Marvel Multiverse: Cyber-Spider (ES) - Capítulo 80
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80: Capítulo 80 80: Capítulo 80 —Herman Schultz, tienes visita —anunció el oficial de policía encargado de esa sección específica de la prisión.
Su voz resonó dentro de la oscura, húmeda y lúgubre habitación.
Un hombre con una barba desaliñada, recostado sobre un suelo frío y húmedo, abrió los ojos tras el llamado.
Sin ganas de levantarse ni mirar al oficial, simplemente se dio la vuelta y volvió a cerrar los ojos, sin mostrar el mínimo interés e ignorando por completo la supuesta visita que tenía.
Ya habían pasado cinco años desde que ingresó a prisión, y en esos cinco años nunca nadie lo había visitado.
Estaba claro que había sido abandonado, descartado como un simple peón en un juego de ajedrez.
Además de ser abandonado por su empleador, este último también lo había usado para centrar en él la culpa de otros crímenes.
La cabeza de Herman daba vueltas pensando en la razón por la que había terminado en este punto.
Por fin una idea vino a su mente y entonces creyó que tal vez ese era el fin que su empleador buscaba: encontrar un chivo expiatorio para cargar con toda la culpa.
La paga alta simplemente fue un cebo para hacerlo saltar hacia la trampa y dejarle caer las supuestas pruebas de participación en graves actos delictivos.
Cegado por la codicia, había aceptado sin esperar este patético final.
Ingenuamente pensó que con ese trabajo finalmente se retiraría de su vida criminal, cambiaría sus costumbres, se reformaría y saldría del país buscando un lugar en el que pudiera vivir el resto de su vida en paz junto a su hermano menor.
En cambio, se le ligó a crímenes graves y se le impusieron cien años de prisión sin la oportunidad de salir bajo libertad condicional o fianza, ni mucho menos con disminución de sentencia por buena conducta.
Si bien Herman no era la persona más honesta del mundo, tampoco se trataba de una persona atroz.
El proceso por el que fue vinculado lo había ligado a un grupo criminal dedicado a varios tratos sucios: prostitución, drogas, apuestas, extorsión, asesinato, corrupción política y policial.
Y no se le describió como un miembro común, sino como uno de los cabecillas de esa organización delictiva, siendo quien había ordenado de principio a fin todos esos atroces actos e incluso impartido castigo a quienes no estuvieran de acuerdo.
—¡Todo esto es una tontería!
—gritó Herman Schultz en aquel momento, frente al juzgado, lleno de ira.
—¡Orden!
¡Orden en el juicio!
—gritó el juez, golpeando la mesa con su mazo y haciendo que el sonido resonara por toda la sala hasta que todos guardaron silencio.
Herman, muy alterado y sintiendo que le hervía la sangre, miró al juez con ojos amenazadores.
Un grupo de oficiales uniformados lo rodeó con la intención de someterlo ante la mínima acción agresiva.
—Las pruebas son concluyentes.
Señor Schultz, usted fue atrapado en el acto.
Participó directamente en el robo de activos al convoy de resguardo e incluso asesinó a guardias del convoy tras resistirse a entregar los bienes.
Sus subordinados ya han dado sus testimonios con la promesa de resguardar su seguridad.
Todas las declaraciones son consistentes y concuerdan en que siguieron sus órdenes como jefe del grupo.
—Además, se han mostrado nuevas pruebas que lo vinculan como cabecilla de un peligroso grupo criminal dedicado al asesinato por encargo, la extorsión, el secuestro, las drogas, la trata y la prostitución, entre una larga lista de otros crímenes viles —el juez le dirigió a Herman una mirada significativa.
Este último estaba rojo de rabia, ya sometido por los oficiales del recinto—.
Eso solo significa que sus crímenes son tan graves y nefastos que sus mismos subordinados no pudieron soportarlo y lo traicionaron sin dudar.
El juez golpeó con su mazo sobre la mesa.
—Presidente del jurado, ¿han llegado a un veredicto?
Uno de los civiles del jurado se puso de pie.
—Sí, su señoría, hemos llegado a un veredicto.
—Por favor, lea el veredicto —ordenó el juez con tono solemne.
El mismo civil, de pie y sosteniendo una hoja de papel, leyó: —Debido a que el acusado tiene una larga lista de crímenes en los que está vinculado, los miembros del jurado hemos acordado, por unanimidad, dar el veredicto general de culpable en todos los cargos.
Personas como el acusado no merecen estar libres en la sociedad.
Solicitamos al juez que considere la pena máxima que nuestro estado permite.
—Lo consideraré.
Puede tomar asiento.
Herman dirigió su intensa mirada hacia el civil miembro del jurado.
Este último, ante la vista del delincuente, se sentó temeroso.
Con otro golpe de mazo, el juez llamó la atención de Herman.
—Antes de que la corte llegue a una resolución, ¿la defensa tiene algo más que agregar?
El hombre trajeado al lado de Herman se veía joven, parecía un novato recién graduado.
Se acomodó la corbata nerviosamente, con grandes gotas de sudor rodando por su frente.
Respiraba pesadamente, sintiendo la intensa mirada que Herman le dirigía.
Su voz, un tanto baja, emitió un sonido relativamente claro pero pesado.
—No, su señoría, la defensa no tiene nada más que agregar.
Fue como si esas palabras hubiesen requerido toda su energía y coraje, porque tras lo dicho su rostro palideció.
Herman estaba en total desesperación.
Ante tantas pruebas incriminatorias, la defensa que le habían asignado era un completo novato sin experiencia práctica, demasiado cobarde y temeroso para presentar una defensa sólida.
Si esto no era querer sabotearlo, entonces no sabía qué más decir para mostrar lo obvio de la situación.
De haber tenido un abogado competente, podría haber obtenido como mínimo una disminución de sentencia, o incluso haber encontrado ciertas irregularidades en aquellas pruebas, lo que le permitiría alargar el juicio hasta obtener la suficiente evidencia para sostener su inocencia.
Ante la evidente inclinación por hacerlo pasar como culpable sin la mínima oportunidad de alegar su inocencia, estaba claro que todo esto era una farsa, un simple espectáculo para hacerlo pasar como un logro del sistema de justicia.
Si le dijeran en ese mismo instante que todos dentro de la sala habían sido comprados, Herman no sentiría sorpresa alguna.
Incluso si no lo estuvieran, esto revelaría las deficiencias del tan orgulloso departamento de justicia, no solo del estado, sino de todo el país.
Entonces el juez comenzó a dictar sentencia.
El taquígrafo de la sala movió rápida y flexiblemente sus dedos sobre las teclas de la máquina de escribir.
—Bajo la causa penal 1784 HS/2010, el jurado de este tribunal declaró al acusado culpable de todos los cargos.
—Asimismo, se han celebrado las audiencias de individualización de la pena, en las que se escuchó a la Fiscalía, a la Defensa, a las víctimas y al propio acusado.
Este tribunal ha considerado la extrema gravedad de los hechos, el daño irreparable causado a las víctimas y a la comunidad, la continuidad y organización de la actividad criminal, y la ausencia de auténtico arrepentimiento por parte del acusado.
El juez se detuvo por un momento para mirar a los ojos de Herman, haciendo caer el veredicto como un pesado martillo de hierro sobre su cabeza.
—En consecuencia, y en ejercicio de las facultades que me confiere la ley del estado de Nueva York, este tribunal resuelve: el acusado Herman Schultz es efectivamente culpable de todos los cargos.
Por tanto, lo condeno a cien años de prisión, los cuales cumplirá dentro del penal en Ryker’s Island.
Se deja expresamente establecido que: 1.
No se concede, ni ahora ni en el futuro, la posibilidad de libertad bajo fianza respecto de esta sentencia.
2.
El condenado no será elegible a ningún beneficio de reducción de pena, incluidos la reducción por buena conducta, la libertad anticipada, la libertad condicional y cualquier otro programa de preliberación o equivalentes.
3.
La pena impuesta deberá cumplirse en su totalidad, sin que pueda ser modificada por razones distintas de las que pudieran derivarse de un eventual y extraordinario control constitucional por un tribunal superior.
—En otras palabras, señor Schultz, esta sentencia implica que usted pasará el resto de su vida privado de la libertad, sin posibilidad de obtener una reducción de la condena por ningún mecanismo ordinario.
—En cuanto a las consecuencias patrimoniales, ha quedado probado que el acusado obtuvo beneficios económicos directos e indirectos como resultado de la actividad criminal y que utilizó su patrimonio para facilitar y encubrir dichos delitos.
Por tanto, este tribunal ordena el decomiso total a favor del Estado de: 1.
Todos los bienes inmuebles registrados a su nombre: casas, departamentos, terrenos, locales comerciales y cualquier otra propiedad raíz.
2.
Todas las cuentas bancarias, inversiones, instrumentos financieros y participaciones societarias que se encuentren a su nombre, dentro y fuera del país, que la autoridad competente logre identificar.
3.
Todos los vehículos, embarcaciones y aeronaves registrados a su nombre.
4.
Cualquier otro bien mueble, derecho o valor que se acredite como producto de la actividad delictiva, o que haya sido utilizado para financiar, ocultar o facilitar esos delitos.
—Se prohíbe desde este momento al condenado vender, donar, gravar, ocultar o transferir cualquiera de esos bienes.
La autoridad de ejecución de sentencia, junto con las autoridades financieras y registrales correspondientes, procederá al aseguramiento, administración y liquidación de dichos activos.
—Los bienes decomisados se destinarán, en primer término, a la reparación del daño a las víctimas, en la medida de lo posible, y, en lo restante, a los fines que establezca la legislación aplicable.
Señor Schultz, esta es la decisión de este tribunal.
¿Ha comprendido usted la sentencia que se le ha impuesto?
Pero Herman no respondió.
Había quedado en completo shock.
No le había afectado recibir la dura condena de cien años de prisión, casi cadena perpetua sin posibilidad de salir libre por cualquier medio legal.
Lo que en verdad lo había conmocionado era escuchar que todos sus activos y bienes, por los que había trabajado arduamente durante tantos años, se esfumarían así como así.
Tan fácil como el viento puede dispersar el humo, de esa misma manera se desvaneció toda su riqueza con las simples palabras del hombre que se sentaba en la gran silla del juzgado, aquel hombre que se llamaba a sí mismo juez y que muy seguramente estaba comprado para ponerle las cosas difíciles.
Antes de esto su vida había sido relativamente cómoda, dedicándose al robo de cajas fuertes y a la desactivación de sistemas de seguridad bancarios y de valores de forma profesional.
Nunca en toda su vida había matado a algún animal o persona.
Ciertamente había aprendido a usar armas de fuego, pero, debido a que su línea de trabajo no era tan violenta, nunca necesitó hacer uso de ellas.
Todos sus trabajos independientes tuvieron altas ganancias.
Incluso cuando trabajó para diversos empleadores de forma temporal, siempre recibió jugosos pagos como comisión por sus servicios.
Siempre había sido cauteloso, actuando con total precaución, investigando el tipo de trabajo que debía desempeñar, así como los antecedentes del empleador que lo estaba contratando.
Con tal cautela había evitado meterse en cosas turbias que pudieran resultarle problemáticas a futuro, por lo que sus trabajos eran tan impecables que nunca hubo rastros o pruebas que lo inculparan de algún cargo definitivo.
Vivía tan limpio como cualquier ciudadano común.
Con trabajos tan impecables, pronto logró formar una pequeña fortuna a sus cortos veinticinco años.
A pesar de no ser un profesionista, ni siquiera haber terminado la preparatoria, se sentía orgulloso de su intelecto y sus logros.
Estaba seguro de que a ninguna otra persona en su misma situación podría irle mejor que a él.
Tan inteligente y astuto como era, logró formalizar todas sus ganancias de sus actos delictivos registrando una pequeña empresa.
De cara al exterior era un pequeño empresario, con una veintena de empleados repartidos en tres sucursales dentro de la ciudad.
Era dueño de tres talleres dedicados a la reparación de maquinaria en general para uso industrial y doméstico.
Tenía muy buenos ingresos: su pequeña empresa era conocida porque sus trabajos eran de los mejores, de alta calidad y con garantía.
La ira, el odio total hacia esta injusticia, lo hicieron hervir como un violento volcán a punto de hacer erupción.
Con una fuerza emergente tuvo la oportunidad de librarse de los oficiales.
Estos últimos quedaron atónitos por la increíble fuerza de Herman, capaz de liberarse de ellos.
Sin que pudieran hacer nada, Herman respondió muy rápido y se abalanzó hacia el juez.
Lo tomó del cuello y lo golpeó contra la mesa del juzgado.
Apretando con fuerza su puño derecho, este impactó en el rostro del juez, haciéndolo sangrar por la nariz y obligándolo a cerrar uno de sus ojos debido a la hinchazón.
Para cuando varios oficiales reaccionaron, el juez ya había recibido una fuerte paliza: sangre derramada sobre sus ropas, ojos hinchados dejando pequeñas rendijas abiertas, el puente de la nariz desviado, unos dientes tirados en el suelo.
La sala se había vuelto ruidosa.
Los oficiales contuvieron a Herman, golpeándolo con sus bastones con la suficiente fuerza como para hacer caer a un boxeador, pero este simplemente no cayó; continuó resistiéndose.
Más oficiales tuvieron que ayudar para retenerlo.
Con una violencia nunca antes vista en su persona, actuó por puro instinto, instando a su cuerpo a caer nuevamente sobre el juez, esta vez para terminar con el trabajo.
Había infligido el dolor suficiente; el siguiente paso era darle el descanso eterno de la manera más violenta posible, todo para liberar la fuerte ira que emanaba de su ardiente corazón.
En esos momentos, Herman era como una persona diferente: nadie que estuviera relacionado con él podría reconocerlo.
Herman era conocido por su absoluta paciencia, pero esta vez, como una bomba de tiempo, había estallado.
En su mente no había más que acabar con el sujeto que le había quitado todo, aquel que con una sola palabra había acabado con años de trabajo.
Pensaba que, si de cualquier manera estaría preso por el resto de su vida, entonces tener sus manos manchadas de sangre era lo de menos.
Esta vez cumpliría con las acusaciones que le habían dado.
No había matado a nadie aquel día, pero ya estaba catalogado como un asesino.
¿Entonces qué más daba matar a ese juez corrupto?
Incluso podría estar haciendo un acto meritorio al limpiar la inmundicia de la ciudad.
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