Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 12
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12: Capítulo 12 12: Capítulo 12 Cassian El cielo sobre Veridia no era negro, era de un rojo profundo, teñido por el resplandor de las antorchas de mis quinientos Húsares Negros.
El galope de los caballos sobre el empedrado de la capital sonaba como el tambor de la muerte.
No había sutilezas esta noche, ni política, ni diplomacia.
Había un hombre que había intentado arrebatarme mi luz, y yo iba a apagar la suya para siempre.
Llegamos a la residencia oficial del Ministro Vargo antes de que la noticia del fracaso de sus mercenarios pudiera alcanzarle.
La mansión de Vargo era un monumento a la corrupción: mármol robado, estatuas bañadas en oro con impuestos de guerra y guardias que servían a una cartera, no a una nación.
—¡Rodeen el perímetro!
—ordené, bajando de mi semental negro con un movimiento fluido.
Mi sable de oficial desenvainado brillaba bajo la luna—.
Si alguien intenta salir, mátenlo.
No quiero prisioneros, a excepción del Ministro.
Él me pertenece.
Mis hombres no dudaron.
Los Húsares eran una extensión de mi propia voluntad.
En cuestión de segundos, las puertas principales fueron derribadas por un ariete de hierro.
El estruendo fue glorioso.
Entré en el vestíbulo mientras los disparos de mis hombres silenciaban a la guardia personal de Vargo.
No me detuve a cubrirme.
Caminaba con la seguridad de quien ya ha aceptado su destino.
Si el precio de proteger a Evelina era convertirme en el tirano que todos temían, lo pagaría con gusto.
Subí las escaleras de mármol hacia el estudio privado del Ministro.
Dos guardias se interpusieron en mi camino; no desperdicié balas.
Con dos movimientos precisos de mi sable, sus cuerpos cayeron al suelo, manchando la alfombra blanca de un carmesí denso.
Mi corazón no latía más rápido; al contrario, sentía una calma gélida que me hacía letal.
Pateé la puerta del estudio.
Vargo estaba allí, intentando quemar documentos en la chimenea.
Al verme, su rostro, normalmente aceitoso y arrogante, se volvió del color de la ceniza.
Sus manos temblaban tanto que dejó caer la carpeta al fuego.
—¡General Drako!
—jadeó, retrocediendo hasta chocar con su escritorio—.
¡Esto es un acto de traición!
¡El Emperador sabrá de este asalto!
¡Está atacando a un ministro de la corona!
—El Emperador duerme, Vargo —dije, caminando hacia él con pasos lentos y pesados.
El sonido de mis espuelas era el único juicio que iba a recibir—.
Y tú has cometido el error de atacar a mi esposa.
Has entrado en mi alcoba, has derramado sangre en mi hogar.
Para mí, tú ya no eres un ministro.
Eres un cadáver que todavía respira.
Vargo intentó sacar una pequeña pistola del cajón de su escritorio, pero fui más rápido.
En un parpadeo, mi bota golpeó el cajón, cerrándolo de golpe y atrapando sus dedos.
El grito de dolor que soltó fue patético, un chillido agudo que no me provocó ni un ápice de lástima.
Lo tomé por el cuello de su túnica de seda y lo levanté, estampándolo contra la pared.
Sus pies colgaban a unos centímetros del suelo.
—¿Creíste que el amor me haría débil?
—le pregunté, mi voz era un susurro que salía desde las profundidades de un infierno personal—.
¿Creíste que por casarme con Evelina Laurent me convertiría en un hombre domesticado?
—Ella…
ella es la hija de un traidor…
—balbuceó, escupiendo sangre—.
Solo quería…
recuperar el orden…
—Ella es mi esposa —rugí, apretando su garganta hasta que su rostro se volvió púrpura—.
Ella es la dueña de mi casa, de mi fortuna y de mi vida.
Todo lo que tú deseabas, ella lo tiene por derecho propio.
Y tú, Vargo, tú no eres más que un parásito que ha vivido de la miseria ajena.
Solté su cuello y, antes de que cayera al suelo, lo golpeé en el estómago, dejándolo sin aire.
Lo arrastré por el cabello hacia la chimenea, donde los documentos sobre la traición de mi suegro se estaban consumiendo.
—Mira bien, Vargo.
Aquí arden tus mentiras.
Y aquí empieza tu fin.
Mis hombres entraron en la habitación.
Traían consigo cofres de pruebas que habíamos confiscado de su oficina secreta en el sótano: registros de sobornos, cartas de espionaje extranjero y el plan detallado para el secuestro de Evelina.
—Llévenlo a la plaza del mercado —ordené—.
No habrá juicio privado.
Mañana, al amanecer, todo Veridia verá lo que sucede con los traidores.
Pero antes…
quiero que firme esto.
Le arrojé una confesión escrita de su puño y letra donde admitía haber incriminado al padre de Evelina.
Vargo me miró con odio, pero al ver el sable de uno de mis soldados cerca de su garganta, firmó.
Su mano temblorosa garabateó su nombre, sellando su propia sentencia de muerte.
—General —Miller entró en el estudio, luciendo impecable a pesar del caos—.
El Palacio Imperial ha enviado un mensajero.
El Emperador solicita su presencia inmediata.
—Dile que el General Drako está ocupado limpiando el imperio —respondí sin mirar atrás—.
Iré a verlo cuando las calles estén libres de ratas.
Salí de la mansión de Vargo mientras las llamas empezaban a lamer las cortinas de seda.
Mis hombres se retiraron con orden, llevando al prisionero encadenado.
La ciudad estaba en silencio, observando desde las ventanas cómo el poder real cambiaba de manos.
No era un golpe de estado oficial, pero todos sabían que a partir de esta noche, no se movía una hoja en Veridia sin mi consentimiento.
Regresé a la mansión al rayar el alba.
El sol empezaba a asomar por el horizonte, pintando la ciudad de un naranja violento.
Subí directamente a nuestra habitación.
Me quité el uniforme manchado de sangre y humo en la antesala, lavándome la cara con agua fría antes de entrar.
No quería que ella viera el monstruo en el que me había convertido para salvarla.
Evelina estaba despierta, sentada en la cama con una manta sobre los hombros.
Al verme, sus ojos se iluminaron, pero también vi la sombra de la preocupación.
—¿Ha terminado?
—preguntó con voz suave.
Me acerqué y me senté en el borde del catre.
Tomé sus manos entre las mías; todavía estaban frías, pero estaban seguras.
—Ha terminado, Evelina —dije, sacando la confesión firmada de Vargo de mi bolsillo—.
Tu padre será libre hoy mismo.
Su nombre ha sido limpiado por completo.
Todas sus tierras y títulos serán devueltos con intereses.
Ella leyó el papel, las lágrimas cayendo silenciosas sobre el documento.
Luego me miró, y la devoción que vi en sus ojos fue el pago más grande que jamás hubiera podido imaginar.
—¿Y Vargo?
—preguntó.
—No volverá a molestarte.
Nadie volverá a molestarte.
He tomado el control del Ministerio y del Consejo.
A partir de hoy, Veridia sabe que meterse contigo es declarar la guerra al Lobo de Hierro.
Evelina se lanzó a mis brazos, sollozando de alivio.
La estreché contra mi pecho, sintiendo su calor, su vida.
En ese momento, comprendí que no importaba cuánta sangre hubiera tenido que derramar o cuántas reglas hubiera tenido que romper.
Si el resultado era tenerla a ella, a salvo y en mis brazos, lo haría mil veces más.
—Me das miedo a veces, Cassian —susurró contra mi cuello.
—A mí también me doy miedo —confesé, besándole el cabello—.
Pero por ti, soy capaz de enfrentarme incluso a mi propia sombra.
Nos quedamos así mientras el sol terminaba de salir.
La paz había llegado a Veridia, pero era una paz impuesta por mi espada.
Yo era el General más poderoso del imperio, prácticamente el gobernante en la sombra, pero mientras sentía el corazón de Evelina latir contra el mío, supe que yo solo era un súbdito.
El súbdito de la dama que, con un silencio y una mirada, había logrado lo que ningún ejército pudo: conquistar al hombre que no creía en el amor.
La farsa del matrimonio por contrato había muerto en las cenizas de la mansión de Vargo.
Lo que quedaba era algo real, algo indestructible.
Éramos Cassian y Evelina, y el mundo pronto aprendería que nuestro amor era la ley más poderosa de todas.
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