había convertido en un desperdicio.
Se obligó a dejar el fragmento en el suelo y caminó hacia el escritorio.
Necesitaba poner en orden sus pensamientos.
Como hombre de ciencia y estrategia, eso era lo que siempre lo había salvado, se trataba de pensar y razonar, nada más.
Si el laboratorio había sido destruido, si no había sobrevivientes, y si los dispositivos más valiosos habían desaparecido, entonces no era un accidente.
Era sabotaje.
Alguien había querido dañar su reputación, destruir evidencia, y, sobre todo, inculparlo.
Él no había estado allí.
No recordaba haber estado.
Eso era lo que importaba.
“Quieren hacerme parecer un monstruo”.
Pensó.
“Quieren borrar todo lo que he construido.” Sus dedos tamborilearon sobre la madera del escritorio, marcando un ritmo nervioso.
Uno que no había tenido desde sus años universitarios, cuando aún se mordía las uñas.
Aquellos días en los que se sentía impotente, igual que ahora.
Norman se había dejado caer en el sillón como si su cuerpo pesara el triple.
El respaldo rechinó débilmente, un susurro ahogado en la inmensidad de su oficina.
Sus ojos seguían vagando mirando cada detalle de su oficina, como si buscara allí alguna respuesta que el mundo le negaba.
No se movía.
No hablaba.
Solo pensaba, aunque ni siquiera eso parecía estar del todo claro.
El silencio era espeso, en extremo tranquilo y al mismo tiempo algo incómodo.
Sintió un cosquilleo en la nuca.
No físico, sino una punzada abstracta, un zumbido en el fondo de su conciencia.
Una molestia imperceptible, como cuando se intenta recordar una palabra que se escapa justo al borde de los labios.
Se incorporó apenas, entrecerrando los ojos.
Una imagen, fugaz y rota, cruzó su mente como un destello fuera de lugar, una carcajada.
Una carcajada, hueca y desquiciada.
Norman se frotó las sienes.
No.
No tenía tiempo para esto.
No ahora.
No con todo lo que estaba en juego.
Se obligó a mirar la ciudad a través del ventanal.
Las luces de Nueva York comenzaban a encenderse una a una como un tablero de control que no podía leer.
Se repitió que estaba cansado.
Que el estrés lo estaba alcanzando.
Que era humano, después de todo.
Pero aquellas imágenes volvieron, más nítidas esta vez.
Estas visiones no se filtraron esta vez, irrumpieron como una tormenta.
Norman se aferró a los bordes del escritorio mientras en su cabeza estallaban imágenes imposibles de ignorar.
Un grito de risa que rebotaba en las paredes como el eco de un demonio feliz.
El deslizador rugiendo como una bestia.
Y fuego.
Fuego por todas partes.
—¡No fui yo!
-soltó con rabia, golpeando el escritorio con un puño.
La fuerza del impacto derribó una lámpara, y el eco metálico se perdió en la habitación.
La negación ardía como ácido en su garganta.
Pero no hubo alivio.
Solo otra voz.
—Por supuesto que no fuiste tú, Norman… -susurró una sombra en su mente.
Al escuchar esto Norman se congeló en su lugar, abriendo muy bien los ojos llenos de sorpresa, duda e incredulidad.
Esa no era una voz real, era imposible ya que no provenía del exterior.
Era interna, pero no le pertenecía.
No como sus pensamientos usuales.
Estos tenían un tono distinto.
Un ritmo diferente.
Un cinismo que él nunca se permitiría.
—Solo te mostré el camino.
Tú elegiste caminarlo… Norman una vez más se puso de pie, se tambaleó hasta el minibar y sin importarle nada más abrió una botella de whisky bebiendo directamente.
Con sus manos ligeramente temblorosas había bebido de golpe, sin saborearlo.
Solo necesitaba silencio, paz y algo de tranquilidad.
Quería simplemente ahogar a esa cosa.
—Es solo el estrés.
-se dijo.
—Es el cansancio.
Nada más.
Pero por dentro, algo se sacudía como un animal encadenado.
¿Y si esas imágenes eran reales?
¿Y si él lo había hecho?…
No, no podía.
No había registros.
Ninguna cámara.
Nadie lo vio salir.
Nadie lo oyó planearlo.
¡Ni siquiera lo recordaba!
¿Cómo iba a ser culpable?
Y, sin embargo, en lo más profundo de su ser, algo se estremecía con una emoción inconfundible, familiaridad.
Caminó lentamente por la oficina, recorriendo el perímetro del lugar como un prisionero inspeccionando su celda.
Volvió al ventanal.
Esta vez la ciudad no le pareció hermosa ni ordenada.
Era un rompecabezas fracturado que ya no podía resolver.
—Me están tendiendo una trampa.
-dijo en voz alta, casi aliviado por el pensamiento.
Sí, eso tenía más sentido.
Una conspiración.
Alguien quería destruirlo desde dentro.
Desacreditarlo.
Hacerlo caer.
La voz en su mente río burlonamente.
—¿Y si el enemigo no está afuera, Norman?
¿Y si lo llevas dentro?
—¡Cállate!.
-Norman se apretó la cabeza con ambas manos.
Respiraba como un animal acorralado.
No iba a rendirse a la locura.
No era débil.
Había llegado demasiado lejos.
Apretó los ojos con fuerza.
No.
Él no era ese monstruo.
No era esa risa.
Esa máscara.
No era el Duende Verde.
No lo era.
Y sin embargo, al cerrar los ojos, la máscara volvía a mirarlo.
Con cada parpadeo.
Con cada respiro.
Siempre presente.
No lo era.
No lo era.
No lo era… Pero la duda ya estaba sembrada, y en la oscuridad de su mente, una semilla retorcida comenzaba a crecer.
Norman Osborn alzó la botella con fuerza y bebió otro largo trago, dejando que el ardor del whisky descendiera como fuego líquido por su garganta.
Se detuvo un momento.
Los dedos apretando el cuello de la botella, los ojos clavados en el espejo del minibar.
Al principio, solo su reflejo lo miraba.
Ese hombre elegante, de rostro severo, expresión tensa.
Pero entonces, algo sutil cambió.
La comisura de sus labios, en el reflejo, se curvó ligeramente.
Apenas perceptible.
Como si alguien estuviera probando una sonrisa que no le pertenecía.
Norman frunció el ceño.
—Estoy cansado.
-susurró, sin apartar la mirada del cristal.
—No estoy para juegos de la mente.
—¿Y si no es un juego?
-respondió su reflejo, pero sin que sus labios reales se movieran.
El mundo pareció detenerse por un instante.
El whisky se volvió más amargo en su lengua.
Tragó con dificultad.
Bajó la botella.
—No, no otra vez.
-murmuró.
Dio un paso atrás.
—¿Por qué retrocedes de mí, Norman?
-la voz en el espejo era idéntica, pero más rica en matices.
Más viva, más maliciosa.
—¿Tan aterrador te resulta verte como realmente eres?
Norman apretó la botella con tanta fuerza que crujió el cristal bajo sus dedos.
Sacudió la cabeza.
—No eres real.
No eres nada.
Una sombra proyectada por mi agotamiento.
Un fantasma de aquel delirio…
ese maldito sueño tras el coma.
—¿Un sueño?
-el reflejo sonrió, mostrando apenas los dientes.
—¿Soñaste con el rugido del deslizador bajo tus pies?
¿Con la risa que ardía en tu garganta mientras veías a esos hipócritas correr como ratas?
Dime, Norman… ¿soñaste también con el placer?
Un escalofrío subió por su columna.
No, él no había sentido placer.
No.
Solo caos.
Solo confusión.
¿O sí?
Se llevó una mano al rostro, cerrando los ojos.
—Estás enfermo.
Eres una deformación.
Una herida en mi mente.
Yo nunca…
jamás habría hecho algo así.
—¿Jamás?
-la voz se volvió más profunda, más íntima.
—Entonces, dime por qué aún recuerdas el peso del traje.
Por qué sabes cuántas hélices tenía el prototipo del deslizador.
¿Por qué, Norman, sientes culpa por algo que no hiciste?
—¡Porque quieren que la sienta!
-rugió Norman, abriendo los ojos, encarándose abiertamente con su reflejo.
—¡Me quieren destruir!
¡Alguien lo planeó todo!
Sabían cómo herirme.
Sabían cómo sembrar la duda.
—Nadie te ha hecho esto.
Fui yo.
Fuiste tú.
Fuimos nosotros.
Norman dio un paso adelante.
Su respiración era irregular, como el de un animal herido.
Las gotas de sudor bajaban por sus sienes como si hubiera corrido un maratón.
—No…
yo no soy tú.
No lo seré jamás.
El reflejo bufó una risa burlona, como si le divirtiera la ingenuidad de ese intento de separación.
—Lo que eres…
es la mitad de un todo.
Tú eres la máscara.
La presentación de gala.
Yo soy el núcleo, Norman.
La voluntad.
La verdad.
Tú reprimes.
Yo actúo.
Norman alzó la botella con furia.
Por un momento dudó, con el brazo suspendido, temblando.
—Tienes miedo de mí.
-susurró el reflejo con una amplia sonrisa.
—Porque sabes que si me dejas salir…
no habrá vuelta atrás.
Que los enemigos caerán, que el mundo se arrodillará.
Pero tú…
tú prefieres que te devoren vivo con traje y corbata, ¿no es así?
La voz se volvió venenosa, serpenteante e hipnotica.
—Admítelo.
Cuando me viste por primera vez, no fue horror lo que sentiste.
Fue liberación.
Algo dentro de Norman pareció romperse.
Gritó.
Y con toda la fuerza que pudo reunir, arrojó la botella contra el espejo.
El cristal explotó con un estruendo agudo.
Los fragmentos volaron como pequeñas cuchillas por la oficina.
Algunos se incrustaron en la pared, otros cayeron con un repiqueteo metálico sobre el mármol y la alfombra.
El reflejo se dispersó en mil pedazos.
El silencio regresó.
Y sin embargo, en medio de aquel campo de vidrios rotos y olor a whisky derramado, una última voz brotó desde dentro, como una espina clavada en su mente.
—No me puedes romper, Norman.
Porque yo soy lo que queda cuando el resto se cae.
Norman se quedó de pie, jadeando, la sangre escurriendo por su mano herida.
Frente a él, solo ruina.
Un espejo hecho trizas, como su certeza.
Su cuerpo aún temblaba, pero esta vez no por el miedo… sino por la duda.
La más peligrosa de todas.
…
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