Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 10
- Inicio
- Todas las novelas
- Matrimonio Con El Lobo de Hierro
- Capítulo 10 - 10 Capítulo 10
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
10: Capítulo 10 10: Capítulo 10 Evelina La piel de Cassian contra la mía se sentía como una corriente eléctrica que amenazaba con incinerarme.
Ya no había telas, ni contratos, ni rangos militares entre nosotros; solo dos cuerpos reclamándose en medio de la penumbra.
Él estaba sobre mí, una masa de músculos tensos que vibraba con un hambre contenida durante meses.
Sus manos, expertas en la guerra, ahora eran expertas en mi cuerpo.
Sus dedos recorrieron mis muslos con una firmeza que me hizo arquear la espalda, buscando instintivamente la fricción contra él.
—Te dije que te rompería, Evelina —gruñó cerca de mi oído, su voz tan profunda que la sentí vibrar en mis propios huesos—.
Pero no te dije que, al hacerlo, yo también me desmoronaría contigo.
Él bajó su cuerpo, cubriendo cada centímetro de mi piel con la suya.
El contraste era abrumador: su pecho ancho y velludo contra mis senos sensibles; sus muslos fuertes aprisionando los míos, que temblaban sin control.
Cuando su boca capturó un pezón, succionando con una urgencia que me hizo soltar un grito agudo, sentí un tirón eléctrico directo a mi centro.
Cassian no tenía prisa, pero cada uno de sus movimientos era una declaración de propiedad.
Sus manos bajaron, separando mis piernas con una autoridad que no permitía réplica.
Cuando sus dedos encontraron mi humedad, soltó un suspiro pesado, casi un lamento.
—Estás tan lista para mí…
—susurró, su mirada de acero fundiéndose en el deseo mientras me observaba reaccionar a su tacto—.
Mírame, Evelina.
No cierres los ojos.
Quiero que veas quién te está poseyendo.
Me obligué a sostenerle la mirada.
Sus ojos estaban oscuros, las pupilas tan dilatadas que apenas se veía el gris.
Estaba viendo al hombre real, al que no necesitaba medallas para ser poderoso.
Lentamente, se posicionó.
Sentí la punta de su virilidad, caliente y pulsante, presionando contra mi entrada.
El tamaño y la firmeza de su deseo me hicieron jadear de nuevo, el miedo residual luchando contra un hambre que me consumía por dentro.
Cassian se detuvo un segundo, sus músculos del brazo temblando mientras se sostenía sobre mí, dándome el último momento para retroceder.
—No te detengas —le pedí, mi voz quebrada por la necesidad.
Él asintió y, con un empuje lento y constante, empezó a entrar.
El dolor fue agudo, una punzada que me hizo clavar las uñas en sus hombros, pero Cassian enterró su rostro en mi cuello, susurrándome palabras de aliento, besando mi piel con una ternura que contrastaba con la invasión de mi cuerpo.
—Respira por mí, nena.
Solo un poco más —murmuró.
Con un último movimiento firme, terminó de entrar por completo.
El silencio en la habitación se llenó solo con nuestras respiraciones agitadas.
Me sentía llena, estirada al límite, unida al hombre que alguna vez creí mi enemigo.
Había roto el sello; yo ya no era la virgen Laurent, era la mujer de Cassian Drako.
Él esperó a que mis músculos se relajaran alrededor de él, a que el dolor se transformara en ese calor punzante que empezaba a irradiar desde mi vientre.
Cuando comencé a mover las caderas, buscando más, el General perdió el control.
El ritmo se volvió salvaje.
Cassian me embestía con una fuerza rítmica que hacía que el catre crujiera y que mi cabeza golpeara suavemente contra las almohadas.
Cada estocada era profunda, reclamando territorio, recordándome que él era el dueño de cada una de mis reacciones.
Mis gemidos se convirtieron en gritos mientras el placer empezaba a subir como una marea incontrolable.
—Eres mía…
toda mía —gruñía él entre dientes, sus manos apretando mis caderas con tanta fuerza que supe que dejaría marcas.
El mundo se redujo a ese vaivén frenético, al sudor que nos unía, al sonido de nuestras pieles chocando y al aroma a sexo y deseo que inundaba la estancia.
Cassian cambió de ángulo, elevando mis piernas sobre sus hombros para entrar aún más profundo, buscando ese punto exacto que me hacía perder la razón.
La intensidad subió hasta que sentí que el techo de la habitación desaparecía.
Un espasmo violento recorrió mi cuerpo mientras el clímax me golpeaba, nublándome la vista.
Segundos después, sentí a Cassian tensarse al máximo, sus músculos volviéndose rígidos como el mármol mientras soltaba un rugido gutural y se vaciaba dentro de mí, entregándome todo lo que era.
Se desplomó sobre mí, cubriéndome con su peso, su corazón latiendo desbocado contra el mío.
El silencio regresó, pero era un silencio sagrado.
Él levantó la cabeza después de un rato, me apartó el cabello sudoroso de la frente y me besó con una dulzura que me hizo llorar.
—Lo prometí —susurró, su voz cargada de una emoción que nunca antes le había escuchado—.
Ahora eres libre, Evelina.
Y eres mía.
Esa noche, bajo las sábanas de seda de la mansión Drako, la guerra terminó para nosotros.
O quizás, simplemente había cambiado de forma.
Pero mientras sentía el brazo firme de Cassian rodeándome en la oscuridad, supe que no importaba qué batalla viniera después.
El Comandante me había roto, sí, pero en el proceso, nos había unido para siempre.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com