Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 11
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11: Capítulo 11 11: Capítulo 11 Cassian La mañana en la capital de Veridia solía ser gris y previsible, pero hoy tenía el color del oro.
Me desperté con el peso ligero de Evelina sobre mi pecho, sus dedos entrelazados con los míos y el aroma de nuestra noche juntos todavía impregnado en las sábanas de seda.
Por un momento, me permití olvidar quién era.
Olvidé las medallas, olvidé los ejércitos y olvidé a los enemigos que acechaban en las sombras.
Solo era un hombre que finalmente había encontrado su hogar.
Me levanté con cuidado para no despertarla.
La observé dormir, con los labios ligeramente hinchados por mis besos y la marca de mi posesión en su hombro.
Me vestí con una calma que no sentía, pero el deber me llamaba al cuartel para una reunión rápida con el Consejo.
—Miller —dije al bajar las escaleras, ajustándome los guantes blancos—.
La señora descansará hasta tarde.
Que nadie la moleste.
Dobla la guardia en la puerta principal.
No me gusta el aire que sopla hoy en la ciudad.
—Como ordene, General —respondió Miller, aunque noté una sombra de preocupación en sus ojos.
Salí de la mansión sintiéndome invencible.
Pero la invencibilidad es una ilusión peligrosa para un soldado.
La reunión con el Consejo fue una farsa de tres horas.
Vargo no dejó de lanzarme miradas de soslayo, con esa sonrisa aceitosa que me revolvía el estómago.
Cuando finalmente salí del edificio gubernamental, un mensajero de mi propia casa me esperaba con el rostro pálido y el uniforme desalineado.
—General…
—jadeó, cayendo casi de rodillas—.
Es la mansión.
Ha habido un ataque.
El mundo se detuvo.
Mi corazón, ese músculo que Evelina había aprendido a ablandar, se convirtió en una piedra de hielo.
No pregunté nada.
Empujé al mensajero, salté sobre mi caballo y galopé por las calles empedradas como si el mismo diablo me persiguiera.
Si algo le había pasado, reduciría Veridia a cenizas.
Cuando llegué a la propiedad, el caos era evidente.
Dos de mis guardias estaban heridos en el suelo y el olor a humo flotaba en el aire.
Miller me recibió en el vestíbulo; tenía un corte en la frente y sostenía un arma reglamentaria.
—¿Dónde está ella?
—rugí, mi voz vibrando con una violencia que hizo que hasta los soldados más veteranos retrocedieran.
—En el salón de té, General.
Está a salvo, pero…
No esperé a que terminara.
Crucé la casa como un huracán.
Al abrir las puertas dobles del salón, la vi.
Evelina estaba sentada en una silla, rodeada de cristales rotos de la ventana principal.
Su vestido azul estaba manchado de sangre, pero no parecía ser la suya.
Tenía una pequeña daga en la mano, la misma que yo le había regalado “por si acaso”, y sus ojos estaban fijos en un punto muerto.
—¡Evelina!
—Me lancé hacia ella, cayendo de rodillas a sus pies.
Mis manos temblaban mientras le tomaba el rostro—.
Háblame.
¿Estás herida?
¿Dónde te duele?
¡Dime quién hizo esto!
Ella parpadeó, enfocando sus ojos en mí.
Una lágrima solitaria rodó por su mejilla.
—Cassian…
—susurró—.
Entraron por la ventana.
Querían llevarme.
Dijeron que yo era el precio que debías pagar por tu ascenso.
Sentí una punzada de dolor puro en el pecho.
Mis dedos buscaron cualquier herida.
Encontré un roce en su brazo, un corte superficial, pero para mí era como si le hubieran arrancado un miembro.
Mi mirada bajó al suelo, donde un hombre yacía inconsciente y desarmado.
—Él intentó tocarme —dijo ella, su voz ganando fuerza—.
Pero recordé lo que me enseñaste sobre los puntos débiles.
Lo distraje y Miller llegó a tiempo.
Me puse en pie lentamente.
La preocupación se transformó en algo mucho más oscuro: una furia ciega y gélida que me nubló la vista.
Me giré hacia Miller, que acababa de entrar.
—Llévala a nuestra habitación.
Llama al médico de mi regimiento personal.
Que no se quede sola ni un segundo —ordené.
Mi voz era tan baja y peligrosa que los cristales que quedaban en las ventanas parecieron vibrar.
—¿Qué va a hacer, General?
—preguntó Evelina, tomándome de la manga.
Me giré y le besé la frente con una ternura que contrastaba con el deseo de muerte que sentía en las venas.
—Voy a recordarles a estos bastardos por qué me llaman el Lobo de Hierro, Evelina.
Voy a enseñarles que hay cosas en este mundo que no se tocan.
Salí de la habitación sin mirar atrás.
En el pasillo, Miller me alcanzó.
—General, hemos capturado a uno vivo.
Dice que trabaja para un intermediario.
El sello en su daga es del Ministerio de Guerra.
—Vargo —escupí el nombre.
Caminé hacia las mazmorras de la mansión, ese lugar que juré nunca usar con ella en casa.
Mis botas golpeaban el suelo con un ritmo de marcha fúnebre.
Cuando entré en la celda donde tenían al atacante amarrado a una silla, los guardias se cuadraron.
—Fuera —dije.
—Pero señor, el protocolo de interrogación…
—¡HE DICHO QUE FUERA!
—mi grito resonó en toda la mazmorra.
Me quedé a solas con el hombre.
Era un mercenario de poca monta, el tipo de escoria que Vargo usaba para sus trabajos sucios.
Me quité la chaqueta del uniforme, la doblé cuidadosamente y me remangué la camisa.
Me quité los guantes blancos; no quería mancharlos.
—Tienes diez segundos para decirme exactamente qué órdenes te dio Vargo —dije, acercándome a él.
Mi sombra lo cubrió por completo.
—No sé de qué habla, General…
yo solo…
¡AAARGH!
No esperé al segundo diez.
Le rompí los dedos de la mano derecha con un movimiento seco.
El sonido del hueso crujiendo fue música para mi rabia.
—Nueve segundos —continué, mi rostro a milímetros del suyo.
No había emoción en mis ojos, solo el vacío de la guerra—.
Has cometido el error más grande de tu miserable vida.
Has entrado en mi casa.
Has asustado a mi mujer.
Has derramado su sangre.
—¡Fue Vargo!
—gritó el hombre, llorando de dolor—.
¡Dijo que si la secuestrábamos, usted cedería el mando de la frontera norte!
¡Dijo que ella era su punto débil!
Me reí.
Fue una risa seca, sin rastro de humor.
—Vargo se equivoca.
Ella no es mi punto débil.
Ella es la razón por la que todavía no he quemado este maldito gobierno.
Pero si él cree que puede usarla contra mí, le voy a mostrar lo que sucede cuando un hombre que no tiene nada que perder encuentra algo por lo que vale la pena matar.
Pasé la siguiente hora asegurándome de que ese hombre nunca más pudiera sostener un arma.
No sentí remordimiento.
Cada grito suyo era un bálsamo para el terror que sentí al ver a Evelina rodeada de vidrios rotos.
Cuando terminé, salí de la mazmorra y me lavé las manos en una palangana con agua fría.
El agua se tiñó de rojo, pero mi mente estaba clara.
Fui directamente al cuartel de mi regimiento personal, los “Húsares Negros”.
Quinientos hombres que me juraron lealtad eterna, por encima del Emperador.
—Señores —dije, subiendo al podio de la plaza de armas.
La luna ya estaba alta—.
Esta noche no somos soldados del Imperio.
Esta noche somos la justicia de la familia Drako.
El Ministro Vargo ha atacado mi hogar.
Ha intentado lastimar a su General y a su Dama.
Un rugido de indignación surgió de las gargantas de mis hombres.
El choque de sus sables contra sus escudos fue un trueno.
—Mañana no habrá Ministro de Guerra —sentencié—.
Mañana solo habrá cenizas donde solía estar su ambición.
¡Preparen los caballos!
¡Carguen las armas!
¡Esta noche, el Lobo sale de caza!
Regresé a la mansión solo el tiempo suficiente para ver a Evelina una última vez antes de la batalla.
Ella estaba en la cama, vendada y bajo los efectos de un sedante suave.
Me senté a su lado y le acaricié el cabello.
—Duerme, mi tesoro —susurré, besándole la mano—.
Para cuando despiertes, el hombre que te hizo daño ya no existirá en este mundo.
Te lo prometo por el uniforme que llevo y por la sangre que nos une.
Me puse la chaqueta, me ajusté el sable y salí a la noche.
Mi ejército me esperaba.
Vargo pensaba que el amor me había hecho débil, que me había convertido en un hombre domesticado por una mujer hermosa.
Iba a descubrir, de la forma más dolorosa posible, que el amor no me había debilitado.
Me había dado una razón para ser el monstruo que el Imperio siempre necesitó, pero que nunca se atrevió a desatar.
El Comandante había sido silenciado por su dama, sí.
Pero su furia ahora iba a gritar tan fuerte que todo el reino temblaría.
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