Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 16
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16: Capítulo 16 16: Capítulo 16 Evelina El silencio tras la puerta de metal era más aterrador que el sonido de los cañones.
Escuché los pasos del Mayor Vance alejándose, seguros y rítmicos, mientras yo golpeaba con desesperación la superficie fría de mi celda improvisada.
—¡Miller!
—grité de nuevo, con la voz quebrada.
Un quejido sordo me respondió desde el otro lado.
Era Miller.
No estaba muerto, pero el golpe lo había dejado fuera de combate.
Me obligué a respirar hondo, calmando el pulso que martilleaba en mis sienes.
No podía permitirme el pánico; Cassian estaba cabalgando hacia una carnicería y yo era la única que sabía que el Paso de Alzada se convertiría en su tumba al salir el sol.
Miré a mi alrededor.
La oficina de transmisiones era pequeña, llena de cables de cobre, lámparas de aceite y equipos de radio pesados.
Mis ojos se fijaron en la batería de ácido que alimentaba la radio principal.
Mi padre siempre decía que el conocimiento es un arma más versátil que el acero.
Tomé una de las varillas de cobre de la mesa de herramientas y, con un trozo de tela de mi vestido, manipulé los bornes de la batería.
Sabía que si generaba un cortocircuito lo suficientemente fuerte, la chispa podría encender el aceite de la lámpara que se había volcado durante el forcejeo de Vance.
No quería quemar el búnker, pero necesitaba una distracción, o una salida.
Con las manos temblando, provoqué el contacto.
Una chispa azul brillante saltó, quemándome las puntas de los dedos, pero logré dirigirla hacia el charco de aceite.
Las llamas brotaron al instante, lamiendo la base de la puerta de madera reforzada con metal.
El humo empezó a llenar el pequeño espacio, pero el calor hizo lo que yo quería: dilató el metal de la cerradura vieja.
Me cubrí la boca con un pañuelo húmedo y, usando un taburete de madera como ariete, arremetí contra la puerta con una fuerza que no sabía que poseía.
Una, dos veces.
Al tercer golpe, la madera astillada y el metal dilatado cedieron.
Salí tosiendo a los pasillos del búnker.
Miller estaba recuperando la conciencia, sujetándose la cabeza ensangrentada.
—Señora… —balbuceó, intentando levantarse.
—Vance es el traidor, Miller.
Ha enviado a Cassian a una emboscada en el paso —dije, ayudándole a ponerse de pie—.
Necesito un caballo.
Y necesito que envíes una señal de emergencia al regimiento de reserva en el flanco sur.
¡Muévete!
—No puede ir sola, es un suicidio —protestó él, tambaleándose.
—Es una orden, Miller.
Si Cassian muere, este frente caerá en una hora.
Corrí hacia los establos bajo el túnel de roca.
El frío exterior me golpeó como un latigazo, pero mi sangre ardía.
Tomé el semental más fuerte que encontré, uno de los caballos de reserva de los Húsares, y salté sobre la silla sin esperar a que nadie me ayudara.
No llevaba mi vestido de seda; llevaba los pantalones de montar que había guardado en secreto y la pesada capa militar de Cassian que todavía olía a él.
Salí de la fortificación a galope tendido.
La nieve cegadora golpeaba mi rostro, pero el camino hacia el Paso de Alzada estaba marcado por las huellas frescas del regimiento de Cassian.
Tenía que alcanzarlos antes de que llegaran al desfiladero.
—¡Corre!
—le grité al animal, hundiendo mis talones en sus costados.
Mientras cabalgaba, el sonido de la artillería de Oskura empezó a retumbar.
No eran disparos de advertencia; eran ráfagas de saturación.
Estaban cerrando la trampa.
Llegué a la cresta que dominaba el paso justo cuando el sol empezaba a teñir la nieve de un naranja sangriento.
Abajo, en el desfiladero estrecho, vi el regimiento de Cassian.
Eran apenas una línea oscura entre las paredes de piedra.
Desde las alturas, ocultos por la nieve y los salientes, los cañones de Oskura estaban posicionados, listos para colapsar la montaña sobre ellos.
Y allí estaba él.
Cassian, montado en su caballo negro, liderando la carga, sin saber que mil rifles le apuntaban desde arriba.
No tenía tiempo para bajar.
Vi el puesto de señales avanzado de Oskura a unos cien metros de mi posición.
Era una pequeña torre de madera con un heliógrafo y un depósito de bengalas.
Si lograba disparar las bengalas de “retirada inmediata” desde su propio puesto, quizás, solo quizás, Cassian entendería que algo andaba mal.
Desenvainé la daga que Cassian me había regalado.
Me acerqué sigilosamente a la torre.
Había dos centinelas de Oskura.
No eran soldados corrientes; eran mercenarios de élite.
Mi corazón latía tan fuerte que temía que me descubrieran.
El primer hombre estaba de espaldas.
Me acerqué y, con una frialdad que nació del puro amor y el miedo a perderlo, hundí la daga en su cuello mientras le tapaba la boca.
Cayó sin un sonido.
El segundo se giró, sorprendido, pero antes de que pudiera alzar su fusil, usé la pistola de señales que Miller me había dado al salir.
El proyectil le dio de lleno en el pecho, lanzándolo fuera de la torre.
Subí a la plataforma.
Tomé el cajón de bengalas de magnesio.
Eran de color rojo intenso.
Las disparé todas, una tras otra, creando una cascada de fuego carmesí sobre el desfiladero.
El cielo se tiñó de un rojo antinatural.
Abajo, vi a la columna de soldados detenerse.
Cassian miró hacia arriba.
A través de mis binoculares, vi su expresión de desconcierto.
Él conocía los códigos; el rojo en esa posición significaba: “Emboscada inminente.
Desfiladero minado.” Justo en ese momento, las laderas de la montaña estallaron.
Oskura había disparado sus cargas prematuramente, asustados por las señales.
La avalancha de rocas y nieve cayó justo delante del regimiento de Cassian, bloqueando el camino pero no aplastándolos.
—¡Fuego!
—escuché gritar desde las posiciones enemigas cercanas.
Había revelado mi posición.
Las balas empezaron a astillar la madera de la torre.
Me tiré al suelo, sintiendo el silbido de la muerte sobre mi cabeza.
—¡EVELINA!
—El grito de Cassian resonó desde el fondo del valle, amplificado por el eco de las montañas.
Había reconocido mi silueta bajo la luz de las bengalas.
Vi cómo Cassian, en lugar de retroceder, espoleó a su caballo hacia los salientes laterales.
Sus hombres, inspirados por su temeridad, lo siguieron.
No estaban huyendo; estaban asaltando las posiciones de artillería trepando por la roca.
Yo no podía quedarme quieta.
Tomé el fusil del soldado caído y, desde la torre, empecé a disparar hacia los nidos de ametralladoras que intentaban segar a los hombres de Cassian.
No era una tiradora experta, pero a esa distancia, logré que se cubrieran, dándole a los Húsares los segundos preciosos que necesitaban para llegar a la cima.
La batalla se volvió un caos de gritos, acero y sangre sobre la nieve blanca.
De repente, la puerta de la torre se abrió de un golpe.
Me giré, lista para morir, pero no era un soldado de Oskura.
Era Cassian.
Estaba cubierto de sangre enemiga, con el uniforme desgarrado y los ojos inyectados en ira y alivio.
Se lanzó hacia mí, envolviéndome en un abrazo tan fuerte que casi me rompe las costillas.
Me besó con una ferocidad desesperada mientras las balas seguían impactando en la estructura.
—Estás loca, estás benditamente loca —gruñó contra mis labios, su voz rota por la emoción—.
Me has salvado, Evelina.
Me has salvado a mí y a todos mis hombres.
—Vance…
—logré decir, recuperando el aliento—.
Él es el traidor, Cassian.
Él envió la señal.
—Lo sé.
Miller logró enviar un mensaje por radio antes de que la torre cayera.
Mis hombres ya lo tienen bajo custodia en el búnker —me tomó del rostro, obligándome a mirarlo—.
Nunca más vuelvas a hacer algo así.
Casi muero del corazón al verte ahí arriba.
—Tú haces lo mismo por mí cada día —respondí, rodeando su cuello con mis brazos—.
Ahora, terminemos con esta guerra, General.
Cassian asintió, su rostro volviéndose de piedra otra vez.
Me cargó en sus brazos y bajamos de la torre mientras sus hombres terminaban de limpiar la posición.
La emboscada de Oskura había fracasado estrepitosamente gracias a una dama que se negó a quedarse en su nido.
Esa tarde, el fuerte de Alzada fue recuperado.
No por una estrategia militar brillante de los generales, sino por el valor de una mujer que el mundo pensaba que solo servía para lucir diamantes.
Mientras el sol se ponía sobre las montañas conquistadas, Cassian y yo estábamos de pie frente a las tropas.
Él tomó mi mano y la levantó frente a miles de soldados.
El rugido que siguió fue más fuerte que cualquier cañón.
Ya no era solo su esposa; era la Loba de Veridia.
—Te prometí un jardín botánico, Evelina —susurró Cassian mientras me abrazaba frente al fuego de la victoria—.
Pero creo que tendré que construirte un imperio entero para que estés a la altura de tu leyenda.
La guerra aún no terminaba, pero esa noche, en el corazón del frío, supe que nada podía vencernos.
Éramos fuego y acero, y el mundo entero estaba a punto de arder con nosotros.
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