Marvel Multiverse: Cyber-Spider (ES) - Capítulo 81
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81: Capítulo 81 81: Capítulo 81 De esa manera, Herman fue contenido, siendo golpeado por varios oficiales hasta finalmente ceder y caer de rodillas.
Con sangre cayendo desde la cabeza y corriendo por su rostro, se veía aterrador para los miembros del jurado que observaban cómo se lo llevaban a rastras.
Fue encadenado para contenerlo hasta llegar a la prisión en donde pasaría el resto de su vida: Ryker’s Island, una prisión ubicada en la parte norte del East River, entre el Bronx y Queens, donde se conecta con el Long Island Sound.
Cuando fue a parar allí, obtuvo el recibimiento de cualquier otro condenado, incluso tal vez un poco más duro de lo normal.
Esto se debía principalmente a lo que le había hecho al juez que llevó su juicio: la voz se corrió muy rápido.
Inmediatamente, los oficiales uniformados que resguardaban la prisión le dieron mala cara, pensando en él como un arrogante jefe criminal.
Y no solo eso, otros reos trataron de pasarse de listos, intentando intimidarlo.
¿Pero cómo podría Herman Schultz, quien necesitaba desahogar toda la furia de su interior, soportar estos tormentos?
Sin miedo a represalias, sin miedo a perder más, lidió con todos y cada uno de los presos y oficiales por igual.
Sin importar quiénes fueran, si se acercaban con intenciones maliciosas hacia él, entonces les daría su merecido.
Herman era como un perro rabioso, mordiendo hasta arrancar un trozo de carne a cualquiera que quisiera acercarse.
Con el tiempo, Herman fue temido: cualquier recluso sabía que no debía meterse con él a menos que tuviera la suficiente habilidad.
Pero el trato de reos y oficiales no era el mismo.
Si bien los reos le temían por su acción tan temeraria y salvaje, los oficiales eran otra historia.
Estos, a pesar de que Herman les daba su merecido, se aglomeraban para darle una paliza con el fin de hacerlo respetar la autoridad de los oficiales.
Y así transcurrió el tiempo.
Herman golpeaba a oficiales que le quisieran dificultar las cosas, y estos regresaban con un grupo mayor de compañeros y le propinaban una golpiza para, posteriormente, llevarlo al cuarto oscuro como castigo.
Ya hace tres días, Herman había caído al cuarto oscuro tras darle una golpiza a un nuevo recluso que desconocía su lugar.
Un oficial se interpuso para detener tal barbaridad, pero, lejos de detenerlo, también se llevó parte.
Tras desviarle el puente de la nariz al joven oficial, con la sangre corriendo, este llamó a sus compañeros para que le brindaran apoyo.
Y así fue como pudieron contener a un sonriente Herman, quien se burlaba de los oficiales que lo llevaban arrastrando al cuarto oscuro, riéndose a carcajadas por su incompetencia.
Algunos pensarían que, tras su ingreso a prisión, su mente había cambiado; tal vez le faltaban algunos tornillos.
Muy seguramente el impacto que sufrió fue tan grave que ya no era comedido como antes: estaba absolutamente trastornado.
Y, en verdad, tales pensamientos no eran del todo errados.
Tras su ingreso a prisión, irónicamente había sentido que pesados grilletes se soltaban, dejándolo respirar un poco más libre.
Herman sentía una extraña sensación de ligereza; estaba tan ligero y despreocupado como una nube llevada por el viento sin un rumbo fijo.
Eso no significaba que Herman se hubiese vuelto indiferente.
Ciertamente no sentía preocupación por sí mismo ni mucho menos por los demás, pero no era que simplemente le diera igual lo que sucediera con los únicos parientes que tenía en su vida: su hermano menor y su tía.
Jamás olvidaría a su hermano, la razón y motivación por la que había trabajado arduamente, todo con el fin de darle una vida mejor, algo más digno.
Y a su tía, a quien le debía mucho y difícilmente podría pagarle en su totalidad, ella se había hecho cargo de ambos jóvenes, incluso sacrificando oportunidades para cambiar su vida.
Tras la desaparición de su madre, Herman y su hermano menor tuvieron que vagar por las calles.
Pensaron ingenuamente que habían sido abandonados en aquella guardería en la que su madre los había dejado, prometiendo volver.
Sobrevivieron en las calles como pudieron por unos años tras escapar de la guardería.
Pensando que los llevarían a un orfanato y ambos se separarían, decidieron entonces huir.
Pasaron por dificultades y penurias, pero pudieron soportarlo porque se tenían el uno al otro; su hermano menor era su motor, el que lo impulsaba a continuar sin importar qué tan empedrado fuera el camino.
Años después, fueron atrapados por la policía al reconocerlos tras ver carteles de búsqueda.
Fue entonces que se encontraron con su tía, la hermana menor de su madre y el único pariente que les quedaba.
Para ese momento fue que supieron la verdad de lo que había sucedido con su madre, la razón por la que nunca más la volvieron a ver.
Ambos niños desconocían por completo la razón por la que aquella cariñosa mujer había simplemente desaparecido de sus vidas.
Entonces su tía reveló la verdad: finalmente supieron que su madre, aquella mujer que siempre los amó, nunca los abandonó; ella había fallecido en un trágico accidente de coche en la carretera, tras regresar del trabajo para ir a buscarlos a la guardería.
Durante tanto tiempo, habían pensado que ella simplemente ya no los quería, que se había cansado de tenerlos como pesadas cargas y, un día, simplemente decidió huir, dejándolos a su suerte.
Por muchos años, el joven Herman guardó un intenso rencor debido a ese malentendido; se arrepintió profundamente tras saber la verdad.
El llanto surgió de manera descontrolada; las lágrimas corrieron hasta que simplemente ya no pudieron salir, pero sin aliviar el dolor y el arrepentimiento que sentía.
Sentía un profundo hueco en su corazón; a pesar de estar vacío, era tan pesado como una roca que caía sobre su espalda.
La culpa en el corazón de Herman nunca se alivió.
No podía perdonarse haber pensado mal de la mujer que dio todo de sí por él y su hermano; no podía perdonarse haber lanzado maldiciones hacia ella en sus arrebatos de ira en aquellos momentos difíciles por los que había pasado.
Si tuviera la oportunidad, reprendería a su yo joven por todo eso y más: le haría ver que estaba equivocado.
Su madre no merecía más que respeto y devoción.
Hasta ahora, en su vida adulta, no dejaba de pensar en ella; la culpa lo carcomía.
Fue por eso que siempre intentó dar lo mejor de sí: trabajó arduamente para que su hermano tuviera lo mejor y para que su tía, quien los había cuidado después de que su madre falleciera, tuviera la mejor vida disponible.
Ya nada de eso era motivo de preocupación.
No porque Herman se hubiese olvidado de su agradecimiento y de sus promesas de darles una vida mejor, sino porque ya no era necesario preocuparse.
Antes ya había dejado un seguro para casos especiales.
Aunque siempre actuó con cautela y seguridad, como un zorro astuto tenía más de una madriguera.
Tanto su tía como su hermano estaban respaldados por un fondo de ahorro especial a nombre de su madre, por lo que nada de eso podía ser confiscado por las autoridades, incluso si encontraran algún vínculo con él mismo.
Incluso si eso fallara, había entregado acciones de empresas tecnológicas tanto para su tía como para su hermano; eran libres de vender cuando quisieran y obtener liquidez inmediata.
La ley era clara en estos casos: todos los activos exclusivamente a su nombre serían decomisados.
Nada de eso afectaría activos e inversiones previamente entregadas mediante movimientos legales y formales a través de instituciones certificadas.
Con todos esos seguros listos para entrar en cualquier momento, Herman ya no estaba preocupado.
Incluso pensaba que, si ahora debía morir, entonces lo haría sin ningún remordimiento.
Es por eso que todo le daba igual: había perdido las ganas de salir libre; ya se había hecho a la idea de que moriría en prisión.
Ninguno de sus parientes lo había venido a visitar; eso no le molestaba, sino todo lo contrario: estaba feliz de que ninguno de ellos pisara ese inmundo lugar para venir a verlo.
Sería muy feliz incluso si no los volvía a ver, sabiendo que ellos, de cualquier manera, estarían teniendo una buena vida.
Fue esta la razón por la que se metió en tantos problemas: la avaricia arraigada en su corazón no se debía al egoísmo interno, sino a la acción desinteresada por mantener segura a su familia.
—Schultz, deja de hacerte el muerto y sal de ahí.
No tengo tiempo para perder contigo, no me obligues a llevarte a rastras —la voz del oficial resonó una vez más, interrumpiendo los pensamientos reflexivos de Herman.
Herman resopló con disgusto.
—Lárgate de aquí.
No quiero atender ninguna visita, no estoy obligado a hacer nada.
El oficial frunció el ceño, sintiéndose molesto por tratar con un prisionero tan difícil.
—Esta no es una visita que puedas rechazar con una sola palabra… —el oficial dudó por unos segundos antes de continuar—.
Se trata de agentes especiales del FBI; parece que están investigando algo relacionado con tu caso, tal vez investigan tus otros crímenes o algo relacionado con ellos… Por lo que escuché, tu familia podría estar involucrada.
Los ojos de Herman se abrieron; sin decir palabra se volteó y miró al oficial con una ira contenida.
El oficial podía ver que, si se atrevía a decir más, estaba seguro de que Herman saltaría sobre él.
Esa mirada era más como la de un perro rabioso mirando a su víctima segundos antes de lanzar la mordida.
El oficial levantó los brazos.
—Tranquilo, Herman, solo estoy repitiendo lo que escuché de los demás compañeros.
Eso es lo que dijeron los agentes del FBI.
Lejos de molestarte conmigo, deberías agradecerme; de no ser porque te digo esto, ahora mismo desconocerías por completo lo que pasaría con tu familia después de esto.
Herman guardó silencio ante esa verdad y sus ojos agresivos se suavizaron; ahora solo fue una mirada agradecida.
—Tienes razón, y te agradezco por esa información.
Herman se puso de pie, esperando que el oficial abriera la celda para llevarlo a recibir aquella visita.
Quería ver qué tenían entre manos aquellos agentes del FBI.
Estaba absolutamente seguro de que no había dejado nada atrás que involucrara a su familia, por lo que ya tenía presente que esto era solo un cebo o gancho para atraerlo.
Aun así, no podía simplemente ignorarlo; no sabía con total certeza si esas personas se acercarían a su familia como acto de alguna venganza por los crímenes que no le competían.
Su fachada de indiferencia se había caído.
Todos los problemas en los que se había metido le daban un dolor de cabeza que le hacía dar vueltas en un laberinto aparentemente interminable.
El odio que creía haber dejado atrás no pudo evitar reaparecer: odiaba al juez que le dio sentencia, odiaba a la misma sociedad injusta, odiaba con todas sus fuerzas a aquel que lo había inculpado… Pero a quien odiaba aún más era a aquel sujeto que lo había detenido; esa persona había evitado que escapara y, por consecuencia, salvarse de este patético final en el que había terminado.
…
A la prisión de Ryker’s Island llegaron dos personas, un hombre y una mujer; llegaron de visita bajo la orden de una misión de su organización.
El hombre era de complexión atlética, con cuerpo entrenado.
Medía cerca de un metro ochenta, hombros anchos y espalda recta, con una postura relajada, pero, a ojos expertos, imposible de confundir con la de un civil cualquiera.
Llevaba el cabello corto, castaño claro tirando a rubio, peinado hacia atrás con descuido, dejando ver una ligera entrada en la frente.
Sus ojos azules recorrían el entorno con aparente curiosidad profesional, pero en realidad analizaban cada detalle: cámaras, guardias, rutas de salida.
Una sombra de barba de varios días endurecía sus rasgos y una fina cicatriz cruzaba la ceja izquierda, apenas visible si no se le miraba de cerca.
Vestía un traje oscuro perfectamente ajustado, camisa blanca y corbata sobria color vino; la placa del FBI asomaba en el cinturón, junto a una funda de cuero donde, en teoría, solo llevaba un arma reglamentaria.
La mujer, a su lado, contrastaba y complementaba su presencia.
Era de estatura media, con una figura seductora a la vista de un hombre; sus curvas, perfectamente definidas, llamarían la atención con cualquier atuendo con el que luciera.
El cabello rojizo, recogido en un peinado bajo y pulcro, dejaba libre su cuello y enmarcaba un rostro de facciones finas pero firmes: pómulos marcados, labios delgados y una mandíbula que transmitía más determinación que suavidad.
Sus ojos verdes, relativamente indiferentes y calculadores, parecían evaluar a todo aquel que se cruzaba con ellos, aunque una leve sonrisa profesional disimulaba cualquier sospecha.
Llevaba un traje sastre negro, chaqueta entallada y pantalón recto, camisa azul claro sin un solo pliegue y zapatos de tacón bajo, elegantes pero lo bastante cómodos para moverse con rapidez si era necesario.
Llevaba consigo un bolso discreto colgado del hombro derecho.
Ambos avanzaron con absoluta seguridad y se presentaron frente a los guardias de la prisión.
Los guardias revisaron la documentación y notificaron al alcaide de la visita de agentes especiales del FBI.
Tras comprobar la autenticidad del permiso, el alcaide no tenía motivos para hacerles difícil la situación, por lo que les dejó hacer su trabajo.
Entonces indicó a los oficiales que atendieran a los visitantes y cumplieran con sus órdenes, claro que solo dentro de las regulaciones de la prisión.
Los oficiales, sabiendo que venían por Herman, les informaron de la actitud que tenía y de la gran posibilidad de que rechazara la visita.
El hombre estaba preparado para eso, por lo que dijo al oficial que venían a investigar más sobre el caso por el que el recluso fue condenado; algunas pistas apuntaban a sus familiares, por lo que, si no salía, tendrían que tomar otras medidas.
Si bien aquello sonaba como una amenaza, al hombre le importaba poco: creía firmemente que no debía tener consideración con criminales.
La mujer que lo acompañaba no dijo nada; parecía indiferente ante las claras amenazas de su compañero hacia ese recluso.
Las cosas fueron muy sencillas para ambos: se sentaron a esperar en la sala de visitas, la cual se encontraba dividida por un vidrio especial transparente, a prueba de impacto, para separar a reclusos y visitantes.
Mientras ambos esperaban, el hombre inició una conversación.
—Jamás creí que Fury nos enviara juntos a una misión.
Ha pasado un largo tiempo desde que nos vimos; estuviste fuera del país durante mucho tiempo.
Lo que me deja desconcertado es que nos enviara a interrogar a un jefe criminal de poca monta.
No entiendo qué trama Fury; todavía no me queda clara la razón por la que estamos aquí.
La mujer no apartó la mirada del pequeño libro que sostenía en la mano; continuó pasando página.
Aun así, respondió: —Regresé al país hace poco.
Por lo que escuché, Fury dio la orden de hacer regresar a los agentes de mayor nivel estacionados en otros países.
No estoy segura de lo que planea, pero, por lo que he oído, se debe a ciertas consideraciones que tiene… A un maníaco del control no se le puede evaluar en base a pensamientos normales.
Simplemente limitémonos a seguir órdenes y no pensar tanto.
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