Más allá de la oscuridad (BeyoND Of The DarKneSs) - Capítulo 61
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Capítulo 61: Capítulo 59 – De canto: cuatro días de silencio
Miré a mi alrededor durante unos minutos más, tirado junto al árbol, con la espalda hundida en la tierra fría. El reflejo del espejo seguía brillando a lo lejos, rodeado de voces, de movimiento, de algo que ya no sentía mío.
No pensé en irme. No lo decidí. Simplemente ocurrió.
Me levanté despacio, como si el cuerpo fuera más pesado que antes. No dije nada.
Ni una palabra.
Ni siquiera un adiós.
Nadie me vio marcharme. Estaban distraídos, absortos en el reflejo, en el misterio, en el futuro. Yo solo caminé en dirección contraria, con la sensación de estar dejando algo atrás sin saber exactamente qué… o sin importarme ya.
Caminé.
Caminé durante más tiempo de lo que recuerdo.
Las calles se sucedían unas a otras sin significado. No pensaba. No sentía prisa. Tampoco alivio. Solo avanzaba porque detenerme habría requerido una voluntad que ya no tenía.
Cuando llegué a casa, abrí la puerta y entré sin encender la luz. El silencio me recibió como si siempre hubiera estado ahí, esperándome. Escuché un leve maullido cerca del suelo. Moka.
No la miré.
No porque no la quisiera, sino porque incluso eso me parecía demasiado.
Subí las escaleras apoyando la mano en la pared, como si en cualquier momento fuera a perder el equilibrio. Entré en mi habitación y cerré la puerta con cuidado, sin ruido, como si el mundo al otro lado pudiera despertarse si no era prudente.
Me dejé caer sobre la cama. No me quité la ropa. No acomodé las sábanas.
Simplemente caí.
El techo estaba ahí, inmóvil, observándome. Pensé que debía sentir algo: tristeza, rabia, miedo. Pero no había nada claro. Solo una presión constante en el pecho, como si algo invisible se apoyara sobre mí y no pensara moverse.
Dormí.
O al menos eso creo.
Los días siguientes se mezclaron entre sí hasta perder forma.
No fui a la escuela.
No comí.
No salí de la cama.
El tiempo dejó de avanzar de manera normal. A veces despertaba con la boca seca y los ojos ardiendo, otras veces no sabía si había dormido una hora o doce. El hambre aparecía como una molestia lejana, fácil de ignorar, como un ruido de fondo que eventualmente se apaga solo.
Moka subía a la cama de vez en cuando. Sentía su pequeño peso cerca de mi costado, su respiración tibia, su ronroneo suave. En algún punto recordé que había dejado su comida cerca, lo suficientemente cerca como para que pudiera alcanzarla sin ayuda.
Ese pensamiento me dio una tranquilidad mínima.
Al menos ella estaría bien.
Yo no.
Durante cuatro días completos apenas me moví. Miraba el mismo punto del techo. A veces cerraba los ojos solo para no tener que seguir viéndolo. No pensaba en el destino, ni en los titiriteros, ni en mi objetivo. Pensar requería energía. Yo no tenía ninguna.
Solo quería quedarme ahí.
Encerrado.
Silencioso.
Dormir y quizá no despertar.
No porque quisiera morir, sino porque vivir de esa forma —con un futuro que no había elegido, con un peso que no entendía— se sentía como cargar algo demasiado grande para alguien como yo.
Alguien que nunca aprendió a sostener nada sin que se le rompiera en las manos.
Al cuarto día decidí prender mi teléfono para revisar cuántos mensajes tenía.
El teléfono vibró débilmente en mi mano cuando lo encendí.
La pantalla tardó unos segundos en reaccionar, como si incluso él estuviera cansado de mí.
Notificaciones.
Demasiadas.
Mensajes perdidos.
Llamadas ignoradas.
Kimberly.
Minho.
Airi.
Won Ho.
Xia.
El profesor.
Uno tras otro. Algunos de hacía horas. Otros de días. Algunos repetidos, insistentes, casi desesperados. Mensajes cortos, otros largos. Preguntas simples: ¿Estás bien?
Otras más incómodas: Respóndeme.
Y algunas que dolían más de lo que deberían: Estamos preocupados.
Deslicé el dedo hacia abajo.
Seguí bajando.
Y entonces lo noté.
Alya no estaba ahí.
Ningún mensaje.
Ninguna llamada.
Ni una sola notificación con su nombre.
Sentí algo hundirse en mi estómago, lento, pesado, como si el vacío hubiera decidido tomar forma. No sabía por qué eso me afectaba tanto. Quizá porque una parte de mí esperaba que ella fuera diferente. Que insistiera. Que forzara la puerta. Que gritara.
O quizá porque sabía exactamente por qué no estaba ahí.
Dejó que me encerrara.
Dejó que me rompiera solo.
Recordé los golpes en la puerta durante los días anteriores. No los conté, pero los recuerdo. Voces al otro lado. Preguntas. Silencio después. Alguien que se iba. Alguien que volvía más tarde.
Nunca abrí.
No porque no pudiera.
Sino porque no sabía qué versión de mí encontrarían si lo hacía.
Bloqueé el teléfono y lo dejé caer sobre la cama. El sonido fue seco. Final.
Como si con eso también cerrará el mundo.
Me incorporé un poco y me miré en el espejo del baño. Tardé en reconocerme.
Tenía los ojos hundidos. Ojeras oscuras, profundas, como si no hubiera dormido en semanas aunque no hubiera hecho otra cosa. El cabello revuelto, sin forma. La piel pálida. Los labios secos.
Parecía más pequeño.
No físicamente.
Algo peor.
Me veía… gastado.
Pensé en el destino. En esa palabra que todos usaban como si fuera algo noble, inevitable, casi hermoso. Elegido. Iluminado. Necesario.
Nadie hablaba de lo que costaba cargarlo.
No me preguntaron si quería esto.
Nunca lo hicieron.
Simplemente decidieron que podía soportarlo.
¿Y si no puedo?
¿Y si nunca fui suficiente?
No soy un héroe. No soy valiente. No soy fuerte. Soy un adolescente que apenas sabe cocinar, que estudia porque es lo único que siempre se le dio bien, que nunca aprendió a cargar con algo que no pudiera soltar cuando dolía demasiado.
Y ahora me dicen que el mundo depende de mí.
Qué ironía.
Pensé en Morrigan. Diosa de la muerte. Del destino inevitable. De las batallas que no se ganan. Me pregunté si este día le pertenecía porque, de alguna forma, algo en mí ya había muerto.
No quiero desaparecer.
Pero tampoco quiero seguir así.
No quiero salvar un mundo que me exige romperme para existir.
No quiero ser un símbolo.
No quiero ser una profecía.
Solo quería… vivir.
Tener derecho a fallar sin que el universo se venga abajo conmigo.
Me dejé caer hacia atrás, mirando el techo una vez más. El mismo punto. El mismo silencio. El mismo peso en el pecho. Pensé que tal vez así sería siempre. Que este encierro no era una excepción, sino un adelanto de lo que vendría.
Entonces escuché pasos.
No los de siempre.
No imaginarios.
Reales.
El sonido de una llave.
El giro lento de la cerradura.
Mi respiración se detuvo.
La puerta se abrió.
Y ahí estaba Alya.
De pie. Cansada. Con los ojos hinchados. Sosteniendo su guitarra como si fuera lo único que la mantenía en pie.
No dijo nada.
Y por primera vez en cuatro días…
sentí algo romperse de verdad.
*
Alya suspiró con pesadez, como si llevara días enteros sin descansar.
Porque, en cierto modo, así era.
La impotencia seguía ahí, clavada en su pecho como una espina que no podía arrancar. No podía ayudar a Dark. No podía aliviar su carga. No podía hacer absolutamente nada más que observar cómo aquel destino que jamás eligió comenzaba a aplastarlo poco a poco.
Quería luchar por él.
Protegerlo.
Acompañarlo.
Pero no sabía cómo.
Y eso era lo peor.
Durante toda su jornada en el hospital se mantuvo distraída. Pérdida. Sus compañeras comenzaron a notarlo casi de inmediato. La llamaban por su nombre dos, tres veces antes de que reaccionara. Le preguntaban si estaba bien. Si necesitaba descansar. Si quería hablar.
Pero Alya no respondía.
Porque su mente no estaba ahí.
Estaba con Dark.
Siempre con Dark.
La enviaban a administrar medicamentos, a revisar signos vitales, a atender pacientes… y ella obedecía en automático. Como si su cuerpo siguiera funcionando por pura inercia mientras su mente se ahogaba en pensamientos que giraban una y otra vez sobre la misma pregunta:
¿Cómo lo ayudo?
En su descanso, sentada en la sala del personal con los codos sobre las rodillas y las manos sujetándole la cabeza, algo dentro de ella simplemente… cedió.
— ¡Mierda!
El grito salió antes de que pudiera detenerlo.
Varias enfermeras se giraron alarmadas.
No pasó mucho tiempo antes de que sus superiores la enviaran a casa.
Y Alya obedeció sin decir una sola palabra.
No estaba molesta por lo ocurrido en el trabajo.
Estaba furiosa por lo que no podía dejar de pensar.
Caminó sin rumbo por las calles.
Las luces de la ciudad se deformaban frente a sus ojos cansados. Sus ojeras eran profundas. Su expresión… vacía. Como si llevara semanas sin dormir.
Entonces lo vio.
Un pequeño local pintado en tonos cafés oscuros, cálidos. Un elegante letrero de neón en azul y verde brillaba sobre la entrada.
BAR
Alya suspiró.
«Supongo que el alcohol también cuenta como medicina.»
El interior estaba bañado en una luz tenue y ámbar. El murmullo de conversaciones ajenas llenaba el ambiente junto con el tintinear ocasional de los vasos.
Se sentó en la barra.
— ¿Qué te sirvo? —preguntó el barman.
— Lo que sea fuerte.
El primer trago quemó.
El segundo también.
El tercero… ya no tanto.
Para el cuarto, el calor en su pecho comenzaba a adormecer esa presión insoportable que llevaba cargando desde hacía días.
Apoyó el codo sobre la barra y dejó caer su cabeza sobre su mano.
No puedo hacer nada.
Dark estaba destinado a convertirse en algo que ni siquiera comprendía.
Algo que atraía dioses.
Criaturas cósmicas.
Titiriteros.
Y ella…
Ella solo podía cambiar vendas.
Soltó una pequeña risa amarga.
— Qué patético…
Recordó su mirada en el bosque.
Recordó cómo había llorado creyendo que nadie lo veía.
Y el vaso tembló entre sus dedos.
Porque sí lo había visto.
Había visto cómo Dark —el mismo que desde que supo su destino intentaba mantenerse firme— se rompía en silencio.
Pidió otro trago.
Luego otro.
Las horas pasaron sin que se diera cuenta.
Hasta que finalmente salió tambaleándose del bar cerca de la medianoche.
En casa, Kimberly suspiró mirando el reloj.
Algo no estaba bien.
Y cuando la vio acercarse por la calle, caminando de forma errática como un cadáver reanimado…
Lo supo.
— Mamá —llamó con fastidio—. Alya viene borracha… otra vez.
Kimberly salió rápidamente a su encuentro.
— ¿En serio? —dijo con desdén—. ¿Otra vez? ¿Quieres que le diga a Dark que estás así para que se enoje contigo? A ver si así recapacitas.
Pero Alya no respondió.
Estaba completamente ida.
Y antes de que Kimberly pudiera seguir hablando, su cuerpo colapsó sobre ella.
— ¡Mamá! —gritó con molestia mientras intentaba sostenerla—. ¡Ven a quitarme a esta alcohólica de encima!
Su madre llegó bostezando, aún medio dormida, pero con más tacto. Ambas lograron meterla a la casa y acostarla en el sofá.
— Te dije que deberíamos internarla —murmuró Kimberly.
Su madre no respondió.
Ya casi estaba dormida.
Y mientras la casa volvía al silencio…
Alya dormía con el ceño fruncido.
Como si incluso en sueños…
siguiera intentando encontrar una forma de salvarlo.
El medio día había llegado. Kimberly en la escuela y su madre en el trabajo después de todo ser ama de casa no es su único oficio ya que trabaja en las oficinas del banco internacional.
Alya se dejó caer en la silla con un suspiro tembloroso.
El plato seguía caliente.
Los huevos revueltos aún soltaban vapor… el café todavía humeaba suavemente… todo estaba perfectamente servido, como si el mundo hubiese decidido seguir funcionando con normalidad pese a que el suyo se había detenido la noche anterior.
Tomó el tenedor.
Lo sostuvo unos segundos.
No recordaba tener hambre.
No recordaba haber tenido hambre en días.
Masticó.
No sabía a nada.
Tragó.
Dolía.
No el tragar…
sino el simple hecho de existir.
Apoyó los codos sobre la mesa mientras cerraba los ojos con fuerza. Su cabeza latía con violencia. El alcohol aún recorría su sangre como un castigo lento y deliberado.
«Soy inútil.»
La idea llegó sin aviso.
«Él está cargando con el destino del mundo…
y yo no puedo hacer absolutamente nada.»
Se llevó una mano al rostro.
«No puedo pelear contra dioses.»
Otra mordida.
«No puedo romper profecías.»
El café ahora.
Amargo.
«No puedo quitarle ese peso.»
Sus dedos comenzaron a temblar.
«Lo único que puedo hacer… es verlo desmoronarse.»
Y eso era lo peor.
No el destino.
No los titiriteros.
No los beyond.
Sino el hecho de que Dark estaba luchando…
y ella solo podía mirar.
Recordó su expresión en el bosque.
Recordó sus manos temblando.
Recordó esa mirada vacía.
No de miedo.
De rendición.
Alya apretó los dientes.
«Va a desaparecer.»
La idea le heló el pecho.
«No lo van a matar…
va a rendirse.»
Y entonces lo entendió.
Dark no necesitaba que alguien luchara por él.
Necesitaba que alguien le recordara
por qué debía seguir luchando.
Sus ojos se abrieron lentamente y rápidamente fue a su habitación.
La habitación de Alya estaba teñida por tonos rojos apagados que parecían absorber la luz en lugar de reflejarla. No había orden alguno en aquel espacio… pero tampoco era caos. Era algo más cercano a una mente abierta sobre las paredes: lienzos a medio terminar, partituras arrugadas, discos apilados sin cuidado y múltiples instrumentos que descansaban como si aguardaran ser llamados a la batalla.
Porque para Alya, la música nunca fue arte.
Fue resistencia.
Desde temprana edad encontró refugio en sonidos que en otro mundo habrían sido clasificados como rock — ritmos intensos, eléctricos, viscerales — capaces de decir aquello que las palabras no podían sin romperse en el intento. No era extraño entonces que, al terminar la preparatoria mientras cursaba su carrera principal, decidiera estudiar durante dos años en el Instituto del Arte, la Danza, la Música y el Teatro, situado en el Distrito del Arte… el mismo lugar donde operaban los titiriteros.
Alya nunca habló demasiado sobre esa coincidencia.
Dominaba varios instrumentos, pero siempre volvía a los mismos dos: la guitarra acústica y la eléctrica. Decía que uno servía para hablar… y el otro para gritar.
Fue ella quien pagó la inscripción de Dark cuando descubrió que poseía una extraña afinidad con el violín.
Dark lo odiaba.
O más bien, odiaba no entenderlo.
Durante meses, el sonido que producía era poco más que ruido maltratado, y en más de una ocasión, en arranques de frustración silenciosa, terminó destruyendo dos violines contra el suelo de la sala de práctica. Cada fracaso parecía confirmar aquello que siempre había creído: que la armonía no estaba hecha para alguien como él.
Pero Alya nunca le permitió rendirse.
No con palabras suaves. No con promesas vacías.
Sino con presencia.
Con la paciencia obstinada de quien cree en alguien incluso cuando ese alguien no tiene motivos para creer en sí mismo. Fue gracias a su perseverancia — y a una motivación que Dark jamás llegó a comprender del todo — que eventualmente logró dominar el instrumento.
Y aunque rara vez utilizaba su talento…
Cuando lo hacía, incluso Alya dejaba de tocar para escuchar.
La habitación estaba hecha un desastre.
Ropa tirada.
Partituras arrugadas.
Latas vacías.
Discos abiertos.
Alya se dejó caer frente al escritorio.
—Soy un fracaso total como novia…
El lápiz tocó el papel.
Nada.
Lo intentó otra vez.
Nada.
Arrugó la hoja.
—Ni siquiera puedo ayudarlo con esto…
Otra hoja.
Nada.
Golpeó el escritorio con el puño.
—¡Maldita sea!
Silencio.
Respiración agitada.
Y entonces…
Una imagen.
Dark.
Solo.
Caminando dentro de su propia mente.
Perdido.
Ahogándose.
No te pierdas…
El lápiz se detuvo.
Frunció el ceño.
No te pierdas…
Sus dedos comenzaron a moverse lentamente.
Don’t get lost…
Tragó saliva.
Don’t get lost in the darkness…
Su respiración se aceleró.
Tomó la guitarra acústica casi sin darse cuenta.
Probó un acorde.
Em
El sonido fue bajo.
Frágil.
Inseguro.
Como él.
Luego:
C
Después:
G
Volvió a empezar.
Em — C — G
Otra vez.
Em — C — G
—Don’t get lost in the darkness…
Su voz se quebró.
Probó:
D
Em — C — G — D
El sonido…
Encajaba.
Como si las palabras ya hubieran estado ahí desde siempre.
Las horas pasaron.
Luego los días.
No durmió.
No comió.
No salió.
El espejo dejó de mostrar a la enfermera perfecta.
Ahora mostraba:
Ojos rojos.
Cabello enmarañado.
Labios secos.
Ojeras profundas.
Pero la guitarra no se detenía.
If the night drags you under…
C — G — D
I will scream your name…
Em
Let me walk inside your shadows…
C — G
Let me share your scars…
D
Sus dedos dolían.
Seguía.
Pre-coro:
Am — C — G — D
You don’t have to be the chosen one…
Bleeding just to run…
Coro:
Em — C — G — D
Don’t get lost in the darkness…
Don’t drown in your pain…
Sus manos sangraron.
No paró.
Cuando terminó…
No sabía cuánto tiempo había pasado.
Solo sabía que:
Por primera vez…
Podía luchar.
No contra su destino.
Sino contra su soledad.
La puerta se cerró detrás de ella con un sonido suave.
Ninguno de los dos habló.
Durante unos segundos —o tal vez más— Alya no avanzó. Permaneció de pie junto a la entrada como si temiera que cualquier movimiento brusco fuera a romper algo invisible que apenas se sostenía entre ambos.
Dark tampoco dijo nada.
No apartó la mirada. Pero tampoco hizo ningún intento por incorporarse.
Solo la observó.
Como si estuviera tratando de decidir si realmente estaba ahí… o si su mente había decidido inventarla también.
Alya tragó saliva.
Sus dedos se tensaron alrededor del mástil de la guitarra.
Había imaginado este momento decenas de veces durante los últimos días. Pensó que gritaría. Que lo obligaría a levantarse. Que le reclamaría por desaparecer, por ignorar todo, por rendirse sin siquiera intentar luchar.
Pero ahora…
Ahora lo veía.
Los ojos hundidos. La piel pálida. El cuerpo inmóvil sobre las sábanas arrugadas.
Y entendió que llegar gritando habría sido como patear a alguien que ya no podía levantarse.
Dio un paso.
El suelo crujió apenas bajo su peso.
—…
Intentó hablar.
No pudo.
Porque no sabía por dónde empezar a arreglar algo que claramente ya estaba roto desde antes de que ella entrara.
Dark fue el primero en romper el silencio.
—Pensé que no vendrías.
Su voz era baja.
No acusatoria.
Solo… gastada.
Alya sintió cómo algo le apretaba el pecho.
—Pensé que si venía… no abrirías.
Una pausa.
—No pensaba hacerlo.
Otro paso.
—Lo sé.
El aire se volvió pesado entre ambos.
—¿Cuánto tiempo llevas así?
Dark no respondió de inmediato.
—No lo sé —admitió finalmente—. Dejé de contar cuando dejó de importar.
Alya bajó la mirada.
—Todos estaban preocupados.
—Lo imaginé.
—Kimberly vino dos veces.
Silencio.
—Minho intentó tirar la puerta.
Nada.
—El profesor dijo que si no respondías hoy iba a—
—¿Y tú?
La interrumpió.
No fue un grito.
Pero dolió más.
Alya alzó la vista.
Dark la estaba mirando fijamente ahora.
—¿Tú no estabas preocupada?
Las palabras tardaron en salir.
—Sí estaba.
—No llamaste.
—No.
—No escribiste.
—No.
Dark soltó una risa seca que no tenía humor.
—Claro.
—Porque sabía que no ibas a responder.
—Eso no lo sabes.
—Sí lo sé.
Su voz tembló entonces.
—Porque estuve aquí.
Dark parpadeó.
—¿Qué?
—Los golpes que escuchaste…
Alya apretó la mandíbula.
—Eran míos.
El silencio que siguió fue distinto.
Más denso.
—Vine el primer día.
Otro paso.
—Y el segundo.
La guitarra golpeó suavemente contra su pierna al avanzar.
—Y el tercero.
Sus ojos comenzaron a arder.
—Y hoy.
Dark apartó la mirada.
—Entonces… ¿por qué no entraste?
Alya respiró hondo.
Como si la respuesta pesara demasiado.
—Porque tenía miedo de que si lo hacía…
Sus dedos temblaron.
—Encontrara a alguien que ya no me conociera.
Eso lo hizo mirarla de nuevo.
—…o peor.
Su voz se quebró.
—Que ya no le importara conocerme.
Las lágrimas comenzaron a caer antes de que pudiera detenerlas.
—Pensé que me odiabas.
Dark frunció el ceño.
—Nunca dije—
—No hacía falta que lo dijeras.
Ahora fue ella quien avanzó hasta quedar a pocos pasos de la cama.
—Te fuiste.
Su voz subió.
—No hablaste conmigo. No me miraste. No me dijiste nada después de lo del bosque y luego simplemente desapareciste como si yo también fuera parte de todo eso que querías dejar atrás.
El temblor se convirtió en rabia.
—¿Sabes lo que se siente?
Dark se incorporó apenas.
—¿Sabes lo que es pensar que la persona que amas decidió que no valías ni siquiera una despedida?
—No fue así.
—¡Entonces explícame cómo fue!
El grito llenó la habitación.
—Porque yo lo único que vi fue a alguien que decidió romperse solo en lugar de dejar que alguien más sostuviera un pedazo.
La respiración de ambos era irregular ahora.
Inestable.
—No quería que vieras esto —admitió Dark finalmente—. No quería que me vieras así.
—¡Pues ya es tarde!
Alya se llevó una mano al rostro, intentando limpiarse las lágrimas sin éxito.
—Porque yo también estoy rota.
La confesión quedó suspendida entre ellos.
Y entonces…
—Te escribí una canción.
Dark no dijo nada.
Alya tampoco esperó una respuesta.
Se giró, arrastró la silla del escritorio hasta el centro de la habitación y se sentó lentamente.
Colocó la guitarra sobre su pierna.
Sus manos temblaban.
No sabía si por cansancio…
O por miedo.
—No es perfecta —murmuró—. Yo tampoco lo soy.
Sus dedos encontraron las cuerdas.
El primer acorde resonó suave.
Inseguro.
—Pero es lo único que supe hacer para no perderte.
Alzó la mirada.
—Así que… por favor.
Tragó saliva.
—Escucha.
Alya no habló.
No explicó nada.
Simplemente dejó la guitarra caer contra su pecho como si necesitara que algo la sostuviera antes de romperse.
Sus dedos buscaron las cuerdas.
Fallaron.
Volvió a intentarlo.
Respiró hondo.
(Arpegio lento)
Am – F – C – G
Su voz salió baja. Cansada. Como si llevara días atrapada en su garganta.
I see the weight behind your eyes
Storms you never let collide
Smiling like you’re still alright
But you’re barely holding on
Am – F – C – G
You’ve got the world upon your shoulders
A fate you never chose to own
Even when they say there’s no way out
You keep trying to move on
Dark no se movió.
Alya tampoco lo miró.
(Rasgueo suave)
F – G – Am
You carry worlds you never chose
And wounds you never show
You’re walking lonely in your mind
Afraid of what you’ll leave behind
F – G – Am
Your nightmares tear you from within
The storm’s grey slowly settling in
While life’s injustice pulls you down…
Su voz tembló.
…but let me tell you something now…
(Ligero crescendo)
F – G – Am
You don’t have to be the chosen one
Bleeding silent just to run
If you fall, don’t turn away
Let me help you stand again
Sus dedos temblaban.
Aún así…
(Coro – rasgueo más firme)
C – G – Am – F
Don’t get lost inside the dark
Don’t drown within your scars
If the night drags you below
I will scream your name out loud
C – G – Am – F
Let me walk inside your shadows
Let me share your broken parts
If you can’t go any farther
Leave it all inside my arms
Su respiración se cortó.
Pero siguió.
Porque si se detenía ahora…
no podría volver a empezar.
(Más suave)
Am – F – C – G
I’m not asking you to fight forever
I’m not asking you to be okay
I just want to see the truth you hide
Behind those tired eyes
Una lágrima cayó sobre la madera de la guitarra.
Let me stay here by your side
We can write a story of our own
King and queen inside a lie
Living like a dream we never owned
(Pre-Coro)
F – G – Am
If the world breaks you again
If you don’t know who you are
I’ll be here when you collapse
Apenas pudo respirar.
I wish I could say you’ll be alright
But only you would know that’s a lie…
(Coro)
C – G – Am – F
Look into my eyes tonight
I will give you all my love
Be the star inside your sky
Be the fire in your heart
C – G – Am – F
I won’t ask you not to cry
Just do it in my arms
Let the red inside my love
Paint the grey within your heart
Sus manos dolían.
Su voz también.
When you feel you can’t go on
Let me carry all your pain
Don’t let go of all your fears
Just let me share the weight
(Pausa — Solo de guitarra)
Am – F – C – G
Cerró los ojos.
Último aliento.
(Sin instrumentos)
Don’t get lost inside the dark…
I won’t let you fade away…
(Los acordes entran con fuerza)
C – G – Am – F
We’ll face every nightmare
Standing unafraid
And if you cannot go on…
Su voz se rompió.
Then I will fight for your light…
El último acorde vibró.
…’cause I hope someday you’ll be… you.
Silencio.
Alya no levantó la mirada.
—Lo siento… —susurró—. No sabía cómo decírtelo sin esto.
El último acorde dejó de vibrar.
Pero el sonido…
seguía ahí.
Suspendido entre ambos.
Pesado.
Alya no levantó la mirada.
No se atrevía.
Sus manos aún estaban sobre la guitarra, aferradas al mástil como si soltarlo significara aceptar que había sido una mala idea. Como si, al hacerlo, todo volviera a romperse.
El silencio se extendió.
Un segundo.
Dos.
Cinco.
Diez.
Y entonces…
un sonido.
No de voz.
No de movimiento.
De respiración.
Irregular.
Rota.
Alya alzó la vista.
Dark no estaba mirándola.
Tenía la cabeza baja.
Los hombros temblaban.
Al principio apenas se notaba… un leve espasmo, casi imperceptible.
Luego otro.
Y otro.
Hasta que dejó de ser algo pequeño.
Hasta que su pecho empezó a moverse de forma errática, como si el aire se negara a entrar correctamente en sus pulmones.
—Y-yo…
No pudo terminar.
Su voz murió antes de nacer.
Se llevó una mano al rostro, cubriéndose los ojos como si eso pudiera detenerlo.
No lo hizo.
El primer sollozo salió ahogado.
El segundo no.
Y entonces…
simplemente…
se rompió.
No fue silencioso.
No fue contenido.
Fue feo.
Fue desesperado.
Fue el sonido de alguien que llevaba días —quizá años— sosteniéndose con las uñas… y que finalmente ya no tenía dónde aferrarse.
Su espalda se encorvó.
Su respiración se volvió entrecortada.
Sus dedos se clavaron en su propia ropa como si necesitara anclarse a algo que no se estuviera desmoronando.
Las lágrimas comenzaron a caer sin control.
Rápidas.
Constantes.
Imposibles de detener.
—No… —su voz tembló—. No puedo…
Intentó limpiarse el rostro.
Falló.
—No puedo hacer esto… yo no… no soy… yo no puedo ser lo que ellos quieren…
Su voz se quebró de nuevo.
Más fuerte.
—¡No soy suficiente!
Su cuerpo cedió.
Como si esa última frase hubiera sido lo único que lo mantenía en pie.
Se inclinó hacia adelante… y cayó.
No con violencia.
Sino con el peso muerto de alguien que ya no tenía energía para seguir resistiendo.
Sus rodillas golpearon el suelo.
Sus manos después.
Alya reaccionó sin pensar.
La guitarra cayó a un lado con un golpe seco mientras ella se dejaba caer frente a él, también de rodillas.
—Dark—
No terminó su nombre.
Porque él ya estaba llorando contra sus propias manos.
Porque estaba temblando.
Porque se veía… pequeño.
Alya llevó sus manos hacia su rostro.
Con cuidado.
Como si temiera que fuera a romperse al tocarlo.
—Mírame… —susurró, con la voz rota—. Por favor…
Dark negó.
No podía.
No quería que lo viera así.
Pero Alya no se detuvo.
Deslizó sus manos hasta sus muñecas.
Las apartó.
Suavemente.
Sin forzarlo.
Y entonces lo abrazó.
Lo atrajo hacia ella con torpeza, como si no supiera exactamente cómo hacerlo sin lastimarlo… hasta que su frente terminó contra su hombro.
Sus manos encontraron su espalda.
Y se quedaron ahí.
Firmes.
Presentes.
—No tienes que ser suficiente para el mundo… —murmuró contra su cabello—. Solo tienes que ser suficiente para ti…
Dark se aferró a su ropa.
Como si fuera lo único que lo mantenía aquí.
—No tienes que hacer esto solo… —susurró ella—. Ya no…
Y por primera vez…
él no intentó alejarse.
—Dark…
No levantó la cabeza.
Sus hombros comenzaron a moverse con pequeños espasmos que intentaban contenerse… y fallaban.
—No quiero hacerlo… —murmuró al fin, con una voz tan baja que parecía no haber salido de su garganta, sino de algo más profundo—. No quiero convertirme en eso.
El nudo en su pecho se rompió.
—Todos hablan del destino como si fuera algo bueno… como si fuera un honor… como si ser el elegido significara que todo va a estar bien al final… pero nadie habla de lo que pasa en medio…
Sus dedos se cerraron con fuerza.
—¿Qué pasa si… si para salvar este mundo tengo que dejar de ser yo?
El silencio fue inmediato. Pesado.
—¿Qué pasa si ese “puente” del que todos hablan… no soy yo… sino algo que va a usar mi nombre cuando ya no quede nada de mí?
Su voz se quebró.
—Tengo miedo de que algún día despierte… y no me importe si alguien muere. De que empiece a ver a las personas como sacrificios necesarios… como números… como daños colaterales…
Las lágrimas comenzaron a caer sin control, golpeando el suelo entre sus manos.
—Tengo miedo de ganar… y que cuando todo termine… no quede nadie a quien salvar de mí.
Su respiración se volvió errática.
—No quiero ser un monstruo, Alya… pero tampoco sé cómo seguir siendo yo si este es el precio que tengo que pagar.
Finalmente levantó la mirada.
Sus ojos estaban rojos. Vacíos. Desesperados.
—¿Y si el mundo necesita que me rompa para existir?
Un segundo de silencio.
—¿Y si al final… salvarlos significa… dejar de ser humano?
Alya no respondió de inmediato.
Porque no había nada que decir que pudiera arreglar eso.
No existía una frase capaz de aliviar el peso de una pregunta así.
Lo único que podía hacer…
era quedarse.
Los ojos de Dark seguían perdidos.
Buscando una respuesta en algún lugar donde sabía que no existía.
Alya alzó una mano con cuidado.
Dudó.
No porque no quisiera tocarlo… sino porque temía que incluso eso fuera demasiado.
Pero aun así…
lo hizo.
Sus dedos rozaron su mejilla húmeda, apartando con torpeza una lágrima que inmediatamente fue reemplazada por otra. Su piel estaba fría.
—Entonces… —susurró, con la voz temblando— no lo hagas solo.
Dark parpadeó, confundido.
Como si no hubiera entendido.
Como si su mente no pudiera procesar algo tan simple.
Alya apretó los labios.
—Si tienes que romperte… —continuó, sintiendo cómo su propia voz se quebraba— entonces rómpete conmigo.
Los ojos de Dark se abrieron apenas.
—Si tienes que convertirte en algo que no entiendes… en algo que te asusta… —tragó saliva— entonces deja que yo también lo vea. Deja que yo también cargue con eso.
Una lágrima cayó por su propia mejilla ahora.
—No quiero que seas un símbolo. No quiero que seas un puente. No quiero que seas un salvador…
Su mano descendió hasta tomar la de él.
—Solo te quiero a ti.
El silencio entre ambos se volvió insoportablemente frágil.
—Incluso si algún día dejas de ser humano… —murmuró— yo voy a seguir aquí para recordarte quién eras.
Dark sintió algo quebrarse dentro de su pecho.
No como antes.
No como dolor.
Algo más profundo.
Algo que llevaba demasiado tiempo conteniendo.
—No… —intentó decir, pero su voz se rompió a la mitad— no deberías…
Alya negó suavemente.
Y entonces…
lo besó.
No fue un beso apasionado.
Ni perfecto.
Fue torpe.
Tembloroso.
Salado por las lágrimas que ninguno de los dos había dejado de derramar.
Pero fue real.
Fue cálido.
Fue suficiente.
Dark dejó de sostenerse.
Sus manos, que habían estado clavadas contra el suelo como si temiera caer al vacío si las soltaba, se cerraron con desesperación en la tela de la ropa de Alya.
Y entonces se derrumbó.
Un sollozo escapó de su garganta, fuerte, roto, casi violento.
Su frente cayó contra el hombro de ella mientras su cuerpo comenzaba a temblar sin control. Sus dedos se aferraban a su espalda como si soltarla significara desaparecer.
—Tengo miedo… —admitió entre jadeos— tengo tanto miedo…
Alya lo abrazó con fuerza.
Una mano en su cabeza.
La otra en su espalda.
Acercándolo más.
Como si intentara impedir que el mundo se lo arrebatara.
—Lo sé… —susurró contra su cabello—. Lo sé…
Dark apretó los ojos con fuerza mientras las lágrimas seguían cayendo.
—No quiero hacerlo solo…
—Entonces no lo harás.
Y nuevamente…
Dark lloró sin intentar detenerse.
Dark seguía temblando.
No con la violencia del primer llanto… sino con esos espasmos pequeños que quedan cuando el cuerpo ya no tiene energía para seguir rompiéndose, pero todavía no sabe cómo detenerse.
Su frente estaba hundida contra el pecho de Alya.
Sus dedos seguían aferrados a su ropa.
Como si soltarla fuera peligroso.
Alya no intentó separarse.
No intentó hablar.
Solo ajustó el abrazo.
Una mano en su espalda, moviéndose lentamente arriba y abajo.
La otra en su cabello, apartándolo con cuidado de su rostro húmedo.
—Shh… —susurró, no para callarlo… sino para acompañarlo.
Dark respiraba con dificultad.
Cada inhalación parecía arrastrar restos de lo que acababa de decir.
—No te vayas… —murmuró, casi inconsciente.
Alya cerró los ojos.
—No me voy.
No había promesas grandiosas en su voz.
Solo verdad.
El suelo estaba frío.
La habitación oscura.
La guitarra seguía tirada a un lado.
El teléfono apagado sobre la cama.
El mundo… afuera.
Pero aquí abajo, en el suelo, no había destino.
No había profecías.
No había dioses.
Solo dos adolescentes sentados contra la pared.
Rotos.
Pero juntos.
Dark aflojó un poco los dedos.
No porque quisiera soltarla… sino porque el cansancio empezaba a ganar.
Su respiración comenzó a estabilizarse lentamente.
Todavía irregular.
Todavía húmeda.
Pero más lenta.
—Alya… —susurró.
Ella inclinó la cabeza para escucharlo mejor.
—Gracias…
No dijo nada más.
No pudo.
El sueño no llegó como descanso.
Llegó como rendición.
Su cuerpo cedió completamente contra ella, más pesado ahora.
Alya ajustó la posición, acomodándolo con cuidado para que no golpeara el suelo. Terminó sentada contra la pared, con él apoyado entre sus brazos y el peso de su cabeza sobre su pecho.
Sentía su respiración tibia a través de la tela.
Sentía el ritmo lento de su corazón.
Sus lágrimas todavía mojaban su ropa.
Pero ya no había sollozos.
Solo restos.
Alya apoyó la mejilla sobre su cabello.
Sus dedos siguieron moviéndose en su espalda, despacio… hasta que el movimiento se volvió automático.
Hasta que sus propios párpados comenzaron a cerrarse.
No sabía cuánto tiempo pasó.
Minutos.
Tal vez horas.
La última sensación consciente que tuvo fue el peso de él contra su pecho… y el alivio de que siguiera respirando.
La habitación quedó en silencio.
No el silencio vacío de antes.
Sino uno distinto.
Más cálido.
Más humano.
Y por primera vez en cuatro días…
Dark no durmió solo.
una disculpa por tardar tanto con los capítulos. Ya que los escribo y mejoró lo más posible además espero que les este gustando el nuevo estilo de escritura que estoy empleando espero les guste el capítulo muchas gracias por leer
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