Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 14
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14: Capítulo 14 14: Capítulo 14 Evelina El carruaje de oro nos devolvió a la mansión bajo un manto de estrellas que parecían celebrar nuestra victoria.
Pero dentro del cubículo de seda y cuero, el ambiente no era de celebración política, sino de una urgencia física que hacía que el aire fuera escaso.
Cassian no me había soltado la mano en todo el trayecto; sus dedos acariciaban mi palma con un ritmo posesivo, y sus ojos, fijos en mí, no ocultaban que el General había terminado sus deberes con el Imperio y ahora solo tenía un objetivo: su esposa.
Al cruzar el umbral de nuestra casa, Miller y el resto del servicio nos recibieron con una reverencia más profunda de lo habitual.
Ya no me miraban como a la invitada incómoda o a la mujer del contrato; me miraban como a la señora de la propiedad, la mujer que había caminado al lado del Lobo de Hierro mientras él despedazaba a sus enemigos.
—Retírense todos —ordenó Cassian.
Su voz era un comando que no admitía réplicas—.
No quiero ser molestado bajo ninguna circunstancia.
Si el Palacio Imperial se incendia, dejen que se convierta en cenizas.
No abran esta puerta hasta mañana al mediodía.
—Como ordene, General —respondió Miller con una sonrisa imperceptible antes de desaparecer con el resto del personal.
Cassian me tomó de la cintura y, sin decir una palabra, me cargó en sus brazos.
Subió las escaleras con paso firme, sus ojos clavados en los míos.
El eco de sus botas sobre la madera era el único sonido en la gran mansión.
Cuando entramos en nuestra habitación, la luz de la luna bañaba la cama de seda, y el aroma a jazmines frescos que Miller había colocado llenaba el aire.
Él me depositó con delicadeza en el centro del colchón, pero antes de que pudiera decir nada, se deshizo de su chaqueta de gala, arrojándola al suelo junto con sus condecoraciones.
Las medallas de oro tintinearon al chocar contra el piso, objetos sin valor comparados con lo que buscaba en ese momento.
—Esta noche no hay generales, ni damas, ni deudas —susurró, arrodillándose sobre la cama para quedar sobre mí—.
Esta noche solo somos tú y yo, Evelina.
Sus manos buscaron el cierre de mi vestido de terciopelo.
Sentí el aire frío de la habitación contra mi piel cuando la tela se deslizó, pero el frío fue reemplazado instantáneamente por el calor de sus labios.
Cassian me besó con una mezcla de adoración y hambre, recorriendo mi cuello, mis hombros y bajando hacia el nacimiento de mis pechos.
Ya no había el miedo de la frontera.
Ahora había una entrega absoluta.
Sabía cómo se sentía su cuerpo, sabía la fuerza de su abrazo y, sobre todo, sabía que este hombre mataría y moriría por mí.
—Hazme olvidar el mundo, Cassian —le pedí, enredando mis dedos en su cabello oscuro, tirando de él para que sus ojos se encontraran con los míos.
—El mundo ya no existe, nena —respondió él antes de capturar mis labios de nuevo.
Esa noche, la pasión fue diferente.
Fue más lenta, más profunda.
Cada caricia suya parecía querer marcar no solo mi cuerpo, sino mi alma.
Me hizo suya una y otra vez, con una intensidad que me dejaba sin aliento, llevándome a cimas de placer que nunca imaginé que existieran.
En sus brazos, me sentía la mujer más poderosa del universo, no por los diamantes en mi tocador, sino por el hombre que se rendía ante mí entre gemidos y susurros de amor.
Sin embargo, la paz en el mundo de Cassian Drako siempre era un cristal fino a punto de romperse.
A las cinco de la mañana, cuando el primer rayo de luz azulada empezaba a filtrarse por las cortinas y yo descansaba con la cabeza en su pecho, escuchando el latido rítmico de su corazón, un sonido discordante rompió la calma.
Un golpe seco en la puerta principal de la mansión.
Luego otro.
Y el sonido de caballos galopando con urgencia en el patio.
Sentí a Cassian tensarse al instante.
Sus músculos, antes relajados por el sueño y el sexo, se volvieron de acero bajo mi mejilla.
Se sentó en la cama, alerta como un depredador que escucha una rama romperse en el bosque.
—Quédate aquí —dijo, poniéndose los pantalones rápidamente.
—Cassian, es muy temprano…
¿quién podría ser?
—pregunté, cubriéndome con la sábana, sintiendo un nudo de ansiedad en el estómago.
Él no respondió.
Se puso la camisa sin abotonar y salió a la antesala.
Escuché voces bajas en el pasillo: la voz de Miller y otra voz, agitada, joven, que reconocí como la de uno de los mensajeros de la frontera norte.
Me levanté y me puse una bata de seda, caminando hacia la puerta.
Cassian estaba de pie frente al mensajero, que estaba cubierto de barro y nieve, a pesar de que en la capital era primavera.
El hombre sostenía un sobre lacrado con un sello negro, el sello que solo se usaba para anunciar la muerte de un alto mando o el inicio de una invasión.
Cassian tomó el sobre.
Vi cómo sus ojos escaneaban el papel y cómo su mandíbula se apretaba tanto que una vena saltó en su sien.
—General…
—dijo el mensajero, temblando—.
No solo han cruzado la frontera.
Han tomado el fuerte de Alzada.
Dicen que tienen apoyo interno.
Dicen que…
que saben que usted ha descuidado el frente por su matrimonio.
Cassian arrugó el papel en su puño y lo lanzó al fuego de la chimenea que todavía humeaba.
Se giró hacia mí.
Sus ojos ya no tenían el calor de la noche; eran dos fragmentos de hielo polar.
—Vargo era solo la punta del iceberg, Evelina —dijo, su voz recuperando esa frialdad militar que me hacía estremecer—.
Sus aliados en el reino vecino de Oskura han aprovechado nuestra distracción.
Creen que el Lobo de Hierro se ha vuelto blando.
Creen que porque tengo una esposa, tengo un punto débil que pueden explotar.
Se acercó a mí y me tomó por los hombros.
Sus manos apretaron con una fuerza que buscaba mi estabilidad, no mi dolor.
—Tengo que irme.
No en unos días, ni mañana.
Tengo que partir al amanecer.
Si Alzada cae, el camino hacia la capital estará abierto en una semana.
—Voy contigo —dije de inmediato, sin dudarlo.
—No.
Esta vez no es una escaramuza de rebeldes, es una guerra total.
Estarás más segura aquí, bajo la guardia de Miller y mis mejores hombres.
—¿Segura?
—me reí amargamente—.
Cassian, ya viste que intentaron matarme en mi propia casa.
Si te vas, seré el primer blanco de los aliados de Vargo que quedan en la corte.
Si muero aquí mientras tú peleas allá, ¿de qué servirá tu victoria?
Él guardó silencio.
Sabía que tenía razón.
En la capital, yo era un blanco político; en el frente, al menos estaba bajo su protección directa y podía usar mi mente para ayudarlo con la logística y los códigos de inteligencia que él tanto necesitaba.
—Es peligroso, Evelina.
Podríamos no regresar —advirtió, pero vi en su mirada que ya estaba cediendo.
No podía soportar la idea de dejarme atrás de nuevo.
—Prefiero morir a tu lado que vivir sin saber si vas a volver —respondí, rodeando su cuello con mis brazos—.
Somos un equipo, ¿recuerdas?
El Comandante y su Dama.
Cassian soltó un suspiro pesado y me besó con una desesperación que sabía a despedida y a promesa al mismo tiempo.
—Prepara solo lo esencial —ordenó—.
Partimos en dos horas.
Miller, prepara el tren blindado.
Quiero al regimiento de artillería listo.
Si Oskura quiere guerra, les daré un infierno que sus nietos recordarán.
Mientras regresaba a la habitación para empacar, miré el reflejo de la habitación lujosa, el desorden de nuestra pasión en la cama y las joyas sobre el tocador.
La paz había durado menos de una noche.
El destino no parecía querer darnos un respiro, pero mientras guardaba mi daga y mis cuadernos de códigos, sentí una determinación nueva.
Oskura pensaba que Cassian era débil por amarme.
Estaban a punto de descubrir que un hombre que tiene algo por lo que luchar es diez veces más peligroso que un hombre que solo lucha por deber.
La verdadera prueba de nuestra unión no había sido la corte, sino lo que nos esperaba en las montañas heladas del norte.
El Lobo de Hierro volvía a la caza, y esta vez, su loba iba a su lado, lista para morder.
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