Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 17
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17: Capítulo 17 17: Capítulo 17 Cassian El olor de la traición es más persistente que el de la pólvora; se pega a la garganta y te revuelve las entrañas.
Entré en las celdas subterráneas del fuerte de Alzada con el uniforme todavía manchado por la nieve y la sangre de la batalla.
Mis botas resonaban contra el suelo de piedra, un sonido rítmico que anunciaba el fin de alguien.
A mi lado, Miller caminaba con la cabeza vendada y una expresión de vergüenza que no se le quitaría en semanas.
—General, está en la celda cuatro —murmuró Miller—.
No ha dicho una palabra desde que lo capturamos intentando huir hacia las líneas de Oskura.
—Hablará —dije, y mi voz sonó como el roce de dos lápidas—.
Aunque tenga que arrancarle la lengua para que las palabras salgan solas.
Miller abrió la pesada puerta de hierro.
El Mayor Vance estaba encadenado a la pared, con los brazos en alto.
Su uniforme, antes pulcro, estaba desgarrado, pero lo que más me enfureció fue su expresión.
No tenía miedo.
Tenía una sonrisa cínica, la sonrisa de un hombre que cree que ha ganado incluso mientras se desangra.
Me detuve frente a él.
Durante diez años, este hombre se sentó a mi mesa.
Bebimos el mismo vino y planeamos las mismas defensas.
Me quité los guantes, los dejé sobre la mesa de tortura y le propiné un puñetazo que le hizo escupir un diente.
—¿Por qué, Vance?
—pregunté, mi voz peligrosamente tranquila—.
¿Oro?
¿Poder?
¿O simplemente te cansaste de ser la sombra de un General?
Vance soltó una carcajada ronca, limpiándose la sangre de la boca.
—¿Oro?
No seas patético, Cassian.
El Imperio se está desmoronando bajo el peso de su propia arrogancia.
Tú crees que eres el hombre más poderoso de Veridia, pero eres solo un perro guardián que se ha distraído con una perra hermosa.
Le rodeé el cuello con mi mano, apretando hasta que sus ojos empezaron a inyectarse en sangre.
—Vuelve a mencionarla y te aseguro que tu muerte durará días —gruñí.
—Eso es lo que él quería —jadeó Vance, forcejeando por aire—.
Él quería que te distrajeras.
Que te enamoraras.
Porque un hombre enamorado es un hombre con un flanco expuesto.
Lo solté, dejándolo caer contra la pared.
Mi mente empezó a conectar los puntos.
Vargo, el secuestro, la emboscada…
todo había sido demasiado preciso.
—¿Quién es “él”?
—pregunté.
Vance levantó la vista y su sonrisa se ensanchó, volviéndose algo enfermizo.
—El Rey Valerius de Oskura.
Él no envió a sus tropas por Alzada, Cassian.
Alzada es solo una roca fría.
Él las envió por ella.
Por Evelina.
El nombre de mi esposa en sus labios sucios fue como un latigazo.
Sentí que el aire se congelaba en mis pulmones.
—¿De qué estás hablando?
El Rey Valerius nunca ha visto a Evelina.
—Oh, la ha visto —se burló Vance—.
La ha visto en cada informe que yo le enviaba.
La ha visto en los retratos que los espías de la corte pintaban mientras ella caminaba por tu jardín.
Valerius no quiere tu corona, Cassian.
Él tiene una obsesión que raya en la locura.
Dice que Evelina es la reencarnación de la Reina de las Sombras, la mujer que su linaje ha buscado por generaciones.
Dice que tú no eres digno de tocarla, y mucho menos de poseerla.
Me quedé helado.
No era una guerra de conquista territorial; era una cacería de trofeos.
Valerius de Oskura, un hombre conocido por su crueldad y sus ritos oscuros, había puesto sus ojos en mi mujer.
—Él sabe lo que pasó en la tienda de campaña en la frontera —continuó Vance, disfrutando de mi silencio—.
Sabe que ya la hiciste tuya.
Y eso solo ha hecho que su deseo de arrebatártela y…
“limpiarla” de tu rastro, sea más fuerte.
Él dice que tú eres solo el guardián temporal de su tesoro.
Mi rabia estalló.
No fue un golpe, fue una explosión.
Lo tomé de la túnica y lo estampé contra las piedras de la celda con tal fuerza que escuché sus costillas crujir.
—¡Ella no es el tesoro de nadie!
—rují—.
¡Ella es mi esposa!
¡Es una Drako!
—Para Valerius, ella es el destino —susurró Vance, con los ojos nublados por el dolor—.
Él ya está aquí, Cassian.
Cruzó la frontera anoche.
No viene con un ejército para tomar el fuerte.
Viene con su guardia personal para llevarse a su reina.
Mientras tú peleabas en el paso, sus sombras ya estaban infiltrándose en este búnker.
Solté a Vance y me giré hacia Miller, que estaba tan pálido como yo.
—¡Bloquea todas las salidas!
—grité—.
¡Quiero a todos los Húsares rodeando los aposentos de la Señora!
¡Si alguien que no sea yo se acerca a diez metros de esa puerta, mátenlo!
Salí de la celda corriendo, con el corazón martilleando contra mis costillas.
La imagen de Evelina, sola en la torre de señales, salvándome la vida mientras el peligro real se deslizaba por los pasillos detrás de ella, me quemaba la mente.
Subí las escaleras de tres en tres.
Al llegar al nivel superior, vi que la luz de las antorchas parpadeaba de forma extraña.
Había un silencio sepulcral, un silencio que no pertenecía a un búnker lleno de soldados.
Llegué a la puerta de nuestra habitación.
Mis hombres estaban en el suelo.
No estaban muertos, estaban…
dormidos, o drogados por algún tipo de gas.
Mis manos temblaron al abrir la puerta de par en par.
—¡EVELINA!
—grité.
La habitación estaba vacía.
La ventana que daba al precipicio de la montaña estaba abierta, dejando entrar la nieve y el viento helado.
En el centro de la cama, donde ella debería estar descansando tras su heroísmo, solo había una cosa: una rosa negra, tallada en obsidiana, y una nota escrita con sangre.
“El Lobo ha tenido su tiempo.
Ahora, la luna pertenece al Rey.” Sentí que el mundo se desmoronaba bajo mis pies.
Ella me había salvado la vida apenas unas horas antes, arriesgándolo todo por mí, y yo…
yo no había podido protegerla del monstruo que la acechaba desde las sombras de Oskura.
Salí al balcón, mirando hacia la inmensidad de las montañas.
A lo lejos, entre la bruma, vi el brillo de unas antorchas que se movían con una velocidad antinatural por los senderos prohibidos que solo los contrabandistas y los demonios conocían.
Se la llevaban.
—¡Miller!
—rugí hacia el pasillo, mi voz llena de una desesperación y una furia que harían temblar a los dioses—.
¡Prepara mi caballo!
¡No esperaremos al regimiento!
¡Iré solo si es necesario!
—General, es una trampa, el Rey Valerius lo está atrayendo a su territorio —protestó Miller, llegando jadeando.
—¡No me importa!
—agarré mi sable con tal fuerza que mis nudillos sangraron—.
Él cree que puede entrar en mi mundo y llevarse mi corazón.
Cree que soy un hombre debilitado por el amor.
¡Le voy a enseñar que el amor es lo que me va a dar la fuerza para arrancarle el alma con mis propias manos!
Me puse la capa, la misma que ella llevaba puesta hace unas horas, y que aún conservaba su calor.
Mis ojos ya no eran de acero; eran fuego puro.
Valerius de Oskura quería una guerra personal.
Quería la Reina de las Sombras.
Pero lo que iba a encontrar era al Comandante de Veridia convertido en el demonio más sanguinario que jamás hubiera cruzado sus fronteras.
—Evelina —susurré hacia el viento gélido—.
Resiste.
Voy por ti.
Y cuando te encuentre, no quedará ni un solo rastro de Oskura en este mapa.
Salté sobre mi caballo y partí hacia la oscuridad, dejando atrás el fuerte y mi rango.
Ya no era un General cumpliendo órdenes.
Era un hombre recuperando su vida.
La cacería acababa de empezar, y el Lobo no descansaría hasta que la nieve de Oskura estuviera teñida con la sangre de su Rey.
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