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Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 2

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2: Capítulo 2 2: Capítulo 2 Evelina La mudanza a la mansión de Cassian Drako no fue el cuento de hadas que cualquier otra mujer de Veridia habría imaginado.

No hubo carruajes adornados con flores ni una bienvenida cálida.

Hubo cajas de madera, soldados con rostros de piedra cargando mi escaso equipaje y un frío que parecía emanar de las mismas paredes de piedra de la propiedad.

La Mansión Ébano, como la llamaban los periódicos, se alzaba en la colina más alta de la ciudad.

Era una construcción imponente, de estilo gótico, con techos altos y ventanales que parecían ojos vigilantes.

Mientras el carruaje cruzaba las puertas de hierro, sentí que estaba entrando en las fauces de una bestia.

—Señora, hemos llegado —dijo el conductor con una voz carente de emoción.

Bajé del carruaje por mi cuenta.

No esperaba que Cassian estuviera allí para ayudarme, y no me equivoqué.

En su lugar, fui recibida por un hombre mayor, de uniforme gris impecable y una postura tan rígida que me pregunté si sus huesos eran de metal.

—Soy Miller, el mayordomo principal —dijo con una inclinación de cabeza apenas perceptible—.

El General se encuentra en el cuartel.

Me ha dado órdenes de instalarla en el ala oeste.

Sus cosas ya están arriba.

—Gracias, Miller —respondí, ajustándome el abrigo.

El viento de la colina era cortante—.

Supongo que el General es un hombre muy ocupado.

—El deber no descansa, señora.

Por aquí, por favor.

Caminar por los pasillos de la mansión era como recorrer un museo militar.

Las paredes no tenían cuadros de paisajes o retratos familiares; estaban cubiertas con estandartes de guerra, sables antiguos y mapas tácticos.

Todo olía a cera de piso, metal pulido y ese aroma persistente a pino que parecía ser el sello de limpieza de Cassian.

Mi habitación, o mejor dicho, mi suite, era inmensa.

La cama tenía dosel de seda gris oscura y las alfombras eran tan gruesas que mis pasos no producían ni el más mínimo sonido.

Era el lugar perfecto para alguien que quería ser invisible, pero yo no planeaba serlo.

—La cena se sirve a las ocho en punto —informó Miller desde la puerta—.

El General espera puntualidad.

Es la única regla inamovible en esta casa.

—Estaré allí —aseguré.

Cuando me quedé sola, me senté en el borde de la cama.

La opulencia me rodeaba, pero me sentía como una intrusa.

Abrí una de mis maletas pequeñas y saqué un libro viejo de botánica, el único recuerdo que me quedaba de la biblioteca de mi padre antes de que el gobierno la confiscara.

Lo apreté contra mi pecho.

“No te quiebres ahora, Evelina”, me dije.

“Tienes un techo, tienes comida y tienes tiempo.

Usa ese tiempo”.

Pasé las siguientes horas desempacando y, más importante, explorando los límites de mi nueva prisión.

Salí al pasillo y caminé con paso ligero, memorizando la ubicación de cada puerta.

Noté que el ala este estaba cerrada bajo llave y que había un guardia apostado cerca de una escalera caracol.

“Ese debe ser su estudio”, anoté mentalmente.

A las ocho menos cinco, bajé al comedor.

Era una sala larga con una mesa que podría albergar a veinte personas, pero solo había dos servicios puestos, uno frente al otro en los extremos más alejados.

Cassian ya estaba allí.

Se había quitado la chaqueta del uniforme y solo llevaba la camisa blanca con las mangas ligeramente arremangadas, revelando unos antebrazos fuertes y marcados.

Estaba leyendo un informe mientras sostenía una copa de vino tinto.

Al verme entrar, dejó el papel, pero no se levantó.

Sus ojos de acero me recorrieron de nuevo, deteniéndose en mi vestido azul marino, un poco más elegante que el anterior.

—Llegas a tiempo —dijo, señalando la silla frente a él—.

Es una buena señal.

—No me gusta hacer esperar a la gente, General.

Es una pérdida de tiempo para ambas partes —respondí, sentándome con elegancia.

La cena fue servida en un silencio casi absoluto.

El sonido de los cubiertos contra la porcelana era lo único que llenaba el espacio.

Era una comida excelente —carne en su punto, verduras frescas y un vino que probablemente costaba más que mi antigua casa—, pero me sabía a nada.

—¿Te gusta la habitación?

—preguntó él de repente, rompiendo la tensión.

—Es amplia.

Un poco fría, quizás, pero supongo que se adapta al dueño de la casa.

Cassian arqueó una ceja.

No estaba acostumbrado a que le respondieran con ese tono de sutil ironía.

—Esta casa es funcional, no un salón de té —replicó con frialdad—.

Mañana tenemos nuestro primer evento oficial.

Una recepción en el Palacio de Verano.

Vendrán ministros, generales extranjeros y la prensa.

—Entiendo.

¿Cuál es mi papel mañana?

¿Debo ser la esposa devota o la protegida agradecida?

Cassian dejó la copa de vino y se inclinó hacia adelante, fijando su mirada en la mía.

—Debes ser impecable.

Los rumores dicen que te casé por lástima.

Otros dicen que es un castigo para tu padre.

Quiero que mañana todos vean que te casé porque eres la única mujer que está a la altura de un Drako.

Mantén la cabeza alta, sonríe poco y no hables de política con nadie, especialmente con el Ministro Vargo.

Es un buitre buscando carroña.

—Vargo —repetí el nombre.

Lo conocía.

Fue uno de los hombres que hundió a mi padre—.

Sé exactamente quién es.

No se preocupe, General.

Sé cómo lidiar con buitres.

Él me observó durante unos segundos, como si tratara de leer lo que había detrás de mis ojos.

—Mañana enviaré a un sastre y a una joyera —continuó él—.

Elige lo que necesites.

No escatimes en gastos.

Si vas a llevar mi nombre, debes lucir como si fueras la dueña de la mitad del Imperio.

—Lo haré.

Pero recuerde nuestra condición, General.

La biblioteca.

Cassian soltó un suspiro corto, casi una risa seca.

—Eres persistente.

Miller te dará la llave mañana por la mañana.

Pero te advierto, Evelina: hay secciones bajo llave.

Si intentas forzarlas, nuestra tregua terminará antes de empezar.

—Solo me interesan los libros, Cassian —dije, usando su nombre de pila por primera vez.

Él se tensó visiblemente al escuchar su nombre en mis labios.

Sus ojos se oscurecieron y por un momento, la atmósfera en el comedor cambió.

No era solo tensión política o incomodidad; era algo más primario, una chispa de algo que ambos nos apresuramos a ignorar.

—General —me corrigió con voz ronca—.

En esta casa, y ante los ojos del mundo, soy el General Drako.

—Como desee, General —dije, levantándome de la mesa antes de terminar el postre—.

Si me disculpa, el viaje ha sido agotador.

Mañana será un día largo.

Caminé hacia la salida, pero antes de cruzar el umbral, me detuve y lo miré por encima del hombro.

Él seguía sentado, observándome con una mezcla de sospecha y algo que no supe identificar.

—Por cierto —añadí—, el vino está un poco pasado.

Debería decirle a Miller que revise la bodega del ala sur.

Hay humedad filtrándose por las paredes.

No esperé a ver su reacción.

Subí las escaleras con el corazón latiéndome con fuerza.

No sabía nada de vinos, pero había visto una mancha de humedad en el techo del pasillo inferior que coincidía con la ubicación de la bodega.

Esa noche, mientras me envolvía en las sábanas de seda fría, me di cuenta de algo importante.

Cassian Drako era un hombre de orden, de reglas y de fuerza bruta.

Pero no prestaba atención a los pequeños detalles.

Él miraba el bosque, pero yo…

yo miraba cada hoja.

Él creía que me tenía bajo su control porque me daba ropa cara y una habitación lujosa.

No entendía que me estaba dando las llaves de su fortaleza.

Mañana, en el Palacio de Verano, el mundo vería a la nueva Señora Drako.

Pero yo vería mucho más que vestidos y joyas.

Vería las debilidades de los hombres que destruyeron a mi familia.

Y Cassian, a pesar de su uniforme y sus medallas, sería el primero en darse cuenta de que el silencio que tanto deseaba de mí, era en realidad el sonido de su propia caída.

O quizás, el de su redención.

Cerré los ojos, escuchando el viento golpear los ventanales.

La jaula era de oro, sí.

Pero las jaulas también tienen puertas, y yo siempre he sido muy buena encontrando las llaves.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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