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Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 1

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1: Capítulo 1 1: Capítulo 1 Evelina El silencio en la oficina del General no era un silencio normal; era denso, como si el aire estuviera cargado de pólvora antes de una explosión.

Me obligué a mantener la espalda recta, aunque la silla de madera tallada se sentía como un trono de espinas.

Mis manos, ocultas bajo la seda barata de mi vestido lavanda, temblaban ligeramente.

Las apreté una contra la otra, hundiendo las uñas en mis palmas.

“No demuestres miedo, Evelina”, me repetí mentalmente.

“Si huelen el miedo, te devoran”.

Frente a mí, tras un escritorio de caoba que parecía un campo de batalla lleno de mapas y sellos de cera roja, estaba él.

El General Cassian Drako.

No me miraba.

Estaba concentrado en firmar unos documentos con una pluma de oro que rascaba el papel con un sonido rítmico y molesto.

El uniforme verde oscuro le ajustaba perfectamente a los hombros anchos, y las medallas en su pecho brillaban con la luz que se filtraba por el ventanal.

No necesitaba hablar para intimidar; su sola presencia ocupaba toda la habitación.

—Tu padre cometió un error grave, Evelina —dijo de pronto.

Su voz era grave, una vibración profunda que pareció reverberar en mi propio pecho.

Ni siquiera levantó la vista—.

Jugar con los fondos del ejército no es algo que se perdone con una disculpa y una devolución parcial.

—Mi padre fue engañado, General —respondí.

Mi voz sonó más firme de lo que esperaba, aunque me falló un poco al final—.

Él no es un criminal, solo es un hombre desesperado que confió en las personas equivocadas.

Cassian finalmente dejó la pluma y levantó la mirada.

Sus ojos eran fríos, del color del acero pulido.

Me recorrieron de arriba abajo, no con deseo, sino con la frialdad de un tasador evaluando una mercancía dañada.

—La desesperación es la madre de la traición —sentenció él, recostándose en su silla—.

Y ahora, la cuenta ha pasado a tus manos.

Tu familia ha perdido sus títulos, sus tierras y, en tres días, perderán su libertad.

A menos…

Hizo una pausa deliberada.

Se quitó uno de sus guantes blancos de seda, dedo por dedo, con una lentitud exasperante.

—A menos que aceptes mi oferta —terminó.

Solté un suspiro que no sabía que estaba reteniendo.

La oferta.

El contrato que me habían entregado esa mañana en una carpeta sin nombre.

—¿Un matrimonio de conveniencia?

—pregunté, tratando de sonar escéptica—.

Usted es el hombre más poderoso del Imperio, General.

Podría tener a cualquier hija de duque, a cualquier princesa extranjera.

¿Por qué elegir a la hija de un traidor caído en desgracia?

Cassian se inclinó hacia adelante.

El olor de su perfume —madera, cuero y un toque de tabaco caro— me invadió los sentidos.

—Porque una princesa tiene opiniones, familia poderosa y ambiciones propias —dijo, y por primera vez, una sonrisa casi imperceptible y carente de calidez asomó en sus labios—.

Tú, en cambio, no tienes nada.

Solo tienes este apellido manchado y a un padre que morirá en prisión si no firmas este papel.

Eres perfecta porque eres manejable.

Serás una figura decorativa en mis eventos, la anfitriona de mi mansión y, lo más importante, no harás preguntas.

Sentí una punzada de indignación.

¿Manejable?

Él no sabía nada de mí.

No sabía que mientras él hablaba, yo ya había memorizado tres de los documentos clasificados que estaban esparcidos en su escritorio, simplemente leyendo al revés.

No sabía que yo conocía el código de la caja fuerte que estaba detrás del cuadro a su izquierda solo por observar el desgaste de la alfombra debajo.

—¿Y qué gano yo, además de la libertad de mi padre?

—pregunté, cruzando las piernas con una elegancia que lo hizo entrecerrar los ojos.

—Protección —respondió él—.

Los enemigos de tu padre ahora son los tuyos.

Si llevas mi apellido, nadie se atreverá a tocarte.

Comerás en vajilla de plata, dormirás en seda y recuperarás el estatus que perdiste.

Solo hay una regla, Evelina: mi vida privada y mis asuntos militares están fuera de tus límites.

No entres en mi estudio, no hables con mis oficiales y no intentes buscar afecto donde no lo hay.

Se levantó y caminó hacia la ventana.

Su figura recortada contra el cielo atardeciendo en Veridia era imponente.

—Este matrimonio es un negocio.

Yo limpio tu nombre, tú me das la imagen de un hombre de familia que el Consejo exige para mi próximo ascenso.

Dos años.

Después de eso, nos divorciamos, te doy una pensión generosa y puedes desaparecer a donde quieras.

Me levanté también.

Mis piernas se sentían de gelatina, pero caminé hacia el escritorio con paso seguro.

Tomé la pluma que él había dejado.

El metal estaba caliente por el contacto con su mano.

—Dos años —repetí—.

Pero tengo una condición.

Cassian se giró lentamente, sorprendido por mi audacia.

Nadie le ponía condiciones al “Muro de Ébano”.

—Dime —dijo con curiosidad.

—Quiero acceso a la biblioteca de la mansión.

A toda ella.

Y quiero mi propio presupuesto para obras de caridad.

Si voy a ser su “figura decorativa”, General, me encargaré de que brille tanto que nadie sospeche que esto es una farsa.

Él me observó durante un largo minuto.

El silencio volvió a reinar, pero esta vez, yo no tenía miedo.

Estaba negociando mi vida.

—Trato hecho —dijo él finalmente.

Firmé el papel con un trazo rápido y elegante.

En ese momento, dejé de ser Evelina Laurent para convertirme en la futura esposa de Cassian Drako.

—Bienvenida al infierno, futura Señora Drako —murmuró él mientras tomaba el documento de mis manos.

Sus dedos rozaron los míos por un segundo.

Fue una chispa eléctrica, fría y breve, pero que me hizo estremecer.

—General —le dije, haciendo una reverencia perfecta, de esas que mi madre me enseñó antes de que todo se desmoronara—.

El infierno solo es terrible para quienes no saben caminar sobre las brasas.

Nos vemos en la boda.

Me di la vuelta y salí de la oficina sin mirar atrás.

Solo cuando estuve en el pasillo, lejos de su mirada de acero, me permití respirar profundamente.

Había vendido mi libertad al hombre más peligroso del país.

Él pensaba que me había comprado para silenciarme, para tenerme en una jaula de oro como un adorno más.

Lo que Cassian Drako no sabía era que, en su intento de usarme como una pieza en su tablero, me había dado acceso directo al corazón de su imperio.

Él quería una esposa silenciosa.

Yo le daría mucho más que eso.

Le daría una aliada que terminaría por conocer todos sus secretos, incluso aquellos que él mismo intentaba olvidar.

La guerra en el campo de batalla estaba por comenzar, pero la guerra dentro de la mansión Drako…

esa acababa de ser ganada por mí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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