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Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 15

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15: Capítulo 15 15: Capítulo 15 Evelina El aire en el frente norte no soplaba, cortaba.

Las montañas de Alzada se alzaban ante nosotros como gigantes de granito cubiertos por un sudario de nieve perpetua.

El tren blindado se detuvo con un gemido metálico en la estación fortificada de Roca Gris, el último bastión antes de la zona ocupada por las tropas de Oskura.

Al bajar del vagón, el frío me golpeó con tal violencia que me quitó el aliento.

Pero antes de que mis pulmones pudieran protestar, sentí el peso reconfortante de la capa de oficial de Cassian rodeando mis hombros.

—Mantente cerca de mí —ordenó él.

Su voz ya no tenía el rastro de ternura de nuestra noche en la mansión.

Aquí, frente a sus hombres, era de nuevo el General de Hierro, un hombre hecho de bordes afilados y disciplina inquebrantable.

El campamento era un hervidero de actividad.

Miles de soldados se movían entre tiendas de lona reforzada, el humo de las hogueras se mezclaba con la niebla y el sonido de los cañones en la distancia retumbaba como un trueno lejano y constante.

Cassian me guio hacia el búnker de mando, una estructura de piedra y hormigón construida dentro de la falda de la montaña.

Al entrar, seis oficiales de alto rango se cuadraron de inmediato.

El ambiente en la sala de mapas era denso, cargado de sudor, café amargo y una tensión que se podía palpar.

—¡General en jefe en cubierta!

—anunció un oficial joven.

Cassian se acercó a la mesa central sin saludar, sus ojos de acero fijos en el mapa táctico.

Yo me mantuve un paso detrás, observando.

Sabía que mi presencia aquí causaba incomodidad; las miradas de los coroneles bailaban entre el General y yo, llenas de un juicio silencioso.

—Informe de situación —ladró Cassian.

Un hombre de mediana edad, con una cicatriz que le cruzaba la mejilla y ojos hundidos, dio un paso adelante.

Era el Coronel Markov, el segundo al mando en este frente y un veterano que había servido con Cassian durante años.

—Es un desastre, señor —dijo Markov, señalando las líneas rojas en el mapa—.

Oskura no solo tomó el fuerte de Alzada; sabían exactamente cuándo nuestras patrullas cambiaban de turno.

Han destruido los puentes de suministro del este.

Estamos aislados por tierra.

Si no recuperamos el fuerte en tres días, nos quedaremos sin municiones.

Cassian apretó los puños sobre la mesa.

—¿Cómo supieron los turnos?

Esos códigos cambian cada doce horas.

—Creemos que los rebeldes locales interceptaron a un mensajero —respondió otro oficial, el Mayor Vance, un hombre más joven y de aspecto pulcro que evitaba mirarme a los ojos—.

Estamos investigando, General.

Me acerqué a la mesa, ignorando la mirada de advertencia de Vance.

Mis ojos recorrieron el mapa y los informes de inteligencia apilados a un lado.

Algo no cuadraba.

Mi padre me había enseñado que en la guerra, lo que no se dice es más importante que lo que se grita.

—No fue un mensajero interceptado —dije con voz clara.

La sala se quedó en silencio.

Todos los oficiales se giraron hacia mí con expresiones que iban desde la sorpresa hasta el desprecio evidente.

—Señora Drako —dijo el Mayor Vance con una sonrisa condescendiente—, con todo respeto, esto es una sala de guerra, no un salón de té.

Los asuntos de códigos y patrullas son demasiado complejos para…

—El Mayor Vance tiene razón en algo —lo interrumpí, caminando hacia el mapa—.

Esto es una sala de guerra, y en esta sala, la lógica dictamina que si un mensajero es interceptado, el enemigo solo obtiene un código.

Pero Oskura ha atacado tres puntos diferentes en momentos distintos, todos coincidiendo con cambios de frecuencia que aún no se habían emitido por radio.

Miré a Cassian.

Él me observaba con curiosidad, permitiéndome hablar.

—Eso significa que el enemigo no está robando los códigos —continué, señalando las rutas de suministro—.

Los está recibiendo de antemano.

Alguien en esta mesa, o muy cerca de ella, envió los planes de la semana completa antes de que el primer soldado montara guardia.

—¡Eso es una acusación de traición!

—rugió Markov, golpeando la mesa—.

¡He servido al General por diez años!

—No lo he acusado a usted, Coronel —respondí con calma—.

Pero los números no mienten.

Vean el informe del flanco este.

El ataque ocurrió a las 04:00.

El código de esa hora solo se entregó a los oficiales superiores a las 03:30.

No hay forma de que un mensajero fuera capturado, interrogado y la información enviada a Oskura en treinta minutos a través de una tormenta de nieve.

Cassian se inclinó sobre el mapa, su mirada volviéndose peligrosamente aguda.

—Evelina tiene razón —dijo él, y su voz hizo que el Mayor Vance palideciera—.

La única forma de que Oskura se moviera con esa precisión es que tuvieran el plan maestro de la semana.

Y ese plan solo estaba en mi caja fuerte de la capital…

y en las copias entregadas a este búnker.

El silencio que siguió fue sepulcral.

Cassian se giró lentamente hacia sus hombres, su mano descansando sobre la empuñadura de su sable.

—Quiero los registros de comunicación de las últimas 48 horas —ordenó Cassian—.

Y quiero que el oficial de señales sea interrogado bajo mi supervisión personal.

Si descubro que alguien ha vendido a mis soldados por oro de Oskura, no habrá juicio.

Los colgaré de las murallas de este búnker antes de que el sol se ponga.

Los oficiales se dispersaron rápidamente, ansiosos por salir de la presencia del General.

Solo Markov se quedó un momento, asintiendo hacia mí con un respeto nuevo antes de salir.

Cuando nos quedamos solos, Cassian dejó escapar un suspiro pesado y se sentó en una caja de municiones.

Se frotó las sienes con cansancio.

Me acerqué y puse mis manos sobre sus hombros, sintiendo la tensión que los convertía en piedra.

—Has empezado fuerte, nena —murmuró, tomando una de mis manos y besándola—.

Te dije que eras peligrosa.

Acabas de poner a todo mi estado mayor a temblar.

—Están temblando porque saben que tengo razón, Cassian.

Vargo no actuaba solo.

Alguien en el ejército está trabajando para Oskura, alguien que cree que con el cambio de mando y nuestra…

distracción, es el momento de tomar el poder.

Él me atrajo hacia él, rodeando mi cintura con sus brazos y apoyando su cabeza en mi vientre.

En este búnker frío y húmedo, éramos lo único real.

—Si hay un traidor entre mis oficiales, no puedo confiar en nadie para mi seguridad…

ni para la tuya —dijo, su voz cargada de una preocupación que solo me mostraba a mí—.

Mañana tengo que liderar el asalto al fuerte de Alzada.

No puedo llevarte conmigo a la primera línea, pero tampoco puedo dejarte aquí sola si el traidor sigue libre.

—Lo sé.

Por eso necesito que me des acceso a los archivos criptográficos del Mayor Vance —dije, acariciándole el cabello—.

Él es el que maneja las comunicaciones.

Si hay un rastro, yo lo encontraré mientras tú recuperas el fuerte.

Cassian levantó la vista.

Vi el conflicto en sus ojos: el deseo de protegerme manteniéndome escondida y la necesidad de mi intelecto para ganar esta guerra.

—Es arriesgado, Evelina.

Si el traidor se siente acorralado, irá tras de ti primero.

—Entonces asegúrate de dejarme a Miller y a un par de tus Húsares más leales —respondí con una sonrisa desafiante—.

Estaré bien, General.

Ocúpate de la guerra exterior.

Yo me ocuparé de la que hay dentro de estas paredes.

Él se puso de pie, recuperando su estatura imponente.

Me tomó del rostro y me besó con una pasión desesperada, un beso que sabía a nieve y a una promesa de victoria.

—Si te pasa algo, quemaré este mundo, Evelina.

Lo digo en serio.

No quedará nada de Veridia ni de Oskura si te pierdo.

—No me vas a perder —susurré contra sus labios—.

Todavía tienes que construirme ese jardín botánico, ¿recuerdas?

Esa noche, mientras Cassian revisaba las tropas bajo la nieve, yo me encerré en la pequeña oficina de transmisiones.

Miller montaba guardia en la puerta con el arma desenfundada.

Pasé horas revisando cables, transcripciones y frecuencias.

Fue casi al amanecer cuando lo encontré.

Un mensaje oculto en una frecuencia de baja intensidad, disfrazado de interferencia atmosférica.

Era un código antiguo, uno que mi padre me había enseñado a usar cuando yo era niña para enviarle mensajes secretos a la biblioteca.

“La loba está en el nido.

Procedan con el plan B.

El Lobo morirá al amanecer en el paso de Alzada.” Se me heló la sangre.

El ataque de mañana al fuerte era una trampa.

No solo querían el fuerte; querían la cabeza de Cassian.

Y el mensaje no venía de un mensajero externo.

Venía de la oficina del Mayor Vance.

Me puse de pie de un salto, con el corazón martilleando contra mis costillas.

Tenía que llegar a Cassian antes de que partiera hacia Alzada.

Pero antes de que pudiera llegar a la puerta, escuché un sonido metálico.

La puerta de la oficina de transmisiones se cerró con llave desde afuera.

—Lo siento, Señora Drako —dijo una voz suave y fría desde el otro lado—.

Es usted demasiado inteligente para su propio bien.

Era el Mayor Vance.

—¡Miller!

—grité, pero solo escuché el sonido de un cuerpo cayendo pesadamente al suelo.

Me quedé a oscuras, atrapada en la pequeña habitación, mientras el sonido de los cuernos de guerra anunciaba que Cassian y su regimiento estaban empezando su marcha hacia la trampa mortal en la montaña.

El traidor había mostrado su cara, y yo estaba encerrada mientras el hombre que amaba cabalgaba directo hacia su ejecución.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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