Marvel: Reencarne como Peter Parker - Capítulo 44
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- Capítulo 44 - 44 La huida del Hombre Lagarto
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44: La huida del Hombre Lagarto 44: La huida del Hombre Lagarto “¡Peter!
¿Estás ahí?” “Sí, Gwen.
¿Qué pasa?” Gwen no respondió de inmediato.
Permaneció en silencio unos segundos, como si le costara encontrar las palabras correctas.
Cuando finalmente habló, su voz estaba cargada de temor.
“Es Connors… está fuera de control.” Peter entrecerró los ojos y apretó la mandíbula.
‘Genial.
Otro monstruo verde.’ “Vamos para allá”, respondió al comunicador con firmeza.
“No te muevas.” Cortó la comunicación.
Miró a Daisy.
Ella se encogió de hombros, ya activando varios monitores holográficos, aunque no pudo evitar quejarse: “No puedo creer que otra vez Oscorp sea el problema.” Peter torció los labios.
‘Es solo el principio.
Ese lugar es literalmente la fábrica de villanos de Spider-Man.’ “Quédate y ayúdanos con la localización de Connors”, dijo en voz alta.
Luego miró a April… o mejor dicho, a la Hulk femenina.
Estuvo a punto de sugerirle que se quedara fuera de esto, pero no llegó a decir nada.
Ella se adelantó.
April —la Hulk— sonrió ampliamente, mostrando los dientes.
“Perfecto.
Llegó en el mejor momento.” Apretó los puños, el suelo vibró levemente bajo sus pies.
“Necesitaba algo que golpear.” Horas antes.
No fue una explosión.
No fue un fallo eléctrico.
Fue un latido.
Uno profundo, antinatural, que recorrió los sensores biomédicos de Oscorp como una onda expansiva invisible.
Las luces rojas inundaron los pasillos.
“⚠ ALERTA BIOLÓGICA – SECTOR B-7 ⚠” En el laboratorio, el caos ya había nacido.
La criatura se irguió lentamente entre restos de vidrio, metal retorcido y pantallas destrozadas.
Su pecho subía y bajaba con respiraciones pesadas, ásperas, como si el aire mismo le causara dolor.
Escamas verdes cubrían lo que antes había sido piel humana.
Un brazo enorme —el brazo que tanto había deseado— se flexionó con una facilidad aterradora.
El Hombre Lagarto abrió la boca y dejó escapar un rugido bajo.
No de furia.
De confusión.
De dolor.
‘¿Qué… qué soy…?’ Fragmentos de conciencia humana aún sobrevivían en algún rincón de su mente.
Recuerdos rotos y desordenados: una bata blanca, fórmulas, una sonrisa joven.
Gwen.
El nombre apareció… y se perdió.
Las puertas de seguridad descendieron con un estruendo.
Demasiado tarde.
El Hombre Lagarto dio un paso adelante.
Luego otro.
Y embistió.
El metal reforzado se dobló como papel.
En los pasillos, los pocos técnicos nocturnos corrieron presas del pánico.
“¡Dios mío, qué es eso!” “¡CIERREN LAS COMPUERTAS!” “¡NO, NO FUNCIONAN!” Una garra atravesó una pared lateral, arrancando cables y tuberías.
Vapor y chispas llenaron el aire.
El Hombre Lagarto avanzaba guiado por el instinto.
Cada paso activaba nuevas alarmas.
Cada movimiento dejaba destrucción.
No pensaba huir.
Pensaba escapar.
Desde una terminal de seguridad, una voz temblorosa gritó por el intercomunicador: “¡Entidad biológica hostil confirmada!
¡Repito, entidad hostil fuera de control!” En otro sector de la ciudad… Peter se incorporó de golpe en la cama.
El corazón le latía con violencia.
El sentido arácnido explotó en su mente como una descarga eléctrica.
No era peligro inmediato.
Era algo peor.
Cambio.
Ruptura.
Consecuencia.
‘No… no otra vez.’ Se levantó de un salto, ya buscando su traje.
‘Gwen…’ De vuelta en Oscorp.
El Hombre Lagarto alcanzó el núcleo de evacuación.
Una escuadra de seguridad armada intentó cerrarle el paso.
“¡DETÉNGASE!” “¡FUEGO!” Las balas impactaron contra las escamas, desviándose sin causar daño real.
La criatura se detuvo un segundo.
Miró a los humanos.
Y algo en su interior… se quebró.
Con un movimiento brutal, lanzó a uno contra la pared.
Otro salió despedido varios metros.
No los persiguió.
No quería matarlos.
Quería irse.
Saltó.
Atravesó una claraboya reforzada, rompiendo cristal y acero, y salió al aire nocturno de Nueva York.
El impacto contra el suelo agrietó el asfalto.
La gente gritó.
Autos frenaron de golpe.
Luces de celulares comenzaron a grabar.
El Hombre Lagarto alzó la cabeza y rugió, esta vez con furia pura.
Y corrió.
Saltando entre edificios.
Deslizándose por fachadas.
Desapareciendo entre sombras y callejones.
Libre.
Minutos después.
Gwen llegó corriendo al laboratorio.
El lugar estaba devastado.
Sirenas.
Humo.
Huellas profundas marcando el suelo.
Se quedó paralizada.
“¿Doctor…?” susurró.
No hubo respuesta.
Solo una bata rota… y manchas de sangre verde.
Gwen cerró los ojos, apretando los puños.
“Es culpa mía.” En algún lugar de la ciudad, entre túneles y ruinas… El Hombre Lagarto se detuvo.
Miró sus manos.
Sus garras.
Y rugió al cielo nocturno.
La cacería había comenzado.
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